10
Llovía a cántaros, como solo puede llover en agosto, a gotas gruesas y pesadas que salpicaban las carreteras y las aceras como monedas de plata.
Betty Anderson tomó a su hijo de la mano con firmeza al entrar el tren en la estación de Peyton Place .
El revisor llevaba un paraguas negro y lo abrió cuando la máquina se detuvo y Betty bajó al andén.
El hombre estiró el brazo para ayudar a Roddy, pero Betty lo apartó.
—Déjeme a mí —dijo. Luego, cuando el revisor retrocedió un paso, añadió con más amabilidad—. No le gusta que lo toquen los desconocidos.
—Es bastante normal, a su edad —dijo el revisor animadamente—. ¿Cuántos años tiene? ¿Puede que cinco?
—Los cumple el mes que viene —dijo Betty.
—Tengo más de cuatro años y medio —dijo Roddy con orgullo—. Antes tenía cuatro y medio, pero ahora tengo más.
—Bueno, en tal caso —dijo el revisor con una sonrisa—, tendrás bastante fuerza para llevar las maletas de tu madre.
—No —respondió Roddy con seriedad—. Yo solo tengo que llevar a Wendel.
—¿Y esta es Wendel? —preguntó el revisor, acercando la mano a una jirafa bastante sobada que sostenía el niño.
—Sí —respondió Roddy—, es Wendel, y está muy cansada del viaje, ha sido muy largo. Cuando venga el abuelo, Wendel va a ir en coche. Le gusta ir en coche.
—¿Y a ti te gusta ir en el coche de tu abuelo? —preguntó el revisor.
—No lo sé —respondió Roddy.
—Ven, cielo —dijo Betty—. Aquí hay mucha humedad. Vamos dentro.
—Adiós —dijo Roddy.
El revisor saludó con la mano cuando subió al tren y Betty y Roddy se dirigieron a la sala de espera de la estación. Ella no miró atrás cuando el tren se alejó, pero notó que se le tensaba la espalda.
«Tendría que volver a subir —pensó—, y seguir adelante, largarme de aquí. En primer lugar, no sé ni por qué he venido. Se me ha debido de aflojar un tornillo o algo así.»
La estación no había cambiado nada, observó. Seguía siendo la misma estructura destartalada que cuando se marchó de Peyton Place , hacía ya cinco años.
«Está un poco más vieja —pensó, mirando los edificios—. Un poco más deteriorada y agrietada, a lo mejor, pero igual que siempre. Como yo, supongo.»
—¿Es aquí donde vive el abuelo? —preguntó Roddy, mirando el alto techo de la sala de espera.
—No —respondió Bettty—. Esta es la estación de ferro carril, aquí se compran los billetes para subirse al tren. Tu abuelo vive en una casa. Una casa excelente, grande y bonita; la más grande de Chestnut Street.
—¿Vamos a dormir allí? —preguntó Roddy. Empezó a frotarse los ojos con los nudillos de la mano—. Wendel está cansada.
—Todavía no lo sé —respondió Betty, y le costó hablar, porque acababa de ver a Leslie Harrington acercándose. Lo acompañaba Charles Partridge.
«Debe de estar preocupado —pensó Betty con ironía— para traerse al abogado. ¡Qué hijo de perra!»
Fue Charles quien saludó primero a Betty y le estrechó la mano. Leslie se quedó mirando a Roddy. «Lo sabía —pensó—. El niño es el vivo retrato de su padre.»
Efectivamente, Roddy también era moreno y tenía el mismo atractivo físico y el mismo cuerpo robusto que Rodney Harrington .
—Hola, Betty —dijo Leslie por fin—. Bienvenida a casa.
—Esto no es nuestra casa —dijo Roddy—. Es el sitio al que venimos de visita.
Leslie dudó y, aunque le habló al niño, miró a Betty.
—Bueno —dijo, vacilante—, es posible que, si pasas aquí una temporada, te guste tanto que quieras quedarte —dijo.
—No cuente con ello, Leslie —dijo Betty, mirándolo directamente a los ojos.
—¿Eres mi abuelo? —preguntó Roddy.
Para Leslie fue como un fuerte puñetazo en la boca del estómago.
«Maldito viejo loco —se reprendió a sí mismo. ¡Enternecerse por una palabra!»
—Sí —contestó, cuando pudo hablar—. Soy tu abuelo.
—¿Vamos a dormir en tu casa excelente, grande y bonita? —preguntó Roddy.
—Sí —dijo Leslie. Miró a Betty, que seguía inmóvil y se limitaba a devolverle la mirada—. En mi casa tango una habitación especial preparada para ti.
—Wendel está cansada —dijo Roddy.
—Wendel es una jirafa muy bonita —dijo Leslie—. Y, sí, es cierto, parece cansada —añadió, mirando al nieto—. Vamos —dijo, abriendo los brazos—. Os llevo a ti y a Wendel en el coche, verás qué rápido llegamos a casa y la acostamos.
—No —dijo Betty reteniendo a Leslie por el brazo sin perder un segundo—. A Roddy no le gusta que le toquen los desconocidos.
—Está bien —dijo Roddy, acercándose inmediatamente a su abuelo—. Wendel quiere que la lleven.
—Claro que sí —dijo Leslie mientras levantaba al niño en brazos.
Betty los siguió hasta el coche y solo Charles Partridge se fijó en la rigidez de la mandíbula de la joven madre.
«La misma Betty de siempre —pensó. Luego, mientras la observaba, pensó—: Y el mismo Leslie de siempre.
