Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 11
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Ya había pasado más de la mitad de agosto cuando Selena se dio cuenta de un cambio casi imperceptible en Tim Randlett. Empezó a interrogarla sobre su pasado y se enfadaba si no le respondía.

—Oye —le dijo—, quiero que seas mi mujer. Entre marido y mujer no hay secretos. Si los hay, no es un matrimonio.

Selena apenas oyó las dos últimas frases.

—¿Qué has dicho? —preguntó con una alegría casi incrédula.

—He dicho que quiero que seas mi mujer y...

—No digas más —dijo ella, tapándole los labios con los dedos. Solo repítelo.

—Cariño —dijo Tim riéndose, y la abrazó—, ¿me harías el honor de ser mi mujer?

—Sí —dijo Selena—, sí, sí, sí. ¿Cuándo?

—En otoño —respondió Tim—. Cuando termine aquí. Nos vamos a Nueva York, buscamos un piso, luego vamos a Tiffany’s y te regalo el diamante más grande de la tienda con una alianza a juego.

—Te quiero —dijo Selena en voz baja—. Apuesto a que nadie en el mundo quiere a nadie como te quiero yo a ti.

—Perderías la apuesta —dijo Tim—, porque yo te quiero igual.

Selena lo creyó a pesar de que, en ocasiones, la miraba con una frialdad que la dejaba helada de miedo.

—Háblame de ese Ted Carter —le ordenó.

—No hay nada que contar —respondió Selena—. Fuimos amigos en el instituto y un día dejamos de serlo. Nada más.

—Mientes, Selena —dijo él.

—¡No miento! —exclamó ella, incrédula, volviéndose hacia él.

—¿Te acostaste alguna vez con él?

—¿Estás loco? —le preguntó, enfadada.

—No levantes la voz. ¿Por qué te enfadas tanto si tienes la conciencia tranquila?

—Me enfado porque no solo dudas de mi palabra, sino que, además, has sido capaz de pensar eso de Ted y yo.

—Bueno —dijo Tim, con un sarcasmo que le dolió más que si la gritara—, seamos realistas, cariño. Yo no he sido el primero, ni mucho menos.

—Te comportas como un niño —dijo Selena, y le dio la espalda.

Tim Randlett solía comportarse como un niño.

Cuando no estaba actuando, dentro o fuera del escenario, volvía a ser el niño mimado y petulante que había sido en Hollywood, y lo peor de todo era que no tenía conciencia de actuar de forma infantil, sino que se reafirmaba en su personalidad y defendía sus derechos.

Cuando las pocas personas que lo habían visto así lo acusaban de inmaduro, Tim perdía totalmente los estribos o bien se esforzaba por corregir lo que estaba convencido de que era una impresión errónea.

—No soy infantil, cariño —le dijo a Selena—. Es solo que te quiero mucho y necesito saberlo todo de ti.

—Entonces, ¿no puedes esperar hasta que me vea capaz de contártelo? —preguntó ella.

—Naturalmente, cariño —respondió Tim—. No hay prisa. Tenemos toda la vida por delante para hablar y conocernos el uno al otro.

Después de cada discusión de este tenor, se llevaban bien un breve periodo de tiempo, pero al final, invariablemente, Tim volvía a insistir, y lo que más le dolía a Selena era que, por lo general, elegía precisamente el momento después de hacer el amor.

—¿Qué hacíais Carter y tú cuando erais tan buenos amigos? —le preguntó en una de estas ocasiones.

—Lo mismo que la mayoría —respondió ella, rezando en silencio para que desapareciera esa sonrisa ligeramente torcida de la boca que acababa de besar—. Íbamos a clase y a bailes y hablábamos de casarnos algún día. Cosas de niños.

—¿Nunca os besabais?

—Sí —dijo Selena.

—Ah. Ahora empieza a salir la verdad. ¿Lo hacía bien?

—Tim —dijo ella en voz baja—, ¿qué sientes al oír hablar de estas cosas? ¿Acaso te gusta imaginarme besando a otro?

—Solo responde a la pregunta —le ordenó él.

—No sé —respondió ella—. Ted fue el único chico al que besé cuando era una cría, así que realmente, no puedo comparar.

—¿Me estás diciendo que en una ciudad como Peyton Place los críos no juegan a besarse? —preguntó él, enarcando las cejas con incredulidad.

—Claro que sí, hombre —respondió ella cansinamente.

—Y tú, claro, tan pura y virginal, te negabas a participar en esos juegos. ¿Es eso lo que intentas decirme?

—¡Por el amor de Dios, Tim! —exclamó Selena. Se levantó de la cama de repente y se envolvió en la bata—. ¿Quieres dejarlo de una vez? Pareces un maldito mirón.

—Bueno, ¿lo hacías o no?

—¿Hacía o no hacía el qué?

—Participar en los juegos de besos.

—Pues claro, como todos los demás a esa edad.

—Entonces me has mentido cuando me dijiste que solo habías besado a Carter.

—¡Dios santo! —se lamentó Selena—. ¿Cómo quieres que me acuerde de todos los chicos con los que fui a alguna fiesta alguna vez?

—Si mientes sobre un beso, solo Dios sabe sobre qué más mentirás.

—¡Estás enfermo! —replicó Selena.

—No grites, cariño —dijo él, con una paciencia exasperante—. Y no soy yo el enfermo. Enfermos son los que mienten a los demás y a sí mismos.

—Yo no miento —dijo Selena con calma—. Nunca lo he hecho y nunca lo haré.

