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—Bueno, ya basta de negocios por hoy —dijo Arthur Tishman— .
Le hemos hecho un plan muy completo para toda la semana, querida mía.
Hoy mismo, dentro de un rato, tiene una reunión con Harold Jenks , nuestro publicista.
La prensa lo ha acosado desde que se supo que venía usted.
Después, mañana por la mañana, tiene una cita con uno de nuestros mejores fotógrafos y, por la tarde, queremos que visite el estudio.
Para que se haga una idea de cómo trabajamos aquí.
Después, mañana por la noche, celebramos una cena en mi casa en su honor.
Asistirán todos los que participan en la película y también otras muchas personas importantes. Estamos todos muy ilusionados.
—Pero yo había pensado... —empezó a decir Allison.
—Maravilloso, Arthur —dijo Brad, levantándose—. Como siempre, ha hecho todo lo necesario con absoluta eficiencia.
—Así es como trabajamos —dijo Arthur—. La eficiencia previene las úlceras. Es mi fórmula secreta para el éxito, aunque se la cuento a todo el mundo.
Allison volvió al coche y se sentó junto a Brad antes de darse cuenta de que ni Conrad Blanding ni Joel Parkingson le habían dirigido la palabra desde que el productor empezara a hablar del guion.
—Ya está —dijo Brad, mientras el coche se alejaba—. Ha sido fácil, ¿verdad?
—Sí —asintió Allison—, pero no hemos hecho gran cosa.
—Espera —dijo Brad—. Cuando todo se ponga en marcha, tendrás mucho que hacer.
El coche se detuvo a la puerta de un edificio de piedra que parecía la oficina de correos de una ciudad de provincias. Brad ayudó a Allison a apearse y la condujo a la oficina de Harold Jenks .
Harold Jenks era bajito y barrigón, con el pelo oscuro y rizado y una nariz aguileña que habría hecho las delicias de un caricaturista nazi.
—¿Qué tal? —preguntó, sin levantarse del escritorio, cuando Brad le presentó a Allison.
—Bien, gracias —respondió ella.
—Siéntese, siéntese —dijo, señalando una silla—. ¿Acaban de llegar?
—No —respondió Allison—. Llegamos anoche.
—¿Han visto a Tishman?
—Sí, esta tarde, antes de venir aquí.
—Es usted mona —dijo Jenks—. Arregladita y tal.
Tendría que sacarse partido —añadió. La miró de arriba abajo y luego pulsó una tecla del intercomunicador del escritorio—.
Que venga Joe Borden —ordenó. Poco después entró un hombre, pero Jenks no se lo presentó.
Se limitó a señalarla con un gesto de la mano—.
Allison MacKenzie —dijo, como si fuera mercancía del mostrador de una tienda—.
Escribe libros. Tenemos que preparar algo para los periódicos.
Llévatela y enséñale esto un poco. Escribe algo sobre ella y dámelo antes de que se vaya.
En ese momento Allison tuvo la sensación de ser no solo un producto comercial, sino un producto rechazado por un comprador potencial.
—Mejor, que le hagan unas fotos —continuó Jenks, mirando el reloj—. No podemos dejarlo en manos de la prensa. Acompáñala ahora mismo a Fotografía.
—Pero el señor Tishman ha dicho que las fotos serían mañana por la mañana —dijo Allison—. No pueden hacérmelas hoy. Tengo el pelo revuelto, la ropa arrugada y los guantes sucios.
Jenks soltó una carcajada y dijo: —Pagamos a gente para que se ocupe de esos detalles. Ande, vaya con Borden. Él se encargará de todo.
—Pero no quiero que me las hagan —replicó Allison—. Ya es bastante malo por la mañana, pero...
Jenks apoyó las manos en el escritorio con un gesto de infinita paciencia.
—Mire —dijo—, en esa misma silla donde está usted sentada ahora han estado todas las famosas del negocio: Monroe, Turner, Hayworth . Todas. Sé lo que hago. No me lo ponga difícil y todo saldrá a pedir de boca.
«Y así será —se dijo Allison, finalmente impresionada por su profesionalidad.
Era un hombre muy poco común, que conocía su trabajo perfectamente, mejor que nadie.
Estaba claro que Jenks, igual que Tishman, no estaba donde estaba por ser el cuñado de alguien.
En Hollywood, la era de los cuñados había terminado con el nacimiento de la televisión—.
Probablemente, ahora todos trabajan en estudios de televisión», concluyó.
La peinaron, la maquillaron y la fotografiaron. Luego volvieron a peinarla y a fotografiarla. El fotógrafo la miraba como a través de un microscopio, sin dejar de murmurar, y cuando terminó, Allison estaba a punto de llorar.
—¡No tendría que haber venido! —exclamó en el coche, de vuelta al hotel—. David tenía razón.
—Vamos, vamos —la consoló Brad—. Solo estás cansada, mujer. Te encontrarás mejor en cuanto tomes una copa y cenes como es debido.
