Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 7
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—Siempre he dicho que era diferente —le dijo Peg Randlett a Sam , su marido—. Ha nacido con un don.

Sam Randlett , que pertenecía a una familia de seis hermanos y cuatro hermanas, había sido el primero de la familia en «salir adelante».

Era capataz de una fábrica de cerveza en Newark (Nueva Jersey), y ganaba lo que en el lenguaje de la familia se denominaba un «buen sueldo semanal».

Pero cuando Peg empezó a gastar dinero de una forma que las hermanas y cuñadas calificaron de «a manos llenas» en clases de baile y elocución para Timothy, Sam se rebeló.

—El dinero no se gana tan fácil, Peg —le dijo—. Trabajo mucho para ganar un sueldo semanal. No puedes derrocharlo en tonterías.

—Tendría que darte vergüenza, Sam. No puedes negar a tu hijo las ventajas de su posición.

—¡Por los clavos de Cristo! ¿Acaso es una ventaja gastar dinero en vestir a un niño de terciopelo y exhibirlo delante de la familia todos los domingos?

La verdad es que mi hermana Helene cree que a Tim le pasa algo.

Siempre está en las nubes, siempre soñando, y no juega con sus primos como todos los niños.

—Helene es una insensible —dijo Peg—. Tiene tres hijos bobos y un marido que nunca llegará a nada; lo que le pasa es que os tiene envidia a ti y a Tim.

—¡Ya basta, Peg! —rugió Sam—. Es mi hermana y es una buena mujer.

—Pues dile que no se meta en nuestros asuntos —replicó Peg—. Si es tan buena, al menos que se calle.

—No lo aguanto más —dijo Sam—. Estás convirtiendo al chico en un afeminado y un mariposón.

—Cuando crezca, Tim va a ser un gran actor —respondió Peg—, y ni tú ni ninguno de tus hermanos y hermanas van a impedírselo. Ya lo verás, Sam Randlett. Un día lo lamentarás.

Cuando Tim cumplió nueve años, ya hacía tiempo que Peg Randlett había hecho planes.

Un día, después de que Sam se fuera a la fábrica de cerveza, metió las maletas y a su hijo en un taxi que la esperaba, se detuvo en el banco, retiró todo el dinero de la cuenta de ahorros que tenía con Sam y se fue con Tim en tren rumbo a Hollywood (California).

Timmy Randlett tenía una mata de pelo rizado de color azabache con reflejos azules, unos enormes ojos glaucos y la palidez y el semblante angelical de un niño de coro.

Aunque no era muy inteligente, su compostura resultaba admirable para un niño de su edad y había aprendido desde muy pequeño a aceptar órdenes y directrices.

Además, como dijo un productor de Hollywood, Timmy lloraba muy bien.

Uno de los principales estudios de Hollywood lo contrató para una película en la que interpretaba a un huérfano desdichado al que acoge, protege, educa y quiere un capitán de barco viejo y cascarrabias, pero entonces intervienen los servicios sociales e intentarán rescatar al niño de ese entorno malsano y poco convencional.

Sin embargo, la trabajadora social encargada de investigar es joven y guapa, y el marinero que ayuda al viejo capitán de barco en el faro es joven y apuesto, y entre los dos descubren que el capitán es, en realidad, el padre de la madre del huerfanito, una jovencita que se escapó de casa a los dieciséis años para casarse con un charlatán de feria.

En el impactante final de la película aparecía el niño sentado en el regazo del hombre, del que ahora sabía que era su abuelo, rodeando con los escuálidos bracitos a la trabajadora social y al marinero, y con lágrimas de gratitud cayendo por las pálidas mejillas.

La película se titulaba El pequeño lobo de mar y convirtió a Tim Randlett en una estrella que brilló con fuerza en el firmamento de Hollywood hasta los quince años.

Y entonces, convertido en un actor de piernas flacas, pecho hundido y granos en la cara, terminó su estrellato.

Peg volvió al este con su hijo. Alquiló un piso en Nueva York y se encargó de que Timmy terminara los estudios.

Pero no era fácil. Las mansiones de veinte habitaciones con piscina y quince criados y criadas son caras en Hollywood, por no hablar de las limusinas con chófer, las pieles, las joyas y los trajes a medida.

Cuando Timmy, que ya se llamaba Tim, cumplió dieciséis años, quedaba muy poco dinero.

Los productores y directores que habían agasajado a Peg Randlett con dinero, atenciones y ofertas durante la corta carrera de Tim, se negaban a hablar con ella incluso por teléfono, y la gente la acosaba con el alquiler, la factura del gas, los impagos y cosas así.

Cuando Tim tenía diecinueve años, ella murió odiando a su hijo porque le había dado todo, pero, cuando empezaba a acostumbrarse, se lo había arrebatado con su torpeza y con el acné.

Peg Randlett tendría que haberse aferrado a la vida con algo más de determinación, porque, cuando su hijo cumplió veinte años, empezó un largo y laborioso viaje de «vuelta a la palestra», como lo llamaban.