Empezó a vestirse con la cabeza gacha, para que no le viera las lágrimas que, sin poder evitarlo, le rodaban por las mejillas.

—¿Qué haces? —preguntó él.

—Me estoy vistiendo —respondió ella—. Me voy a casa.

Él se acercó inmediatamente. Le dio media vuelta para que lo mirara y le besó las lágrimas del rostro.

—Cariño —dijo, contrito—, soy un auténtico canalla. No quería hacerte llorar. Perdóname, por favor.

—Olvídalo —dijo Selena—. Solo quiero irme a casa.

—No digas eso —insistió él, con la voz ahogada de miedo. La rodeó con los brazos y la estrechó con fuerza—. No lo digas nunca. Si te perdiera, no lo soportaría.

—Tengo que irme —dijo Selena, hastiada—. No aguanto más discusiones, ni sarcasmos ni esas acusaciones horribles. Estoy agotada, Tim. No puedo más.

—Por favor —suplicó él, con lágrimas en los ojos también—. Por favor, cariño. Perdóname una vez más. No volveré a hacerlo nunca jamás.

Y entonces, despreocupada e inconsciente, Selena le dio una última oportunidad. Le echó los brazos al cuello y sollozó contra su mejilla.

—No tienes ni que pedírmelo —dijo ella. Claro que te perdono. No puedo dejarte, los dos lo sabemos. Ni siquiera puedo imaginarme lo que sería vivir sin ti. No te dejaré nunca, jamás.

Y, de nuevo, las cosas mejoraron unos cuantos días, pero Selena esperaba las peleas.

Estaba en tensión constante, atenta a las señales que le advertían de la tormenta que se avecinaba.

Muchas noches no podía dormir, se preguntaba por qué la afectaban tanto las constantes indagaciones y la curiosidad de Tim, pero el único motivo que se le ocurría era que nunca había querido darle vueltas al pasado, porque solo así podía seguir viviendo.

También sabía que, en algunos momentos del pasado, no había podido controlar totalmente los pensamientos, y entonces tenía pesadillas terribles con Nelli, su madre: la veía colgada, muerta, un cadáver con la cara negra y los ojos congestionados, balanceándose al final de una cuerda de seda con cada respiración de Selena.

Otras veces había soñado que huía a la carrera de un Lucas gigantesco y poderoso, que la perseguía; entonces gritaba en sueños hasta que Joey entraba en la habitación y la despertaba.

—Quizá sea un tópico —había dicho Matthew Swain— , pero es cierto que el tiempo todo lo cura.

Y así había sido, tal y como había dicho el médico.

Con el paso de los años, las pesadillas de Selena fueron cada vez menos frecuentes y por fin desaparecieron por completo; el único momento en que cedía al miedo era una vez al año, el día de la primera nevada.

Hasta que se enamoró de Tim Randlett. A partir de ese momento volvieron las pesadillas, el miedo y las noches de insomnio, porque Selena sabía que Tim no tardaría en preguntarle por Lucas, Nellie y el juicio, y tendría que sacar a la luz los trapos sucios enterrados y enseñárselos con todo detalle.

«No voy a pensar en ello —se decía, mientras daba vueltas en la cama—. No voy a hablar de eso, y si Tim se pone desagradable, lo dejo.»

Sin embargo, sabía que no lo dejaría, le pidiera lo que le pidiera, pero las noches de insomnio se alargaban y la comida le daba náuseas; su hermano Joey le preguntaba: «¿Qué te pasa, Selena?», y ella no tenía respuesta.

«Tengo que tranquilizarme —pensó— y no permitir que nada me inquiete. Tim me quiere. No es cruel.»

Eso era cierto. Tim Randlett la quería a su manera, y no era un hombre cruel.

Pero estaba haciendo el papel de psiquiatra y lo sabía; se había convencido de que los oscuros secretos que carcomían la mente de Selena eran como un veneno que la emponzoñaba y que acabaría destruyéndola y, por lo tanto, a él también.

Se veía a sí mismo como un gran sanador y creía que la satisfacción de lograr encajar una pequeña pieza de información tras otra en el rompecabezas del pasado de Selena era la alegría de un científico a punto de hacer un descubrimiento, y nunca reconoció que había algo desagradable y perverso en esa emoción.

—Solo quiero lo mejor para ti —le decía.

Y Selena lo creía porque no podía hacer otra cosa.

Una tarde soleada de finales de agosto estaban en el sofá del salón de la cabaña, él sentado y Selena tumbada, con la cabeza en su regazo.

Le apartó suavemente el pelo de la frente y Selena tuvo la maravillosa sensación de flotar que siempre tenía después de hacer el amor, cuando se quedaban juntos y tranquilos.

Estaba a punto de dormirse, pero él dijo: —Háblame de Lucas.

Selena se quedó totalmente inmóvil un momento; la serenidad la invadió, como suele ocurrir cuando alguien ha sufrido un trauma terrible y piensa: «Ahora que ha pasado lo peor, lo que venga después solo puede ser mejor». Pero entonces se le aceleró el corazón y empezó a temblar.

—¡Basta, Tim! —gritó—. No quiero hablar de Lucas ni de nada que tenga que ver con él.

—Tienes que hacerlo, cariño —dijo él, con suavidad—. Es la única manera de que te liberes.

Ella intentó levantarse, pero él tenía su larga cabellera enrollada en la mano y la retuvo.

—Suéltame —le ordenó.

—No tengas miedo, cariño —insistió él suavemente—. Créeme, solo quiero lo mejor para ti. Tienes que hablar de ello, cielo. No puedes pasarte la vida con todo ese odio reprimido dentro.