Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 9
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Mike Rossi tardó una semana en descubrir que no le gustaba Tim Randlett.

—No sé por qué —dijo cuando Connie le preguntó la razón—. Hay algo en él que me huele a chamusquina. Es como un camaleón.

—No, hombre, no —objetó Connie—. Es un joven muy agradable y, por mi parte, me alegro mucho por Selena.

—Estoy de acuerdo —dijo Allison, sonriendo a Mike.

Pero, como Mike solía decir, Connie tenía una curiosidad muy desarrollada.

—¿Qué quieres decir con «camaleón?» —le preguntó.

—A cada uno le habla de una forma distinta —respondió él, deseando no haber sacado el tema—. Cambia de actitud con cada persona que conoce, como si cambiara de color.

—Lo que le pasa a Mike es que tiene envidia, nada más —le dijo Connie a Allison—. Tiene envidia de Tim porque es joven y guapo y se acuesta con Selena.

—¡Mamá! —exclamó Allison, atónita—. ¿Cómo lo sabes?

—¿A qué te refieres? —preguntó Connie, mirándose las uñas con aire inocente.

—Maldita sea, sabes muy bien a qué me refiero —dijo Allison—. Vamos, dímelo.

—Bueno, es esa mirada que se les pone a las mujeres —dijo Connie, encogiéndose de hombros—. Y Selena la tiene: una mirada soñadora.

—¡Ay, mamá! ¡De verdad...!

—Bueno, es cierto —dijo Connie a la defensiva—. Y no solo se acuesta con él, sino que está encantada.

—Lo único que me importa —dijo Allison— es que Selena sea feliz. Y si acostarse con Tim Randlett la hace feliz, estoy totalmente a favor.

—Señoras, esta conversación me sofoca y me incomoda —dijo Mike, levantándose—. ¿Alguien quiere una cerveza fría?

—¿Sabes una cosa, Mike? —dijo Allison, levantando la voz para que la oyera desde la cocina—. A Peter Drake tampoco le gusta Tim Randlett.

—Bueno, ¿qué esperabas? —preguntó Connie—. ¿Creías que estaría encantado de que le haya salido un rival? Peter lleva años enamorado de Selena.

—Ha dicho que Tim es un mentiroso de marca mayor, y cito textualmente —dijo Allison.

—Puede que tenga razón —dijo Mike, volviendo al salón con tres vasos llenos de cerveza—. No quiero decir que sea un mentiroso ni creo que lo sea, pero me da la impresión de que lleva tanto tiempo fingiendo que ni siquiera se da cuenta.

—Pura envidia —dijo Connie, lamiéndose un poco de espuma blanca del labio superior.

—Y tú llevas tanto tiempo en Peyton Place —se rio Allison— que te has hecho igual que los nativos y ahora desconfías de Tim porque se gana la vida con una profesión tan poco convencional como la de actor.

—Y, por si fuera poco —dijo Connie—, ahora eres un auténtico chismoso.

—Ajá —dijo Mike, teatralmente.

De todos modos, Mike Rossi no era el único que estaba preocupado por la relación de Selena con Tim Randlett. El doctor Matthew Swain se la encontró en Elm Street y, como le contó más tarde a Seth Buswell , casi no la reconoció. Era como si estuviera iluminada, radiante, y no dejaba de sonreír.

—Hola, Matt —dijo ella.

Era la primera vez en la vida que no lo llamaba «Doc».

—Hola, Selena —dijo Matt—. Dios mío, esta mañana tienes un aspecto espléndido. No hace falta preguntarte qué tal estás. Es obvio.

—También estoy generosa —replicó ella riéndose—. Vamos al Hyde, invito yo a un café.

Matthew Swain esperó a que Corey Hyde les sirviera antes de hablar.

—¿Estás enamorada de él, Selena? —le preguntó.

—¿Enamorada de quién? —bromeó ella, pero Matt no se rio.

—De Tim Randlett —dijo él.

—Sí —contestó ella—. Sí, Matt, me he enamorado de él.

—Pensaba que los actores de temporada viajaban mucho más que Tim —dijo el médico, encendiendo la pipa.

—En primer lugar —dijo Selena—, Tim no es un «actor de temporada».

Es un actor consumado que trabaja todo el año.

Y sí, los actores suelen ir por ahí en verano, pero este año el teatro de Silver Lake lleva a cabo un experimento con el repertorio y Tim tiene la oportunidad incluso de dirigir algunas obras.

—Ya veo —dijo Matt—. ¿Qué va a hacer este otoño?

—Ya se lo he dicho, Matt. Para Tim, la interpretación no es un empleo a tiempo parcial. En otoño, actúa en Nueva York.

Matthew Swain aspiró profundamente.

—¿Vas a irte con él? —preguntó.

—No lo sé —respondió ella, mirando la taza de café—. No me lo ha pedido.

—¿Irás si te lo pide?

Selena levantó la cabeza y miró al médico directamente a los ojos.

—Sí —dijo—. Y si él no me lo pide, se lo pediré yo.

—¿Y Joey?

—Joey se viene conmigo, vaya donde vaya.

—¿Y qué opina Joey de todo esto?

Selena se echó a reír y respondió: —¡No se preocupe tanto, hombre! Joey está loco por Tim. Se llevan de maravilla.

—¿Se lo has dicho a Peter Drake? —le preguntó.

—No —respondió ella. Por un momento, el rostro se le ensombreció—. Pero se lo diré.

—Se lo tomará muy mal —dijo Matt.

—No puedo evitarlo, Matt —dijo Selena, con cierta impaciencia—. No pretendo hacerle daño, pero hace mucho tiempo que sabe muy bien que no estoy enamorada de él y que nunca lo he estado.

—Peter está enamorado de ti —dijo el médico.

