Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 11
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El invierno transcurrió con una lentitud exasperante. Allison tenía la sensación de que todo, no solo todos los arroyos y hasta el último centímetro de tierra, sino también el propio tiempo, se habían congelado en el férreo e implacable abrazo invernal.

Terminó de corregir el manuscrito antes de Navidad y se lo mandó por correo a Lewis Jackman. Había trabajado con la habilidad de una artesana y la frialdad de una cirujana. A cambio, recibió un telegrama con dos palabras: «Bien hecho».

—¿Has disfrutado de las Navidades? —le preguntó Brad.

—Mucho —respondió Allison—. Steve Wallace y David Noyes vinieron aquí a pasar las fiestas.

—¿Otra vez David? —preguntó Brad—. Al parecer, cada vez que te veo o hablo contigo, tropiezo con David Noyes.

—¿Te molesta, Brad? —preguntó ella, con rigidez.

—No especialmente.

—Bueno, pues a mí tampoco. Me gusta tener cerca a David.

—¿Por qué no te compras un caniche francés? —preguntó Brad—. Al menos, no tendrías que oír su cotorreo.

Allison colgó de golpe.

La visita de David y Stephanie le había proporcionado un alegre paréntesis en la monotonía cotidiana. Daba largos paseos con David y hablaban de su trabajo. Caminaban cogidos de la mano, cada vez más cercanos, pero para Allison era la proximidad de la amistad, nada más.

El día de Navidad invitó a Seth Buswell y a Matt Swain.

Quería que estos amigos de siempre conocieran a las dos personas que en esos momentos significaban tanto para ella.

Era un intento de unir su vida anterior con la nueva.

La incomodaba que las separase un muro tan alto.

No quería que fuera así, deseaba poder moverse fácilmente entre Peyton Place y Nueva York sin que la asaltara una sensación de extrañeza.

Los amigos de siempre y los nuevos se entendieron bien.

Seth habló con David de literatura horas y horas, como si nunca fuera a tener otra oportunidad igual.

Para sorpresa y deleite de Allison, Matt Swain se sentó en el sofá al lado de Stephanie y escuchó sus anécdotas sobre la vida de los actores de televisión horas y horas, sin apartar la mirada del rostro joven y luminoso de Stephanie.

Un día, cuando los invitados habían vuelto a Nueva York, Allison se encontró con Matt Swain , que salía de la tienda de Elm Street.

—Allison —dijo—, esos amigos tuyos me cayeron muy bien.

—Sobre todo Stephanie —replicó ella con una sonrisa.

El doctor Swain dirigió la mirada a las inhóspitas colinas invernales que rodeaban la ciudad.

—Esa cara suya tiene algo... —dijo—, no sé qué es, Allison, pero me parte el corazón. Cuando la miro, vuelvo a sentirme joven: y, al mismo tiempo, muy viejo. Supongo que me recuerda mi juventud y por eso soy más consciente de la edad que tengo —concluyó, y sonrió a Allison casi disculpándose.

—No eres viejo, Doc.

—Me gustaría creerlo —dijo él—. ¡Santo Dios! ¡Cuánto me gustaría!

Nada más colgar a Brad en el teléfono, Allison volvió la cabeza hacia la ventana mirando a la nada. Sabía, sin verlo siquiera, que el invierno gris y sombrío estaba precisamente al otro lado.

Todo el mundo estaba harto del invierno; había perdido el encanto de la novedad. De todos modos, la gente seguía hablando del tiempo, porque ese invierno no había casi nada más de qué hablar en Peyton Place .

—Esto sí que es un invierno de verdad, como los de antaño.

—Sí. No había nevado tanto en cincuenta años.

—Eso mismo dice todo el mundo todos los inviernos —replicó Clayton Frazier—. Cada puñetero año nieva como nunca en cincuenta años.

—Bueno, pero este año es cierto. Los del observatorio del monte Washington lo tienen todo calculado. Cuando llegue el deshielo, se derretirán más de seis metros y medio de nieve. Habrá inundaciones por todas partes.

—No habrá ni una —replicó Clayton.

—Claro que sí. Con tanta nieve derritiéndose, seguro que el río se desborda.

—El Connecticut no se desborda —sentenció Clayton Frazier— y punto.

—Ya lo verás, viejo cabezota de mierda. Ya lo verás.

Sin embargo, Clayton Frazier tenía razón.

