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Al día siguiente del regreso de Allison a Peyton Place, Peter Drake sacó el coche del garaje y se dirigió a casa de los Cross para recoger a Selena y a Joey. Subió la ventanilla para protegerse del viento frío, que arrancaba las últimas hojas de los torturados árboles.
No había nadie en Elm Street. Lo único que se movía y que Peter vio fue un jirón de periódico que aterrizó contra el bordillo, enfrente del banco. Pensó que nunca había visto una imagen más solitaria en la vida.
«La casa de Connie estará acogedora, alegre y olerá bien —se dijo—. Espero que hoy Selena pueda respirar a gusto.»
No musitó, ni siquiera para sí mismo, la otra esperanza que tenía.
«Espero que hoy Selena haya superado definitivamente lo de Tim Randlett y decida que, después de todo, quiere casarse conmigo.»
Peter Drake era lo que en Peyton Place se denominaba un hombre «bien plantado», de estatura media, hombros anchos y manos cuadradas.
Tenía el pelo de color castaño oscuro y los ojos casi del mismo tono.
En cambio, como abogado, en Peyton Place no estaba tan bien plantado.
Acudían a él las personas que Charles Partridge no tenía tiempo de atender, clientes con problemas insignificantes y sin dinero.
La única manera de ganarse la vida era trasladándose a los pueblos de los alrededores y aceptando casos fuera de la ciudad, pero se aferraba obstinadamente a Peyton Place .
Nunca se le había pasado por la cabeza quedarse allí.
Cuando aceptó defender a Selena Cross en el juicio por el asesinato de Lucas, pensaba que sería su último caso en el norte de Nueva Inglaterra.
No obstante, cuando terminó, se quedó. El puesto que le esperaba en el bufete de abogados de Connecticut lo ocupó enseguida otra persona y, cuando, unas semanas más tarde, le ofrecieron otro trabajo en un bufete de Massachusetts, lo rechazó.
«Estoy loco», se regañaba a menudo los años posteriores, enfadado consigo mismo.
Pero estaba enamorado de Selena y creía que ella, con el tiempo, también le correspondería.
Al principio, esperó a que se recuperase de la terrible experiencia con Lucas Cross. Después, esperó a que olvidara la traición de Ted Carter. En esos momentos, esperaba que dejara de acordarse de Tim Randlett.
—Estoy atrapado —le confesó una vez a Constance Rossi—.
La quiero y siempre la querré, no puedo hacer nada para evitarlo.
Y no creas que no lo he intentado, porque lo he hecho.
Casi dejé el trabajo aquí. Casi inicié relaciones con otras mujeres.
Casi me convencí a mí mismo de que podía superarlo. Casi . Pero no lo he conseguido.
—¿Se lo has dicho a ella alguna vez? —preguntó Connie.
—Muchas —respondió Peter—. Y en cada ocasión me dice que estaría mejor sin ella. Que no es buena para mí —añadió. Se encogió de hombros, impotente—. No sirve de nada. Pero sigo esperando y mantengo viva la esperanza.
Detuvo el coche enfrente de la casa de Selena y subió por el camino de entrada hasta la puerta.
—¡Pasa, abogado! —dijo Selena a voces, abriendo la puerta de par en par—.
¡Bienvenido! —Llevaba una copa en la mano y Peter supo que no era la primera que tomaba ese día—.
Salve, aquí llega el héroe conquistador, Joey —anunció a voces—.
Prepárale una copa. Bueno, no te quedes ahí parado, Peter. Adelante.
Por detrás de ella, Joey miró a Peter y se encogió de hombros mientras servía licor en una copa.
—Toma, Joey —dijo Selena—. ¿Me rellenas la mía? Tengo que terminar de acicalarme.
—Estás preciosa, Selena —dijo Peter.
—No mientas, Peter —dijo ella. En ese instante, parecía totalmente sobria—. Estoy como una bruja y lo sé.
Se dio la vuelta, entró rápidamente en el dormitorio y cerró la puerta tras de sí.
—¿Cuándo empezó, Joey? —preguntó Peter.
—Supongo que tiene resaca de anoche —dijo Joey, y le dio una copa—. No cenó nada. La encontré ahí sentada, con las luces apagadas y una copa en la mano.
Peter recordó que todo había empezado a finales de agosto. Desde entonces, Selena no se había acostado sobria ni una sola noche.
—No te preocupes tanto —le había dicho Connie—. Las mujeres tienen diferentes maneras de superar los fracasos amorosos. Ahora mismo, Selena se está escondiendo. Intenta fingir que no pasa nada. Dale un poco de tiempo. Es una chica sensata. Se recuperará.
Pero pasaban las semanas y Selena no se recuperaba. Empezaba a beber por la mañana, para despejarse, según le dijo a Joey, y Peter la había pillado bebiendo en la trastienda de Thrifty Corner.
—Selena, por los clavos de Cristo —le dijo—. ¿Qué crees que diría Connie?
Selena se encaró con él.
—Métete en tus malditos asuntos. Si Connie Rossi tiene alguna objeción en contra de mi manera de llevar la tienda, que me lo diga ella en persona.
—Estás haciendo tonterías —replicó Peter, irritado.
—Será que soy tonta y siempre lo he sido.
—Bebiendo no se resuelve nada de nada.
—Puede, pero ayuda a olvidar.
Desesperado, Peter había acudido a Matthew Swain .
— Créeme Peter —dijo el médico—, si supiera algo, te lo contaría, y al diablo con la ética.
Pero no sé más que tú. Un par de turistas de Ohio la encontraron tirada al lado de la carretera y, como esta era la localidad más cercana, la trajeron aquí, al hospital.