—¿Adónde quiere llegar, Matt? —dijo Selena, un poco harta—. Por el amor de Dios, suéltelo y acabemos con esto.

Él se quedó mirándola un buen rato.

—Selena, nos conocemos de toda la vida —dijo al fin—. Solo intento asegurarme de que nadie te haga sufrir. Es lo único que me importa. Al fin y al cabo, no sabemos nada de ese Tim Randlett, así que ten un poco de paciencia con la preocupación de un viejo.

—¡No! ¡Usted no sabe nada de él! —exclamó Selena, sintiendo de repente una ira rabiosa—. Como no es de Peyton Place , resulta que es sospechoso. Bueno, ¿cómo es que nadie sospechó nunca de un habitante de Peyton Place como Lucas? Dígamelo.

—Selena —dijo Matt, extendiendo una mano para calmarla—, no tenía intención de decir nada parecido, solo me preguntaba...

—Sé muy bien lo que se preguntaba —replicó ella, furibunda—. Se pregunta si me acuesto con él, ¿verdad? Usted y todo Peyton Place. Pues sí, Matt. ¡Cada vez que tengo oportunidad y nunca tengo bastante!

—Selena —dijo el médico con calma—, nos conocemos desde hace mucho. No intentes escandalizarme.

—Lo siento, Doc —dijo ella, palideciendo y volviendo al apelativo que siempre había usado—. Es que lo amo. No puedo evitarlo. Creo que me moriría si no me pide que me case con él.

—Si no te lo pide, mándamelo —dijo Matthew Swain , dándole una palmadita en el brazo—. Será porque está enfermo.

A finales de la primera semana de agosto sucedieron tantas cosas a la vez que, como decía Connie Rossi, no sabía ni por dónde empezar.

A Mike le ofrecieron un puesto de profesor de Historia en el instituto de White River y lo aceptó.

A Allison la invitaron a ir a Hollywood como «asesora técnica» de una película basada en El castillo de Samuel y Betty Anderson volvió a casa.

Como dijo Selena Cross a Tim Randlett : «¡Gracias a Dios!

Ahora tienen otra persona de la que hablar y así nos dejan en paz a nosotros».

Agosto transcurrió en una serie de días pesados y calurosos; los agricultores contemplaban la tierra con asombro, tan cargada de frutos que parecía a punto de reventar.

Empezaron a segar la segunda cosecha de heno mientras, en los cobertizos y graneros de todo el norte de Nueva Inglaterra, las mujeres apilaban cajas de manzanas para la descomunal cosecha que se avecinaba.

Las hojas de las patatas se marchitaron y murieron a medida que los tubérculos, bajo tierra, les succionaban la savia, y engordaban una pulpa blanca y firme; y por todas partes, la exuberancia de flores y colores de los jardines resultaba casi cegadora.

Los viejos, con una desconfianza más antigua que las rocas de granito, se resistían a la esperanza y a la promesa.

—No durará —decían—. Llegará la hora de la verdad.

Sin embargo, los jóvenes vivían el magnífico verano como si cada uno hubiera recibido un regalo abrumador e inesperado. Olvidaron los veranos de sequía y los de frío húmedo, y al cabo de un tiempo empezaron a suponer absurdamente que, en el futuro, todos los veranos serían igual.

—Bueno, gracias a Dios, no habrá que vender la casa —le dijo Connie Rossi a su marido—. White River está a menos de quince kilómetros de distancia, puedes desplazarte cómodamente.

—En primer lugar —dijo Mike—, será mejor que empiece a leer algunos libros. Hace mucho tiempo que no pienso en enseñar Historia a unos chicos a los que les importa un comino la guerra de 1812 y que se aburren como ostras con la Declaración de Independencia.

Connie y Allison hicieron varios viajes de ida y vuelta a Boston para elegir el nuevo vestuario que Allison llevaría a Hollywood; todo Peyton Place chismorreaba a propósito del regreso de Betty Anderson y esperaba a ver qué haría Leslie Harrington .

Nadie tenía tiempo ni ganas de pensar en Selena Cross y, a media que se acercaba el final de agosto nadie, menos Joey y Peter Drake, notó el cambio.

El brillo de felicidad que la había caracterizado y distinguido desapareció de la noche a la mañana; estaba casi demacrada y había adelgazado mucho, cosa que no la favorecía.

Tenía unas grandes ojeras oscuras y hasta el negro brillante del pelo parecía descolorido y sin vida.

—Por el amor de Dios, Selena —dijo Peter Drake—. ¿Qué te pasa? ¿Estás enferma?

—No —respondió ella secamente—. No es nada.

Joey estaba asustado. No se le había olvidado lo desmejorada que se había quedado su hermana aquellos meses, cuando el cadáver de Lucas se descomponía bajo tierra, casi a sus pies, y en esos momentos estaba igual que entonces.

—Por favor —dijo Joey—. Vamos a ver al doctor Swain.

—No es nada —insistió Selena—. Es solo el calor.

Sin embargo, Joey le confesó sus temores a Peter Drake.

—Debe de ser por culpa de Tim Randlett —dijo—. Le hace algo. Algo horrible, pero sigue viéndolo.

—No puede ser eso —respondió Peter—. Ella dice que lo ama.

—Da igual —dijo Joey. Le temblaba la voz de ira contra Tim y de preocupación por Selena—. Debe de ser por su culpa.

—Le ha pedido que se case con él.

—Ya —dijo Joey—. Y ella ha aceptado, pero ahora no quiero que se case con él. Al principio me pareció lo mejor, pero ahora no.

Peter Drake cerró los ojos un momento, como si así pudiera eliminar el dolor que le causaba el proceder de Selena.

—No podemos hacer nada, Joey, solamente esperar.