Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 1
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En septiembre, Allison se marchó de Peyton Place ; iba a quedarse una semana en Nueva York antes de ir a Hollywood. Eso significaba llegar al estudio con dos días de retraso, pero le pareció más importante pasar una semana con Lewis. Una semana sin interrupciones para estar con él y quererlo.

«La distancia no presta encanto», se dijo, pensando en las semanas de separación, los dos meses en los que lo único que había tenido de él habían sido las cartas.

El amor no había disminuido con la ausencia, pero a veces no conseguía evocar su rostro.

Sabía que los primeros minutos del reencuentro serían incómodos y vacilantes, como si fuera un desconocido.

Miró el familiar paisaje por la ventanilla del tren.

El verano se había prolongado hasta septiembre; el esplendor otoñal aún no había extinguido el verdor, ni siquiera lo había tocado.

«¡Menudo verano!», pensó. Lo que había empezado con belleza y abundancia había terminado con Selena vagando aturdida, perdida e indefensa por el arcén de la carretera.

Habían despedido a Mike. Y Seth Buswell y Matt Swain se habían ganado enemigos por intentar ayudarla.

Peyton Place había sido un campo de batalla.

Se preguntó si huía derrotada o partía victoriosa.

«Un poco de cada», pensó. Mike tenía trabajo otra vez y ella, al menos, no había cedido a las presiones.

Su carrera estaba en pleno apogeo, el éxito había superado con creces incluso los sueños más descabellados.

Nunca se había imaginado el triunfo en función del dinero.

Para ella, siempre había sido un sueño vago y amorfo que consistía en fama y libertad a partes iguales.

El dinero era lo de menos. A menudo se decía: «Soy rica».

Siempre fracasaba en el intento. Nunca se lo creía, no conseguía hacerse a la idea.

«Solo las mujeres mayores son ricas», se decía, procurando pasar por alto la idea de que ella, Allison MacKenzie, era una mujer adinerada. No estaba dispuesta a afrontar esa imagen de sí misma porque no respondía, o eso creía, a su idea predilecta: la de escritora, la de Allison MacKenzie, Autora.

No quería ser una entidad corporativa, siempre liada con los asesores de inversión y los contables fiscales que le recomendaba Brad.

Una de las cosas que tenía que hacer en Nueva York era reunirse con ellos.

Había decidido que la única manera de solucionarlo era buscar a unas personas en las que pudiera confiar y delegar en ellas todos esos asuntos.

No quería ocuparse de todo ese lío. Pensar en cuestiones de dinero la distraía de escribir libros, que era su auténtico trabajo.

Quizá David tuviera razón. Puede que, cuando afirmó que la única función del escritor era escribir, lo dijera motivado por toda una serie de razones ajenas, pero probablemente fuera cierto. «A partir de ahora, así será —decidió—. Basta de entrevistas, basta de comerciar.»

El revisor le pidió el billete e hizo unos comentarios a propósito del largo verano que habían tenido.

«Prácticamente me he convertido en una viajera habitual entre Peyton Place y Nueva York», pensó Allison.

Miró los descoloridos asientos de felpa verde, la mayoría vacíos.

Casi le parecía que era la dueña del tren.

Se imaginó que, charlando con Lewis, le decía: «Tendríamos que viajar más en tren, Lewis, todos.

Es uno de los pocos sitios en los que podemos comunicarnos con nosotros mismos, hacernos preguntas profundas y juzgarnos a nosotros y a los demás.

En coche, es muy peligroso pensar en otra cosa que no sea el tráfico, y los aviones son tan rápidos que no da tiempo a nada».

Recostó la cabeza en el respaldo del asiento, cerró los ojos y se abandonó a los deliciosos pensamientos del reencuentro con Lewis. «El hambre de amor es tan real como cualquier otra», pensó.

Sonrió al imaginarse lo que diría Constance si supiera que estaba enamorada de un hombre casado. Constance, recordando su propio pasado, pensaría que era una maldición familiar, una semilla que le había transmitido a su hija, y se consideraría culpable y responsable.

«Esta es la diferencia entre nuestras generaciones», se dijo. Su madre se había considerado culpable, pecadora, por ser la amante de un hombre casado. Allison, no. Ella lo aceptaba; era un acuerdo, lo mejor que la vida le había ofrecido hasta el momento.

Sobresaltada por este último pensamiento, se incorporó.

¿Hasta el momento? ¿Reconocía, pues, que lo de Lewis era solo temporal, que lo sustituiría por algo mejor, más permanente?

Apartó semejante idea de la cabeza, negó esa posibilidad.

«No soy una gitana ni una trotamundos —se dijo—.

He encontrado lo que quiero, Lewis es lo que quiero y voy a conservarlo. »

Hizo transbordo en Boston. Mientras recorría la estación, sonreía para sus adentros.

