Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 1 #3
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—¿Sabe una cosa, señorita? —dijo el taxista—. Los porteros de los buenos hoteles son los únicos que saben cerrar las puertas de los taxis. No las cierran de golpe, sino que siempre lo hacen bien al primer intento. Los taxis durarían mucho más si la gente supiera cerrar las portezuelas con cuidado.

Pasó la mañana en oficinas con paneles de madera, poniendo en manos de abogados e inversores las considerables ganancias que tenía hasta el momento.

Cuando le explicaban los trámites y papeleos, asentía con la cabeza, pero, por mucho que intentara prestar atención, se distraía con otras cosas.

Sin em bargo, sabía que eran hombres honrados y capaces, así que daba igual si no los entendía.

«Quizá sea mejor así —pensó—, al menos no seré una novata entrometida.

Es mejor dejar estos asuntos a los profesionales. »

Por la tarde fue de tiendas y compró ropa y lencería que antes solo miraba. Encargó trajes y vestidos con etiquetas que significaban dinero. Los jefes de planta siempre la reconocían e inmediatamente le abrían una cuenta de crédito.

—Puedo pagar con un cheque —les decía.

Se rio en su fuero interno al pensar que, ahora que tenía dinero, ya no lo necesitaba.

Solo tuvo que dar la dirección y se lo mandaron a casa; no hacía falta que pagara con dinero, bastaba con su nombre.

Cuando volvió al apartamento, la criada ya había desempaquetado las cajas y colgado la ropa en los armarios. Allison se quitó los zapatos y se dejó caer en el sofá. «Nunca me acostumbraré a esto», pensó.

Sonó el teléfono. Era Stephanie. Acababa de hablar con un productor de televisión: —Es un papel pequeño, Allison, pero tengo que aceptarlo. Y, por desgracia, los ensayos empiezan esta noche. Me esperan siete horas en un teatro con corrientes de aire. Preferiría cenar contigo, la verdad.

Stephanie tenía prisa. Dijo que llamaría al día siguiente y que quedarían para comer.

«La adoro —pensó Allison—. Es prácticamente la única persona a la que no le ha afectado que me haya hecho famosa.

» Algunos consideraban que la cantidad de éxito que había en el aire era limitada y que, si sus amigos conseguían una parte, quedaba menos para ellos: una actitud que Allison no podía entender.

«Lo comprendería —pensó— si me hubiera tocado la lotería o si un tío rico de Australia hubiera muerto y me hubiera dejado una fortuna, incluida la mitad de Australia.

Pero yo he trabajado por todo lo que tengo, me lo he ganado.

Nadie me lo ha regalado.» Recordó los cientos de cartas amargas y maliciosas que le habían escrito personas que pensaban que les había robado el éxito.

Suspiró, se incorporó y llamó a Lewis. Le contó lo que había hecho en el día y le dijo que solo David iría a cenar, porque a Stephanie le habían dado un papel.

—¿No prefieres cambiar de opinión y venir, cariño?

—Te llamo a medianoche. Si no estás muy cansada, quizá me acerque.

Que pases una velada agradable con David, cielo.

Puede darte mucha información sobre Hollywood, ya sabes.

Estuvo allí un tiempo. Aunque no sé hasta qué punto te servirá de ayuda.

Tiene una visión muy poco favorable de ese mundo. Pero ya lo hablaremos en otro momento.

Después de charlar con Lewis, llamó al servicio de habitaciones y pidió cena para dos y que la sirvieran a las ocho en punto.

Antes de que llegara David, preparó un baño y le echó unas gotas de lavanda. En el frasco la esencia era de color ámbar, pero en el agua se ponían de un tono morado oscuro. Sintió la envolvente fragancia de la hierba aromática.

Cuando llegó David, la encontró con un sencillo vestido negro, cuya severidad solo atenuaban los puños, ricamente recamados en terciopelo. Llevaba el pelo recogido.

A David le pareció mayor y más guapa que nunca.

—Me sorprendió tu llamada esta mañana, Allison.

Y, por supuesto, me alegré muchísimo. Quería darte las gracias por poner fin a esta ridícula situación.

Todo fue culpa mía. Aquel día que nos vimos en la cafetería...

bueno, te lo digo sin rodeos: tenía envidia.

Me inventé todo tipo de razones para justificarlo, pero era simple y llanamente envidia, a la antigua usanza, nada más. Discúlpame, Allison.

—No hay nada que perdonar, David. Vamos a tomarnos una copa y a pasar una larga velada charlando. Lo ahogaremos todo con la conversación.

Después de cenar, tomaron café en la terraza y la sobremesa derivó hacia el próximo viaje de Allison a Hollywood .

La tensión había desaparecido por completo gracias a la buena comida y al vino, que estaba a la temperatura perfecta.

Los fantasmas húngaros que rondaban por allí trabajaron bien y, a las diez, se evaporaron llevándose consigo el carrito de la comida y dejando a David y a Allison con el café y el brandy.

—No te gustará nada —dijo David—. En Hollywood no hay más que comerciantes que han triunfado y hombres que dicen ser escritores, aunque no hayan tenido una idea original en su vida.

—Sin embargo, voy a ir —respondió Allison—. Brad ya se lo ha comunicado.

—¿Y qué se supone que vas a hacer allí? —preguntó David.

—Voy a ser asesora técnica de la película. Voy a dar algunas indicaciones al guionista y a hablar con los diseñadores de vestuario y escenografía. Cosas así.

—Allison —dijo David con seriedad—, te están tomando el pelo.

No necesitan que les digas nada. Lo único que quieren es utilizarte, explotar tu valor publicitario para sus propios fines.

Te darán mucha importancia, te invitarán a unas cuantas fiestas y te halagarán hasta la saciedad para que, cuando vuelvas al este, le cuentes a todo el mundo lo genial que es la gente de la costa.

—Bueno, si eso es lo que quieren —dijo Allison riéndose—, desde luego están dispuestos a pagar un buen precio por ello. Dos mil quinientos a la semana, más todos los gastos.

—No te gustará, Allison —dijo David, encogiéndose de hombros—. Estoy seguro.

—Es lo más probable, pero tengo que averiguarlo por mí misma. Quiero vivir todas las experiencias que me ofrezcan, o casi todas.

—Solo pienso en ti —dijo él—. Espera a que empiecen a hacer trizas tu libro. Entonces cambiarás de opinión. No podrás soportarlo. Nadie podría.

—Yo no tengo un alma tan sensible y artística como tú —dijo ella—. Por lo que a mí respecta, lo único que quiero para El castillo de Samuel es otras cuarenta semanas en las listas. Y después de lo que me pagaron por los derechos de imagen, pueden hacer lo que les dé la puñetera gana.

—Solo quiero que no te hagan daño —dijo David en voz baja. Allison se avergonzó de repente.

—Lo sé, David —dijo, contrita—. Pero tengo que averiguarlo por mí misma.

—Llámame desde allí —dijo David.

—Sí —dijo Allison—. Te llamaré por teléfono. Como el estudio paga los gastos del hotel, podré hacerlo con la conciencia tranquila.

—Has cambiado mucho —dijo David sonriendo—, pero en el fondo, sigues siendo la niña de Peyton Place con la conciencia tranquila. No creo que puedas cambiar esa parte de ti ni aunque te operes.