Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 2
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Cuando se apeó del tren en la estación Central, Allison vio inmediatamente a Lewis Jackman.

Lo habría reconocido por la altura, aunque se le hubiera olvidado la cara.

Solo lo había visto una vez, pero ese rostro moreno y atractivo era difícil de olvidar.

A Jackman lo conmovió tanto su juventud que le retuvo la mano más tiempo del necesario.

Allison vio el anhelo que expresaba esa mirada y le dio un vuelco el corazón.

—Le he reservado una habitación en el Algonquin —dijo—. Los gastos corren por cuenta de la casa, naturalmente. El hotel está cerca de todo y aún conserva cierto aire literario, creo que será de su agrado.

Aunque las palabras eran impersonales, la voz era cálida y resonante; tenía una actitud de hombre decidido que no permite interferencias de ninguna clase en los negocios.

—He leído algo sobre el Algonquin —dijo Allison—. ¿Siguen reuniéndose allí los famosos para insultarse e insultar al mundo entero?

—Ya no —dijo Jackman, riéndose—, pero sus fantasmas siguen allí. El lugar está lleno de espectros. Le pedí al gerente que se asegurara de darle una de las habitaciones encantadas.

Cuando llegó Paul Morris, los encontró en un sofá del vestíbulo del hotel tomando un cóctel.

—Hola, Allison —dijo Paul, y le dedicó su famosa sonrisa—. He leído el libro y me parece excelente. Lo he disfrutado muchísimo.

—Muchas gracias —dijo ella, emocionada por los elogios, sabiendo que nunca se cansaría de oírlos.

«¡Qué simpático es! —pensó—. No me lo esperaba ni remotamente. Bueno, entonces, ¿qué esperaba ?», —se preguntó, y su propia respuesta le hizo sonreír para sí.

Solo había oído hablar de él a Jackman y esperaba conocer al típico publicitario de película. Un tipo con gafas de montura oscura, pelo muy largo y con olor a prisa y a tensión constantes.

Paul Morris empezó a hablar de Nueva Inglaterra, de las ciudades que había visitado y de los campamentos de verano a los que había ido de niño y, a los quince minutos, Allison tenía la impresión de que estaba hablando con un amigo de toda la vida.

Esta táctica, uno de los puntos más fuertes de Paul, siempre daba buen resultado, pues lo cierto era que la única vez que había pisado Nueva Inglaterra había sido para llevar a un teatro de Boston a una clienta, una actriz aficionada a la bebida.

Se había visto obligado a pasar allí un fin de semana, atrapado en una pequeña habitación de hotel, cerca de la estación del Norte y, cuando al fin pudo marcharse, juró por Dios que prefería enfrentarse a un largo día en el infierno antes que volver a salir de Nueva York.

—Mañana vamos a comer con Jim Brody —dijo Paul—. ¿Lo conoce?

—Creo que sí —dijo Allison—. ¿No escribe una columna en algún periódico?

—Sí, diría que sí —dijo Paul—. Una columna que se publica en más de seiscientos periódicos de todo el país. Quiere hacerle una entrevista.

—No se me va a ocurrir nada que decir —replicó Allison, y empezaron a temblarle las manos.

—Sí, ya verá —dijo Paul—. Lo único que tiene que hacer es ser usted misma. Preste atención: esta entrevista va a ser muy importante. No solo porque Brody es muy famoso, sino porque es la primera que le harán. ¿Qué va a ponerse?

—Tengo unos vestidos nuevos —dijo ella—, y mi madre me ha prestado la estola de visón.

—No —dijo Paul—, no es necesario que se ponga elegante. Es preferible que se la vea muy joven, inocente y algo infantil. Vamos. Subamos y echemos un vistazo al vestuario.

Subieron los tres a la habitación de Allison y Paul examinó todas las prendas del armario.

Allison sabía que debería sentir vergüenza, y la habría sentido si se hubiera tratado de cualquier otra persona del mundo, excepto Paul.

Pero es que él manejaba la ropa de una forma tan impersonal que le daba igual.

Además, por primera vez tenía la sensación de que nada de eso tenía que ver con ella.

Finalmente, Paul eligió una prenda gris de lana con cuello redondo de color blanco.

—Esto —dijo.

—Pero... no es nuevo —protestó Allison—. Hace dos años que lo tengo y solo lo he traído para ponérmelo en el tren, cuando vuelva a casa, porque apenas se arruga.

—Póngase esto —repitió Paul con más firmeza—. Y nada de estolas de piel. El abrigo que llevaba abajo está bien.

Antes de que Allison se diera cuenta de lo que pasaba, Paul había cogido el cepillo del pelo y la estaba peinando.

—Tampoco queremos peinados sofisticados —dijo—. Hágase una cola de caballo recogida con una goma.

