Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 3 #2
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—Déjelo en mis manos —la interrumpió de nuevo—.

Y hable con todas las personas que le presente tal como ha hablado con Brody.

Haga lo que le digo y juntos convertiremos El castillo de Samuel en el mayor éxito de ventas de la historia en el mundo editorial —concluyó.

Miró el reloj—. Vamos. Nos esperan en la CBS dentro de veinte minutos; la va a entrevistar Jane Dodge.

El programa se emite por la mañana, pero las entrevistas las graba previamente.

—La he oído —dijo Allison—. Tiene una voz profunda preciosa.

—Así es —dijo Paul—. La voz de un ángel y el alma de una auténtica zorra. Vamos. Espero que encontremos un taxi.

—Con Jane —añadió Paul, antes de entrar en el estudio—, no menosprecie las revistas femeninas, las organizaciones feministas ni nada relacionado con las mujeres. Ella es una Mujer profesional y se ha hecho de oro gracias a eso.

Jane Dodge llevaba un sombrero grande, guantes largos negros y una boquilla de ébano. Estaba tan elegante y la habían maquillado con tal precisión que a Allison le pareció un artículo de fábrica.

—¡Por amor de Dios, Jake! —gritó Jane en el momento en que Paul se acercaba con Allison—. ¿Piensas pasarte la tarde haciendo el capullo o grabamos el programa?

—Ya casi estamos listos, Jane —contestó el tal Jake.

—¡Ah, hola, corazón! —dijo Jane, saludando a Allison—. Empezaremos en cuanto ese estúpido inútil lo tenga todo organizado.

Sus ojos, incisivos y rápidos detrás de unas gafas verdes de estilo gato, escudriñaron la hoja de notas que Paul Morris le había entregado, y murmuró entre dientes: «Diecinueve. Peyton Place . Hija única. Primer libro».

Allison se quedó mirándola con el corazón en la boca.

—Listo, Jane.

Jane Dodge miró al hombre nervioso, el tal Jake y, a una señal suya, empezó a hablar con la voz profunda y aterciopelada que Allison recordaba.

—Y ahora, señoras —dijo ante el micrófono—, tengo el enorme placer de presentarles a una jovencita que conocí hace un tiempo en Nueva Inglaterra.

Se llama Allison MacKenzie y solo tiene diecinueve años, pero mi joven amiga ha conseguido engañarnos a muchas de nosotras.

Es la autora del sensacional exitazo de ventas El castillo de Samuel y, chicas, si aún no han tenido oportunidad de leer este maravilloso libro, dejen los platos y vayan volando a la librería.

Bien. Buenos días, Allison. ¿Cómo está, querida?

Cuando terminó la entrevista, a Allison le temblaban las rodillas y solo quería salir del caluroso y sofocante estudio a respirar aire fresco.

—Paul, cariño —dijo Jane Dodge—. Déjame un ejemplar de ese libro, ¿quieres?

Paul sacó un ejemplar de El castillo de Samuel del maletín y lo dejó en el escritorio de Jane.

—Muchas gracias, Jane —dijo—. Ha sido una entrevista estupenda.

Allison no podía apartar la mirada del libro.

—¿No lo ha leído? —le preguntó a Jane.

La presentadora la miró con asombro y se echó a reír.

—Cariño —le respondió—, con la competencia feroz que hay actualmente, ni siquiera tengo tiempo de seguir leyendo a Lenny Lyons.

En la calle, Allison se volvió hacia Paul.

—Esa mujer tiene la lengua más sucia que un carretero —le dijo—. Y, en cuanto a la hipocresía de la doble moral, las mujeres de Peyton Place parecen niñas a su lado.

—Es posible —dijo Paul, animado—, pero miles de mujeres la escuchan todos los días. Y mañana por la mañana, cuando la oigan, te escucharán a ti. Y entonces, irán volando a comprar El castillo de Samuel porque se lo ha dicho Jane. Y es que las amigas de su querida Jane son amigas suyas también.

«Qué negocio tan sucio es este —pensó Allison, cansada—.

Y ahora formo parte de él. Me he rendido sin luchar.

Quiero que lean la novela. Quiero que sea un éxito de ventas, por eso hago estas cosas horrorosas.

Qué fácil es convertirse en una mentirosa y en un fraude, cuando puedes decirte a ti misma que lo haces con la mejor intención. »

Paul paró un taxi, pero Allison dijo que prefería ir andando. Las últimas palabras de Paul antes de irse fueron: «Allison, vamos a vender una cantidad extraordinaria de libros».

Mientras cruzaba la ciudad para reunirse con David, odió intensamente a Paul un momento, pero enseguida se dijo: «Paul no tiene la culpa, solo hace el trabajo para el que lo contrataron.

Y lo hace muy bien. La culpa la tengo yo.

Me he convertido en una vendedora ambulante.

No hago el trabajo para el que me preparé.

Debería estar en casa con Mike y Constance escribiendo la nueva novela».

