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Ya era mayo y había empezado el proceso de convertir el norte de Nueva Inglaterra en una gran residencia estival.
A lo largo de la «costa rocosa» de Maine, en el «corazón de la región de los lagos», en «lo alto de las Montañas Blancas» de Nuevo Hampshire y entre «las onduladas colinas» de Vermont, se remozaban las casitas veraniegas con finas capas de pintura, que empezaría a descascarillarse y a deshacerse a finales de julio.
Los propietarios de los hoteles retiraban las tablas de las ventanas y se preguntaban si las sillas del porche delantero aguantarían una temporada más de balanceo casi ininterrumpido.
Todas las localidades que contaban con algún tipo de atracción se llenaron de carteles que decían: «Habitaciones.
Día. Semana. Temporada», mientras los hoteles más exclusivos anunciaban discretamente en el Times de Nueva York: «Se recomienda reservar».
Los campos de golf se nivelaban y se recortaban, las pistas de tenis se volvían a pavimentar, las piscinas se limpiaban y se llenaban y las fundas de cretona volvían a cubrir los sillones de mimbre.
El departamento de carreteras contrató más personal para recoger el papel encerado y las botellas de cerveza que dejaban los veraneantes, y los productos de las tiendas locales subieron un veinte por ciento.
El norte de Nueva Inglaterra se preparaba para trabajar en el único gran sector que le quedaba: el turismo.
En Peyton Place, Ephraim Tuttle comprobó si los ventiladores de aspas del techo de la tienda funcionaban correctamente y colocó el toldo que protegía el escaparate del sol.
Acompañado por los comentarios burlones de Clayton Frazier y los demás viejos que habían usado las cajas de embalar como asientos alrededor de la estufa todo el invierno, Ephraim sacó los rollos de tela de algodón y calicó de las fundas de plástico y los alineó en el mostrador principal.
—Le da ambiente a la tienda —dijo a la defensiva, como todas las primaveras—. A los veraneantes les gusta.
—¡Qué memez! —exclamó Clayton Frazier.
—Ya —convino el propio Ephraim.
Aun así, esa misma tarde empezó a desmontar la estufa de leña y carbón y los viejos se trasladaron a los bancos de enfrente del juzgado, en la otra acera. En Peyton Place había empezado oficialmente la «Temporada».
Peyton Place no era un pueblo turístico en el sentido estricto de la palabra, ya que carecía de lago, de costa y de montaña propia.
Pero los veraneantes que se dirigían al oeste, a Vermont, o al este, a las Montañas Blancas, o al norte, a Canadá, solían desviarse a Peyton Place para hacer una «excursión alternativa», como lo llamaban.
Algunos comentaban morbosamente: «Aquí fue donde aquella chica mató a su padre».
Pasaban en coche por delante de la casa de los Cross, con una lentitud exasperante, y decían: «Era su padrastro, y la chica lo enterró en el redil, justo detrás de esa casa».
Pero ese año se paraban a contemplar el castillo de Samuel Peyton.
—Esta es la ciudad de la habla esa joven en su novela —decían todos.
—¿La has leído?
—Por supuesto. Me encantó. Es como la vida misma.
—Dicen que a los habitantes de aquí les ha indignado mucho ese libro.
—Sí, ya, y por eso el pobre padre de la chica perdió el trabajo. Bueno, eso solo demuestra lo que siempre he dicho: Nue va Inglaterra está bien para venir de visita, pero no me gustaría vivir aquí.
—La estrechez de miras es algo increíble, ¿verdad?
—Si yo fuera Allison MacKenzie, temería por mi vida. No es broma. Algunas de las caras que se ven por aquí parecen de piedra.
—Y ella debe de ser encantadora. La vi en la televisión y me pareció adorable.
—Cuando decidimos pasar por aquí, puse un ejemplar de El castillo de Samuel en la guantera. Seguro que, si localizamos la casa y vamos a hacerle una visita, nos lo firma.
—Vamos a preguntar a alguien.
—A uno de esos señores mayores que están ahí sentados.
El descapotable azul claro se detuvo en la acera del juzgado y, disimuladamente, los viejos de los bancos siguieron con la mirada a las dos mujeres que salieron del coche y se acercaron.
Llevaban pantalones cortos blancos idénticos y camiseta a rayas, y las uñas de los pies pintadas de esmalte rojo y descascarillado.
Calzaban sandalias de tiras finas con tacón, que resonaban contra el pavimento, y tenían la nariz roja, quemada por el sol de la víspera.