—Pero, si no me peino así desde que tenía catorce años —objetó ella.

—Exacto —dijo Paul, con una sonrisa—. Y nada de maquillaje, solo un poco de pintalabios. ¿Tiene alguno rosa?

—No.

—Se lo traigo yo cuando venga a recogerla —dijo Paul—. Estaré aquí a las doce y media.

—Pero no quiero ir vestida como una cría —dijo Allison al borde de las lágrimas—. Quiero estar guapa.

—Cielo —dijo Paul, pasándole el brazo por los hombros como un buen amigo—, va a triunfar por todo lo alto.

En Estados Unidos tenemos escritoras glamurosas, escritoras mayores, escritoras amas de casa y escritoras profesoras; pero ninguna joven, limpia y sin maquillaje, y usted va a llenar ese gran vacío. Confíe en mí, por favor.

Allison lo miró a los ojos, oscuros, tiernos y sonrientes.

—De acuerdo —dijo por fin—. Estaré lista a las doce y media.

—Y esta noche, acuéstese temprano —añadió mientras salía por la puerta—. Quiero que mañana parezca que ha dormido doce horas.

Cuando se fue, Allison se volvió hacia Lewis Jackman.

—¿Cree que lo haré bien? —preguntó, nerviosa.

—Querida —dijo Jackman—, no le dé más vueltas. Déjelo todo en manos de Paul.

Paul Morris se había ido y a Allison le asaltaron todas las dudas de nuevo.

—¿Es necesario todo esto? —le preguntó a Jackman—. Me refiero a fingir ser alguien que no soy para impresionar a la gente.

—La publicidad es un asunto delicado, Allison. Pagamos una buena cantidad de dinero a Paul Morris para que se encargue de todo. Es un hacha en estas lides, y lo mejor que podemos hacer, tanto usted como yo, es ponernos totalmente en sus manos. Quiere vender libros, ¿no es eso?

—Claro que sí —contestó Allison.

—Entonces haga lo que le diga Paul —dijo Jackman—. Es un hacha, insisto.

Allison se acercó a la ventana de la habitación y miró el panorama de Nueva York, que estaba a la espera.

«Como si quisiera que la conquistara», pensó.

Se sentó en el borde de la cama y encendió un cigarrillo, luego apiló las almohadas contra el cabezal y, por primera vez desde que llegó, se relajó y empezó a recuperarse a sí misma.

«Hasta ahora —se dijo—, he interpretado un papel, el de una novelista joven que viene a Nueva York para ver al editor. Es muy irreal.»

—No me lo imaginaba así —le dijo a Jackman.

Él sonrió, acercó una silla a la cama y se sentó. «Como un médico», pensó ella, y le sonrió.

—Nunca es como uno espera —respondió él—. A los autores nunca les resulta fácil entender cómo funcionan las cosas en el mundo literario actual. No es que sea muy complicado, pero no quieren aceptar las cosas como son.

—Inténtelo —dijo Allison.

—Es muy sencillo, Allison. Editar es un negocio como cualquier otro.

La motivación es el beneficio. Los libros son un bien que se pone a la venta.

La única diferencia entre una editorial considerada buena y otra mala es que las buenas pre fieren pensar que pueden ganar beneficios publicando libros buenos.

—¿De qué clase es usted? —preguntó ella. Le habría llamado Lewis, pero todavía no se atrevía a hacerlo.

—Siempre me he considerado bueno en esto —contestó con una sonrisa—.

¿Sabe? En cierto modo, los editores se parecen mucho a los autores.

Después de entrar en este negocio, tardé unos cuantos años en aceptar la realidad del sector.

Supongo que, debido al fervor juvenil, me imaginaba que una editorial era algo así como una institución benéfica para ayudar a los jóvenes con talento que mandaban manuscritos.

Tuve que aceptar uno de los principios fundamentales de la vida empresarial: que el primer deber de una empresa es mantenerse a flote.

Si hubiera quebrado, ahora no le serviría de mucho.

—No sé cómo lo hace, pero consigue que las cosas más irracionales parezcan la razón personificada —dijo Allison.

Jackman se rio. Allison lo miró, sorprendida, sin saber por qué. Pero enseguida se dio cuenta del motivo.

—Es la primera vez que le oigo reírse, Lewis —dijo.

—Supongo que no tengo mucha costumbre —dijo él, rozándole la mano con la punta de los dedos—. Debe venir a Nueva York más a menudo y quedarse más tiempo. Al parecer, me sienta bien.

Después se quedaron en silencio, mirándose a los ojos. Jackman fue el primero que desvió la mirada.

—Hay algo en usted que me conmueve, Allison. Pero no tengo derecho a hablar así. Estoy casado. Tengo un hijo que es casi de su edad.

