1 #2
—Toma —dijo Constance al tiempo que le servía café—. ¿Te parece suficiente recompensa?
—Pregúntamelo dentro de un rato —contestó Mike, en un susurro teatral.
Allison se echó a reír y dijo: —¡A veces, parecéis mis hijos!
Le preguntó a Mike si le gustaba el trabajo de profesor en White River . Él puso mala cara.
—Si mi mujer pudiera mantenerme tal y como ha hecho últimamente, dejaría ese trabajo al momento.
—Tendrías que haberte tragado el orgullo y el honor —dijo Connie, rodeándole los hombros con un brazo— cuando la junta escolar te pidió disculpas y te propuso que volvieras.
—¿Qué dices? —preguntó Allison.
—Fue justo después de que te marcharas —explicó Cons tance—. El despido de Mike levantó una polvareda tan grande en los círculos educativos, que hasta Roberta se asustó. Además, el director nuevo resultó ser un inepto total.
—Roberta y el pobre Charlie vinieron a verme —dijo Mike—, con el sombrero en la mano (me permito añadir que a Roberta le queda mejor en la mano que en la cabeza), y me ofrecieron mi antiguo empleo.
—Mike les dijo que no volvería hasta que aceptaran algunas de las condiciones que quería plantear.
—Les vendrá bien cocerse un año en su propia salsa —dijo Mike—. Además, necesitarán todo ese tiempo para decidirse a concederme todo lo que les pedí.
—¿Qué pediste? —preguntó Allison.
—La titularidad y un aumento de mil dólares al año durante los próximos cinco años —respondió Mike.
—Charlie Partridge está totalmente a favor —dijo Connie—, pero no puede convencer a Marion. Roberta está indecisa.
—Ya veremos —dijo Mike.
—Sí, pero ¿hasta cuándo habrá que esperar? —preguntó Allison.
—Hasta marzo —respondió Mike—. Cuando salgan los nuevos contratos.
—Gracias a Dios que será en marzo —dijo Allison—. En abril vendrá el grupo de Hollywood y, hagan lo que hagan, no servirá para mejorar nuestras relaciones públicas con Peyton Place .
—¿Entonces, van a venir de verdad? —preguntó Connie.
—Sí —respondió Allison—. Que Dios nos ayude a todos.
—Al parecer, la reunión entre la avanzadilla de Hollywood y los funcionarios de la ciudad fue bastante tensa —dijo Mike—. El representante de Tishman era un hombre llamado Blanding...
—Conrad Blanding —lo interrumpió Allison—. Es el director.
—Bien, Blanding le dijo al viejo Tom Perkins que lo único que quería el estudio era utilizar la ciudad unas semanas y que, a cambio, pagarían unos cien mil dólares, pero el viejo Tom no se dejó impresionar.
—Me lo figuro —dijo Connie—. Es un auténtico nativo de Nueva Inglaterra.
«Lo que es bueno para el abuelo, es bueno para los nietos.
» Más valdría que algunas de esas personas dejaran de pensar que el progreso es pecaminoso.
Me sorprende que Tom Perkins no haya organizado una partida con hachas para destrozar todos los televisores de Peyton Place .
—Deja de interrumpir con tus comentarios sediciosos —dijo Mike—. Si no te andas con cuidado, tendré que echarte de la ciudad en el tren—. Volvió a dirigirse a Allison y continuó el relato.
—Perkins le dijo a Blanding que Peyton Place se las había arreglado muy bien y mucho tiempo sin dinero de fuera y que, en su opinión, todos podríamos seguir adelante un siglo o dos más sin ayuda de Hollywood.
—Se lo advertí a Arthur Tishman —dijo Allison—, pero echó un vistazo a las fotografías del castillo y lo decidió. Y cuando Arthur decide algo, no hay nada que le haga cambiar de idea.
—En fin... le dará a este pueblo algo nuevo de qué hablar —dijo Mike—. Quizá le ofrezcan un trabajo de extra a Marion Partridge...
—Podría interpretar a una de las brujas —dijo Connie—. Ni siquiera necesitaría maquillaje.
—... y se olvide de mí y de mi trabajo —terminó Mike, exagerando la expresión de paciencia con una mueca, esperando que Constance dejara de interrumpir.
—¡Memo! —le dijo—. Puedes ayudarme a preparar la cena mientras Allison sube a deshacer las maletas. Y si estás cansada, cielo, hay tiempo para una siesta —le dijo a Allison.
—A lo mejor me tumbo una hora —dijo Allison, y subió a la habitación.
El dormitorio estaba igual, idéntico a como lo recordaba las noches solitarias en los lujosos hoteles de Nueva York y California. Era una habitación sencilla, llena todavía de recuerdos de la infancia.