A las nueve y media de la noche, Allison terminó el último bocado del postre y miró a Brad con gratitud.
—Tenías razón —dijo—. Me he portado como una niña pequeña. Con solo unos mimos y algo de comer me deshago en sonrisas otra vez. Repugnante, ¿verdad?
—Eres maravillosa —dijo Brad, riéndose—. Tienes el temperamento justo para resultar interesante.
—Ahora lo único que me interesa es un buen baño caliente y una cama cómoda y suave —dijo Allison.
—¿No vas a leer el guion? —preguntó Brad.
—En la bañera —respondió ella.
—Te llamo a las nueve y media de la mañana —dijo Brad, mientras salían del comedor—. Vamos a desayunar juntos.
Diez minutos más tarde, Allison llenó la bañera de agua muy caliente, la perfumó generosamente con aceite esencial y se preparó para sumergirse, relajarse y leer.
Una hora más tarde, cuando terminó el guion, estaba de todo menos relajada.
Joel Parkingson había omitido lo que Allison consideraba algunos de los mejores fragmentos de la novela; en su lugar, había páginas y páginas de diálogos insustanciales y caracterizaciones sin gracia.
«No tengo que preocuparme —pensó con lágrimas en los ojos—. Me da igual . La han comprado y ahora es suya, pueden hacer lo que quieran. No tengo derecho a preocuparme.»
Sin embargo, le preocupaba, y entonces desapareció la única defensa que había sido capaz de construir contra una palabra que, de pronto, se apoderó totalmente de ella. Había levantado con esmero un muro de indiferencia desde el principio, porque sabía que necesitaría esconderse detrás de algo.
—Dentro de poco —le había advertido Lewis—, digamos cuando El castillo de Samuel se acerque a los cien mil ejemplares vendidos, se pondrá de moda criticarlo sin piedad.
—Pues no lo entiendo. Las primeras críticas fueron buenas. No exactamente entusiastas, pero buenas.
—Sí, al principio sí. Sin embargo, hay muchos farsantes en el mundo.
Son los que «descubren» personas, lugares y cosas y no pueden evitar presumir de lo inteligentes que son.
Pero en cuanto el gran público empieza a compartir ese entusiasmo, el descubrimiento deja de agradar a los descubridores.
Entonces, se retractan. —Imitando el tono de uno de estos, que siempre parecían aquejados de un terrible cansancio, había añadido—: Antes, Capri era el sitio ideal, querida.
Pero, de un tiempo a esta parte, simplemente se ha llenado de indeseables.
Allison se había reído con ganas.
—¿Y eso es lo que van a decir de El castillo de Samuel ? —había preguntado—. ¿Que era un buen libro pero ahora se ha vuelto insoportablemente vulgar?
—Se lo he oído decir en mil cócteles. —Lewis, asqueado, había fruncido el ceño—. Y créeme, no puedes luchar contra ellos. Son los que crean la opinión pública y están en puestos de poder.
—No soy su tipo. No perderán su valioso tiempo conmigo.
—Pueden hacerlo. Y, si lo hacen, será doloroso.
—No te preocupes, Lewis —dijo Allison.
Y, en efecto, empezó a suceder tal y como había dicho él. Para ella, la primera señal fue cuando un crítico, que había escrito una reseña favorable del libro, publicó un artículo en la misma revista tan pronto como se supo que se habían vendido los derechos cinematográficos.
« Century Films ha comprado los derechos de la tonta y erótica novela El castillo de Samuel. Solo puedo decir que Hollywood debe de estar más necesitado de material que de costumbre.»
Allison se había quedado atónita. Empezó a oír conversaciones en fiestas y en el vestíbulo de los teatros.
—No, no he leído El castillo de Samuel —oyó decir a una mujer que, en su programa de televisión, había calificado el libro de «emocionante»—. Le eché una ojeada, pero, chica, ¡qué aburrido!
El director de una cadena de televisión, que había intentado comprar los derechos del libro para una gran producción de noventa minutos y cuya oferta había rechazado Bradley Holmes, en una entrevista de una publicación nacional había declarado: «Es muy triste pensar en la cantidad de libros buenos que se han pasado por alto, mientras que El castillo de Samuel se mantiene en la cúspide de los más vendidos».
Allison solo podía bajar la guardia un poco con Lewis, e incluso con él, procuraba no revelar lo mucho que le dolía. Generalmente, lloraba a solas.
—Al público le encanta crear héroes —dijo Lewis—. A veces creo que lo hacen por el mero placer de derribarlos de la cima más alta. Como un niño que construye una casa con bloques y luego la destruye de una patada violenta.
—Me da igual —respondió ella con una alegría forzada—. Es maravilloso ser famosa... mientras dure. Y en realidad no me preocupa mucho lo que digan de la novela. Me da completamente igual.
Allison volvió a llorar en silencio en la cama, contra la almohada.
«Me da igual —gemía—. La ha comprado la Century. He aceptado el dinero. Es suya, y me da lo mismo lo que hagan con ella.»