Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 3 #3
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Volvió a llenar la copa de brandy. Su suave cabellera rubio platino captaba la luz y relucía como una joya.

Tenía los pómulos altos, lo que creaba una sombra diagonal en las mejillas, como huellas dactilares.

Los ojos eran de color verde mar y el vestido, de un verde intenso recamado en oro.

Se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y los senos, que sobresalían del escote, tenían el color de la nata batida.

—Usted debe de ser Allison MacKenzie —dijo—. Seguro que sí, porque nunca la había visto y porque es la única que parece lo bastante inteligente para haber escrito un libro. Sobre todo una novela tan buena como El castillo de Samuel.

—Gracias —dijo Allison.

—Por favor, no me dé las gracias, querida. Me recuerda a mi segundo marido. Siempre daba las gracias por todo. Era humilde, pero con arrogancia.

Allison sonrió, no porque le apeteciera, sino porque le pareció que se esperaba que sonriera.

—Mi segundo marido me sedujo con Brahms y whisky —dijo Rita al fin—. Pobre desgraciado.

—¿Por qué lo dice? —preguntó Allison.

—Porque era lo único que sabía hacer —respondió Rita—. Seducir a las mujeres con un violín triste y el tintineo de los cubitos de hielo. Aunque hay que reconocer que se le daba bien.

—¿Cuántos maridos ha tenido?

Rita se rio y dijo: —¿Es que no lee las revistas del corazón? —le preguntó.

Allison sonrió e hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Ya no —respondió—. Pero antes las leía. Cuando íbamos al instituto, Selena Cross y yo comprábamos todos los números de Photoplay y Silver Screen . Luego recortábamos las fotos para hacer álbumes. Me pregunto si las niñas todavía lo hacen.

—En Hollywood esperamos que sí —dijo Rita—. En fin, fueron cuatro.

—¿Cuatro qué?

—Maridos. ¿No me ha preguntado eso?

—¡Cuatro! —exclamó Allison—. ¡Dios mío!

—Bueno, al menos me casé enamorada las cuatro veces —dijo Rita haciendo un mohín—. Conozco a muchas que se acuestan con cualquiera. Al menos, yo siempre lo hago legalmente.

—No creo que me case nuca —dijo Allison.

—¿Por qué no? —preguntó Rita, y se sirvió más licor en la copa—. ¿Qué tiene contra el matrimonio?

—Quiero que todo siga tal y como está ahora —dijo Allison con una dureza inusitada en la voz.

—Vaya —replicó Rita mirándola fijamente—, es usted una chica engreída y rebelde.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Allison, levantando la cabeza, sorprendida.

—Justo lo que he dicho —respondió Rita con agresividad—. Piensa que lo sabe todo, ¿verdad?

—Por el amor de Dios —objetó Allison—. ¿Qué narices he dicho?

—Le encanta que las cosas sigan como están —dijo Rita—. Le encanta el éxito que tiene, estar en la cima, adonde llegan muy pocos. Le encanta todo ese dinero que entra un día sí y otro también y le encanta la idea de que es suyo, todo suyo.

—¿Y qué hay de malo en eso? —preguntó Allison—. Usted está en la misma situación. No me diga que odia el éxito.

Rita se quedó un momento mirando la copa y pensando.

—No lo sé —dijo—. No sé si lo odio, si me encanta o si, sencillamente, ya me da igual.

Allison se rio y dijo: —Conozco a un tipo en Nueva York que se llama Paul Morris y es bastante famoso en su oficio, así que quizás haya oído hablar de él.

—He oído hablar de él, sí.

—Bueno, Paul me dijo una vez que las personas que triunfan y que se quejan de la fama no son más que unas farsantes de pacotilla. Si de verdad no les gustara tanto, huirían y se esconderían en cualquier parte donde nadie hubiera oído hablar de ellas.

Rita soltó una risa breve y sosa mientras se servía una vez más.

—Voy a hablarle del éxito —dijo—. Y créame, le puedo contar mucho más al respecto que su amigo Paul Morris. Él nunca triunfó, salvo a la sombra de otras personas. —Se recostó y dio un sorbo a la copa—. Creo que hay que decidir que se quiere el éxito más que nada en el mundo cuando se es muy joven.

—Bueno, yo, desde luego, no —respondió Allison, enfurruñada.

—No me tome el pelo, cielo. La conozco, Allison.

Sé lo suficiente sobre usted. La comprendo como si fuera mi alma gemela.

De pequeña, usted no se consideraba guapa.

