Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 7 #2
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Selena tardó mucho en reconocer que estaba aburrida.

No solo de la tienda y del escaso volumen de ventas, sino también de sí misma y de la vida.

Un aburrimiento con un ligero trasfondo de miedo.

De vez en cuando salía a cenar con alguno de los vendedores que pasaban por Thrifty Corner, pero la noticia se había propagado rápidamente entre el círculo de amigos.

Selena Cross no se acuesta con cualquiera.

Así que, en su mayoría, la invitaban a salir hombres mayores y más estables.

Salía sobre todo con Peter Drake, el joven abogado que la había defendido en el juicio.

Peter la llevaba a bailar y, a veces, al teatro de Boston.

A menudo cenaban juntos, ya fuera en restaurantes de White River o en casa de Selena, y lo más importante para ella era que Peter y Joey se llevaban bien.

Cada vez que Peter la invitaba a salir, le pedía que se casara con él, y la respuesta siempre era la misma.

—No puedo, Peter.

—No estás enamorada de otro, ¿verdad Selena?

—Lo sabes perfectamente.

—No seguirás pensando en Ted Carter, ¿verdad?

—Ya no pienso en Ted. Ni siquiera me cae mal.

—Selena, estoy enamorado de ti.

—Lo sé —dijo ella—. Lo siento, Peter.

—No es por lo de Lucas, ¿verdad? No me tienes miedo por ser un hombre o algo así, ¿no?

—Peter, ¿quieres dejar ya esa psicología de andar por casa? Lucas no era un hombre, era un animal. Nunca lo consideré un hombre y su recuerdo no me convierte en una enferma mental, te lo aseguro. Y ahora, déjame en paz, por favor.

—Selena, ¿a qué esperas? ¿Qué quieres?

—Te digo que no lo sé. No sé qué me pasa.

—Yo te quiero, Selena. No te pido que me quieras inmediatamente. Cásate conmigo. Quizá con el tiempo...

—No puedo, Peter. Me gustaría, pero no puedo.

De todos modos, Peter Drake era un consuelo en muchos momentos.

Podía apoyar la cabeza en su hombro y dejar que resolviera él los problemas.

«Si me casara con él, me trataría bien. Y es bueno con Joey», pensaba.

Sin embargo, en otras ocasiones, cuando el aburrimiento, la impaciencia y la irritación eran como el picor de un jersey áspero, pensaba: «Peter es muy soso.

Todo ese amor es como un helado empalagoso.

¡Qué pesado! ¡Ah, si encontrara una chica agradable, sentara la cabeza y me dejara en paz... !».

«¡Me doy asco! —se flagelaba en otros momentos—. Peter es bueno y amable, tendría que casarme con él o dejarlo marchar.»

Pero el tiempo pasaba, Peter seguía cortejándola y Selena continuaba negándose. A veces se despertaba por la noche, sudorosa con el corazón desbocado.

«¿Qué me pasa? —se preguntaba en silencio, presa de pánico—. ¿A dónde voy? ¿No hay nada más en la vida?»

A menudo se sorprendía en actitud expectante, pero no conseguía saber qué esperaba, ni a quién, ni por qué.

—Aquí tienes —dijo Corey Hyde, y le puso un plato en la mesa—. Ensalada de cangrejo. ¿Tiene suficiente mayonesa para su gusto?

—Está bien, señor Hyde —dijo Selena—. Gracias.

—Cómasela —dijo Corey—. Le sentará bien.

En el mismo instante en que Selena metió el tenedor en la ensalada, Seth Buswell detuvo el coche frente al restaurante de Hyde.

—No sé qué costumbres tendrán en su pueblo —le dijo a Tim Randlett—, pero en Peyton Place es la hora de cenar. No podemos ir a visitar a Allison MacKenzie hasta dentro de una hora más o menos. Vamos. Le invito a un bocadillo.

—Bien —dijo Tim con una sonrisa—. Esta será mi noche loca en la ciudad.