Pero no era únicamente la emoción de publicar lo que le impedía concentrarse en el trabajo, también estaba Lewis Jackman.

Era la primera vez que pensaba en Lewis desde que había ido al Kelly con Paul, tan absorta como había estado en el frenético negocio de la publicidad.

En ese momento, mientras caminaba por la concurrida calle aquel luminoso día primaveral, recordó su voz y el tacto de sus manos.

«Esto es lo importante —se dijo—, lo que está sucediendo entre Lewis y yo, y no contar unas cuantas mentiras a algunas personas que se ganan la vida engañando. »

Se dirigió a la cafetería en la que la esperaba David y, al pensar en él, sintió una punzada de culpabilidad.

«Aunque no elegimos a quién amar —pensó—.

El amor nos elige a nosotros. Los amantes siempre encuentran una excusa para el daño que infligen a los demás.

Y la excusa es siempre el amor en sí mismo. »

Llegó a la cafetería italiana de West Fifties en la que habían quedado; era un lugar oscuro, con velas que se consumían lentamente en las mesas de mármol.

Las paredes estaban tapizadas con una tela de color granate que absorbía la poca luz existente.

En los espejos, manchados y amarillentos por el paso del tiempo, se vio la cara, deformada y oscura, como difuminada.

Solo al fondo se veía el único objeto brillante de todo el local: una artística máquina de café grande y plateada.

Cuando el camarero presionaba una de las largas palancas, el vapor silbaba entre el café molido y apretado y un delicioso elixir, la quintaesencia del café, caía gota a gota del grifo plateado hasta una tacita.

David no perdió de vista a Allison desde el instante en que entró por la puerta buscándolo con la mirada.

Le pareció que se movía con más confianza.

Sonrió para sí. «Nuestra pequeña Allison está creciendo», pensó.

Ella se dejó caer pesadamente en la silla, enfrente de él; el camarero le sirvió café y Allison contó a David lo que había hecho en el día.

Le habló de Paul Morris, de Brody y de Jane Dodge.

Él la escuchó en silencio, sin interrumpirla ni una sola vez.

Allison estaba tan orgullosa de sí misma que no se dio cuenta de lo enfadado que estaba David y, cuando terminó de hablar, le sorprendió oírle la voz, temblorosa de ira: —¡No estás en este negocio para vender libros!

Se supone que eres escritora, no un payaso de un programa de radio o televisión.

Ni una idiota que habla por los codos con un reportero borracho de tres al cuarto.

—¡Cállate, David! —exclamó ella, doblemente enojada, porque esas palabras eran el eco de sus propios pensamientos—. Quizás a ti te dé igual lo que pase con tus libros, pero a mí no. ¿De qué sirve escribir si nadie te lee?

—La gente descubre los libros buenos por su cuenta —respondió David—. Y El castillo de Samuel es un buen libro. Con el tiempo, el público lo sabría sin necesidad de que todos los periódicos del país lo promocionen como una obra pornográfica.

—No es pornografía —gritó Allison.

— Yo sé que no —dijo David—. Y tú también. Pero ¿qué pasa con la gente que lee la columna de Jim Brody? No van a ver nada de la belleza de tu obra. La comprarán y la leerán por las explícitas descripciones sexuales.

—Mete las narices en tus asuntos, ¡maldita sea! —estalló ella.

—Entérate de las últimas noticias, Allison —dijo David, levantándose.

Sacó un recorte de periódico del bolsillo y lo arrojó en la mesa—.

La entrevista con Brody ha salido en la última edición, la vespertina.

No ha perdido el tiempo. Y tú tampoco. Has conseguido lo que querías, Allison: un éxito mayúsculo.

Será interesante ver qué haces con él, o qué te hace él a ti —añadió con una sonrisa amarga—.

Parece que ya no tenemos nada que decirnos, ¿verdad? —concluyó.

Después se fue. Allison se quedó sentada un momento, inmóvil; luego leyó la columna de Brody.

Brody había escrito: «Si quieren que su hija aprenda las cosas de la vida por las malas, procure que se críe en una ciudad como Peyton Place .

Eso es lo que le pasó a la joven autora de un nuevo superventas sensacional, titulado El castillo de Samuel .

Es un libro que no se anda con rodeos». La columna concluía así: «¿Y qué hay de Allison MacKenzie, la joven que dio una patada a la pétrea respetabilidad de Nueva Inglaterra, para sacar a la luz los trapos sucios de debajo de la alfombra?

Ella dice, bastante animada, que las ventas en la tienda de ropa de su madre han caído un cincuenta por ciento y que su padre, el director del Instituto de Peyton Place , probablemente perderá el empleo.

Aunque no creemos que la señorita Allison MacKenzie tenga que preocuparse mucho, porque El castillo de Samuel la hará rica y famosa».

La traición de Brody le revolvió el estómago al momento; se enfadó y se enfureció. Después arrugó el recorte de periódico lentamente y lo apretó hasta convertirlo en una bola pequeña y dura. «Si es así como se juega —pensó—, voy a entrar en el juego.»