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A las nueve y media de la mañana siguiente, cuando Bradley Holmes se sentó a desayunar con Allison, no parecía que la joven hubiera derramado una lágrima en la vida.
—¿Has leído el guion? —preguntó Brad. Dio un sorbo al café.
—Sí.
—¿Qué te ha parecido?
—La mayor sandez que podría plasmar cualquiera en papel —respondió Allison—. Esforzándose mucho, eso sí.
—Bueno, no es el fin del mundo —dijo Brad—. Arthur recalcó que era solo un primer borrador.
—También dijo que las bases no cambiarían —respondió Allison, enfadada—. Si es así, van a ser el hazmerreír de todas las salas de cine de Estados Unidos.
—¡Vamos, mujer! —exclamó Brad—. ¡No puede ser tan malo!
—Compruébalo por ti mismo —dijo ella, encogiéndose de hombros.
—No hay tiempo —dijo Brad, mirando el reloj—. Tenemos que ir al estudio.
—Prefiero ir al aeropuerto, si no te importa —dijo Allison—. Cuanto antes nos larguemos de aquí, mejor.
—Pareces David Noyes —dijo Brad—. ¡Vamos, Allison, anímate!
Le resultó imposible animarse. Estuvo todo el trayecto hasta el estudio enfurruñada en el asiento de atrás de la limusina, encerrada en su pequeño mundo, un mundo de rencor.
Odiaba Hollywood, a Tishman, al guionista y al director.
No podía dejar de pensar que Tishman había comprado la novela porque la admiraba y creía que iba a realizar una gran película, pero solo la había adquirido para cambiarla.
Pensó en los diálogos, sosos y trillados, y se estremeció.
La película se titularía El castillo de Samuel , su nombre aparecería en los créditos, pero no tenía nada que ver con ella.
Y, sin embargo, así sería. Sabía que, en el mundo hollywoodense de Tishman, y también en el de Broadway, por muy remotamente que estuvieras relacionada con el fracaso —aunque solo fueras la autora del libro y no tuvieras ninguna relación con la adaptación—, aun así, se te consideraba responsable.
Después de leer el guion de Tishman, no le cabía duda de que la película sería un fracaso, que la echarían de las pantallas a carcajadas burlonas y que el público se aburriría tanto que dejaría las palomitas y huiría del cine.
Cuando entraron en el estudio de Tishman, este revisaba una carpeta de hojas sueltas con los bocetos preliminares del diseñador de vestuario.
En los márgenes de cada hoja había anotado comentarios en tinta roja.
Allison se fijó en la letra manuscrita de los comentarios: era del estilo que siempre le recordaba a órdenes monásticas, a hombres con dedicación que trabajaban solos.
«Menudo análisis caligráfico —pensó—. Tishman no es un monje y Hollywood está a millones de kilómetros del monasterio más cercano. »
Arthur Tishman miró atentamente a Allison; tenía los párpados pesados y caídos. Giró la silla y se levantó bruscamente.
—Brad —dijo—, ¿por qué no pasa por publicidad y echa un vistazo a lo que ha preparado Jenks? Me gustaría llevarme a Allison y enseñarle el plató.
—Por supuesto, Arthur —dijo Brad—. Es una idea estupenda.
Allison miró a Brad y pensó: «Te equivocaste de vocación; serías el perfecto pelotillero».
Cuando Brad se marchó, Arthur se volvió hacia Allison. Se dirigió a la puerta y ella lo siguió.
—¿No le importa andar un poco? —le preguntó él.
—La verdad es que me gusta —respondió Allison.
—A mí también —dijo él—, pero se tarda más en llegar.
Luego se quedó callado. Allison caminaba a su lado pensando: «¿Qué clase de hombre es?
Escribe como un monje, viste como un marciano —llevaba una camisa informal con un estampado de palmeras que se cimbreaban sobre el pecho y proyectaban sombras sobre la hermosa playa de Waikiki, expandida por el estómago—, cree que andando se tarda más en llegar y cree que puede hacer una gran película con ese guion tan aburrido y falto de imaginación».
Cinco minutos después, el mundo normal de edificios normales quedó atrás.
Allison tenía la sensación de pasear por el país de Alicia: todo estaba patas arriba.
Había una mansión sureña en ruinas al lado de una fachada del palacio de Versalles; y cuando dejaron atrás ambas construcciones, continuaron por la calle principal de una pequeña localidad que el pueblo estadounidense (y medio mundo) consideraba típica por obra y gracia de Hollywood, que la usaba a menudo en las películas.
Seis vaqueros, con sombra de ojos verde y labios pintados, pasaron al trote a su lado; los cascos de los caballos resonaban sobre el asfalto de la carretera.
Cuando salieron del pueblo típico, Allison vio un lago artificial a la derecha.
Unas olas altas zarandeaban una barca de remos en la que iban tres actores empapados.
Una voz gritó desde una torre: «Vale. Apaguen la tormenta».