Selena Cross levantó la cabeza al oír abrirse la puerta del restaurante.

—¡Vaya, qué suerte! —dijo Seth—. Ahora podemos cenar contigo, Selena.

Selena casi no vio a Seth. Se quedó mirando a su acompañante a los ojos y no pudo desviar la mirada.

Generalmente, cuando veía a una persona por primera vez, se fijaba en todo.

Captaba todos los detalles de los colores, la forma y la ropa; pero de ese desconocido solo vio los ojos.

Eran glaucos, precisamente los que ella llamaba «ojos de la suerte», porque se había fijado en que muchas personas atractivas y con talento a las que había visto en fotografía los tenían de ese color; los dioses los habían colmado de otros dones más y los ojos azul verdosos eran la única señal externa de su divina generosidad.

—Selena —dijo Seth—, te presento a Tim Randlett. Tim, Selena Cross.

Fue como si Seth accionara una palanca de la liberación que le devolvió el movimiento y el habla.

—¿Cómo está usted, señor Randlett? —dijo ella—. Hola, Seth. Siéntese, por favor.

—Tim ha venido con la compañía de teatro de verano que está en Silver Lake —dijo Seth—. Es actor.

—Sí, lo sé —dijo Selena—. Lo he visto en algunas películas, señor Randlett.

—Sería usted muy jovencita —dijo Tim, riéndose—. Eso fue hace mucho tiempo.

—No tanto —respondió ella—. Mi amiga Allison MacKenzie y yo íbamos al cine todos los sábados.

—Y, hablando de Allison... —dijo Seth, mirando el reloj—. Será mejor que cenemos y...

—Sí —lo interrumpió Tim Randlett con presteza—. Si ha quedado con ella, señor Buswell, me imagino que será mejor que se vaya enseguida. —Se volvió hacia Selena—. ¿Me permite cenar con usted? —preguntó.

Selena cerró el libro sin acordarse de marcar la página y lo miró.

—Sí —contestó—. Sí. Me encantaría.

Tal como le dijo Seth Buswell a Matthew Swain más tarde esa noche, mientras tomaban una copa: —Y entonces comprendí que estaba de trop, como dicen algunos.

—¿Como dicen quiénes? —preguntó Matthew, que empezaba a sentir los efectos del alcohol.

—El grupo de afeminados con los que fui a la universidad —respondió Seth con la dignidad que presta el whisky aguado—. No es que me relacionara con ellos, claro está, pero a veces los oía charlar.

—Seth —dijo Matthew Swain—, eres uno de los pocos miembros que quedan de una especie conocida comúnmente como bocazas. Si alguna vez se te acercara un marica, saldrías corriendo como alma que lleva el diablo, cagado de miedo por tu virtud.

—Y tú, señor mío, eres un viejo de lengua viperina.

—Puede que tenga una lengua viperina y que sea viejo, pero nunca cometería la insensatez de dejar a Selena sola con un actor al que acabo de conocer. ¿Cómo sabes qué clase de persona es?

—Parecía bastante decente —dijo Seth, removiendo el hielo en el vaso.

—¿Cómo que «bastante decente»? ¿Qué quieres decir?

—Bueno, ya sabes. Educado y con buenos modales.

—Aparentemente —dijo Matthew Swain—. No tienes ni idea de cómo es de verdad.

—No me ha dado tiempo a averiguarlo, he estado poco tiempo con él —dijo Seth—, y aunque hubiera estado más y resultara ser un hijo de perra, no habría podido impedirlo. Después de que se miraran, el aire que mediaba entre ellos habría electrocutado a cualquiera.

—Eres un cerdo y hablas como un poeta adolescente —rugió Matthew—. Esas cosas no pasan.

Seth Buswell terminó la copa y se sirvió otra.

—Sí, Matt, esas cosas pasan —dijo finalmente—. Te lo aseguro, yo estaba allí y lo vi.

2 Al Johnson (1948-2013), artista de vodevil y cantante de Rithm&Blues que solía actuar con la cara pintada de negro.