Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 6
43%

6

Peyton Place se dividió en facciones bien diferenciadas: los que estaban a favor de Allison MacKenzie y los que estaban en contra; no había término medio.

La mayoría estaba en contra de una forma casi aterradora.

Los que habían hecho cosas mucho peores que las que se contaban en El castillo de Samuel fueron los primeros en alzarse contra ella y atacarla.

—¿Cómo sabe todas esas obscenidades que salen en el libro, si no las ha hecho ella antes?

—¡En Peyton Place no ha podido ver ni oír nada semejante!

—Ese tal Rossi siempre me ha parecido demasiado atractivo e impecable para ser decente.

—Quién diría que Constance toleraría esas cosas.

—Allison siempre ha sido una presumida. Y una mentirosa.

—Habría que echarlos a los tres de aquí.

—Bien, Rossi ya no volverá a dar clases en esta ciudad, se lo garantizo —dijo Roberta Carter—. Marion Partridge y yo nos hemos encargado de él.

Eso era cierto. Leslie Harrington había decido no volver a presentarse para el consejo escolar, y entonces habían elegido a Charles Partridge para sustituirlo, pero cuando se trató el asunto de Rossi y la renovación de su contrato, el viejo Charlie no pudo rivalizar con la influencia de su mujer y de Roberta.

—No, Charles, ese no va a dar más clases aquí —dijo Marion—, y no se hable más. Roberta y yo vamos a votar en su contra y no puedes hacer nada.

—Esta ciudad siempre ha sido muy decente —dijo Roberta—, igual que su instituto. Allison MacKenzie no aprendió ese lenguaje soez en el instituto de Peyton Place ni adquirió conocimiento de esas obscenidades y perversiones en esta ciudad. Los jóvenes aprenden esas cosas en casa.

«Menos Ted —pensó Roberta. Cada vez que se acordaba de Ted y de su mujer, Jennifer, se le revolvía el estómago—.

Siempre había sido un chico bueno y decente, hasta que se casó.

En casa nunca había visto nada nada más que decencia y virtud.

Ha sido Jennifer la que le ha enseñado todas esas barbaridades. »

—Tienes toda la razón, Roberta —coincidió Marion—.

Créeme, conozco a la gente y no suelo equivocarme.

Siempre le dije a Charles que Constance MacKenzie no era mejor que las demás.

Te aseguro que no volveré a poner los pies en su tienda.

Ya fue bastante malo que contratara a Selena Cross, una asesina confesa, para trabajar; pero llevar a la propia hija de carne y hueso por caminos de perdición es el colmo.

—¡Ah, por el amor de Dios! —exclamó Charles Partridge, disgustado.

—Charles —replicó Marion con frialdad—, no hay necesidad de blasfemar. Pareces un personaje de esa novela inmunda.

—Llevo diciendo «por el amor de Dios» desde que aprendí a hablar —respondió Charles.

—Bueno —dijo Roberta—, yo, desde luego, nunca toleraría ese lenguaje en Harmon.

—Y yo me lo creo —dijo Charles, en un raro arrebato de energía—. Probablemente aguantabas ese lenguaje y más por parte del viejo doctor Quimby.

—¡Charles! —dijo Marion con dureza—. ¡Ya basta!

—No te preocupes, Marion —dijo Roberta—. Charles sabe que no está bien hablar mal de los muertos.

—¡Ah, por el amor de Dios! —exclamó Charles de nuevo.

En ese momento, el doctor Swain entró en la sala del consejo escolar.

—En cuanto termine la oración —dijo—, me gustaría decir unas palabras sobre la reelección de Mike Rossi.

—Llega tarde —dijo Roberta.

—Ya se ha sometido a votación —le informó Marion—. La junta escolar ha registrado oficialmente, con fecha de hoy, la oposición a la renovación del contrato de Mike Rossi.

Charles Partridge se encogió de hombros, dando a entender a Matt que lo había intentado y había fracasado.

—De todos modos, ya que estoy aquí —dijo Matt—, voy a decir lo que pienso.

—Si tiene algo que decir, puede hacerlo en el pleno municipal, Matt —dijo Roberta.

—Señor presidente —dijo Matt, pasando por alto las palabras de Roberta.

—La presidencia —respondió Charles con presteza— reconoce al doctor Matt Swain.

Matt se quedó de pie ante a la larga mesa, frente a Roberta y a Marion.

—Al parecer, no nos basta con ridiculizar a Allison MacKenzie por tener el valor de ponernos un espejo delante de los ojos y hacernos ver nuestra propia imagen, sino que la atacamos a través de su padrastro y castigamos a un hombre inocente porque él tuvo el coraje de apoyar a su hija —dijo el doctor Swain.

Se metió las manos en los bolsillos, echó el cuerpo hacia delante y se quedó mirando la mesa—.

Es un día triste para todos nosotros —continuó en voz baja—.

Hemos recorrido un largo camino desde los primeros días en estas tierras, cuando nuestros abuelos, aquellos pobres ilusos, pensaban que el valor era una virtud.

