8
En Peyton Place , el asfalto de las calles se derretía al sol estival y las huellas de los tacones en forma de herradura quedaban marcadas para siempre.
El estanque de Green Meadow se llenaba de niños que gritaban y chapoteaban; las cigarras zumbaban en los árboles todo el día.
No obstante, era un buen verano, lucía el sol y llovía proporcionalmente, de manera que la exuberancia de los campos del norte era casi tropical.
Las frondas verdeaban y los frutos engordaban y maduraban, para sorpresa de los sufridos agricultores, que estaban muy acos tumbrados a la sequía o a un crecimiento raquítico por la falta total de sol.
—Esto es casi indecente —dijo Kenny Stearns, cortando otra rosa roja de un rosal cuajado de flores.
Miró el espeso césped verde y vio el manzano, cargado de frutos tan rollizos que las ramas llegaban casi hasta el suelo—.
Sí —se reafirmó—, casi indecente. Como una ramera con senos enormes y miel entre las piernas.
Era fácil echar la culpa de casi todo a ese verano, de un verde sin precedentes.
En la fábrica de Harrington, los obreros se escaqueaban del trabajo y miraban por las ventanas de la fábrica, mientras Leslie gritaba de rabia impotente y renegaba de la meteorología.
Las jóvenes que se habían aferrado a la virginidad con tesón, como sanguijuelas, ahora se rendían con grititos de angustiosa alegría a las erectas exigencias de los amantes adolescentes.
Volvían a casa con el trasero manchado de hiedra venenosa, pinaza en el pelo y los brazos llenos de picaduras de mosquitos.
Como dijo Matthew Swain a Seth Buswell: «Si todas las virginidades que se han perdido este verano en el bosque se pusieran en fila, llegarían hasta el planeta Saturno».
Los padres culpaban a las madres, las madres culpaban a los chicos; los chicos culpaban a las chicas, las chicas se culpaban a sí mismas y todos culpaban al tiempo de todo, menos del comportamiento de Selena Cross. Para Selena no había ninguna excusa a los ojos de Peyton Place .
—¿Quién es él?
—Un actor de Silver Lake.
—Ha venido aquí desde Nueva York.
—Salía en las pelis.
—Hummm. A mi entender, una joven como Selena tendría que pensárselo mejor. Al fin y al cabo, no nació ayer y no se chupa el dedo.
—Sí. Esa chica aprendió pronto las cosas de la vida. Y por las malas.
—Esa jovencita no tiene ni un poco de vergüenza. Mírala, ahí, va, pavoneándose delante de todo el mundo.
Para Selena Cross fue un verano tan insoportablemente dulce que cada instante era casi doloroso. Le dolía no poder aferrarse a cada segundo, tener que dejar pasar las horas y el día completo.
—Cuando era joven —dijo Selena—, pensaba que lo sabía todo sobre el amor.
—¿Y qué sabes ahora, cariño mío? —preguntó Tim, acariciándole la suave parte interna del brazo—. Quiero decir, ahora que eres una vieja de veinticinco años.
—Sé que, hasta ahora, no sabía nada —dijo ella, apoyando levemente la frente en la barbilla de él.
Estaban tumbados juntos en la playa de Silver Lake, hablando en voz baja y acariciándose.
—Esto no hay quien lo aguante —dijo Tim, rozándole la oreja con los labios—. Estar tumbado a tu lado y solo poder tocarte un poquito. La oreja, la mano, el tobillo. Es puro masoquismo.
Como siempre, la voz de Tim le llegó a lo más hondo y enrojeció de excitación de los pies a la cabeza.
—¿Me pongo toda roja cuando me hablas así? —preguntó ella.
—En realidad, no —bromeó él—. Cualquiera que te viera pensaría que el sol te ha quemado un poco.
—No me he quemado.
—Selena. Si no te levantas y vienes conmigo ahora mismo, se va a producir una escena terrible aquí mismo, en la playa, porque voy a empezar a quitarte el bañador dentro de tres segundos exactamente.
—Vamos —dijo Selena, incorporándose y dirigiéndose al coche.
Desde el momento en que Selena conoció a Tim en el restaurante Hyde, supo cómo sería esa relación y también se preguntó cómo terminaría, ya que al principio no pensaba que fuera a durar.
La emoción que compartían era tan efímera que no tenía nombre, tan delicada que no podía ser la base sobre la que construir algo.
—Vamos a dar un paseo —le dijo Tim aquella primera noche, cuando terminaron de cenar.
Ella aceptó sin dilación. Fuera, tomados de la mano, pasearon por la ciudad hasta el Memorial Park.
—En las islas del Pacífico Sur las noches son como esta —dijo él.
—Ah, ¿sí? —preguntó Selena—. Cuéntame algo de las islas del Pacífico Sur.
—Las noches son así —dijo Tim—, completamente oscuras y cuajadas de estrellas.
Se huelen cientos de flores distintas a la vez y el perfume te llena de un anhelo y una languidez como nunca en la vida.
Te tumbas en una playa blanca y el océano es solo un susurro a tus pies, suave y dócil, nada aterrador.
Si quisieras, podrías estirar la mano y tocar la luna, tan suave como una bola de algodón amarillo.
—¡Qué bonito! —dijo Selena en voz baja—. Me gustaría ir allí algún día.
—Ya estás allí ahora —dijo Tim, mirándola—. ¿No lo hueles, no lo notas?
—¿Es así de verdad?
