Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 3
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Al día siguiente, un poco antes de la una de la tarde, Allison se sentó al lado de Paul Morris en la barra del Kelly, un restaurante de la Tercera Avenida. El suelo era de pequeñas baldosas hexagonales y el local conservaba las lámparas de gas antiguas, adaptadas a la electricidad.

—Brody viene aquí desde hace veinte años —le dijo Paul—. Lo puso de moda.

—Hace un tiempo viví en Nueva York más de un año y nunca oí hablar de este sitio —dijo Allison—. Debe de estar muy muy de moda, sí.

Paul cogió la copa y se quedó callado un momento.

—Mire, encanto —dijo al fin—, no pretendo ponerle palabras en la boca ni quitárselas, pero no le cuente a Brody que ha vivido en Nueva York.

—¿Y si me lo pregunta? —inquirió Allison.

—Pues esquívelo —respondió Paul, y levantó una mano para impedir que Allison dijera lo que estaba a punto de decir—.

Mire, es usted una jovencita lista. Ha escrito una novela que no solo se ha publicado, sino que va a ser un superventas.

Cuando quiere, es bastante inteligente con las palabras, y, con Brody, quiero que sea más que superinteligente.

No le cuente que ha vivido en Nueva York.

Y otra cosa. Cuando la guerra, Brody ganó el premio Pulitzer por una cobertura informativa en Italia.

Quizá se lo pueda recordar. Es su alegría y su orgullo, pero poca gente se acuerda de ese detalle.

—¿Cómo es que usted se acuerda? —pregunto Allison.

—Secreto profesional —dijo Paul con una sonrisa—, pero se lo voy a confiar. Desde que concerté esta entrevista, he estado leyendo cosas suyas y las que se han escrito sobre él. Lo he estudiado todo con tanto detenimiento que apuesto a que podría decirle de qué color es el pijama con el que duerme.

Jim Brody era un hombre grande y campechano que debía de disfrutar de la buena comida y de los buenos chistes.

Cuando entró en el Kelly, lo saludó prácticamente todo el mundo.

Un camarero retiró una tarjeta de «Reservado» de la mesa del fondo y otro le sirvió una enorme jarra de cerveza antes de que el hombre tuviera tiempo siquiera de quitarse el abrigo.

—Allá vamos, bonita —susurró Paul Morris—. Sonría.

—No puedo —respondió Allison, en voz baja—. Estoy muy asustada.

—Sí puede, y no, no lo está —objetó Paul, llevándola a la mesa de Jim Brody.

—Hola —saludó Brody, casi sin mirarla, cuando Paul se la presentó—. Siéntese. —Allison se sentó al lado de Paul Morris.

«Engaña —pensó ella, mirando a Brody—. Es tan grandote y parece tan amable como un San Bernardo, pero tiene la mirada fría y calculadora.»

—¿Quiere una cerveza? —preguntó Brody.

—Yo sí —dijo Paul—. La señorita MacKenzie no bebe.

«¿Cómo puede mentir así y seguir sonriendo?», se preguntó Allison, sorprendida, al recordar el Martini seco que acababa de tomar en el bar.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Brody.

Sin dar tiempo a Allison a contestar, Paul sacó un papel del bolsillo interior de la chaqueta.

—He anotado aquí toda la información biográfica, Jim —dijo—. Pensé que ganaríamos tiempo.

Brody cogió el papel y lo estudió.

—Diecinueve, ¿eh? —preguntó, mirando a Allison. Ella se quedó sin palabras. Tenía veintitrés años y estaba a punto de decírselo, cuando Brody volvió a hablar—. Parece más joven, incluso —dijo—. ¿Lleva mucho tiempo escribiendo?

—Desde el instituto —respondió ella.

—¿Ha vendido algo?

—Solo relatos cortos a revistas.

—¿Qué clase de relatos?

—Bueno, tonterías sin importancias para mujeres de cabeza hueca, ya sabe.

—Cuidado con lo que dice de las mujeres estadounidenses —dijo Brody, con una sonrisa—. Muchas leen mi columna.

—No son las mismas que leen mis historias —dijo Allison—. Usted escribe sobre cosas y personas reales.

—¿Y sus relatos no son reales?

—Supongo que para las lectoras, sí, pero para mí, nunca. En mis historias, todas las heroínas eran rubias y guapas, con ojos verdes y un tipo fabuloso; y todos los hombres, altos, morenos y atractivos, con la mandíbula cuadrada y chaqueta de tweed.

Brody echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír; y Paul Morris la felicitó con un suave apretón por debajo de la mesa.

—Bien, desde luego, en su novela no hay personajes así —dijo Brody—. La leí anoche. ¿Dónde ha aprendido una jovencita de su edad tantas obscenidades?

—Lamento mucho que piense que la novela es obscena, señor Brody —dijo Allison, muy irritada de pronto—.

No era esa mi intención. Solo intenté ser sincera y ofrecer una imagen fidedigna de las ciudades pequeñas, tal como las conozco.

En El castillo de Samuel suceden las mismas cosas que en todas partes y creo que un hombre tan inteligente que ha ganado el Pulitzer debería saberlo.

—¡Ah! —dijo Brody, sonriendo—. Sabe lo del Pulitzer.

—Sí. Recuerdo que, cuando lo ganó, la fotografía apareció en todos los periódicos —mintió Allison, rogando por que fuera cierto.

«Vaya, pues no es tan difícil —pensó, sorprendida—. Si me lo propongo, puedo mentir tan bien como Paul.»

