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»En aquella época, quería morirme de asco —continuó, con una sonrisa triste—.
Lloré prácticamente las seis semanas que tuve que pasar en Nevada, pero mi agente, Charlie Bloom, me dejó muy claro cómo eran las cosas.
Me dijo que podía elegir entre un collar de diamantes o un marido.
Naturalmente, elegí los diamantes. ¿Conoce a Charlie?
—No —respondió Allison.
—Es el agente más importante de Hollywood.
Ahora tiene a todos los famosos en su lista, pero cuando empezó conmigo, no era más que un jovencito desconocido, listo y astuto que sabía todas las respuestas y tenía más cara que espalda.
Me puso un jersey ajustado y una falda aún más ceñida, me enseñó a andar con un contoneo sexy y a pellizcarme los pezones para que se notaran debajo del jersey.
También me cambió el nombre. De Alice Johnson a Rita Moore y, en la Century, hubo un tiempo en que despedían a cualquiera si se le escapaba llamarme Alice.
Alice Johnson era un nombre sin clase. Hollywood tardó diez años en descubrir que yo podía hacer algo más que sacar pecho y menear el trasero.
Fue entonces cuando me convertí en actriz.
En fin, hace tres años me casé con John Gresham .
John era un auténtico seductor. Tocaba el piano y me decía que podía ahogarse en mi mirada y que mi cuerpo era como una llamarada. Así que, qué diablos, me casé con él.
—¿Solo porque tenía labia? —preguntó Allison.
—No —dijo Rita, encogiéndose de hombros—. Me presionó.
—¡Oh, vamos! —objetó Allison—. Las mujeres no se dejan presionar para casarse si no quieren.
—¡Qué demonios sabrá usted! —replicó Rita—.
John era un artista, se lo aseguro. Sabía lo que hacía.
El muy hijo de perra me hacía el amor horas y horas, antes de casarnos.
Me acariciaba, me besaba y me tocaba hasta que creía que me iba a volver loca, pero nunca completaba la función.
Me decía que quería esperar hasta después de casarnos, porque yo era muy pura y no quería deshonrarme tomándome sin una ceremonia previa. Así que me casé con él.
Se detuvo para encender un cigarrillo. Allison no podía dejar de mirarla.
—Era bueno en la cama, eso hay que reconocerlo, y durante un tiempo, fue genial.
Nos pasábamos todo el día en horizontal.
Era un experto consumado. Se sabía todos los trucos del manual y, cuando yo pensaba que no podía hacer nada más, se le ocurría algo nuevo.
Sin embargo, llegó un día en que tuve que volver al trabajo y eso lo dejó sin nada que hacer.
Aun así, era agradable volver a casa con él.
En cuanto entraba por la puerta, me desnudaba, me preparaba una copa y jugaba conmigo mientras la bebía, y era divertido.
Supongo que al cabo de un tiempo se aburrió, porque el año pasado dejó de jugar conmigo y empezó a jugar con mi dinero.
Se llevó más de cincuenta mil antes de que le parara los pies.
Como de costumbre, me fui a Nevada y punto final.
Miró a Allison con sus ojos verdes, inquisitivos y tristes.
—Bien, pues ya puede volver a Nueva York y contarle a su amigo Paul cómo es realmente el éxito. Pasas años engañándote a ti misma pensando que, si lo consigues, podrás tener cuanto quieras, pero entretanto, sabes que la única forma de lograrlo es estando sola.
Rita se sirvió otra copa, la levantó a contraluz y miró a través del líquido oscuro entrecerrando los ojos.
—Sola —repitió—. Creo que es la palabra más triste del mundo.
Te alojas en un hotel, por la mañana pides tú misma el café, contratas a un masajista para que te dé un masaje en la espalda y, por la noche, la cama es tan grande como Texas y tan fría como Alaska.
Pero tienes éxito. —Se bebió la copa y miró a Allison—.
No lo olvide, Allison. ¡Es usted un éxito!
¡Una puñetera triunfadora! Y ya verá lo que le traerá. ¡Ya lo verá, maldita sea!
Esa noche Allison volvió a la habitación del hotel mucho más tarde que de costumbre; el esplendoroso lujo le pareció de repente repulsivo y de mal gusto.
Tiró el bolso a la otra punta de la habitación, el bolso chocó contra la pared y cayó con estrépito encima de los frascos de perfume y los botes de crema del tocador.
Quería romper las ventanas y hacer trizas las cortinas de color púrpura imperial.
Quería hacer algo tan salvaje y destructivo que le devolviera la cordura, la comprensión de su verdadero yo, que se había perdido.
Tenía éxito, más del que jamás hubiera soñado, pero nunca en la vida había tenido tanto miedo al futuro y tanto pavor al presente como en ese momento.
Se derrumbó en un sillón y lloró amargamente.
«¿Qué va a ser de mí? —se preguntó—. ¿Dentro de diez años estaré como Rita Moore, tramitando el cuarto divorcio o la quinta boda?
¡Ah, Lewis, Lewis, cuida de mí! No me dejes nunca. »
1 Doug ( Douglas Fairbanks ) y Mary ( Mary Pickford ) la primera pareja famosa de Hollywood en los años veinte.
2 Norma Talmadge, actriz estadounidense considerada una de las grandes estrellas del cine mudo de Hollywood.