Se había desmayado en la carretera. Tenía la cara algo magullada porque se había caído en la grava, y además estaba deshidratada, pero, aparte de eso, no le pasaba nada.
Al día siguiente intenté averiguar qué demonios había sucedido, pero ella no dijo ni una palabra.
Ese actor, Randlett , vino a verla al hospital, pero cuando le anuncié la visita, simplemente volvió la cara hacia la pared y me dijo que no quería verlo.
Al principio él no se lo creía, pero finalmente se marchó.
Joey me dijo que luego fue a la casa, cuando le di el alta, pero Selena llamó a Buck MacKraken y le dijo que había un hombre llamando al timbre sin parar, que lo obligara a irse.
Después me enteré de que el teatro estival iba a cerrar.
Fue justo el Día del Trabajo, así que me acerqué a Silver Lake para ver a ese Randlett.
Cuando empecé a interrogarlo, se quedó callado como una tumba.
No me dijo nada. Lo siguiente que supe es que se habían ido todos a Nueva York.
Y me alegré mucho, la verdad. Antes de que Randlett apareciera, Selena estaba bien.
—Bebe —le dijo Peter—. Bebe mucho. Todos los días y todas las noches.
—Hablaré con ella —prometió Matthew Swain, suspirando .
Pero no había servido de nada.
—No se preocupe por mí, Doc —le respondió Selena—. Váyase a Chestnut Street y olvídeme de una vez.
A Matthew se le había hecho un nudo en el estómago al acordarse de una noche, hacía mucho tiempo, en la que había intentado intervenir cuando Lucas, borracho, golpeaba a su mujer. Selena, muy joven, lo miró y le dijo: —Váyase a casa, Doc. Váyase a Chestnut Street. Nadie lo ha llamado.
—Solo quiero ayudarte, Selena —dijo Matthew.
—Doc, hay personas que nacen discapacitadas, ¿no? Me refiero a personas con una sola pierna, o un solo brazo, o sin ojos.
—Sí, claro.
—Bueno, entonces, lógicamente podemos suponer que otras nacen con algo malo y retorcido dentro, ¿no cree?
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a algo siniestro —dijo ella sonriendo—, como querer cometer un asesinato, por ejemplo.
—Selena, todo eso fue hace muchísimo tiempo. Solo hiciste lo que pudiste para protegerte. Cualquiera habría hecho lo mismo. Olvídalo todo. Déjalo atrás.
Selena entrecerró los ojos para mirar el licor que le quedaba en la copa.
—Váyase a casa, Doc —le dijo, hastiada—. Váyase a casa. Nadie lo ha llamado.
Matthew Swain se levantó para irse, pero, desde la puerta, dijo: —Bebiendo no se resuelve nada.
Selena soltó una risita.
—Eso dice Peter siempre, y siempre estoy de acuerdo con él. Solo sé que, aunque no resuelva nada, suaviza un poco las cosas. Adiós, Doc. —Salió del dormitorio—. Estoy lista —dijo, animada—. Vámonos. ¿Me traes el abrigo, Joey, mientras termino la copa?
—Claro —respondió Joey.
—Más vale que nos llevemos una botella, por si a Mike Rossi se le ha olvidado —dijo Selena—. Que se acabe el alcohol en una fiesta es lo más triste que hay.
—Seguro que Mike tiene un bar bien surtido —dijo Peter.
—¡Ay, Dios! —exclamó ella—. ¡No me vengas con esos miramientos!
—No son miramientos, Selena —dijo Peter.
—Bueno, da igual —dijo ella—. Adelante, ponte cargante si quieres. No te lo voy a impedir.
A Peter, la tarde se le hizo interminable. Selena parecía un juguete al que se ha dado demasiada cuerda y está a punto de romperse en un amasijo de trocitos y alambres retorcidos. Picoteó en la cena, pero siempre tenía la copa llena a rebosar.
—¿Por qué no me has contado lo de Selena? —preguntó Allison en voz baja a Connie en la cocina.
—Creía que se le pasaría —respondió Connie.
—¿Cuánto tiempo lleva bebiendo así?
—Desde que Tim Randlett se marchó de la ciudad.
—Dios mío.
—Sí —dijo Connie—. Esperemos que lo supere pronto.
—¿Alguien ha intentado hablar con ella?
—Todos, pero es inútil.
—¿Qué dice Peter?
—Espera que deje de beber, igual que los demás. ¿Qué otra cosa puede hacer?
—¡Eh, vosotras dos! —exclamó Selena desde la puerta de la cocina—. ¿De qué habláis con tanto cuchicheo?
—De ti —dijo Allison, volviéndose con una sonrisa—. Nos preguntábamos cuánto tiempo más vas a tener al pobre Peter en vilo.
—Tomemos una copa, ¿os apetece? —dijo Selena. Se sentó en una silla de la cocina—. Nosotras tres solas.
—Claro —dijo Connie—. Voy a llevarles el café a los hombres y vuelvo ahora mismo. Allison, ¿puedes traer un poco de hielo, por favor? Hay una botella de bourbon en el armario, detrás de ti.
—Sí —dijo Selena en cuanto se vio con una bebida nueva en la mano—. Pobre Peter, pobre. Me quiere, ¿sabes? Allison, lo sabes, ¿verdad?
—Sí, lo sé —dijo Allison—. Te quiere desde hace mucho tiempo.
—Pobre Peter —repitió Selena, y empezó a llorar—. Pobre Peter, pobrecito.
—No llores, cariño —dijo Connie—. Todo se va a arreglar.