1
Allison pasó una semana en Nueva York con Lewis y después volvió a Peyton Place a finales de octubre.
Tuvo que decirle a Constance que la escala en Nueva York era necesaria por motivos de trabajo.
Cuando el tren entró en Peyton Place, pensó : «Ahora Lewis es un secreto culpable».
No quería tener secretos con su madre, pero sabía que se preocuparía y se enfadaría mucho si se enteraba de que tenía relaciones con un hombre casado.
Deseaba desesperadamente poder sentarse a hablarlo con ella, pero sabía muy bien que no podía hacerlo, por el bien de Constance.
Apenas bajó del tren, Mike y Constance la abrazaron para darle la bienvenida a casa. Se le llenaron los ojos de lágrimas; le pesaba la culpa de haberse quedado a traición una semana con Lewis. Constance se la llevó al coche que los esperaba y Mike las siguió con las maletas.
Se acomodaron las dos en los asientos de atrás; Constance le tomó la mano y le estudió la cara como queriendo averiguar si aquellas semanas en Hollywood la habían cambiado o transformado de alguna manera. Mike las vio por el espejo retrovisor y se echó a reír.
—Ten cuidado, Allison —le dijo—, en cualquier momento va a sacar un microscopio y te va a estudiar a fondo.
—¡Vete al cuerno! —dijo Constance, y le sonrió en el espejo.
—Estaba convencida de que volverías de Hollywood con el pelo rubio platino —continuó Mike— y al menos tres divorcios mejicanos.
—No he parado de trabajar, no me ha dado tiempo a volver mancillada —dijo Allison, volviéndose hacia su madre.
—Cuéntame todo lo que sepas de Rita Moore —dijo Mike en tono exigente.
—Es lo único que le interesa —apostilló Constance—. Este viejto mío está loco por Rita Moore. Cada vez que abro la puerta del dormitorio, creo que voy a encontrar fotos de ella encima de la cama.
—Puede que sea viejo, pero no idiota —dijo Mike—. Sé muy bien lo que me conviene.
—¡Mike! —dijo Allison—. Sinceramente, ¡ni en Hollywood he oído decir esas cosas!
Mike y Constance se echaron a reír.
—Me alegro mucho de que hayas vuelto, cariño —dijo Constance, apretándole la mano.
El coche se detuvo enfrente de la casa. Allison la miró con ternura. «Ojalá la viera Lewis —pensó—, ojalá estuviera ahora aquí conmigo.»
Entraron en la cocina y Allison tuvo la sensación de que era la estancia más cálida y acogedora del mundo entero.
—Luego deshago las maletas —dijo—. Lo que quiero ahora mismo es un café de mamá.
—Te subo el equipaje —dijo Mike—; después tengo que ir al centro a recoger unas cosas de tu madre —añadió. Se inclinó y le besó la cabeza—. Bienvenida a casa, Allison.
«¿Por qué siempre me alivia tanto volver?
—se preguntó Allison—. Peyton Place es una de las peores poblaciones de Estados Unidos.
Es estrecha de miras, provinciana y chismosa.
Sin embargo, en realidad nunca me encuentro a salvo ni contenta en ningún otro sitio.
¿Y por qué me gusta más el invierno? ¿Será porque en casa de mi madre estoy segura y calentita, mientras fuera arrecia la tormenta? »
Allison bostezó, se desperezó y se apartó de la sombría vista invernal de la ventana de la cocina.
—¿Cansada, cielo? —preguntó Constance mientras dejaba la cafetera y dos tazas en la mesa.
—No —respondió Allison—, simplemente, perezosa.
Me preguntaba por qué siempre me encuentro mejor en Peyton Place que en cualquier otro sitio.
—Se encogió de hombros—. Supongo que es inmadurez.
Pero me encanta acurrucarme en la crisálida de esta casa, mientras la vida se vuelve un infierno fuera de mi caparazón protector.
¿Qué te parece? Profundo y psicológico, ¿eh?
Constance se rio.
—No sé mucho de psicología —dijo—. Solo sé que soy feliz cuando lo eres tú y desgraciada cuando no. A lo mejor tengo dependencia materna o algo así.
Allison le dio un apretoncito en el hombro y cogió una taza de café.
—Me pareció que hoy no querrías ver a nadie —dijo Constance—, así que he invitado a Selena, Joey y Peter Drake a cenar mañana por la noche.
—Ah, ¿sí? No sabía que Peter siguiera en escena.
—Por supuesto —respondió Connie—. Selena no me ha contado lo que pasó con Tim Randlett, pero cuando aquello acabó, ahí estaba Peter, dispuesto a recoger los restos del naufragio.
—Sería estupendo que Selena se casara —comentó Allison—, o eso, o que se marchara de la ciudad. Aquí está atrapada en una rutina horrible. ¿Qué hay en Peyton Place para una chica tan guapa e inteligente? Nada.
—Quizá sienta por Peyton Place lo mismo que tú —dijo Connie con una sonrisa—. Tal vez aquí encuentra una cierta seguridad que teme perder en cualquier otra parte.
—¿Qué seguridad? —preguntó Allison—. No solo tiene que cuidar de sí misma, sino también de Joey, y lo único seguro que tiene es el trabajo en la tienda.
—Y Peter Drake —añadió Connie.
—Quizá sea mejor que las cosas hayan acabado así con Tim. Supongo que Mike tenía razón desde el principio.