—Me lo imagino.
—Pero ¿no lo sabes?
—No conozco esas islas, pero estoy seguro de que es así.
—¡Ah! Entonces... ¿nunca has estado en esas islas? —preguntó Selena, enderezándose en el banco que compartían—. ¿Te acabas de inventar todo eso de las flores y la luna?
—Sí —contestó él, riéndose—. Me lo he inventado.
—Eres igual que Allison MacKenzie —dijo Selena, sonriendo en la oscuridad—. Cuando estábamos en el colegio, hacía lo mismo. Me contaba las cosas más fantásticas y yo me las creía; luego se reía y confesaba que se lo había inventado todo.
—Entonces es mucho más sincera que yo —dijo Tim—. A veces invento cosas que se vuelven tan reales que yo mismo me las creo, pero nunca confieso la verdad.
Se quedaron un largo rato con las manos entrelazadas, la cabeza de Selena apoyada tranquilamente en su hombro. Él le habló del trabajo en Nueva York y en Hollywood, de cómo habían sido las cosas en el pasado y de cómo volverían a ser.
—Lo único malo de la fama —dijo—. Es que una vez que la has disfrutado, ya no puedes prescindir de ella.
—¿De verdad es lo único malo? —preguntó Selena.
—Claro que sí —respondió Tim—. Y no creas ninguna de las tonterías que lees afirmando lo contrario.
No te tomes en serio a las estrellas de cine cuando cuentan lo duro que es ser rico, famoso y estar tan solicitado.
Todos se quejan de falta de privacidad, pero déjalos solos cinco minutos y verás cómo se ponen a llamar a los agentes para preguntar dónde está todo el mundo.
—¿Tú también? —preguntó Selena.
—No —respondió Tim—. Al menos en eso soy sincero.
—¿Y eso es lo único en lo que eres sincero?
—No —dijo él. Le dio la vuelta a la mano que tenía entre las suyas y le besó la palma—. Contigo voy a ser sincero.
Era más de medianoche cuando llegaron a casa de Selena.
—Entra a conocer a mi hermano Joey —dijo ella.
—Con mucho gusto —dijo Tim—. Y también quisiera conocer a tu madre y a tu padre y a cualquier otra persona que sea importante para ti.
—Mis padres murieron —dijo Selena, sintiendo que se le agarrotaba la mano—. Solo me queda Joey. Mi hermano y yo estamos solos.
—Lo siento —dijo Tim, notando el cambio—, pero aun así me gustaría conocer a Joey. Y tengo que llamar a un taxi.
—¿Un taxi? —preguntó Selena.
—Sí —dijo Tim—. Tengo que volver a Silver Lake de alguna manera.
—Pero ¿cómo has venido?
—Me trajo ese periodista... ¿cómo se llama?
—Seth Buswell —dijo Selena—. Y voy a darte una mala noticia: no hay taxis en Peyton Place . Pensé que tenías coche propio.
—Bueno, da igual —dijo Tim, mientras entraban en el salón de Selena—. Me iré a un hotel.
—Tampoco hay hoteles en Peyton Place —dijo Selena—. No los queremos. Atraen a los turistas.
—¡Hola! —saludó Tim.
Joey Cross se quedó mirando a Tim un largo rato.
—Hola —respondió por fin.
—Joey —dijo Selena—: te presento a Tim Randlett.
—Ya sé quién es —dijo Joey.
—¿De verdad? —preguntó Tim, riéndose—. ¿Tan rápido se ha propagado mi ínfima fama por Peyton Place ?
—No —respondió Joey, riéndose también—. Es que me han dicho que Selena se había encontrado con usted en el Hyde a la hora de cenar.
—Y es la primicia de Peyton Place —dijo Selena, yendo a la cocina a preparar café—. Joey, saca unas sábanas y una manta del armario de la ropa blanca. Tim se queda aquí esta noche.
—Perfecto —dijo Joey—. Así mañana el pueblo sí que tendrá algo de lo que hablar.
Más tarde, Selena se encontraba inmóvil en la cama. La casa estaba tan silenciosa que solo oía su propia respiración y los latidos del corazón.
No podía relajarse, estaba rígida, con todos los nervios en tensión, consciente de la presencia de Tim, que dormía en el sofá de la sala de estar. La invadió un fuerte resentimiento.
«¿Cómo puede dormir?», se preguntó, enfadada, tan molesta con él como consigo.
No obstante, unos minutos más tarde oyó un ruido. Tim tosió y luego se oyó el chasquido de un mechero.
Selena sonrió en la oscuridad y pudo dormirse al fin.
En menos de una semana, en Peyton Place solo se hablaba de Selena Cross y Tim Randlett. Tim pasaba todo el tiempo libre fuera del teatro, con ella, y Connie Rossi iba al Thrifty Corner a diario para que Selena pudiera salir.
—Al menos es bueno para el negocio —le dijo Connie a Mike—. La gente viene a la tienda solo por cotillear algo de Selena.
—¿Cuándo vamos a conocerlo? —preguntó Mike.
—El viernes —respondió Connie—. Vendrán a cenar.
—Bien —dijo Allison, entrando en la habitación—. Así me contará cómo funciona Hollywood.
—Me pregunto —dijo Mike—, qué miembro de nuestra distinguida población se habrá erigido en encargado de contarle a Tim Randlett la vida y obra de Selena Cross.
—No sé —respondió Connie—, pero puedes estar seguro de que alguien lo habrá puesto al día.