Las máquinas de viento se detuvieron; la tormenta amainó; los actores salieron de la barca y se metieron en el agua, que les llegaba a las rodillas, y alcanzaron la orilla a pie.
—Cuando vea eso en la pantalla —dijo Arthur—, se convencerá de que se rodó en mar abierto. Y si el director es bueno, el productor es creativo y los actores son los adecuados, también creerá que ese trío de náufragos se encuentra en una situación muy grave.
Llegaron a un pueblo del oeste. Había una calle principal polvorienta, la oficina del sheriff, el salón, la tienda de abarrotes y las aceras de madera. A Allison le pareció que vería al alto y delgado Gary Cooper salir de la oficina del sheriff cautelosamente en cualquier momento.
Arthur empujó las puertas batientes del salón y entraron.
La luz del sol se filtraba a través de las grietas del techo; el largo espejo del fondo de la barra les devolvió su reflejo.
Al verse, Allison tuvo la sensación de estar fuera del espacio y del tiempo, como una intrusa en el pasado americano.
Se sentó a una mesa. Arthur se apoyó en la barra y dijo: —Ha visto este salón en cientos de películas, cada vez con un aspecto ligeramente distinto.
Con unos pocos cambios, una iluminación diferente y otras caras, se convierte en otro espacio.
Solo se necesitan cineastas creativos con una visión nueva para que el objeto o el sitio más familiar resulte desconocido.
Cruzó el salón y se sentó con ella.
—Allison, quería decirle que sé lo que opina del guion. Cree que hemos echado la novela a perder y se dice a sí misma: «Me da igual que hayan destrozado mi libro, pero ni siquiera han creado un buen guion con los restos. Todo es aburrido, soso y sin imaginación».
Allison abrió la boca para hablar, pero Arthur continuó.
—Se necesita pericia en muchas cosas para hacer una película.
Pero, después de veinte años en esto, he llegado a la conclusión de que la más valiosa de todas es la de leer un guion.
Leerlo, verlo y oírlo. Todo a la vez. Y luego ser capaz de juzgar: ¿este guion será una buena película o solo otra mediocridad?
Se levantó y empezó a caminar, inquieto, alrededor de las mesas, luego se detuvo, de espaldas a las puertas batientes.
—Es difícil explicar todo esto, Allison. Usted lee el guion como una novelista. No puede ser así. Tiene que leerlo como una cámara con sonido. Una cámara con un cerebro humano creativo. ¿Conoce la expresión «la magia del teatro»?
Allison asintió.
—Para los ignorantes, significa el «glamour» del teatro, el aura, el atractivo espectacular.
Pero para los profesionales del teatro, la «magia», es algo completamente distinto.
Para ellos, la «magia» es esa cosa extraña, misteriosa e inexplicable que ocurre entre el director y los actores.
Lo mágico es que esas frases que usted considera aburridas e insípidas de pronto cobran sentido y revelan cualidades completamente insospechadas.
Comete un gran error si espera que un guion cinematográfico sea literario.
En cierto sentido, nunca debe ser literario. Necesita cualidades extraliterarias.
Se acercó y se sentó enfrente de ella, al otro lado de la mesa.
—Lo que usted busca es un guion que se lea como una novela. Lo que yo busco siempre es un guion que se lea como una película. Allison, soy un viejo profesional. Sé de lo que hablo, Si no fuera así, me habrían echado de este negocio hace años. ¿Confía en mi palabra?
Allison no respondió. Solo podía pensar en la novela mutilada.
Se acercó a la ventana y miró hacia fuera.
Vio a un grupo de hombres descalzos, vestidos con túnicas blancas, que caminaban por la calle polvorienta.
Uno de ellos llevaba un burro blanco. Se dirigían al plató en el que se estaba rodando una película bíblica.
Era una imagen de lo más raro, aquellos primeros cristianos deambulando por un pueblo del oeste americano.
Era totalmente incongruente, pero allí tenía sentido.
De pronto se dio cuenta de que esa gente podía hacer cualquier cosa, de que, si querían, eran capaces de recrear Nueva York en las afueras de Los Ángeles, o una ciudad planetaria futurista.
Había sucumbido a esa magia desde pequeña.
¿Por qué de repente empezaba a dudar de esos profesionales?
—Creo que he contraído la «enfermedad del novelista» —dijo, volviéndose y sonriendo a Arthur—. Lo que otros llaman arrogancia. Trabajamos solos tanto tiempo que empezamos a creer que somos las únicas personas creativas del mundo. Y, lo que es peor, que no necesitamos a nadie más.
—Los únicos que no se enorgullecen de su trabajo son los mediocres —dijo Arthur.
La tomó del brazo y se dirigieron de nuevo hacia los edificios administrativos.
Por la puerta abierta del estudio de soni do se veían dos damas de compañía de la corte de la emperatriz Eugenia, vestidas de época y con peluca empolvada; charlando sobre su cantante de rock favorito.
Por primera vez, Allison empezó a sentir la emocionante creatividad de Hollywood y, escuchando a Arthur, empezó también a comprender algunos aspectos técnicos del trabajo cinematográfico.