—Tiene buena memoria —dijo Brody—. Casi todo el mundo se acuerda de lo que escribí ayer, pero nada más.

—Un camarero le puso otra jarra de cerveza en la mesa y Brody la cogió—.

Dígame, señorita MacKenzie —continuó, limpiándose un pequeño bigote de espuma del labio superior—, ¿qué opinará de la novela la gente de su ciudad natal?

—Ya lo han dicho —respondió Allison—. Mi editor, el señor Jackman, mandó ejemplares de muestra a unas cuantas personas del pueblo y la noticia se difundió como la pólvora.

—¿Y qué dijeron? —preguntó Brody.

Allison apretó los puños y le ardieron los ojos de ira al recordarlo.

—Dicen que tendría que salir corriendo de la ciudad —respondió, y se le quebró la voz—. Dicen que mi madre tendría que vender la casa, mi padre, perder el trabajo e irnos todos de Peyton Place para nunca más volver.

—¿Y lo hará? —preguntó Brody—. Me refiero a irse de allí.

—¡Nunca! —exclamó Allison—. Nací en Peyton Place y voy a vivir allí todo el tiempo que se me antoje.

—Yo nací en una ciudad pequeña de Indiana —dijo Brody, mirándola—. Cuando la gente de las ciudades provincianas se sulfura, puede hacerle la vida imposible al culpable.

—Lo sé —dijo Allison.

—Bueno, volviendo a la primera pregunta —dijo Brody. Vació la jarra y ya le esperaba otra—. La he formulado mal, así que vuelvo a intentarlo. ¿Dónde aprendió una jovencita de su edad todas esas cosas sobre las artimañas y las perversiones del sexo?

—Señor Brody, si procede usted de una ciudad pequeña —respondió ella—, no debería preguntármelo. En esos sitios no hay secretos.

—Entonces, dice que Peyton Place le ha enseñado todo lo que sabe.

—No, yo no he dicho eso, señor Brody. Me he limitado a recordarle lo que se cuece en las localidades provincianas.

—Es usted prudente, ¿verdad? —replicó Brody, sonriendo.

—No, pero si usted lo dice —respondió ella—. Solo he procurado ser sincera.

Después pidieron el almuerzo y Brody le hizo preguntas informales sobre Peyton Place y sus habitantes.

—Debe de ser un sitio muy interesante —dijo, cuando se levantó para marcharse—. Iré a conocerlo un día de estos.

Cuando se marchó, Paul Morris tomó la mano a Allison y se la estrechó con energía.

—¡Lo ha conseguido, querida! —le dijo.

—¿A qué viene eso de decirle que tengo diecinueve años? —preguntó Allison, cansada y enojada—. Tengo veintitrés y usted lo sabe.

—Es publicidad, querida —contestó Paul Morris—, y nueve de cada diez anuncios no son más que historias bonitas que se ha inventado alguien en una oficina igualita que la mía.

A ver, ¿en serio cree todas las tonterías que lee en las revistas sobre las estrellas de cine?

¿De verdad piensa que nuestras sensuales sirenas tienen veintipocos años, que asisten a las reuniones del AMPA y que se levantan todas las mañanas para preparar el desayuno a sus hijos?

—Nunca se me ha ocurrido pensar en eso —dijo Allison, molesta.

—Pues empiece, encanto —dijo Paul—. La publicidad se usa para crear una ilusión sobre un lugar, una cosa o una persona.

Un espejismo que la gente cree porque quiere creerlo.

Los anuncios son un medio para vender mercancía, ya sea una habitación de hotel en Miami, un detergente en polvo o un ser humano.

Vamos a venderla a usted, Allison, porque si lo hacemos bien, venderemos también muchos ejemplares de la novela.

—¡No soy un artículo de mostrador de rebajas! —exclamó Allison, mirándolo con horror—. Soy una persona. ¡Soy yo!

—Cielito —dijo Paul, poniéndole una mano en el brazo—, yo sé y usted sabe, y todo el mundo sabe, que todos somos personas.

Pero lo que vamos a hacer con usted es convertirla en todo un personaje que reconocerán millones de hombres y mujeres.

Reconocerán su nombre, su cara y su libro.

En resumen, vamos a intentar transformarla en una estrella de las letras.

—Ahora que vuelvo a ser mayor de edad —dijo Allison—, me gustaría tomar una copa, por favor.

—Ahora mismo no puede beber nada. A partir de hoy, la gente sabrá que se ha sentado a la mesa con Jim Brody y no ha bebido con él. Incluso es posible que mencione en el artículo que usted no bebe, así que ahora no puede dar marcha atrás ni hacer nada que altere esa imagen.

—¡Es ridículo! —exclamó Allison.

—Ah, ¿sí? —replicó Paul—. Mire, vamos a venderla como escritora genial: una chica del campo dulce, joven e inocente, que vive en el mismo sitio unos años, hasta que no puede soportar más la farsa y la hipocresía, y explota publicando la verdad.

Ahora bien, el público ya tiene la idea de que las auténticas chicas dulces e inocentes no beben, de manera que, cuando esté en un sitio en el que puedan reconocerla, no beba. Es así de simple.

—¡Todo eso no es más que una sarta de mentiras escandalosas! —dijo Allison.

—En realidad no —respondió Paul—. ¿Acaso lo que sucede en Peyton Place no es lo mismo que sucede en la novela?

—Claro que sí —dijo Allison—, pero, desde luego, eso no significa que yo quisiera...

—Mire, querida. Usted lo que quiere es que el libro se venda, ¿no?

—Sí, pero sigo sin entender...