Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 3 #2
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—Esperamos lograr una gran película, Allison —dijo Arthur, mientras la ayudaba a subir al coche—. No solo una película buena, sino una gran película. Mañana le prepararemos una oficina para usted. Quiero que me cuente todas las ideas que se le ocurran.

El conductor recogió a Brad en la puerta de la oficina de Jenks. Brad se subió al coche y le entregó a Allison un gran sobre de manila.

—Las fotos —dijo con una sonrisa.

Ella abrió el sobre y las sacó. Apenas se reconocía. Era su propia cara, pero, de alguna manera, estaba impregnada de misterio, de glamour y de un aura de belleza que nunca había visto en ningún espejo. Sonrió para sí y pensó: «La magia funciona hasta conmigo».

—Ese objetivo —le dijo— me ha mirado con ojos de enamorado.

Volvió a meter las fotografías en el sobre rápidamente. No sabía por qué, pero le daba vergüenza mirarlas; como si la hubieran pillado cometiendo un acto fraudulento.

Al empezar la segunda semana en Hollywood, Allison había tenido que desechar todas las ideas preconcebidas que había traído consigo.

Era cierto que había más piscinas en Beverly Hills que en cualquier otra ciudad del mundo, que las casas y los jardines eran reproducciones rocambolescas de castillos españoles o de mansiones inglesas y que Hollywood, sin la menor duda, atraía a las mujeres más bellas —e incluso a los hombres más atractivos— de todo el planeta.

Pero lo fundamental de Hollywood, lo que restaba importancia a las apariencias, era el trabajo de hacer películas.

Nunca había visto trabajar con tanta energía, con tanto ímpetu.

Y esa energía y ese ímpetu impregnaban la vida privada: el mismo impulso en las relaciones amorosas, en los matrimonios y hasta en la manera de descansar.

Hacer películas era para Hollywood lo que fabricar automóviles para Detroit.

Desde la ventana de la oficina veía gran parte de los estudios y los camiones y vehículos de carga que circulaban sin cesar por las calles transportando decorados y vestuario.

Centenares de hombres en movimiento, cada uno aplicado a una tarea, centenares de extras y un puñado de actores y directores muy bien pagados se comprometían, a sí mismos y su reputación, con el cine.

Allison se sentó al escritorio y pasó la primera semana leyendo el guion. Ahora lo veía con otros ojos, con una mirada abierta y más conocedora, porque Tishman le había comunicado algo de la experiencia que solo muchos años de trabajo en el cine pueden aportar.

Vio que los fragmentos del guion que, en la primera lectura, le habían parecido arbitrarios y caprichosos, en realidad proponían cambios razonables.

Habían cambiado también la secuencia temporal de la novela y, al principio, pensaba que era una estupidez, pero llegó a entender la razón por la que habían decidido que una escena ambientada en verano tuviera lugar en invierno.

El frío, el paisaje desolador, el blanco y negro de la nieve y los árboles desnudos, todo ello realzaría el ambiente y proporcionaría a la escena precisamente el matiz emocional necesario.

Se reunió con el escenógrafo y con el departamento de vestuario y opinó sobre el trabajo que hacían. No encontró nada más que errores mínimos, de los que solo advertirían los expertos empeñados en buscar esa clase de fallos.

Todos los días salía a las cinco de los estudios y volvía al hotel.

El Hollywood con el que soñaban las chicas de provincias no eran los estudios, sino el hotel.

En el vestíbulo y alrededor de la piscina se sentaban las bellezas que, sin esperar a ser descubiertas, se esforzaban cuanto podían por conseguirlo.

Y también había viudas ricas, mujeres mayores que pasaban horas en los salones de belleza todos los días, y siempre acompañadas de jóvenes apuestos.

Pronto fue capaz de reconocer a un agente por la forma de andar, y de saber al primer vistazo si un hombre era un escritor en paro o un director a la espera de un encargo.

En muy poco tiempo se puso al día de todos los cotilleos y se enteró, igual que las camareras del comedor, de por qué tal famosa estrella se divorciaba en realidad y de quién era el otro en realidad.

Lewis la llamaba todas las noches. Hablaban cinco o diez minutos y enseguida se contaban todo lo que deseaban decirse, repasaban el amor que se profesaban, los planes comunes y lo que cada uno había hecho ese día.

Hasta que por fin llegó el momento en que Allison dijo: «¡Ah, Lewis!

Mañana es el último día y ¡vuelvo contigo!

». La reserva era a las seis de la tarde del día siguiente, así que estaría en Nueva York, con Lewis, por la mañana.

La víspera de la partida, Arthur Tishman organizó una fiesta en su honor. Quería que conociera a Rita Moore, sobre todo cuando se enteró de que era una de sus actrices predilectas.