—Levantó la voz para decir—: Señoras, les hago la siguiente pregunta; yo les pregunto: ¿acaso vamos a recompensar ahora la cobardía?

Puesto que el valor se ha convertido en un delito punible a sus ojos, propongo erigir estatuas a los hombres que maltratan a su mujer y abandonan a sus hijos.

Roberta se removió inquieta en la silla, con los labios apretados en una fina línea, como si pensara que, con la boca bien cerrada, no pudiera oír las palabras de Matt.

—Hace años —prosiguió Matt—, hace años temía que Peyton Place estuviera muy aislado del mundo.

Ahora me pasa lo contrario. Temo que nos hemos acercado en exceso a la insensatez (y a algo peor) que se propaga por nuestro país hoy en día.

La radio y la televisión son un arma de doble filo.

Me da la impresión de que intentamos subirnos al carro de esa insensatez... y de la peor forma posible.

Roberta carraspeó y Marion intentó llamar la atención de Charles Partridge, pero el doctor Swain no quería darles tiempo.

—Nos hemos unido al resto del país con uñas y dientes —continuó—.

Hemos dado marcha atrás al reloj e imitamos la caza de brujas, una vergüenza en las páginas de nuestra historia.

Nosotros, que nos enorgullecíamos de nuestro individualismo a ultranza, ahora exigimos que todos se adapten.

Sed como nosotros, pensad como nosotros...

o iréis al exilio. Creo que no tengo nada más que decir, Charles —concluyó con voz cansada—.

La única esperanza que me queda es que algún día, y confío en que sea cuanto antes, recordemos lo que hemos hecho y tengamos la decencia de avergonzarnos.

Señoras, les agradezco su amable atención.

Dio media vuelta y salió de allí dejando a Roberta y a Marion sin palabras.

—¿Alguien propone un aplazamiento? —preguntó Charles.

Marion y Roberta no fueron las únicas mujeres de Peyton Place que dejaron de comprar en Thrifty Corner Apparel Shoppe, la tienda de moda de Constance.

Docenas de mujeres que antes solo compraban allí empezaron a organizar expediciones para ir de tiendas a Concord y a Manchester, y procuraban que sus hijas hicieran lo mismo.

De vez en cuando algún marido, furtivamente, como un aficionado a punto de atracar un banco, se colaba en la tienda para comprar un par de calcetines, pero la mayoría de los hombres también guardaba las distancias.

—Ya se les pasará —decía Constance, resuelta a mantener la tienda abierta—. Dentro de poco tendrán otro motivo de preocupación y volverán, aunque solo sea para contarme los últimos cotilleos.

Matthew Swain , indignadísimo, se despachaba a gusto con cualquiera que quisiera escucharlo. A quienes no se prestaban voluntariamente, el médico los agarraba del brazo con fuerza y los inmovilizaba mientras vociferaba sin pelos en la lengua.

—¿Por qué demonios se indigna tanto usted? —preguntó a varios pacientes—. Puede que engañe a toda la ciudad, pero a mí no, desde luego.

A continuación, el médico sacaba a relucir algún escándalo o algún trapo sucio del propio paciente y, cuando este salía de la consulta de Matt, no volvía a decir ni pío en contra de El castillo de Samuel.

Seth Buswell , siguiendo la política del Peyton Place Times , no tomó partido por ninguno de los dos bandos.

Pero solo imprimía las críticas favorables de la novela y las cartas favorables que le llegaban.

Y siguió haciéndolo a pesar de que los anuncios empezaron a escasear y de que muchos suscriptores se dieron de baja.

Allison nunca se habría enterado de estos detalles de no haber sido por Norman Page.

—Ayer se dieron de baja quince personas —le contó a Allison—. No sé cuánto tiempo más podrá seguir adelante.

Allison fue a ver a Seth inmediatamente.

—Seth, le agradezco todo lo que ha hecho —dijo—, pero, por favor, no se perjudique más. Publique las críticas negativas. Dios sabe que hay muchas. Y en cuanto a las cartas desfavorables, puedo traerle montones.

—Allison, recuerda lo que me dijiste una vez —dijo Seth, con una sonrisa—, hace mucho tiempo, de los hombres que dan la cara.

—Sí —respondió ella—, lo recuerdo.

—Pues yo doy la cara. Cuenta conmigo —dijo él. Cogió la chaqueta—. Ya basta de penas y de discursos nobles. Ven al Hyde. Te invito a un café.

—Gracias, Seth —respondió Allison, humildemente.

—¡Anímate, mujer! Se acerca el verano. Pasarán muchas cosas y vendrá mucha más gente a la que criticar.

—Eso espero —dijo Allison, tomándose del brazo de Seth para cruzar Elm Street.

A medida que pasaban las semanas y la primavera avanzaba suavemente hacia el verano, como mantequilla derretida, las proféticas palabras de Seth se hicieron realidad.