Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 10 #2
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Por suerte para ella, el dueño del restaurante en el que trabajaba era un italiano que tenía seis hijos.

Su mujer había trabajado hasta el último momento de todos los embarazos y no le había hecho ningún daño.

Así que mantuvo a Betty en el trabajo a medida que le crecía la barriga, advirtiéndole que no levantara bandejas pesadas y que tuviera cuidado de no resbalar en el suelo de la cocina.

—Si necesita levantar algo, llámeme —le dijo—. Y no se preocupe por nada. Es bueno que las embarazadas estén de pie. Facilita las cosas cuando llega el momento.

—No se preocupe por nada —dijo la mujer del italiano—. Si su marido está fuera, iré yo a visitarla al hospital. Y después la ayudaré con el niñito. ¡No se preocupe por nada!

—Hoy en día —dijo el italiano, chasqueando los dedos—, para una mujer, tener un hijo no es nada. ¡Pam!, el hospital. ¡Pam! , el éter. ¡Pam! , la criatura. Y ya está.

El niño nació a finales de octubre y todo salió tal como Betty había planeado.

El parto fue fácil, a pesar de que Roddy pesó cuatro kilos y medio, y los pechos de Betty rebosaban leche para alimentarlo.

Desde el principio fue un niñito tranquilo, nunca lloraba, solo cuando tenía hambre o estaba mojado; y crecía a ojos vistas, a medida que pasaban las semanas.

Cuando cumplió tres meses, Betty entendió que era hora de volver al trabajo.

Le quedaban veintiún dólares y sesenta y siete centavos en el banco.

En la época en que Betty vivió allí, se hizo amiga de Agnes Carlisle, la mujer que ocupaba la habitación de al lado.

Agnes era maestra jubilada, le costaba mucho llegar a fin de mes con la pensión que cobraba y aceptó de mil amores cuidar a Roddy todas las tardes por la pequeña suma que Betty podía pagarle.

—Es tan bueno que no me va a dar ningún trabajo —decía Agnes alegremente—. Y aunque me lo diera, no me importaría. Es un niñito precioso.

A Betty casi le daba risa ver a esa mujer canosa y de aspecto severo hablando con Roddy en lenguaje infantil.

—Es clavadito a su padre —dijo Betty.

Los años pasaron con rapidez. Cuando Roddy tenía tres, los italianos abrieron un restaurante nuevo en otra parte de la ciudad y nombraron a Betty gerente del antiguo local.

Empezó a ganar un sueldo decente y a menudo pensaba en mudarse de esa habitación oscura y lúgubre.

Sin embargo, Roddy quería tanto a Agnes Carlisle como ella a él, y además le estaba enseñando a leer y a escribir para que adelantara a los demás niños cuando empezara a ir a la escuela.

—Tal como está el sistema escolar hoy en día —decía Agnes—, solo tienen alguna posibilidad los niños que reciben ayuda externa. Me encargaré de que Roddy la tenga.

Así que Betty se quedó donde estaba. Salió con varios hombres, pero, como le dijo a Agnes, no tenía intención de casarse.

—Me gusta mi vida tal y como es —decía—. Sin compli caciones. Tengo a Roddy y el trabajo, pero ninguna atadura, y quiero seguir así.

Agnes era la única persona en Nueva York que sabía que Betty no estaba casada; nunca hablaba del tema con los hombres con los que salía, excepto cuando la relación se volvía seria. Entonces les decía que se había casado una vez y que no quería volver a cometer el mismo error.

El 4 de julio Agnes vio el anuncio en la sección correspondiente de un periódico sensacionalista. Betty, Roddy y ella habían pasado la tarde en el parque y Betty estaba preparando café con hielo.

—¡Qué curioso! —dijo Agnes.

—¿Qué? —preguntó Betty, asomándose por encima del hombro de la vecina.

—Esto —dijo Agnes, señalando el anuncio.

—Léemelo —dijo Betty—. Se me ha olvidado añadir un cubito de hielo a la leche de Roddy y se va a poner a gritar en cuanto se dé cuenta.

—Betty, ¿dónde estás? —dijo Agnes.

—¿Qué? —preguntó Betty volviéndose, sorprendida.

—Esto es lo que pone aquí, en el periódico —respondió Agnes—. «Betty, ¿dónde estás? Por favor, ponte en contacto conmigo tan pronto como lo leas. Es urgente. Leslie Harrington, apartado 213, Peyton Place Times ».

—¡Vaya, maldita sea! —exclamó en voz baja. Se sentó en un escabel a los pies de Agnes.

—Es para ti, ¿verdad? —preguntó Agnes.

—Sí —dijo Betty.

—¿Es...? —Agnes titubeó, mirando a Roddy, que las contemplaba solemnemente. Bajó la voz—. ¿Es el abuelo de Roddy? —preguntó, deletreando la palabra abuelo.