Era la rara, la que no encajaba en el grupo, y envidiaba a los que sí pertenecían a él.

Sin darse cuenta siquiera empezó a pensar: «Van a ver estos quién soy yo», y así lo hizo.

—Solo necesita un diploma enmarcado y un sofá para montar una consultoría —dijo Allison y se sirvió una copa de brandy.

—No se haga la listilla, cielo. He pasado por ahí y lo sé.

¿De dónde demonios cree que salí? Bien, se lo voy a decir: de una choza miserable de los arrabales de una ciudad de Georgia.

Mi viejo era aparcero y mi madre ya estaba destrozada y agotada incluso antes de casarse.

Su padre también había sido aparcero y lo único que pudo hacer en la vida fue trabajar, trabajar y trabajar.

Y tener hijos, y vivir entre la suciedad, la escasez de dinero y el agujero constante del hambre en el estómago.

No tuve un par de zapatos hasta los catorce años, unos de segunda mano, pero, de todos modos, mi madre me mandó a estudiar.

Hizo una pausa, bebió un buen trago y volvió a llenar la copa.

—No sé qué es lo que pone en marcha a los demás, pero sé lo que me puso en marcha a mí.

La profesora de la escuela era una bruja vieja.

No tenía más aptitudes que yo para la enseñanza, pero con aquel tipo y aquella cara, supongo que no pudo dedicarse a otra cosa.

Me recordaba a una pasa arrugada, pero nos enseñaba Geografía.

Un día, hablándonos de París, se le puso una cara que, por un momento, pareció guapa.

También nos enseñó fotos, las más bonitas que había visto en la vida, y nos contó cómo era el viaje en barco para ir allí.

Inclinó la cabeza hacia atrás y miró el techo, como si así recordara el pasado más cómodamente.

—En aquel mismo instante —continuó—, decidí ir a París, pero todavía era una cría, y tan tonta que no sabía cerrar la boca.

Se lo conté a la maestra y se rio de mí.

Me dijo que las hijas de los aparceros nunca salían de Georgia ni, mucho menos, viajaban a Europa.

Pero yo sabía que no sería así. Iría a París.

Y lo hice. Hace cinco años. Con cuatro baúles, dieciséis maletas, dos criadas y un caniche.

Me planté debajo del Arco del Triunfo, pensé en aquella vieja bruja de Georgia y le hice un gesto de desprecio.

Lo había conseguido y había viajado en primera clase todo el trayecto.

Entonces estaba con mi tercer marido, Jay Keating . Supongo que ha oído hablar de él.

—Sí —dijo Allison—. Algo he oído. Es un actor inglés.

—¡Qué inglés ni qué ocho cuartos! —exclamó Rita—. Nació en Dakota del Sur y, por si fuera poco, era un mariposón.

—¿Un qué?

—Un mariposón, un auténtico marica. En el viaje de vuelta lo pillé en el camarote con el sobrecargo del barco.

Aunque eso nunca lo habrá leído en ninguna revista del corazón.

Lo llamamos incompatibilidad y nos divorciamos en Reno.

Y, ¡zas! Ahí terminó el número tres —dijo, levantado la copa—.

Por el éxito. Es lo que se dice una cuando se da cuenta de que no tiene nada más.

—No tiene por qué ser así —dijo Allison—. Conozco a mucha gente que triunfa y, además, está felizmente casada.

—Es posible, si el hombre tiene tanto éxito como la mujer.

Si la mujer es famosa, no funciona. ¡Ni una vez entre un millón!

No funcionó conmigo, y supongo que lo sabía desde el principio.

Estaba casada cuando empecé a ser alguien.

Mi primer marido, Alan se llamaba, era un joven encantador.

Trabajaba en la compañía telefónica de Los Ángeles y me casé con él porque me engañé a mí misma, me convencí de que lo quería de verdad.

Pero lo que tenía era hambre y soledad; Alan me alimentaba y me hacía compañía mientras estuve con él.

Pero yo iba a triunfar y a llegar muy lejos y no quería un marido que me hiciera el camino más difícil de lo que ya era.

En aquel entonces, tenía yo muy buen tipo, y me daba igual enseñarlo, siempre y cuando sacara algo a cambio.

A Alan no le gustaban las fotos en las que aparecía con un tanga, dos lentejuelas y poco más, pero no mucho.

Cuando salía con mi agente se quejaba y no entendía que tenía que frecuentar determinados sitios.

Él quería que estuviera en casa y yo quería salir. Y así terminó la cosa.