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El hotel era un enorme semicírculo de diez pisos construido en piedra blanca y cristal, situado en medio de jardines amplios y cuidados, salpicados de parterres de flores simétricos y uniformemente espaciados.
Allison estaba en la terraza de la suite del noveno piso pensando: «Me pregunto si alguna vez se ensucia algo en Beverly Hills ». Eran las diez de la mañana y mirara adonde mirase, todo relucía como si el mundo acabara de salir de una caja de regalo llena de papel de seda.
Sonó el teléfono de la habitación, cruzó las puertaventanas y fue a contestar.
La estancia en sí era como un decorado de teatro, con muebles modernos, alfombras blancas y cuadros abstractos.
El mobiliario estaba tapizado en un intenso color púrpura imperial y las cortinas de lino de las puertaventanas correderas de cristal combinaban a la perfección.
—Hola —dijo Allison por el micrófono del blanco teléfono.
—¿Estás preparada? —preguntó Bradley Holmes .
—No puedo estarlo más —respondió Allison—. Admiro el ambiente que me rodea y no consigo saber si vivo dentro de una tarta de boda glaseada o de una cesta de Pascua de color púrpura.
—Pues ya verás el estudio —dijo Brad riéndose—. Eso sí que te dará que pensar.
—Estoy impaciente —dijo Allison—. ¿Vienes ya?
—Ya he llegado —respondió Brad y colgó.
Unos minutos más tarde llamaron a la puerta y entró Brad en la habitación.
—Muy lujoso, la verdad —dijo, mirando a todas partes—. Los habitantes de Villabrillo te trataron muy bien. Desde luego, mi habitación no es tan elegante ni mucho menos, pero claro, la pago yo.
Allison se puso el sombrero y un par de guantes blancos nuevos.
—Hollywood no te gusta mucho, ¿verdad? —le preguntó.
—A nadie de Nueva York le gusta Hollywood —respondió Brad en el pasillo, de camino a los ascensores—.
Casi siempre es pura pose, por supuesto.
Los neoyorquinos que darían lo que fuera por que los llamaran de Hollywood son los que más se quejan de la prostitución y la falta de arte en las películas.
No, Hollywood no me gusta, pero no lo pregono.
Aquí se mueve mucho dinero y a mí me gusta llevarme mi parte.
—David lo detesta —dijo Allison.
—Sí, es cierto —respondió Brad—. Pero, por otra parte, David nunca va a hacerse rico. Todo se reduce a lo que cada cual quiere de la vida.
Una limusina Cadillac se detuvo en la entrada principal del hotel y un chófer uniformado salió para abrirles la portezuela.
—Verás —dijo Brad—, estos pequeños lujos, ir en un coche como este, por ejemplo, cuestan dinero.
Si uno quiere esta clase de cosas tiene que sacrificar algo.
David nunca estuvo dispuesto a ceder ni un ápice.
Vine con él hace unos años. Se puso imposible.
Miracle Pictures le pagó un precio muy aceptable por el tercer libro, a pesar de que la edición de tapa dura nunca superó los tres mil ejemplares.
Querían que David colaborase en el guion.
Bueno, pues, vinimos y, permíteme que te diga que no pienso volver a pasar otras dos semanas en ese plan.
David estuvo inflexible e intransigente y desoyó todas las sugerencias del productor, del director y de los demás guionistas.
Se suponía que estaríamos aquí ocho semanas, pero al cabo de dos, salió, se emborrachó y se fue en avión a Nueva York.
Créeme, no fue fácil explicárselo a los de los estudios.
Pero al final, decidieron que estaban mejor sin él.
—Según él, yo no debía venir aquí —dijo Allison.
—Me lo imagino. Oye, cielo, no sé por qué te molestas con gente como David. Ahora eres una triunfadora. No necesitas a esos tipos sombríos que parecen trabajadores sociales.
—Pero David es un gran escritor —dijo Allison—. No solo es bueno y competente, sino un genio . Y tú lo sabes.
—Ya —admitió Brad—, pero también sé que, si se relajara un poco y me hiciera algo de caso, sus libros tendrían mucho más éxito en el mercado.
—David no tiene ni una sola célula de mentalidad comercial —respondió Allison.
—¡Uno de los privilegios de los pocos elegidos! —apos tilló Brad, mientras entraban por las puertas de la verja de los estudios.
Allison, nerviosa, se enderezó y se estiró los guantes.
Como siempre, cuando se enfrentaba a una situación nueva, deseaba fervientemente haberse quedado a salvo en casa.
El coche se detuvo frente a una casa de piedra blanca que parecía de un barrio residencial de Nueva York.
En el jardín delantero había un cartel con letras negras enmarcado en hierro forjado que decía ARTHUR TISHMAN .
—¡Por Dios! —exclamó Allison—. ¿Esta es la oficina del señor Tishman?
—Sí —respondió Brad—. Elegante, ¿verdad?
—Aquí podría vivir cómodamente una familia entera con hijos —comentó Allison.
Si se hubiera usado como vivienda, en lo que sería el vestíbulo, había un escritorio y dos archivadores dispuestos y camuflados con tanto ingenio que no desentonaban en absoluto entre los sofás de brocado y los cuadros al óleo.
