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La asaltó de pronto la idea de que no había tiempo que perder; debido a la diferencia de edad, había que compensar en un breve espacio de tiempo todo el amor y la experiencia que la vida les había negado.
Le acarició con las manos y la boca, y percibió que él se estremecía de placer con el contacto.
Lo atacó con amor, con una furia apasionada; y cuando Lewis estaba preparado para ella, se puso encima, la cubrió con su cuerpo duro y le inmovilizó los brazos contra la cama, para que no pudiera moverse.
Ella se quedó quieta, como un muro de contención del mar, se dejó zarandear y sintió la fuerza de la marea y, al final, le pareció que se le escapaba el alma del cuerpo.
Solo entonces la soltó, y ella atrajo su cuerpo vibrante hacia sí.
«Esta es la única verdad que existe, esta expresión de amor —pensó Allison—. Lo demás es interpretar un papel.»
Le ardía el cuerpo solo de pensar que estaba a su lado.
Mientras descansaban tumbados, Allison observó cómo oscurecía lentamente y la habitación se desvanecía en la penumbra.
Los días eran cada vez más cortos. El verano terminaba con elegancia en una sucesión de días de brisas suaves y agradables, aunque el avance del invierno empezaba a notarse tímidamente.
De pronto se acordó de que tenía que irse a California y se dijo: «Voy hacia el oeste, siguiendo al verano, así que tendré unas semanas más».
Al pensar en marcharse, se volvió hacia Lewis y lo besó.
—¿Cómo estás, cariño? —le preguntó.
—Existe la posibilidad de que me recupere —respondió él—. Creo que hay motivos para la esperanza. Si me cuido bien, quizá pueda salir de aquí por mi propio pie mañana, sobre las diez y media.
Allison se echó a reír y dijo: —Será mejor que reúnas todas tus fuerzas ahora mismo, Lewis, porque sospecho que, si el camarero entra y te encuentra así, mi reputación se verá afectada.
—¿Qué camarero? —preguntó Lewis, incorporándose.
—El que va a traernos la cena —dijo, cogiendo el teléfono—. Estoy a punto de pedirla, Lewis. ¿Quieres algo en especial?
—Sí, una cosa —dijo él, saltando de la cama y corriendo al baño—. Espera a que me vista.
Una hora más tarde, cuando llegaron el director, el maître y el camarero —este último empujando un carrito con los platos tapados—, Allison y Lewis estaban sentados con recato y formalidad en las sillas blancas de hierro forjado de la terraza.
El maître abrió el champán, el camarero sirvió la comida sin hacer ningún ruido y el director se quedó de pie, nervioso; a Allison le pareció que ese hombre era de los que siempre temen lo peor.
Después de que el camarero les sirviera los cuencos de vichyssoise fría, dentro de otros cuencos de cristal más grandes y llenos de hielo picado, Allison dijo: —Yo misma serviré los demás platos.
El camarero y el maître se retiraron de la terraza con una inclinación de cabeza; el director, preocupado, echó una última ojeada, como si temiera que la terraza pudiera caerse del edificio. Convencido de que aguantaría unos días más, les deseó bon appetit y salió detrás de los camareros.
—Tengo la sensación —dijo Allison— de que ese hombre lamenta mucho que Nueva Inglaterra no tenga ni rey ni bandera. Creo que le encantaría izarla para anunciar que estoy aquí.
Lewis seguía sonriendo por la forma en que los tres hombres se habían retirado de la terraza caminando hacia atrás.
—Se ven muchas apariciones en Nueva York —dijo—. Los fantasmas de media Europa han encontrado aquí su último refugio y su descanso eterno. Esos tres hombres, por ejemplo, murieron en Budapest en 1935. Nueva York es el paraíso al que emigraron sus almas.
—El fantasma del chef nos ha tratado bien esta noche —dijo Allison.
Después de la crema fría, tomaron f ilet mignon con salsa bearnesa, alcachofas con vinagreta y una pequeña ensalada a las finas hierbas. Terminaron el champán con unas fresitas silvestres que sabían a sol y a campos estivales.
Asomados al antepecho de la terraza, con las tazas de café en la mano, contemplaron Nueva York, que parpadeaba y destellaba por todas partes.
«De algo sirve todo esto —se dijo Allison, sin saber muy bien a qué se refería—.
Momentos como estos hacen que la agonía del éxito merezca la pena.
—Aunque inmediatamente se preguntó—: ¿Es cierto?
¿Compensa esto las mentiras y alejarse de los amigos? »
Pensó en David. Le dolía pensar en él, en aquella habitación solitaria, a solo unos minutos de distancia, inclinado sobre el trabajo.
Quizá lo había juzgado mal. Quizás esa integridad fuera real y aquel enfado fuera genuino, no envidia por su triunfo, sino indignación por que ella deseara alcanzar el éxito.
Él creía en su talento. Decidió que lo llamaría por teléfono para invitarlo a él y a Stephanie a cenar la noche siguiente.
Abajo, Central Park parecía marchito y cansado de luchar tantos meses por sobrevivir al verano de la ciudad.
