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En los primeros cinco días de la estancia en Nueva York, Allison concedió nueve entrevistas a periodistas de prensa y de radio, más dos en televisión.
Antes de que terminara la campaña, se había convertido en una actriz consumada y había aprendido con los mejores a esquivar y a contraatacar, a pensar dos veces antes de hablar y a formular las respuestas con tal habilidad que ni el periodista menos ético podía malinterpretar sus declaraciones.
En la que resultó ser la última noche en Nueva York, cenó con Lewis Jackman en un fabuloso restaurante nuevo que hacía furor en esos momentos.
Era un restaurante, de los muchos que proliferaron en la postguerra, al que acudían florecientes ejecutivos que no pagaban con dinero de verdad, sino que carga ban los gastos a la empresa.
La carta era tan extensa que solo los ociosos tenían tiempo para leerla entera, y solo la entendían los gourmets profesionales.
Los camareros que atendían las mesas también hacían de traductores.
El jefe de sala los acompañó a una de las mejores mesas, las reservadas para los famosos. Estas mesas se encontraban alrededor de una fuente de mármol blanco de la que brotaban chorros de agua como si fuera un árbol exótico.
—Es un gran honor tenerla aquí, señorita MacKenzie —le dijo con una inclinación de cabeza, mientras le apartaba la silla. Ella le dedicó la sonrisa cortés y evasiva que le había enseñado el triunfo.
—Estoy muy orgulloso de ti, Allison —dijo Lewis—. Hace solo unas semanas eras una escritora y ahora eres una autora. —Le dedicó una sonrisa cariñosa que suavizó el impacto de las palabras, pero Allison comprendió lo que quería decir y, a su vez, sonrió con tristeza.
«¿Han sido solo cinco días?», pensó, asombrada.
Recordó la inocente indignación que le había causado descubrir que Jane Dodge no había leído la novela.
De todas las personas que la habían entrevistado desde entonces, solo un periodista había afirmado que la había leído; otro había dicho que la había «hojeado».
Pero todos, sin excepción, escribían sobre ella con conocimiento de causa.
Un corpulento ejecutivo se plantó al lado de su silla y le interrumpió los pensamientos; quería que le firmara un autógrafo en la carta del restaurante.
Le ofreció un pequeño lápiz dorado. «Es para mi mujer», dijo.
Los hombres que le pedían un autógrafo siempre sonreían con aire de disculpa y decían que era para su mujer.
Allison escribió su nombre en el amplio margen de la carta y se la devolvió con una sonrisa.
«¡Qué disparate! —pensó—. Esto es una puñetera estupidez.
» Y, sin embargo, resultaba muy atractivo.
Solo un santo o un psicópata se retiraría voluntariamente del mundo de la fama a una torre de marfil.
Era lo que Allison deseaba desde hacía mucho tiempo, lo soñaba desde pequeña, cuando intercambiaba revistas de cotilleos de Hollywood con Selena.
Lo había decidido: si la fama tenía un precio, lo pagaría.
No seguiría el camino de David, no se escabulliría por la puerta trasera.
Era joven, pero no tanto; ya no creía que el arte solo se podía encontrar en un piso sin agua caliente.
—¿Pido por ti, Allison? —preguntó Lewis.
—Por favor —respondió ella.
Mientras el camarero esperaba, lápiz y libreta de pedidos en ristre, y el sumiller se acercaba para consultar la carta de vinos con Lewis, Allison se acordó del día en que había cruzado la ciudad porque había quedado con David en la cafetería italiana.
Lo recordaba a menudo. El éxito, saberse observada en casi todas partes.
Sospechar de sí misma y de cada uno de sus actos.
«¿Hago esto porque quiero —se planteaba últimamente con frecuencia— o porque me obliga el Éxito? »
Se preguntó si no habría sido ella la que había provocado la discusión con David, si no habría entrado en la cafetería deseando inconscientemente poner fin a la relación.
David le recordaba su antigua vida, antes de convertirse en autora, cuando solo era una escritora que luchaba por lograr algo. Había superado a David.