Llevaban gafas de sol estilo gato con montura roja y unos bolsos enormes.
Se detuvieron enfrente de Clarence Mitchell , que ocupaba el extremo del banco más cercano.
Clarence, con los ojos entrecerrados, se había fijado en el coche con matrícula de otro estado. En cuanto lo vio, sacó una navaja y un trozo de madera del bolsillo y empezó a tallarlo.
—Ahí tienes a dos bellezas —le dijo al vecino.
—Son cincuentonas, arregladitas para que parezca que tienen dieciséis años.
—¿Crees que llevan sujetador con aros debajo de la blusa? —aventuró Clarence.
—Seguro. Si no, les colgarían las tetas hasta el ombligo.
—Disculpe —dijo la primera mujer a Clarence—. Soy la se ñora de James Delafield y mi amiga es la señora de William Cameron. —Hizo una pausa, pero como Clarence siguió tallando, continuó—. Estamos buscando la casa de Allison MacKenzie. ¿Podría indicarnos dónde se encuentra?
—¿Quién? —preguntó Clarence, levantando la mirada.
—Allison MacKenzie —repitió la señora de James Delafield .
—No sé de ninguna MacKenzie por aquí —contestó Clarence, con expresión de desconcierto—. ¿Y tú, John?
—No —dijo John Barton. Se subió el sombrero, que le tapaba los ojos—. Aquí no hay nadie con ese nombre, que yo sepa.
—Pero seguro que la conoce —protestó la señora William Cameron—. Es muy famosa. Ha escrito un superventas.
—¿Un superqué? —preguntó Clarence.
—Pues una novela —dijo la señora de James Delafield—. Un éxito de ventas. Todo el mundo habla de eso. El castillo de Samuel se titula .
—Yo no tengo tiempo para leer —dijo Clarence, y volvió a la talla de madera.
Las mujeres se quedaron indecisas un momento más y entonces Clayton Frazier, que hasta el momento no había abierto la boca, tomó la palabra.
—¿Por qué no la buscan en la guía telefónica? —dijo—. Supongo que, si aquí vive alguna MacKenzie, estará en la guía telefónica.
A las mujeres se les iluminó la cara.
—¡Pues claro! —dijo la señora de James Delafield—. ¿Cómo no se nos ha ocurrido antes, Elaine?
—Sí, sí, desde luego —dijo la señora de William Cameron, y sonrió a Clayton Frazier—. Gracias. Muchas gracias.
Cuando las dos mujeres salieron del juzgado y volvieron al coche, una risita casi inaudible recorrió todo el banco. En la guía telefónica de Peyton Place no había ningún MacKenzie. Las dos mujeres se marcharon decepcionadas.
—Bueno, al menos no eran periodistas —dijo Clarence—. Siempre preguntando y queriendo sacar fotos. Eso ya es algo a su favor.
—Sí. Dos veces en la vida es demasiado para cualquiera. Y para cualquier ciudad, por cierto.
—Ya. De todos modos, esta última han sido más pelmas que cuando Lucas Cross.
—Sí. Pero no ha durado tanto.
—No tienes ningún derecho a decir nada, Clayton. La primera vez estuviste muy amable tú con aquel periodista de Boston.
—Y ahora también —dijo Clayton—. Tom Delaney es un tipo agradable. Siempre lo ha sido.
—Encajarías bien en Nueva York o algún sitio así, Clayton. Saldrías todos los días en los periódicos.
—No lo dudes —dijo él con arrogancia calándose el sombrero otra vez—, porque soy un tipo pintoresco pero típico de Nueva Inglaterra, con el rostro tallado como el granito de mi tierra natal. Así lo dijo el Daily Record .
Todos volvieron a reírse y se recostaron para descansar al sol y mirar el tráfico de Elm Street.
El tumulto y el alboroto que provocó la publicación de El castillo de Samuel y la cuidadosa promoción publicitaria de Paul Morris fueron efímeros, pero decisivos.
A las siete semanas de salir a la calle, la novela de Allison había alcanzado el primer puesto en las listas de libros más vendidos de todo el país y, al final de la segunda semana de junio, Bradley Holmes telefoneó para dar la noticia más importante de todas.
—¿Allison?
—Dime, Brad.
—¡La he colocado en Hollywood!
—¡Hollywood! —gritó Allison, sentándose de golpe—. ¡Pero Brad, es maravilloso! No sé cómo van a poder hacer una película del libro, pero me parece fantástico.
—¿No vas a preguntarme cuánto he conseguido? —preguntó Brad.