—No sé —dijo Connie, y se encogió de hombros—.
A mí Tim me caía bien. En cualquier caso, fue la última oportunidad de Selena para salir de la rutina.
No creo que esté muy dispuesta a enamorarse de otro desconocido.
—Hizo una pausa y miró a Allison con curiosidad—.
Y, hablando de amores —dijo por fin—, ¿qué hay de David Noyes?
—No sé —dijo Allison. Se quedó mirando la taza de café vacía.
Quería decirle a su madre que no se trataba de David, sino de Lewis Jackman. Sin embargo, David le proporcionaba una cortina de humo perfecta, así que siguió hablando de él.
—Está enamorado de ti, ¿sabes?
—No es por él, mamá —dijo Allison—, es que no estoy segura de mí misma.
—Supongo que todas las madres quieren ver a sus hijas casadas y felices —dijo Connie, suspirando—. Y yo no soy la excepción.
—David ha estado en todas partes y ha hecho de todo —dijo Allison—.
Estuvo en un safari en África, esquiando en Suiza e incluso se metió en la cárcel para poder escribir un libro sobre el tema.
Yo nunca he ido a ningún sitio ni he hecho nada.
David estaría totalmente dispuesto a casarse, a comprar una casa aquí mismo, en Peyton Place, a asentarse y a escribir libros.
—Sin embargo, acabas de decirme que nunca eres más feliz que cuando estás aquí —objetó Connie.
—Es verdad —admitió Allison—, pero es cuestión de egoísmo. Quiero poder volver a casa cuando me apetezca, pero también poder marcharme en cualquier momento a cualquier sitio. Si me casara con David, no podría. Tiene la manía de querer protegerme de todo.
—¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó Connie—. Sería mucho peor que te ataras a un hombre a quien le importara un comino lo que te pasase.
—Ya —dijo Allison con un suspiro—, pero tampoco puedo vivir a través de las experiencias de David.
—Hizo una pausa y sonrió a su madre—. ¿Sabes qué me pasa?
—preguntó—. Lo quiero todo. Todas las experiencias, todas las vistas, todos los olores, todos los sabores y todas las sensaciones.
Sin embargo, no quiero que nadie me haga daño.
—Se levantó y se acercó a la ventana—. Así que ya ves lo imposible que es —concluyó—. No se puede tener todo, ¿verdad?
Connie volvió a llenar las tazas. «Allison ha madurado bastante este último año —pensó—, pero en muchos aspectos sigue siendo una niña romántica.»
—Comprendo por qué quieres esperar —dijo—. Aunque estaría muy bien que viniera David a pasar las vacaciones.
—Está trabajando en un libro —respondió Allison— y, cuando escribe, ni todas las furias infernales pueden separarlo de la máquina de escribir. A lo mejor viene en Navidad. Stevie vendrá en Acción de Gracias. Y si te parece bien, mamá, también me gustaría invitar a mi editor —añadió apresuradamente.
Constance se volvió a mirarla.
—¿Te refieres a Lewis Jackman? —preguntó.
—Sí. Me gustaría que viniera a conocer Peyton Place .
—Por supuesto, cielo. Sabes que puedes invitar a quien quieras —dijo Constance. Hizo una pausa para encender un cigarrillo y miró a Allison por encima de la llama vacilante de la cerilla—. Está casado, ¿no? —preguntó.
—¿Lewis Jackman? Sí, y además tiene cuarenta y tantos años.
—Bueno —respondió Constance—, eso no tiene importancia. Algunos hombres son más jóvenes a esa edad que otros a los veinte.
Allison se rio.
—¿Dónde has aprendido tanto, mamá? —le preguntó.
—Querida —respondió Constance—, hay cosas que, sencillamente, te las enseña la vida, si abres bien los ojos. No hace falta tener experiencias personales con toda clase de hombres para saber que unos nacen viejos y otros siguen siendo jóvenes a los sesenta.
—Bueno —dijo Allison—, pero todo esto no tiene nada que ver con Lewis Jackman. Solo es el editor y un hombre muy encantador. Me da igual que tenga ochenta años o que esté casado o soltero.
—¿Y su mujer? —preguntó Constance—. ¿Vendría también?
—No creo —dijo Allison, mirando la taza—. Por lo que he oído, está bastante enferma. No se relaciona con nadie más que con el psiquiatra.
—Ah, ya —dijo Constance—. Qué lástima —dijo, observando disimuladamente la expresión de Allison.
Se preguntó por qué se había puesto tan nerviosa al hablar de Lewis Jackman y por qué no la había mirado cuando hablaba de su mujer.
Quería hacerle cientos de preguntas a su hija y solo logró mantener la boca cerrada con un esfuerzo consciente.
«No seas entrometida —se advirtió a sí misma—.
Te lo contará todo cuando esté preparada. »
Constance estaba segura de que pasaba algo.
Pensó que, cuando una jovencita se enamoraba de un hombre mayor, a veces el sentimiento podía ser muy intenso.
Se preguntó si tendría algo que ver con que Allison no hubiera conocido a su propio padre.
Quizá Lewis Jackman le proporcionaba la imagen paterna que siempre le había faltado.
Mike volvió. Irrumpió en la cocina con dos grandes bolsas de la compra. Luego se sentó a la mesa con ellas y levantó una taza vacía.
—Recompénsame —dijo—. He sido un buen chico.