Brad había regresado a Nueva York al final de la primera semana, de manera que fue sola en el asiento de atrás de la limusina del estudio, con el codo apoyado en el reposabrazos, fumando un cigarrillo. Sonreía. «Estoy tan tranquila como si hubiera hecho esto toda la vida», se decía.

Llevaba un sencillo vestido negro ajustado; el pelo recogido y, como único adorno, un pequeño broche de diamantes; la única joya que se había comprado hasta entonces con el dinero «nuevo», como lo llamaba ella.

Un día vio el broche en el escaparate de una joyería de Beverly Hills, entró y se lo compró.

Sabía que, pasara lo que pasara en el futuro, ese broche siempre sería el favorito, por ser el primero y porque lo había comprado con el dinero que había ganado gracias al primer éxito.

Mientras el coche subía por el camino de grava que conducía a la casa de Arthur Tishman , tocó el broche; le daba seguridad.

La casa de Tishman, una mansión enorme y antigua, no moderna al estilo californiano, sino como sacada de un antiguo barrio residencial de Long Island , era una reliquia extravagante, un dinosaurio de la Edad de Hielo de Doug y Mary 1 , un orgulloso recordatorio del pasado majestuoso de Hollywood.

La arquitectura era mitad española, mitad Tudor; sin embargo, curiosamente, no resultaba una mezcolanza.

Como suele ocurrir en las casas estadounidenses de principios del siglo xix , con el paso del tiempo, la vulgaridad arquitectónica se había transformado en encanto.

Allison pensó que le gustaría vivir allí.

No se parecía a las casas de la posguerra, que se le antojaban mezquinas e inhóspitas, con habitaciones pequeñas y funcionales y techos excesivamente bajos.

El coche se detuvo ante una elegante escalinata de piedra con peldaños bajos y una balaustrada tallada. Arthur bajó y la ayudó a salir del vehículo.

A los cinco minutos ya se había tomado un par de copas, sostenía la tercera en la mano y le habían presentado a veinte personas.

No se acordaba del nombre de nadie, solo del de los actores que reconocía.

Había uno del que se había enamorado a los catorce años.

Tenía la piel cetrina, el pelo ralo y una barriguita impresentable.

En pantalla seguía siendo tan guapo como siempre.

Se había bebido rápidamente las dos primeras copas para intentar superar el nerviosismo de estar con todas esas personas, pero solo consiguió marearse un poco. Buscó a Rita Moore con la mirada, pero no la vio.

Bullían las conversaciones por todas partes.

Dejó la copa y salió por las puertas abiertas de la terraza.

Respiró hondo. «Necesito aclararme las ideas», se dijo.

Recorrió toda la terraza haciendo un ruido satisfactorio con los tacones en las baldosas de terracota.

La sala, brillantemente iluminada, daba paso a un ala de la casa que estaba a oscuras.

En una estancia brillaba una luz tenue y ambarina, y Allison, asomándose por las puertas acristaladas, vio que era la biblioteca. Probó a abrir y entró. Era una sala de techo alto y abovedado, con una gran chimenea de piedra. Las paredes estaban repletas de libros lujosamente encuadernados.

«Casi parece que los han leído», pensó.

Dio un paso hacia los libros y de pronto, una cabeza que se asomó por encima del respaldo de un sofá de piel la miró un momento y volvió a desaparecer. Sin embargo, ese instante le bastó para reconocer las famosas facciones de Rita Moore.

—¿Es usted real o es el fantasma de Norma Talmadge? 2 —preguntó Rita Moore desde el otro lado del sofá.

—Soy muy real —respondió Allison. Rodeó el sofá, miró a Rita Moore y, sonriendo, le dijo—: Me alegra saber que tiene cuerpo y no es solo una voz.

— Tenía cuerpo —dijo Rita, mirándose—. ¡Dios mío, ya lo creo que tenía cuerpo! Cuando me veo en las películas antiguas de la televisión, se me parte el alma.

—Sigue siendo usted la mejor, señorita Moore.

—Mil gracias —contestó Rita, esbozando una sonrisa for zada—. Se lo cambiaría por un centavo, si pudiera tener su juventud.

Alargó la mano hacia el decantador de cristal tallado que había en la mesita. Allison lo cogió y le sirvió un poco de brandy.

Rita lo bebió como si fuera una medicina, como algo que debía tomar porque le sentaba bien.

Hizo una mueca y dijo: —¡Dios mío, estoy muy cansada!

Estoy agotada físicamente y sobre todo estoy harta de fiestas como esta.

Cuando vengo a un sitio así, lo primero que hago es buscar las salidas.

Después de veinte años en esta ciudad, he aprendido que la biblioteca es la mejor estancia para estar sola.

A la mayoría de nosotros nos aterran los libros.

Leer un libro es señal de que hemos estado solos unas cuantas horas.

Y aquí, estar sola es una expresión que provoca un miedo desconocido, desde que la peste negra asoló Europa.