A veces se sorprendía pensando —en los escasos momentos en los que la nueva vida le dejaba tiempo para pensar— que el Éxito implicaba un proceso de maduración increíblemente apresurado, como el de someter a las flores a una maduración acelerada para satisfacer la demanda del mercado.
Aunque esa madurez estuviera inducida artificialmente, parecía real.
Aportaba una sensibilidad mayor, una percepción más profunda y perspicaz.
Esta nueva percepción le revelaba cosas que preferiría no haber descubierto.
Por ejemplo, David: ahora se daba cuenta de que parte del enfado en la cafetería había sido por envidia.
David envidaba su éxito, lo que debía de parecerle un triunfo fácil.
Él llevaba años trabajando, había publicado cuatro novelas, pero no había conseguido ninguna de las recompensas materiales que le llovían a ella.
Por eso se había puesto amargo y desagradable, precisamente cuando más falta le hacía a ella su comprensión.
Para Allison, era otra lección sobre la complejidad de la vida: David había tomado conciencia de su fracaso de repente, se lo había impuesto el hecho de conocer a Allison, le había hecho cambiar, sin duda, del mismo modo que el éxito la había transformado a ella.
«El triunfo es una cosa que se tendría que poder pedir, como una copa o un café, en su justa medida —pensaba, mientras el camarero le servía un consomé de cerezas caliente de una sopera de plata—.
En la medida perfecta para cada uno, ni mucho, ni poco.
» Sin embargo, sabía que no podía ser así.
La vida no se puede controlar ni moldear para que sea como queremos.
Después de que el tercer cazador de autógrafos interrumpiera la cena, Allison le dijo a Lewis: —Tengo la sensación de ser una impostora. Sé que solo soy yo, la pequeña Allison MacKenzie. Es muy simple. ¿Por qué no lo ven los demás?
—Cariño, no lo ven por un motivo muy simple también: no te conocen —dijo—. Cuando te miran, ven a una mujer pública, la imagen que han creado Paul Morris, los columnistas y los entrevistadores.
Le tomó la mano. No solía hacerlo a menudo; acostumbraba a ser circunspecto y mantenía las apariencias de una relación entre editor y autora.
—No puede pasarte nada malo, Allison, siempre y cuando tú no olvides quién eres realmente.
—Nunca lo olvidaré —respondió ella.
—No, creo que no. Pienso que el práctico sentido común de Nueva Inglaterra te protegerá. No estoy preocupado por ti, Allison. Y tú tampoco debes preocuparte. Por favor, intenta disfrutarlo mientras dure. ¿Sabes? Hay algo en lo que todavía no has pensado, y es que tal vez esto no dure para siempre.
—Mientras dure —repitió ella. Sonaba a grilletes carcelarios. La castigaba—. Lewis, te quiero por muchas razones —dijo—, y una de las más importantes es ese talento excepcional que tienes para echarme un jarro de agua fría en el momento oportuno.
—Y yo te quiero a ti. Y a este vino... Y esa carita tuya —añadió señalándola— me da ganas de irme de aquí. Quiero estar a solas contigo.
—Dile al conductor que se dé prisa —dijo Allison cogiendo el bolso y sonriendo a Lewis sin dejar de mirarlo.
A los pocos minutos tomaban un taxi. Lewis le dijo al conductor: —Dese prisa, hombre. Vamos a ver a un amigo enfermo.
—Hay muchos enfermos por ahí, amigo —dijo el conductor—. La primavera es la época más peligrosa del año. Hay que ir con cuidado.
A Allison le costó mucho contener la risa. Escondió la cara en el hombro de Lewis. Él le besó la coronilla y le acarició suavemente la cara y la garganta.
Cuando llegaron a la habitación de Allison, a pesar de que habían estado juntos todas las noches, se miraron con un deseo apasionado, con una intensidad hambrienta y, todavía medio desnudos, empezaron a buscarse el uno al otro.
Después, fumaron a oscuras y charlaron hasta el amanecer. Allison le dijo que iba a alquilar un piso en Nueva York.
—Quiero estar cerca de ti, Lewis. Quiero estar aquí cuando me necesites. El matrimonio no es importante para mí.
