Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 1
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Allison esperaba. La publicación de la novela estaba programada, así que no había nada más que hacer.

No podía trabajar. Había planeado empezar la segunda, pero enseguida abandonó la idea.

Le resultaba imposible sumergirse en algo nuevo antes de saber cómo recibirían el primer intento los críticos y el público.

No estaba preocupada, sino que esperaba con una resignación tranquila que solo se quebrantaba alguna vez.

En esos momentos, la asaltaban la impaciencia y una sensación terrible de apremio; y sentía el impulso de arrancarse a puñetazos contra las paredes de la habitación, como si los muros fueran los que impedían la publicación inmediata.

Escribir la novela le había parecido una tarea interminable; ni siquiera se imaginaba que un día desaparecería del escritorio la pila de hojas manuscritas.

Estaba como convaleciente, en paz consigo misma, llena de discreta satisfacción por haberlo superado.

Se sentó al lado de la ventana y contempló Peyton Place, el sitio que mejor conocía del mundo.

En cierto sentido, tenía la sensación de haber estado dos años retirada de la vida, sin participar activamente con todo su ser, sino solo como observadora, distante y contenida.

A veces temía haber cambiado sin remedio su forma de ser y se preguntaba si el motivo de rechazar a David no habría sido por temor a volver a vivir apasionadamente.

Cada día cogía el ejemplar de El castillo de Samuel y se preguntaba cuál sería su destino.

«El olvido —pensaba—, como la mayoría de las novelas primerizas.

» No sabía que, en Nueva York, se habían puesto en marcha ciertos engranajes y que la novela ya no era del todo suya, ni su destino iba a dejarse al azar.

El destino tenía un cómplice, un hombre del que nunca había oído hablar: Paul Morris.

Paul Morris era un hombre pequeño y robusto, con el pelo rapado, ojos castaños y una sonrisa que, según decían, seduciría hasta a una monja. Tenía treinta años y los diez últimos había trabajado en Nueva York, en el nebuloso sector de las llamadas «relaciones públicas».

A los dieciocho años, tras añadir cinco a su verdadera edad y alegar que se había licenciado por la Universidad de Columbia, había conseguido un contrato de trabajo en una pequeña agencia de publicidad.

Como confesaría un tiempo después, lo más cerca que había estado de Columbia había sido al pasar por Morningside Drive en autobús, porque, en realidad, su educación formal había concluido con dos años en un instituto del Bronx.

Cuando cumplió los veinte, consideró que ya había aprendido todo lo que podía serle útil sobre el negocio publicitario y, gracias a unas excelentes referencias, encontró un puesto en el departamento de publicidad de una de las emisoras de radio más grandes de Nueva York.

Tiempo después afirmaría que allí se había encontrado realmente a sí mismo.

Ascendió enseguida en el campo que había elegido.

Tres años después era jefe de departamento, se casó con una cantante que renunció a una prometedora carrera por él y se trasladó a un piso de una buena calle de East Sixties .

Dos años más tarde, abrió su propia oficina y muchos de los famosos con quienes había trabajado en la radio, que se convertirían en las primeras estrellas de televisión, lo siguieron.

En la puerta de la oficina se leía: «Paul Morris, Publicidad y Relaciones Públicas» y, como decía él, era capaz de reconocer a una persona chapada a la antigua en cuanto abría la boca, porque invariablemente, le preguntaba: «¿A qué se dedica exactamente, señor Morris? ».

Paul Morris hacía cualquier cosa por los clientes, y mejor que nadie.

Uno de los más importantes se llamaba Jerry Baldwin , cuyo programa de televisión, «Diversión con Tío Jerry», se emitía en todo el país.

Baldwin era alcohólico y solo disfrutaba del sexo con chicas menores de quince años.

El trabajo de Paul Morris consistía en asegurarse de que ninguna de las escapadas de Baldwin se convirtiera en un escándalo público.