«Soy una viajera cansada del mundo, eso es.

Hace muy poco, este viaje de Peyton Place a Nueva York era una experiencia nueva y emocionante, un sueño hecho realidad.

Pero ahora ya puedo hacerlo con los ojos cerrados. ¿Todo va a ser así? ¿Esto es la vida?»

Desde la estación Grand Central se fue directamente al hotel residencial en el que había reservado un apartamento.

Mientras conducía por Park Avenue, con el equipaje alrededor, in tentó ocultar la sonrisa de satisfacción que se le escapaba de los labios.

«¡Vamos! ¡Déjate llevar! —se dijo—. Relaja esa conciencia de Nueva Inglaterra tan estricta que tienes.

Al fin y al cabo, no te lo ha regalado nadie, no te lo han servido en bandeja de plata.

Te lo has ganado con tus propias manos. Ahora, disfrútalo. »

El apartamento estaba en la vigésima planta.

El director la saludó con una inclinación de cabeza y ella siguió al botones que le llevaba el equipaje; llegaron a un gran salón blanco y dorado.

El director entró apresuradamente detrás de ella, abrió las altas puertaventanas que daban a la terraza, le enseñó el dormitorio, que era solo un poco más pequeño que el salón, y la condujo a la despensa del mayordomo, donde si lo deseaba, podía cocinar.

Cuando se quedó sola, se miró en el espejo de cuerpo entero para asegurarse de que era realmente ella, Allison MacKenzie, la que estaba en ese sitio. Luego se dirigió al teléfono y llamó a Lewis.

—Ya he llegado —dijo—. Ven a cenar.

—¿Tengo que esperar hasta la hora de la cena? —preguntó él—. Podría escabullirme por la puerta trasera. Creo que todavía se abre, aunque no la he usado desde 1936, cuando los acreedores se sentaban a esperarme en el vestíbulo.

—¡Ah, cariño! ¡Cuánto me habría gustado estar ahí en aquellos momentos!

—A mí también. Los habrías hechizado allí mismo y se habrían ido con las facturas olvidadas en la mano. Oye, cielo, sé que soy muy indisciplinado y que todos mis autores van a empezar a escribirme cartas airadas, pero voy ahora mismo; dentro de quince minutos estoy ahí.

—¡Ah, sí, cariño, ven enseguida! —dijo ella, y colgó antes de poder añadir «no hay tiempo que perder». La idea había surgido espontáneamente de la nada.

Se desvistió rápidamente. Quería ducharse y vestirse para él.

Tenía previsto pedir la cena y que se la sirvieran en la terraza —con velas en la mesa y una cubitera con champán— desde donde verían toda Nueva York sin que nadie los viera a ellos.

Tener esa relación en secreto lo hacía todo aún más delicioso.

Pero, cuando él llamó a la puerta, no estaba preparada, tenía el pelo mojado, no se había maquillado y tuvo que ponerse un albornoz de felpa.

—No me mires, Lewis. Todavía no estoy a punto para que me veas.

—Eso es como decirle a un hombre sediento que se aleje del agua —dijo él, riéndose.

La tomó del brazo y la atrajo hacia sí. Cuando se besaron, Allison se derritió en sus brazos.

—¡Ay, Lewis! ¡Cuánto te he echado de menos! —exclamó.

—Si se parece a lo que te he añorado yo, entiendo perfectamente por lo que has pasado.

—Lewis —dijo ella, apartándose—, quería estar vestida cuando llegaras, maquillada y con el mejor aspecto posible. Pero, ya ves.

—Ya veo, ya veo —dijo él.

—Quería pedir la cena y sentarnos en la terraza con copas de cristal, velas y champán.

—Eso, después —dijo Lewis, con una sonrisa tranquila.

La besó de nuevo, deslizó la mano dentro del albornoz y le acarició el pecho; luego, abrazados, pasaron rápidamente al dormitorio. A Allison le temblaban las rodillas y se le estremecían los muslos.

—¡Ay, cielo, abrázame! —exclamó ella—. No me sueltes nunca.

—Nunca —dijo él, y la palabra le resonó en la cabeza.

«“Nunca” —se repitió ella—. Los amantes están locos, usan palabras descabelladas e imposibles. Lo peor es que se las creen.»

Apoyó la cara en el pecho de Lewis para no verlo, para no ver las canas que delataban su edad. Notaba en los labios el latido de su corazón. «“Nunca” es mucho tiempo», pensó, y empezó a llorar.

—¿Qué pasa, mi amor? ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? —preguntó Lewis. Le acarició el pelo y la espalda tranquilizándola como un padre a su hija.

—No es nada, Lewis. No es nada —dijo ella.

Le tomó la cabeza entre las manos y se la cubrió de besos, como si quisiera compensar con la intensidad de su amor todos los años que no lo había conocido, todos los años en los que ni siquiera había nacido.