—¿Qué es de Roddy? —preguntó el niño. Luego miró el vaso—. ¡Un cubito! ¡Un cubito! —gritó.

—Sí —dijo Betty. Sacó un cubito de hielo del vaso de café helado y se lo puso a Roddy en la leche.

—¿Vas a responder?

—No sé.

—¿Estás loca? —preguntó Agnes—. Me dijiste que tenía mucho dinero. Ya es hora de que haga algo por erre, o, de, de, y griega.

—¡Roddy! —gritó el niño, encantado.

—¿Por qué le habré enseñado a deletrear? —se lamentó Agnes.

—No sé si quiero nada suyo —respondió Betty.

—No seas tonta —dijo Agnes—. Si quiere hacer algo por el niño, permíteselo. ¿Vas a quedarte atrapada en un cuchitril como este toda la vida? ¿Y Roddy también? Acepta lo que te ofrezca. No acabes como yo.

Betty miró a Agnes un largo rato. Se vio a sí misma envejecida, viviendo sola en la escueta habitación, a dos velas y atemorizada.

—No voy a escribirle —dijo—. Vamos a ver cuántas ganas tiene de ponerse en contacto conmigo. Le llamaré por teléfono. A cobro revertido.

Pidió la conferencia con una sonrisa en la cara; se alegraba pensando lo mucho que le fastidiaría a Leslie tener que saber algo ella mediante una operadora entrometida de Peyton Place .

—¿Qué quiere, Leslie? —preguntó en cuanto oyó su voz.

—Quiero que vuelvas a casa —dijo él, después de un instante de vacilación.

—¿No le parece un poco raro, Leslie?

—Llevo años intentando encontrarte —dijo él.

—¿Por qué? —preguntó ella con frialdad—. Hubo un tiempo en el que no veía el momento de deshacerse de mí.

—¡Betty! —Ella casi se sorprendió por el tono suplicante de la voz—. ¿Cómo está la criatura?

—Bueno, ya no es tan criatura —respondió Betty—. El niño va a cumplir cinco años.

—Un niño —dijo Leslie. Y se quedó en silencio un largo minuto, solo se oía la respiración—. Un niño. ¿Cómo se llama?

—Rodney Harrington , hijo —respondió, esperando que Leslie protestara.

—Es maravilloso, Betty —dijo el hombre. Y ella se sorprendió tanto que se apartó el auricular de la oreja y lo miró como si quisiera verle la expresión—. Por favor, Betty —le rogó—. Dime que vendrás.

—Tengo que pensarlo —respondió ella.

—Te mandaré un cheque para los billetes —le ofreció.

—¡Faltaría más! —respondió ella, con una risita seca.

—Te lo mando por correo ahora mismo —dijo él—. Solo dame tu dirección.

—Ni hablar —dijo Betty—. Lo último que quiero es encontrarlo acampado en la puerta de mi casa. Le he dicho que lo pensaría y lo pensaré. Le llamo este fin de semana.

—Al menos dame tu número de teléfono —dijo Leslie.

—No —respondió ella, y colgó bruscamente.

La semana siguiente fue un infierno para Betty. Toda la vida había odiado la indecisión, y los constantes comentarios de Agnes no contribuían a facilitarle las cosas.

—Deja de pensar en ti misma —dijo Agnes—. Piensa en Roddy.

Y: «¿Quieres pasar el resto de tu vida trabajando en un restaurante grasiento?».

Y: «No voy a estar aquí para siempre, ya sabes. ¿Quién va a cuidar de Roddy cuando falte yo?».

Y: «Roddy es uno de los niños más inteligentes que he conocido. ¿Vas a privarlo de las ventajas que podría tener?».

Y: «¿Si te pones enferma? ¿Qué pasaría entonces con Roddy?». —¡Por el amor de Dios! —exclamó Betty—. ¿Quieres callarte un momento, por favor? ¡No puedo pensar!

—No hay nada que pensar —dijo Agnes con decisión—. Llama al viejo, haz las maletas y vete.

Al final, Betty llamó por teléfono a Leslie Harrington .

—Puedo tomarme una semana libre en el trabajo —dijo ella—. Vamos a ir a visitarle, pero solo cinco días. Los otros dos los pasaremos de viaje.

—¿Me das tu dirección para que te mande el cheque? —preguntó Leslie.

—No —respondió Betty—. Lo he pensado bien y no quiero tener ninguna deuda con usted. La única razón por la que voy a verle es porque es el abuelo de Roddy. Todos los niños deberían tener la oportunidad de conocer a su abuelo. Es el único motivo, créame.

—Manda un telegrama para decirme el horario del tren que tomes —dijo Leslie.

—Sí, de acuerdo.

El coche torció hacia la amplia entrada de grava de la casa de los Harrington.

—Ya hemos llegado —dijo Leslie—. Roddy se ha dormido.

«Sí —pensó Betty—. Efectivamente, ya hemos llegado.»