—Ah —dijo Allison con una risita—, ¡se me olvidaba!
—Doscientos mil dólares —dijo Brad, con la misma reverencia que si dijera: «En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».
Allison ahogó un grito.
—¡Ay, Brad, por Dios! ¡No me lo creo!
—Es cierto, aunque Jackman se queda con el diez por ciento y yo con otro tanto. Eso te deja ciento sesenta mil dólares.
—Es increíble. Es casi vergonzoso.
—No te preocupes, querida —dijo Brad—. Cuando pagues los impuestos, lo único que te parecerá vergonzoso será el gobierno. ¿Puedes venir el viernes a Nueva York para firmar el contrato de la película?
—Supongo que sí, si es necesario.
—¿Cómo van las cosas en Peyton Place ?
—Igual. Casi nadie me habla y Mike sigue sin trabajo.
—¿Tu familia piensa irse a otra parte?
—No. Opinan lo mismo que yo. Mike sigue buscando trabajo en los pueblos de los alrededores, pero, de momento, no lo contrata nadie.
—No te entristezcas, Allison —dijo Brad—. Estamos vendiendo libros.
—Lo sé —dijo ella.
Antes de colgar sabía que, si le hubiera preguntado a qué precio, le habría dado una respuesta práctica. «A tres con noventa y cinco el ejemplar», le habría dicho.
Un tanto hastiada, se sentó al escritorio, en el que le esperaba un montón de correo.
Al principio, recibir cartas de los admiradores había sido emocionante, una sola palabra de elogio para El castillo de Samuel bastaba para hacerla feliz, pero ya se había cansado de abrir una carta tras otra llena de felicitacio nes y enhorabuenas.
Le escribían lectores de todos los rincones de Estados Unidos para alabar su talento y el valor que había demostrado al sacar a la luz, sin tapujos, la estrechez de miras de las ciudades pequeñas.
Aunque también había algunas desfavorables, muchas anónimas, en las que le decían que su trabajo era una basura inmunda y que ni siquiera valía la pena quemar esa novelucha.
Los hombres le mandaban notas plagadas de obscenidades, otros le proponían matrimonio y algunos se ofrecían a ir a Peyton Place para «sacarla de todo eso».
Allison y Constance las separaban en dos montones: el de las «buenas» y el de las «malas» y, al atardecer, Mike leía las malas en voz alta interpretando el papel del remitente con tal exageración que Allison y Constance no podían dejar de reírse incontrolablemente.
De todos modos, aunque Allison se reía, las cartas desfavorables eran como una caries en la que hurgaba una y otra vez, como si la explorara con la lengua.
A veces, se deprimía hasta las lágrimas, abrumada por la idea de que el mundo estaba lleno de mujeres que habían leído El castillo de Samuel y la odiaban.
La rabia de Constance era como la de una tigresa cuando algún peligro acecha a sus crías.
—Pero... ¡cómo se atreve esta desgraciada! —exclamó Constance en una ocasión—. ¡Seguro que es una zorra perversa y que su marido se acuesta con la puta del pueblo... y tiene el cuajo de decirle esas cosas a Allison!
—Allison —dijo Mike con calma—, las mujeres que escriben esta clase de cartas están enfermas. Enfermas de envidia, de codicia y de celos. No llores. Aunque te parezca manido, procura tenerles un poco de lástima.
—Pero ¿por qué me odian? —se lamentó Allison, como una niña de primaria a la que no han invitado a una fiesta—. ¿Qué les he hecho yo?
—Has escrito un buen libro, te han pagado por él y te has hecho famosa —dijo Mike rotundamente—. Así funciona el mundo.
Allison llevaba más de un mes en Peyton Place compartiendo con Mike y Constance un exilio involuntario.
Pasaba las noches inquieta, deambulando por la casa, incapaz de dormir ni de leer.
Con frecuencia, al amanecer se encontraba en la mesa de la cocina escribiendo largas cartas a Lewis.
Lo echaba de menos físicamente; en soledad, el amor crecía.
Vivía para esas cartas, que llegaban casi todos los días, llenas de un amor tierno y envolvente.
Tanto Mike como Constance le dijeron que se marchara alegando que no había motivos para que se quedara. Pero no podía abandonarlos. Ella era la causante del problema y sabía que estar con ellos era un acto de devoción que ahora necesitaban desesperadamente.
No les había hablado de Lewis. Era un secreto que no compartía con nadie. Lo guardaba celosamente, con un temor supersticioso, como si, al decirlo en voz alta, pudiera desvanecerse en el aire.