Siempre consigue exactamente lo que quiere.
Aunque más le vale no intentar engañar a esta jovencita.
Puede que le haya dejado salirse con la suya una vez, pero ahora es mayor y más inteligente, y sigue siendo testaruda. »
—Conduce tú, Charlie —dijo Leslie al subir al coche—. Yo tengo que sentarme aquí y sujetar a Wendel.
«Más le vale que no intente ningún truco conmigo esta vez —pensó Betty, y cerró la portezuela del coche bruscamente—. Antes era una mema, pero ahora ya no. Cinco años en la ciudad espabilan mucho.»
Los últimos años no habían sido fáciles para Betty Anderson , pero tampoco había esperado que lo fueran.
Al principio, cuando finalmente supo que Rodney no iba a casarse con ella y que el único dinero que recibiría de Leslie serían doscientos cincuenta dólares, estuvo al borde de la desesperación.
Sabía que su propia familia no la ayudaría.
Estaba sola y no le quedaba más remedio que tomárselo lo mejor posible.
«Nunca he sido llorica, gracias a Dios —pensaba cuando subió al tren para irse a Nueva York—. Si lo fuera, seguro que ahora estaría llorando a lágrima viva.»
También agradeció tener todavía un tipo esbelto y que no la atormentaran las náuseas matutinas ni los desmayos, que le habrían impedido trabajar.
Cuando llegó a Nueva York, consiguió que le dieran trabajo antes que alojamiento; después, con el futuro inmediato momentáneamente asegurado, buscó una habitación.
Encontró una y, aunque era oscura y deprimente, el alquiler le convenía y, con optimismo, se dijo que no iba a quedarse ahí para siempre.
En cuanto resolviera el engorroso asunto del parto y el de dar al niño en adopción, sería libre para buscar un trabajo mejor, a un hombre con dinero y, finalmente, casarse.
No había contado con la posibilidad de querer a su hijo ni de encariñarse con él incluso antes de que naciera.
Trabajaba en un restaurante, las propinas eran bastante buenas y sabía complacer fácilmente a la clientela.
Pensaba con tristeza que era una suerte, porque en realidad no tenía madera de camarera.
Se le olvidaban las cosas constantemente: las servilletas, los vasos de agua, rellenar los azucareros, pero siempre tenía una sonrisa cariñosa y la clientela era en su mayoría masculina.
Ella sonreía, se reía a carcajadas de sí misma y se contoneaba; y los hombres se reían con ella, le miraban el trasero con mucho gusto y le dejaban propinas generosas.
También le pedían citas, pero Betty siempre les enseñaba un anillo de boda barato que llevaba en la mano izquierda y les decía que su marido medía un metro ochenta, que tenía los hombros como un muro de ladrillos y que mataría a cualquier hombre que intentara salir con ella mientras él servía en el ejército.
Sin embargo, lo decía con una sonrisa y de tal manera, que cada pretendiente creía que, si las cosas fueran distintas y ella, de las que se liaban con cualquiera, lo elegiría a él.
«Cuando llegue el día en que me deshaga de este puñetero bulto —pensaba brutalmente—, seré libre de verdad.»
Sin embargo, una tarde, mientras se quitaba el uniforme y se ponía la ropa de calle, notó una punzada en el estómago que la dejó traspuesta, no de dolor, sino de asombro.
«¡Vaya, maldita sea!», pensó.
Se fue andando a la habitación y, tan pronto como llegó, se desnudó y se tumbó en la cama. Se puso las manos en el abdomen, esperó y entonces, volvió a ocurrir. Estaba viendo movimiento debajo de la piel.
«¡Vaya, maldita sea! —pensó de nuevo y sonrió—. ¡Vaya, maldita sea! ¡Está vivo!»
No supo exactamente cuándo empezó la decisión de tenerlo.
Más tarde, pensando en ello, supuso que debía de haber sido cuando notó la punzada de vida por primera vez.
La nueva idea provocó cambios radicales en su planes y Betty, que no tenía la costumbre de retrasar las cosas, empezó a hacer planes de inmediato.
No tardó ni una semana en buscarse un tocólogo, que le prometió asistir el parto por setenta y cinco dólares. Le reservó una habitación en un hospital y le dijo exactamente cuánto le costarían cinco días de estancia allí.
—¿Hay alguien que cuide de usted y del niño cuando vuelva a casa, señora Harrington? —preguntó el médico, usando el nombre que ella le había dado.
—Sí —respondió ella, ocultando la sonrisa un tanto irónica que se le dibujó en los labios—. Tengo familia.
Pasó los meses siguientes aprendiendo todo lo posible sobre los cuidados que requieren los recién nacidos.
Compró pañales, camisones e imperdibles, y decidió que no necesitaría ni mantitas ni biberones.
Dormirían los dos en la misma cama y lo amamantaría ella.
Empezó a atiborrarse en la única comida diaria que le permitían en el restaurante y se llevaba pasteles, pan y queso en el bolso a escondidas, para poder cenar en la habitación sin gastar dinero.
En el restaurante, en lugar de beber agua, bebía leche. El agua la bebía en casa y cada céntimo que conseguía ahorrar lo ingresaba en una cuenta bancaria para pagar el hospital y mantenerse las semanas posteriores al nacimiento del niño, porque tendría que quedarse con él.
« Rodney Harrington , hijo, así se va a llamar —pensó. Tiene derecho a ese nombre y lo tendrá. Al diablo con Peyton Place y con todos los que viven allí.»