¡Cuántas veces lo había rescatado de una pelea de bar minutos antes de que llegara la policía y lo había arrastrado hasta un automóvil mientras se resistía y gritaba obscenidades!

Y ¡cuántas más lo había llamado para que apaciguara a golpe de talonario a los indignados padres de aquellas adolescentes!

—¡Déjelo ya, Jer! —le decía—. Se va a arruinar. Los sobornos no son gastos deducibles, ya sabe.

Otro cliente estelar de Paul era un gánster retirado, un tal Manny Kubelsky, que en la vejez se había vuelto respetable y quería que todo el mundo lo supiera.

Paul se encargaba de que Manny apareciera en las columnas de cotilleos cada vez que el exdelincuente hacía una donación benéfica o abría otra tienda de su cadena de artículos deportivos.

Paul le había procurado a un profesor para que le quitara el acento del Lower East Side; y a un buen sastre, que consiguió que el pequeño mafioso pareciera un ejecutivo de Madison Avenue .

También le hizo cambiar el largo Cadillac negro por un Buick gris mediano y organizó la redecoración del piso de su cliente para que pareciera la casa de un hombre de negocios de éxito moderado.

—No puede permitirse tanta ostentación, Manny —le recomendó Paul.

—¡Qué ostentación ni qué narices! —protestó Manny, irritado, porque no quería renunciar a las cortinas de terciopelo ni a las alfombras blancas de pieles—. ¡No quiero vivir como ningún vagabundo!

—Como un vagabundo —lo corrigió Paul con paciencia.

A menudo llegamos a odiar a la persona que conoce nuestros secretos más íntimos y nuestros vicios ocultos, pero no era este el caso de Paul Morris ni el de sus clientes.

Para ellos, él lo era todo, desde enfermero hasta confesor, y lo adoraban.

Les conseguía trabajo, hacía que su nombre y su fotografía aparecieran en periódicos y revistas, les compraba asientos de primera fila para los estrenos y solucionaba sus peleas de pareja.

—¿Qué hago exactamente? —solía responder Paul Morris—. Pues todo y nada, según se mire. Aunque, si quiere que trabaje para usted, le costará, y no será barato.

Cuando Lewis Jackman empezó a darse cuenta de que la novela de Allison MacKenzie, con una buena publicidad y una campaña inteligente, podía convertirse en un superventas, llamó inmediatamente a Paul Morris.

No tardó en comprender qué era lo que tenía entre manos; se convenció desde el momento en que empezaron a llegarle las tarjetas de comentarios que había adjuntado a los ejemplares repartidos en Peyton Place .

«Hace que Caldwell parezca una aficionada», decía una tarjeta.

« Tobacco Road con acento yanqui.» 1

«Terrenal. Real. Veraz.»

«¡Tela marinera!»

Tales fueron los comentarios de los libreros. En cambio, de los hombres y mujeres a los que había enviado ejemplares, solo recibió un silencio inquietante.

Paul Morris los leyó todos y estudió la fotografía de Allison MacKenzie.

—No es más que una niña —le dijo a Lewis Jackman.

—Exacto —respondió Jackman.

—Pero lo he leído. ¡Esto no lo ha escrito una niña!

—Sin embargo, lo escribió. Un truco bastante ingenioso, ¿no?

—Ya lo creo —dijo Paul—. La cara de una colegiala y la mentalidad y el vocabulario de un estibador. Parece prometedor.

—Eso creo, Paul. ¿Cree que puede hacer algo con ello?

Paul Morris se quedó en silencio, dándose golpecitos en los dientes con un lápiz.

—¿Puede traerla aquí? —preguntó al fin.

—Sí, seguro. Quiere que este libro sea un éxito de ventas casi tanto como yo, lo que quizá facilite las cosas.

—Llámela ahora mismo —dijo Paul—. Espero a ver qué contesta. Dígale que la necesita pasado mañana, unos cuatro o cinco días.