El equipaje, que Mike había apilado cuidadosamente a los pies de la cama, desentonaba con el ambiente sencillo del dormitorio.
Las maletas eran nuevas y estaba llenas de cosas recién adquiridas.
No tenían nada que ver con la Allison MacKenzie que ocupaba la habitación ni con la que iba al cine con Selena, paseaba con Norman y soñaba los peculiares sueños de la infancia.
Esas maletas le recordaron crudamente lo mucho que le había cambiado la vida.
Se tumbó en la cama y pensó: «Ahora vivo en dos mundos, soy una persona totalmente dividida.
Por un lado, el mundo de Peyton Place, y nunca me encontraré tan a gusto en ningún otro sitio.
Por otro, el mundo exterior de Nueva York y Hollywood, en el que interpreto un papel, en el que soy una actriz más».
Excepto Lewis, que era lo único auténtico de ese otro mundo.
Cuando el avión aterrizó en La Guardia, Lewis la estaba esperando. Fueron todo el trayecto hasta la ciudad cogidos de la mano, mirándose fijamente, como si nunca se cansaran de verse.
El director la esperaba en el vestíbulo del hotel en el que le había reservado la suite, y le dio la bienvenida. Los botones salieron rápidamente a buscar el equipaje al coche. Cuando por fin se quedaron solos, con un benjamín enfriándose en una cubitera de plata, tuvo que telefonear a Constance.
Lewis esperó a que terminara la llamada para abrazarla por fin. Fue como si, para volverse el uno hacia el otro, hubieran esperado hasta resolver todos los pequeños detalles y que nadie ni nada pudiera interrumpirlos.
—¡Dios mío, cariño! —dijo Lewis—. ¡Cuánto te he echado de menos!
—¡Ah! Lo sé, lo sé —dijo Allison.
—Te añoraba tanto que no podía dormir por las noches. Hablar contigo por teléfono, a tantos kilómetros de distancia, era una tortura. Y, sin embargo, tenía que llamarte. Era mejor que nada.
—Ahora tenemos toda una semana por delante para estar juntos, cariño, y después del Día de Acción de Gracias, volveré para siempre, pero tengo que pasar un tiempo con Constance y Mike. Quiero estar con ellos una temporada, Lewis. Lo necesito. Estas últimas semanas han sido agotadoras.
—Bueno —dijo él, abriendo la botellita de champán—, vamos a empezar a reponerte con esto. Tiene muchas vitaminas, como bien sabes.
Ella le sonrió y miró la estancia de techos altos y proporciones perfectas.
Era casi su segundo hogar, no por las dimensiones, sino por las horas compartidas allí con Lewis.
La terraza parecía desolada y abandonada: las puertaventanas estaban cerradas para protegerlos del frío y habían retirado las sillas y la mesa.
Cogió una copa vacía y Lewis se la llenó. Brindaron sin decir nada, solo con la mirada. Allison percibió la fría explosión del líquido en el paladar y la calidez de las burbujas en las venas.
Cuando terminó la segunda copa, se apartó del abrazo de Lewis, cogió la botella y se dirigió al dormitorio.
Lewis le quitó la ropa y, cuando se quedó desnuda, levantó la copa para brindar por su belleza y bebió.
Terminaron la botella en la cama, con los muslos enlazados debajo de las mantas y Allison, envuelta en el brazo de Lewis.
—¿Pido que nos traigan otra botella, cariño? —preguntó ella.
—¿Crees que hace falta?
—No creo que hiciera falta ni la primera, pero ha estado muy bien.
Dejó caer la copa vacía en la alfombra, mientras Lewis le tocaba el pecho y le acariciaba la piel, suave y tersa.
—¡Ah, Lewis, cariño, cariño! —susurró.
Pero Lewis, pasando por alto la impaciencia de Allison, la acarició y le mordió los lóbulos de las orejas hasta que le arrancó un gemido.
Ella, con una sensación de asfixia, tiró las mantas al suelo.
Las palabras amorosas le salían por la boca en un susurro feroz.
Cerró los ojos y, cuando él se la puso encima, le pareció que todo daba vueltas con ella.
Lo rodeó con los brazos y lo atrajo hacia sí.
«Nunca ha habido nada igual —pensó—, nunca, nunca, nunca.» Onduló el cuerpo como una ola hasta vaciarse de todo pensamiento y colmarse solo de amor, incansablemente, hasta que quedó repleta e indefensa en sus brazos, con la cara reluciente de lágrimas de felicidad.
1 El Día del Armisticio se celebra el 11 de noviembre.
2 Acción de Gracias se celebra el cuarto jueves de noviembre en Estados Unidos.