11 #2
—Ya no odio a Lucas —dijo ella—. Dejé de detestarlo en el momento en que murió.
—Eso no es cierto —dijo Tim.
Esta vez, Selena se apartó con tal fuerza que él, sorprendido, le soltó el pelo. Ella se levantó y se enfrentó a él echando por los ojos ardientes chispas de ira y dolor.
—¿Qué demonios sabes tú de eso? —gritó—. Tú, con tu infancia entre algodones, tu teatro y tus juegos de psiquiatra y paciente. No sabes nada de la vida real. Muy bien. Te contaré lo de Lucas. Quizás así pongamos fin a tu repugnante arrogancia.
—No levantes la voz, cariño —respondió Tim, con ese tono paciente y conciliador que la sacaba de quicio.
—¡La levanto todo lo que quiero! —exclamó Selena—.
Quieres oír lo de Lucas. Pues te lo voy a contar.
Era un cerdo, un borracho y el peor hijo de perra que ha existido jamás.
Cuando tenía catorce años, me dejó inconsciente, me arrancó la ropa y me violó.
Y después, muchas veces, ni siquiera sé cuántas, mandaba a mi hermano Joey fuera, cerraba la puerta con llave, me pegaba y se ponía encima de mí.
Estaba de pie frente a él, encorvada, con los puños apretados, hablando a voces. Tim la sujetó por las muñecas e intentó llevarla al sofá, a su lado.
—Por favor, cielo —dijo, casi asustado por la reacción de Selena.
Ella se apartó y le dio una patada en la espinilla cuando intentó levantarse.
—¡Siéntate! —le gritó ella—. Querías oírlo y ahora vas a quedarte quieto hasta que termine.
Lo peor no era cuando Lucas me dejaba inconsciente, ¿sabes?
Lo peor era cuando solo estaba aturdida y, sin darme tiempo a levantarme del suelo, me agarraba, me ataba a la cama y me lo hacía.
Porque estaba despierta y consciente de cada segundo, y notaba el daño que me hacía, y olía el sudor y el aliento, y le oía gruñir como un cerdo.
Esos eran los peores momentos. ¿Qué pasa, Tim?
¿No te gustan los detalles escabrosos? Mi madre lo sabía.
No sé cómo, pero lo sabía. La sorprendía mirándome y sabía que lo sabía.
Y Lucas también era cuidadoso, todo lo que podía.
Esperaba a que mi madre se fuera a trabajar y entonces venía por mí.
Era alto y fuerte, Tim. Más que tú. Y la mayoría de las veces sangraba antes de que terminara conmigo.
Él, en cambio, no sangraba nunca. Me dejó embarazada y aborté.
Le temblaba todo el cuerpo y le dolía respirar.
—En realidad no tenía por qué hacerlo, ¿sabes?
—dijo. En un tono más suave, casi extraño—.
Abortar, quiero decir. Lucas no era mi padre biológico.
Probablemente la criatura habría nacido bien.
No habría sido subnormal ni nada parecido.
Era lo que decía él cuando estaba encima de mí.
Que yo no era su hija. Parecía excitarlo, como si yo fuera una desconocida.
No. En realidad, no tenía por qué abortar, pero lo hice.
Entonces, yo también sangré, pero Lucas, no.
Lucas nunca sangró hasta que lo maté. Y entonces sangró.
¡Ah, cómo sangró! La sangre brotaba de él como una fuente y yo seguía golpeándolo.
Le brillaban los ojos y la boca parecía un tajo en el pálido rostro.
—Lo maté —susurró—. Le golpeé la cabeza; y le di, una y otra y otra vez hasta que murió, y disfruté cada minuto. Cuando terminé, la cabeza parecía un huevo batido y fui feliz por primera vez en años. Lucas estaba muerto, como mi madre. Como la criatura.
Se detuvo y se quedó inmóvil, con los brazos colgando, flácidos, a los lados, y el cabello oscuro tapándole un lado de la cara.
—¿Es eso lo que querías oír? —preguntó por fin, sin mirarlo.
Tim se acercó, ella oyó su pesada respiración. Estaba casi jadeando y, cuando levantó la vista, apenas pudo creer lo que veía. Se acercaba a ella con los ojos brillantes y las manos temblorosas.
—Cariño —susurró, roncamente.
Cuando la atrajo hacia sí, ella se dio cuenta de que estaba excitado. Intentó darse la vuelta y huir, pero ya era tarde; la sujetó con fuerza.
—Así que lo recuerdas —dijo él—. Recuerdas lo grande y fuerte que era, como un toro. Nunca lo has olvidado.
Selena le golpeó el pecho e intentó levantar la rodilla, pero no podía moverse.
—Las mujeres siempre recuerdan al primer amante —dijo él en voz baja—. Especialmente si las han violado.
La tenía fuertemente sujeta, las manos le hacían daño a través de la fina tela del vestido veraniego, y cuando la besó, le notó la boca pesada, húmeda y despiadada. Ella forcejeó y lo empujó, y el pánico era una náusea que amenazaba con tragársela.
—Eso es lo que siempre has querido —dijo Tim—. Que te violaran como te violaba Lucas. Cada vez que te tomaba a mi manera, estúpida y tierna, tú lo recordabas a él, lo grande y lo brutal que era. Bueno, yo también puedo ser así. Como ahora.
Sin embargo, cuando intentó tirarla al suelo, ella consiguió zafarse. Corrió alrededor de la mesa, hasta la chimenea y agarró las tenazas con la mano como si la estuvieran esperando.
—¡Que te mato! —gritó ella, cuando él se acercó—. ¡No te muevas, que te mato!
Pero a Tim le daba igual. Se le acercó sigilosamente y, cuando se puso a tiro, Selena describió un gran arco con las tenazas y lo golpeó.
Si él no se hubiera movido en el último segundo, las tenazas le habrían machacado la sien.
Pero se movió, de manera que solo le dio en el hombro; se tambaleó hacia atrás, se cayó encima de la mesa y aterrizó en el suelo de piedra, enfrente de la chimenea.
Se quedó inmóvil un momento y, en esos pocos segundos, Selena se miró la mano y vio que aferraba las tenazas. Con horror, se dio cuenta de que levantaba el brazo para golpear de nuevo y, justo entonces, Tim gimió y se incorporó. Selena lo miró fijamente y volvió la vista al arma que empuñaba.
«¡Casi! —gritó una voz dentro de su cabeza—. ¡Casi! ¡Casi lo mato!»
Dio media vuelta y huyó de la cabaña. Corrió por el bosque, salpicado de verde y amarillo bajo el sol de verano, hasta la carretera que llevaba a Peyton Place .
«¡Casi!», gritaba la voz, y siguió corriendo hasta que el mundo se difuminó y se golpeó la cara contra el arcén arenoso de la carretera.