Jackman cogió el teléfono y llamó a Allison MacKenzie. Después de unos minutos de conversación, le guiñó un ojo a Paul Morris y articuló en silencio, con los labios, las palabras: «Va a venir». Siguió hablando por teléfono un poco más y, cuando colgó, sonreía.

—No solo va a venir —dijo—, sino que está muy emocionada con todo el asunto.

—Bien —dijo Paul—. En cuanto llegue a la oficina me pongo a concertar entrevistas.

—Solo un consejo, Paul, por si le sirve de algo —dijo Jackman—. Por lo general, Allison es dulce, dócil y coopera, pero cuando se pone terca, es una yanqui pura y dura, y es casi imposible tratar con ella.

—Usted me paga para que resuelva esas cosillas —dijo Paul riéndose—. No se preocupe de nada.

—No, no, descuide —dijo Jackman y, aunque sonrió, se expresó en un ligero tono de advertencia—. Sé que no hará una chapuza, Paul.

«Tiene toda la puñetera razón, no soy un chapucero», pensó Paul, al salir de la oficina de Jackman.

Porque, aunque tenía muchos clientes, ese trabajo era el primero que iba a hacer para una editorial.

Jackman le había abierto un campo completamente nuevo y sin explotar, y estaba decidido a realizar el mejor trabajo de su carrera con Allison MacKenzie y El castillo de Samuel.

—Todos los años se publican cientos de libros —dijo Paul a su mujer—. Si esta vez hago un trabajo espectacular, habrá más contratos. Es una mina de oro en potencia.

Allison había contestado la llamada telefónica de Lewis Jackman en la cocina, donde estaba tomando café con Mike y Constance.

Al verla, Constance se dio cuenta de que su hija había estado muy deprimida las últimas semanas.

«Solo con hablar con alguien de Nueva York, vuelve a la vida», pensó.

Con una punzada de dolor, se preguntó si Allison volvería a ser feliz en Peyton Place alguna vez.

—El señor Jackman quiere que vaya a Nueva York —anunció Allison cuando colgó el teléfono—. Van a entrevistarme unos periodistas y gente de la televisión. Dice que todos están muy interesados en el libro, que quieren hablar conmigo.

—¡Vaya, eso es excelente! —exclamó Constance—. ¿Cuándo tienes que irte?

—Pasado mañana.

—¡Dios mío! —exclamó Constance—. ¿Qué hacemos aquí, paradas? Hay que ver qué ropa vas a llevar.

Michael Rossi no dijo nada, pero cuando Allison y Constance salieron de la cocina, entrecerró los ojos. Las oyó reírse y charlar arriba, mientras revisaban el armario de Allison.

«Esto no me gusta —pensó—. No me gusta nada».

Percibía una euforia imprudente en el comportamiento de Allison, un afán de lanzarse a la vida.

No quería que le hicieran daño. Había leído la novela y, a diferencia de Constance, no lo cegaba el amor maternal; sabía que la publicación no pasaría desapercibida en una ciudad como Peyton Place, que las personas ofendidas reaccionarían.

A veces se sorprendía deseando que el libro no tuviera éxito; lo preocupaba que Allison no fuera consciente de las consecuencias de la fama, de lo destructiva que podía llegar a ser.

Sin embargo, no les dijo nada ni a la madre ni a la hija, porque no habría sabido responder a las preguntas que le habrían hecho.

No comprendía exactamente por qué pensaba esas cosas, solo intuía que estaba aprensivo y que no quería que Allison fuera a Nueva York.

Más tarde, habría preferido desesperadamente expresar esa opinión, por imprecisa que hubiera sido, pues esa ansiedad suya tenía más fundamento del que creía.

1 Tobacco Road (1932), novela de Erskine Caldwell que se adaptó al teatro y al cine. La ruta del tabaco en la versión cinematográfica al castellano.