Allison movió la mano, las palmas se tocaron. Él se inclinó y la besó, un beso que, a pesar de la delicadeza, la estremeció, porque era señal de una pasión reprimida.

—Incluso sus labios son jóvenes —dijo él, en voz baja, poco más que un susurro—. Hasta sus besos saben a juventud.

Volvió a acercarse a ella y Allison pensó «No me importa, no me importa, esto es lo que quiero». Le abrió los brazos. Él se tumbó en la cama, a su lado.

No se dijeron ni una palabra más, como si ambos supieran que ya habría tiempo para hablar más tarde.

Ahora solo se deseaban el uno al otro, con un hambre terrible.

Cuando él la desnudó, le temblaban las manos como a un niño; Allison lo advirtió y se permitió un momento egoísta de triunfo.

Cuando los cuerpos desnudos se tocaron, ella contuvo la respiración, que se le cortó como al zambullirse de golpe en un frío lago de montaña.

Estaba preparada para recibirlo al instante y, cuando él comenzó a acariciarle los senos, gimió y abrió las piernas.

La tomó con tanta intensidad que la dejó agotada, aturdida y sin aliento.

Notó los labios de Lewis, que le besaban los párpados.

Notó la liberación que fluyó atravesándola, y sollozó en silencio.

Lewis la abrazó con fuerza, diciéndole «Ay, querida mía, querida mía», una y otra vez, y la acarició con ternura y amor.

Después la llevó a cenar y la contempló desde el otro lado de la mesa. Allison tenía la sensación de ser lo más excepcional del mundo.

—¡Qué hermosa eres! —dijo, en voz tan baja que casi no lo oyó, como si hablara a una gran distancia.

—Lewis, eso solo me lo habían dicho chicos lunáticos —dijo ella.

—En tal caso, soy un chico lunático, cielo.

Lewis se entristeció de nuevo, la palabra «chico» le había recordado lo mayor que era y la gran diferencia de edad que había entre ellos. Allison, consciente de lo que debía de estar pensando, le cogió la mano.

—Eres joven, Lewis —dijo—. Cuando estás conmigo, eres joven, porque tienes mucho amor que dar. Un hombre solo es viejo cuando no le queda amor que entregar.

—Me gustaría que fuera cierto, Allison, me gustaría muchísimo. Seríamos contemporáneos. A mis casi cincuenta años, he gastado tan poco amor como tú en la mitad de tiempo. Quiero explicarte lo siguiente no solo porque tienes derecho a saberlo, sino porque quiero contártelo.

Y le contó que no había amor en su matrimonio y que su mujer estaba neurótica.

—Me casé joven —dijo—, joven y lleno de esperanzas. Como la amaba, esperaba que cambiase. Pero no fue así. Tendríamos que habernos divorciado hace veinte años, pero entonces nació mi hijo y me dio motivos suficientes para seguir un largo tiempo.

Lewis no tenía la costumbre de revelar sus sentimientos, y por eso estaba avergonzado; hacía pausas con frecuencia y jugueteaba con los cubiertos que estaban al lado del plato.

—Renuncié a toda idea de felicidad personal —continuó—.

Seguimos a la deriva. Ahora mi hijo está en la universidad.

Y mi mujer... vive encerrada en su propio mundo.

Un mundo creado a partir de sus propias neurosis.

Locura, diría yo, pero ya no está de moda hablar de locura, ¿verdad?

Las mujeres elegantes, las de buena familia, no se vuelven locas; tienen neurosis.

Solo los campesinos son susceptibles de locura hoy en día —concluyó.

Miró la mano de Allison, que estrechaba entre las suyas—.

A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que sigo con ella por compasión.

Pero no quiero dar la impresión de que se trata de una cuestión de nobleza —añadió con sarcasmo a su pesar—.

No es un acto de valor, ni un sacrificio, créeme.

Me temo que es un acto de debilidad. Lo valiente sería dejarla, pero aún no he tenido el valor de hacerlo.

En cambio, como soy débil, solo espero que se suicide o que la atropelle un coche.

Tengo el sueño absurdo de que algún día me libraré de ella sin hacer nada.

—Todavía puede ocurrir, cariño —dijo ella, tranquilizándolo. —¡Ah, Allison! No te dejes arrastrar por mis estúpidos sueños. Solo suceden las cosas que provocamos nosotros.

—Me da igual, Lewis. Todo eso me da igual. Tú solo quiéreme y todo saldrá bien.

Él le sonrió amorosamente, pero en el fondo de esa triste mirada, pensó: «¡Dios mío, qué joven es! ¡Qué joven es!».

Esa noche, Allison durmió en sus brazos y se sintió segura, protegida en un mundo amenazador.