Detrás del escritorio se encontraba una de las mujeres más bellas que Allison había visto en su vida.
Era menuda, pero tenía una figura exquisitamente moldeada y el pelo, como una caperuza de oro.
Llevaba un sobrio vestido negro, pulseras de plata en ambos brazos y unas sandalias de diminutas tiras negras de piel.
—Me alegro de conocerla, señorita MacKenzie —dijo, levantándose para saludarla—. Me llamo Gloria Muir y soy la secretaria del señor Tishman.
—¿Cómo está usted? —dijo Allison.
Allison pensó que la señorita Muir tenía un acento británico que habría enorgullecido a Laurence Olivier.
—¿Qué tal, señor Holmes? —preguntó la señorita Muir—. Es un placer volver a verlo.
—Es maravilloso estar de nuevo en California —dijo Brad.
«Embustero», pensó Allison.
—El señor Tishman les está esperando —dijo la señorita Muir—. Acompáñenme, por favor.
El señor Tishman era alto y corpulento, y se parecía bastante a Sidney Greenstree de joven. Llevaba pantalones oscuros y una camisa informal de lo más atrevido que podría uno imaginarse.
—¡Brad! —exclamó el hombre, saliendo de detrás del enorme escritorio—. ¡Qué alegría volver a verlo! Ha pasado mucho tiempo.
Los hombres se estrecharon la mano y, antes de que Brad pudiera presentar a Allison, Tishman se volvió hacia ella.
—Y esta es la señorita que ha causado todo el revuelo —dijo sonriendo y alargando la mano—. Señorita MacKenzie, me faltan palabras para expresar el honor que es para mí.
—Encantada de conocerlo, señor Tishman. Es un placer estar aquí —dijo Allison. Tenía la sensación de estar en el té del Sombrerero Loco.
—Le presento a Conrad Blanding, nuestro director —dijo el señor Tishman, tomándolo del brazo—, y a Joel Parkingson , nuestro guionista.
Conrad Blanding llevaba gafas de montura oscura y, al sonreír, enseñó todos los dientes, pero Joel Parkingson continuó serio. Se inclinó envaradamente y se sentó con la mirada fija y pensativa en la hoja de papel amarillenta que tenía en la mano.
—¿Le apetece tomar algo? —preguntó Arthur Tishman—. ¿Café?
—Café, por favor —dijo Allison y se sentó en una silla tapizada de piel.
Las paredes de la oficina del señor Tishman estaban revestidas de paneles de nogal y en una de ellas había un cartel colorista enmarcado.
—Es uno de los mejores de Lautrec, ¿no le parece, señorita MacKenzie? —preguntó el señor Blanding.
—Ah... —comenzó a decir Allison—. Sí. Sí, claro.
A los pocos minutos, la señorita Muir entró con un servicio completo de plata en una bandeja también de plata.
—¿Sirvo? —preguntó.
—Sí, por favor, señorita Muir —respondió el señor Tishman.
A continuación, tuvo lugar una pequeña ceremonia silenciosa: todos los señores se quedaron en silencio mientras la señorita Muir llenaba las tazas con la cafetera de plata.
—Ahora, señorita MacKenzie... —dijo el señor Tishman, recostándose cómodamente en la silla—. Por cierto, ¿puedo llamarla Allison?
—Naturalmente —respondió ella.
—Bien. Así, las cosas serán más cordiales y cálidas. Yo soy Arthur, y ellos —añadió con un gesto vago en dirección al guionista y al director— son Joel y Conrad. Bien, Allison, todos hemos estado muy ocupados con la novela y ya tenemos un borrador del guion.
Allison miró a Joel Parkingson, pero el guionista no levantó la vista, y su actitud parecía más desolada que antes.
—Me gustaría verlo —dijo Allison.
—Por supuesto —dijo Arthur Tishman— . Queremos que se lleve una copia.
Léala esta noche y mañana nos reunimos de nuevo para hablar de algunas cosas.
Aunque, por favor, tenga en cuenta que lo que va a leer no es lo que yo llamaría un guion definitivo.
No lo es. Joel solo ha anotado unas cuantas ideas.
Todavía nos queda mucho camino por recorrer, pero creo, y Conrad está de acuerdo, que Joel nos ha dado una buena base sobre la que empezar a trabajar.
El guion final seguirá las mismas directrices que el que tenemos ahora, pero estoy seguro de que, como usted misma es escritora, comprenderá que el proceso de terminar y pulir un guion es largo y lento.
Al principio, Arthur Tishman daba la impresión de ser un hombre acostumbrado a mandar, y a Allison le daba un poco de miedo.
Pero pronto se dio cuenta de que tenerla allí y haberla conocido le ponía nervioso.
Y por eso no conversaba, sino que daba discursos; como si lo tuviera todo escrito y luego lo leyera mal, igual que un actor aficionado.
Allison conocía bien la leyenda de Tishman. Había llegado a lo más alto por el camino difícil; todo lo que tenía se lo había ganado con su propio esfuerzo. En ese aspecto, se identificaba con él.