—Sería cuestión de pedir al Departamento de Parques —dijo Lewis— que, en verano, mande a Central Park de vacaciones. Está muy viejo y gastado, no le conviene pasar más veranos en la ciudad.
—Mañana por la mañana redacto la petición —dijo Allison—. La llamaremos «Fondo para mandar a Central Park a Catskills ». Los niños de las escuelas aportarán monedas de cinco centavos y de diez. El lema será: «Central Park Necesita Aire Fresco».
Lewis dejó la taza de café en el antepecho y se inclinó para besarla suavemente en la boca.
—Y yo te necesito a ti —dijo—. Así de simple. Eres mi sol y mi aire.
Lewis se quedó hasta pasada la medianoche.
Hablaron de su amor y, como recién casados, volvieron una y otra vez a los planes de estar juntos, a que Allison se instalara en un piso en Nueva York cuando volviera de Hollywood.
Eso sería en octubre; iría a Peyton Place a ver a Mike y a Constance y luego, a Nueva York, para comenzar la vida juntos.
—Es muy raro, ¿sabes? —dijo Lewis—. Me refiero a este acuerdo entre nosotros. No suelen funcionar. Me temo que son muy pocos los que duran.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Allison.
—Porque, si queremos triunfar, tendremos que afrontar todos los peligros, todos los escollos de nuestra situación.
—Sé lo que piensas, Lewis: que no estaré satisfecha, que querré más. Que empezaré a darte la lata y a exigirte que te divorcies para que podamos casarnos. Cielo, ¿crees que no lo he pensado? Lo he pensado todo. Lo que yo quiero eres tú . Lo que yo quiero es esto .
—Ruego por que siempre sea así, Allison. Y espero no volverme egoísta nunca. Yo también he pensado mucho mientras estabas en Peyton Place . Espero no exigirte nada jamás...
—Confío en ti, cariño.
—No me refiero a exigencias de amante. Me refiero a las exigencias... bueno, a las exigencias egoístas de un miembro de la pareja, que no tienen nada que ver con el amor, sino solo con uno mismo.
Lewis le dio unas vueltas al brandy en la copa y, por un momento, el oscuro líquido captó la luz y el brillo en una llamarada profunda, que después se apagó y desapareció.
—Creo que lo que quiero decir, Allison, es que cuando mi edad sea una carga para ti, no me retengas por lástima. Ni aunque te lo suplique.
—¡Ah, mi amor! —exclamó ella abrazándolo—. No pienses en esas cosas. No. No eres viejo. No lo eres.
—Ahora no —dijo Lewis, con una sonrisa—.
La verdad es que hacía veinte años que no me sentía tan joven.
Supongo que soy como la mayoría de la gente: me da miedo la vejez.
Solo lo admito ante ti, cielo. Es una locura, pero estoy convencido de que un día me despertaré, me miraré al espejo y tendré que decirme: «Eres viejo, Lewis, eres viejo».
Los hombres son vanidosos y pueden engañarse mucho tiempo, pero supongo que llega un momento en que hasta el más vanidoso tiene que rendirse a la verdad, porque los huesos ya no le permiten mentir.
—No quiero hablar de eso, Lewis. Por favor, no hablemos de eso. Vivamos el presente, aquí y ahora. Dejemos el futuro a las mujeres que escriben el horóscopo. Yo voy a vivir el momento presente, y eso significa que también tú tendrás que hacerlo, porque vas a estar conmigo. Todos los días.
Lewis se marchó después de la medianoche y Allison , cansada de la jornada que había empezado temprano en Peyton Place y había terminado tarde en Nueva York, se fue a la cama.
Abrió las ventanas de par en par para que entrara el aire fresco de la noche; la distancia atenuaba el ruido del tráfico y la en volvió una serenidad que parecía surgir del parque, tranquilo y solitario; se dejó llevar por la calma y se durmió.
Por la mañana le sirvieron el desayuno en la terraza. Solo eran las ocho. «Pueblerina», se dijo, burlándose de sí misma por no adoptar la costumbre neoyorquina de dormir hasta tarde y desayunar café solo. Y como buena pueblerina desayunó huevos fritos con panceta, fruta y café con leche.
Se alegró de haberse despertado temprano.
Aborrecía tomar con prisa la primera colación del día, le encantaba entretenerse con los cigarrillos del desayuno, que sabían mejor que los demás.
Contempló el despertar de la ciudad: apoyada en el antepecho, vio el chorro blanco del camión cisterna, que dejaba la superficie de la calle algo más oscura, aunque no mucho más limpia.
A partir de las ocho y media, empezaron a salir más hombres y mujeres de los edificios de pisos y desaparecían entre las fauces omnívoras de la entrada de metro de la esquina.
Allison sonrió, le hizo gracia observar que, a medida que se acercaban las nueve, los hombres y las mujeres apuraban el paso más y más.
A las diez, vestida con un traje de tweed, de chaqueta elegante cortada al estilo cárdigan, se subió al taxi que la esperaba y el portero del hotel le cerró la portezuela.