Los siguientes quince años, Tim Randlett se esforzó al máximo en los papeles que pudo conseguir.

Actuó en telenovelas e interpretó a VooDoo el Mago en una serie de radio.

Aceptó papeles pequeños en producciones de Broadway y otros algo más importantes con compañías itinerantes.

Con el invento de la televisión llegó a tener un trabajo casi continuado, pero, de todos modos, tenía que salir de Nueva York en verano para actuar con diversas compañías teatrales.

Tim Randlett era una estrella de los graneros, carpas y teatros viejos hechos de tablillas rotas; de los auditorios de pueblos pequeños y de las salas de conciertos de ciudades provincianas.

El verano en que firmó con la Compañía Barrows para actuar en obras de repertorio en el Teatro Barn de Silver Lake, a doce kilómetros al norte de Peyton Place , tenía treinta y seis años. Solo llevaba tres días allí cuando Seth Buswell se acercó en coche y le pidió una entrevista.

—Soy del Peyton Place Times —dijo Seth—. No somos un periódico muy importante, comparado con los estereotipos de las grandes ciudades, pero nos leen. Al menos, será una publicidad gratuita de la obra.

Tim acababa de darse un baño a última hora de la tarde y estaba en la playa secándose con una toalla blanca.

Medía algo más de metro ochenta y tenía un tipo esbelto en forma de cuña que atraía a las mujeres y era la envidia de los hombres mayores y más barrigones.

El pelo negro azabache estaba salpicado de canas en las sienes, pero el bronceado rostro era juvenil y sin arrugas.

Seth Buswell se dio una palmada en la amplia panza y suspiró.

—Claro —dijo Tim—. He oído hablar de Peyton Place . Supongo que todo el mundo lo conoce gracias a esa novela, El castillo de Samuel. ¿Conoce a la chica que lo escribió?

—La conozco desde que nació —dijo Seth.

—¡Maravilloso! —exclamó Tim—. Me encantaría que me la presentara. ¿Cree que podría arreglarlo?

—Quizá —dijo Seth—. ¿Quiere que lo lleve a Peyton Place ? Podemos hablar por el camino.

—Deme diez minutos para vestirme —dijo Tim.

Seth se sentó en un tocón y vio que el actor se alejaba rápi damente hacia un edificio del otro extremo de la playa. Miró el reloj y volvió a suspirar.

«Con hombres así, los que son como yo nos damos cuenta de la pinta de viejos, gordos y estúpidos que tenemos», se dijo con tristeza.

Más tarde, ese mismo día, Selena Cross cerró la puerta de Thrifty Corner y cruzó la calle para ir a cenar sola al restaurante Hyde. Joey iba a una fiesta nocturna de la clase y no volvería hasta las nueve y media. A Selena no le gustaba cenar sola en casa.

—Buenas noches, Selena —dijo Corey Hyde cuando se sentó a una mesa—. ¿Joey se ha ido de juerga?

—La clase celebra una fiesta en Meadow Pond —respondió ella.

—Ah. Las cosas van flojas en Thrifty Corner, ¿no?

—Vamos tirando —dijo ella, con un ligero tono de irritación en la voz.

Había sido un día largo y caluroso; en casi nueve horas, solo había vendido una blusa, dos pares de calcetines y un prendedor de pelo.

—Es una verdadera pena —dijo Corey—. Tanto escándalo por una novelita de nada. ¡A mí me parece pura tontería, vamos!

—¿Qué hay para cenar, señor Hyde? —preguntó Selena—. Me muero de hambre.

—Carne asada —respondió Corey, algo molesto por la falta de sociabilidad de Selena.

—¿Nada más?

—No. Tengo chuletas de cerdo, si quiere, pero no son buenas, casi todo es grasa. Aunque los veraneantes se las comen. También tengo sopa de pescado, pero es de lata.

—¿Puede prepararme una ensalada? —preguntó Selena. Suspiró y se apartó la oscura cabellera del cuello—. Algo frío, con mucho pepino.

—Claro —dijo Corey—. Si quiere también puedo añadirle cangrejo, pero eso no es comida para una jovencita que ha trabajado mucho todo el día.

—Tomaré la ensalada, señor Hyde —dijo Selena, pasando por alto el comentario sobre el trabajo—. Con cangrejo y un vaso grande de té helado —concluyó. Abrió un libro y empezó a leer.

—Hum —murmuró Coery, volviendo a la cocina—. No es propio de Selena estar tan quisquillosa.

Y no lo era. Sin embargo, ella misma tenía que admitir que a menudo se ponía «quisquillosa», como decía Corey, o «gruñona», como decía ella. A veces, incluso trataba a Joey con brusquedad.

—Tiene fiebre primaveral o algo así —dijo Joey.

—¿Fiebre primaveral en verano? —replicó Selena.

—No se salga por la tangente —dijo Joey—. A usted le pasa algo y estoy buscando una forma aceptable de decirlo.