8 #2
Y, efectivamente, así era. La política del teatro Barn era acoger a un grupo de jóvenes cada año, «los aprendices», como los llamaba la dirección.
A cambio de una cuantiosa suma, a los aprendices se les permitía pintar decorados, hacer de acomodadores, cuidar del atrezo y realizar cualquier otra tarea que estuviera por debajo de la dignidad de los actores.
Entre estos aprendices había una chica de White River, alta y de piernas largas, que se llamaba Helen Dowd; había visto a Tim Randlett en cuanto puso el pie en Silver Lake y había decidido que dárselo.
Cuando Tim empezó a hacer viajes diarios a Peyton Place , Helen no tardó en contarle lo de Selena con todo detalle.
—Era su padrastro —dijo—. Y lo asesinó a sangre fría. Él estaba en la Marina, volvió a casa de permiso y lo mató con unas tenazas. Luego lo enterró en un redil.
—¿Por qué? —preguntó Tim. Encendió un cigarrillo e hizo un anillo de humo tranquilamente.
—¿Cómo que por qué? —preguntó Helen, furiosa por la impasibilidad de Tim.
—Quiero decir, ¿por qué Selena mató a su padrastro?
—Ah. Bueno, en el juicio se supo que fue incesto. Al menos, así lo llamaron, pero hay mucha gente por aquí que no se lo cree. Quizá Lucas Cross fuera un borracho, pero muchos no pueden creer que le hiciera algo así a Selena.
—¿Algo como qué? —preguntó Tim.
—Bueno, ya sabes —dijo Helen, ruborizándose—. Lo que he dicho. Incesto.
—¿Tú te lo crees?
—No creo que tengas ningún derecho a interrogarme —dijo Helen, irritada—. Después de todo, solo te lo he contado por tu propio bien.
Al día siguiente, Tim fue a la biblioteca pública de White River y consultó los ejemplares antiguos de los periódicos de Boston que habían publicado la noticia del juicio de Selena.
Cuando terminó, se quedó un buen rato sentado, fumando y mirando las motas de polvo atrapadas en un rayo de sol que llegaba hasta el suelo de la biblioteca.
Sin darse cuenta, estaba reajustando su personalidad y su carácter para adaptarse a las exigencias de la nueva situación que tenía que afrontar.
A veces, la personalidad de un actor es como una pizarra en blanco. Cuando tiene ante sí un nuevo papel, lo escribe en la pizarra y se convierte en lo que lee hasta que terminan las representaciones. Después, la pizarra se borra y queda limpia para el siguiente papel.
Aquella tarde, cuando Tim Randlett salió de la biblioteca de White River , supo que tenía que ir a ver a Selena.
No le diría directamente lo que sabía, se limitaría a insinuárselo.
Sería amable, pero también autoritario, y le enseñaría a no tener miedo y a confiar en él.
Le devolvería la fe en el amor y en los hombres.
Mientras conducía hacia Peyton Place, le invadió un sentimiento casi sagrado de amabilidad, aderezado con la emoción de un joven viril y rematado por una abrumadora sensación de indignación contra Lucas Cross.
Selena lo vio acercarse y, sin saber por qué, supo que había una sutil diferencia en él.
—Hola —dijo, y le fastidió que casi se le quebrara la voz.
—Hola, cariño —dijo él. Se alejaron de Peyton Place sin decir una palabra y Selena se volvió hacia él.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—A mi casa —respondió él.
Inmediatamente, se le puso la piel de gallina y tembló a pesar del calor de julio.
El interior de la cabaña de Tim estaba fresco, tranquilo y en penumbra. Desde muy lejos, desde el otro extremo del lago, llegaban los débiles gritos de los bañistas veraniegos y olía a sol, a agua y a pino. Selena se apartó de donde estaba, de pie frente a la chimenea vacía.
—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó ella.
—Porque todavía no te he besado —dijo Tim—, y cuando lo haga, no quiero que sea en un coche parado, en la trastienda de Thrifty Corner ni en un banco del parque —añadió.
Se acercó y se detuvo frente a ella, sin tocarla—.
Quiero que sea aquí, con tranquilidad, sabiendo que no vendrá nadie a interrumpirnos, y creo que tú también lo prefieres.
—Quiero irme a casa —dijo Selena, en un susurro, asustada. Él le rodeó el rostro con las manos con mucha delicadeza.
—Selena —dijo—, mírame. —Ella levantó la cabeza y él la miró larga y profundamente a los ojos—. ¿Quién soy? —preguntó—. ¿Cómo me llamo?
—Eres Tim —dijo ella. El color de sus ojos era como el océano—. Eres Tim Randlett .
—Sí —afirmó él—. Soy Tim Randlett . Soy Tim y te quiero —añadió. Entonces la abrazó, pero sin dejar de mirarla a los ojos—. Soy Tim —repitió—. No soy Lucas Cross.
—¡No! —gritó Selena, e intentó soltarse.
Pero la sujetó con fuerza y, con una mano, le acarició la parte baja de la espalda y luego la nuca.
—No voy a hacerte daño, cariño —le repitió una y otra vez—. Por favor, no tengas miedo de mí. Yo te quiero, mi amor.
—Tim —dijo Selena, dejando de temblar por fin—. Tim.
—Sí, cariño —respondió él en voz baja—. Tim.
La besó suavemente con los labios juntos, con besos secos y pausados, y acariciándola como si fuera una gatita asustada a la que quería tranquilizar.
La desnudó lentamente, casi con desgana, y, cuando la acostó en la cama, era como si siguiera siendo la misma gatita, pero tranquila, aunque en cualquier momento podía saltar de terror y salir corriendo.
La obligó a mirarlo, pero no habló mientras le acariciaba los muslos y le presionaba suavemente el abdomen.
Observó que los ojos se le oscurecían, se le adormecían, siguió acariciándola y, cuando volvió a besarla, fue Selena quien abrió los labios y le exploró los dientes con la lengua.
Solo entonces le buscó los senos con los dedos, acariciándolos una y otra vez, hasta que ella le correspondió.
—Abre los ojos —le dijo—. Selena, abre los ojos.
Le hizo el amor lentamente y contempló, exultante, cómo crecía la locura en su mirada, cómo abría la boca para gritar.
Fue como si hubiera estallado un dique dentro de ella, como si luchara contra una marea de sentimientos.
Hasta que, finalmen te, se dejó llevar y cedió a la fuerza que la reclamaba, que la arrebataba por completo en un momento estremecedor, y gritó, extasiada.