«No, ahora no —pensó él—, pero lo será. Lo será. —Sabía que tenía todas las probabilidades en contra, pero, como la amaba y la deseaba, aceptó los planes y no dijo nada de sus recelos—. Lo que pasa es que he vivido más tiempo y he visto mucho más que ella —se dijo.»
Allison se acurrucó en el hueco de su brazo protector y se preguntó: «¿He elegido esto porque un matrimonio ahora interferiría en mis planes? ¿Es posible que no quiera compartir con nadie lo que he conseguido?». Y cuando por fin se durmió, gimió angustiada, atormentada por las pesadillas.
Se despertó a mediodía y Lewis se había ido. Había dejado una nota en el escritorio: « Querida: cuando me desperté esta mañana, verte a mi lado ha sido lo único que ha podido convencerme de que todo esto no es el sueño más hermoso de mi vida » .
Allison sonrió y dobló la nota. Pidió que le subieran el desayuno a la habitación y solicitó a la operadora una llamada a Peyton Place . Quería anunciar a Mike y a Constance que iba a quedarse en Nueva York. Cuando sonó el teléfono, estaba tomando un zumo de naranja. Era Constance.
—¿No es maravilloso, mamá? —exclamó—. ¡ El castillo de Samuel lleva solo doce días en la calle y ya está en la lista de superventas del Times y del Tribune !
—Me alegro mucho por ti, cariño —dijo Constance.
—Mamá, ¿qué pasa? Algo va mal, mamá, te lo noto en la voz.
—¡Ay, cielo! —exclamó Constance con voz quebrada—. ¡Ay, mi niña! A Mike no le han renovado el contrato.
—¿Qué?
—Lo que oyes. Toda la plantilla del instituto ha firmado el contrato para el curso que viene, menos Mike. No tiene nada que hacer aquí.
—Pero ¿por qué? —preguntó Allison—. ¿Le han dado alguna razón?
—Solo le dijeron que pensaban que lo mejor para todos era que buscara trabajo en otro sitio.
—¡Qué jugarreta tan sucia y despreciable! —exclamó Allison.
—No te preocupes, querida —dijo Constance—. Vuelve a casa en cuanto puedas. Tenemos que pensar en irnos a otra parte.
Allison hizo las maletas rápidamente y llamó a Paul Morris antes de salir del hotel.
—¿Sabe qué ha pasado con toda esa inmunda publicidad? —le preguntó—. ¡Mi padre ha perdido el trabajo!
—¿Qué? —gritó Paul.
—Lo han despedido. Lo han echado. Lo han destituido. ¿Entiende?
—Quédese donde está, Allison. Ahora mismo voy para allá.
—No se moleste. Me voy a casa ahora mismo.
—Allison, por el amor de Dios, cuénteme, ¿qué ha pasado?
—No hay nada que contar —dijo Allison, y se echó a llorar—. Mi padre ya no tiene nada que hacer en Peyton Place , nada más. Nos vamos a ir a otra parte y mi madre tendrá que vender la casa.
—Lo siento mucho, Allison —dijo Paul—. Sí, supongo que es mejor que se vaya a casa. La llamaré dentro de unos días.
A continuación, telefoneó a Lewis a la oficina, pero no estaba y solo pudo dejarle un mensaje impersonal a la secretaria.
Como dijo Paul Morris más tarde, el despido de Rossi no podía haber ocurrido en mejor momento.
Esa noche, los periódicos necesitaban novedades y publicaron la noticia.
Antes de que Allison llegara a casa, las portadas de los periódicos de Boston estaban cubiertas de negros titulares sobre ella y su familia.
«¡ DIRECTOR DE PEYTON PLACE , DESPEDIDO !
», voceaban los vendedores de periódicos y, debajo de los titulares, seguía la noticia.
Según la prensa, Michael Rossi había sido despedido porque su hijastra, Allison MacKenzie, había escrito un libro impactante sobre una pequeña ciudad de Nueva Inglaterra.
Paul Morris se encargó de destacar el título del libro.
Allison llevó los periódicos arrugados en el regazo todo el traqueteo del tren hasta Peyton Place .
«Dios mío, ¿qué he hecho?», sollozaba en silencio.