No hubo inundaciones. El deshielo empezó temprano, a finales de enero, y la nieve se derritió poco a poco.

En febrero había desaparecido casi toda y, a finales de mes, el hielo del río ya se desprendía por las orillas.

A mediados de marzo la gente miraba los campos y pensaba que la primavera volvería a pesar de todo, pero que lo haría suavemente, como una doncella bien educada, que no irrumpiría en el norte de Nueva Inglaterra como una ramera escandalosa y chillona.

El veinticinco de marzo Allison recibió seis ejemplares justificativos de su novela e inmediatamente rompió a llorar.

Ahora entendía lo que había querido decir David cuando le contaba la emoción que había sentido al tener su primer libro entre las manos. Acarició la sobrecubierta y miró con atención la fotografía de la contraportada. Luego la quitó y se fijó en la encuadernación de las tapas, lisa y negra.

El castillo de Samuel , leyó, y debajo del título, en el lomo, «MacKenzie» . Lo miró fijamente, con los ojos llenos de lágrimas. Ahí estaba el resultado final de tanto tiempo de trabajo, esa cosa compacta que tenía entre las manos.

—Es lo más bonito que he visto en mi vida —dijo Constance, y empezó a llorar también.

—¡Otra igual! —dijo Mike—. Esto me va a costar una fortuna en pañuelos.

—Pero es la verdad —lloriqueó Constance—. Es el libro más bonito que he visto en mi vida.

—A mí también me lo parece —concedió Mike, rodeándola con el brazo.

—¡Y es mío! —exclamó Allison—. Mío. Entre estas dos tapas, no hay nadie más que yo. Lo he hecho yo sola, nadie me dijo lo que tenía que decir. Lo escribí yo con mis manos.

—Si esto sigue así —dijo Mike—, nos vamos a arruinar comprando champán.

Allison no prestó mucha atención a la nota que Lewis Jackman le había mandado junto con los libros, que decía: «Me he tomado la libertad de enviar un ejemplar de El castillo de Samuel a algunas personas de Peyton Place .

Creo que su reac ción a la novela puede ser de cierto interés publicitario para nuestra campaña».

«¿A quién le importa la publicidad? —pensó Allison—. Que Lewis Jackman se encargue de vender los libros. Lo único que quiero yo es escribirlos.»

Se puso a dedicar los seis ejemplares: «Para David, con todo mi amor, Allison».

«Para mi madre y Mike, con amor y gratitud.

» «Para Selena Cross, con cariño, Allison.

» «Para el doctor Matthew Swain , que se sabe poemas sobre la eternidad, con cariño, Allison.

» «Para Seth Buswell , que me pagó el primer dinero que gané por escribir, con mis mejores deseos, Allison MacKenzie.

» La sexta copia se la quedó. La colocó en su cómoda para poder verla por la mañana nada más despertarse.

A las once de la noche Seth Buswell llamó a Matthew Swain .

—¿Lo has leído? —preguntó, con la voz ronca de emoción.

—¿A qué te refieres? ¡Por Dios! —preguntó Matt.

—¡Al libro de Allison!

—No, no lo he leído —respondió Matt con paciencia—. Yo trabajo para ganarme la vida, ¿recuerdas? Tengo más que hacer que sentarme a leer libros todo el día.

—Matt, se va a desencadenar un infierno.

—¿Por qué lo dices?

—¡Sale toda la gente de la ciudad!

—A ver ¡explícate, narices!

—Pues, que ha retratado sin disimulo a todos y cada uno de los habitantes de Peyton Place —dijo Seth.

—¡Ah, calla! —dijo Matt—. Allison no es capaz de hacer eso.

—No digo que lo haya hecho con mala intención —replicó Seth—, pero por Dios, Matt, la gente va a tomárselo así. ¡En el libro hay violación, incesto, asesinato, suicidio y una docena de modalidades de ligoteo!

—¿Y qué? El pecado no vive solo en Peyton Place , ya sabes. También reside en otras partes.

—No discutas, Matt. Siéntate y léelo. Es lo único que puedo decirte.

Ah, sí. La editorial ha mandado un ejemplar a Marion Partridge.

Quieren que les cuente sus impresiones sobre el libro por escrito y que se las remita.

Me llamó hace una hora, rabiosa como una fiera, y quiere expulsar a Allison MacKenzie de la ciudad.

—Marion siempre ha sido una alborotadora —dijo Matthew Swain— . Nació así. Bueno, me pongo manos a la obra: empiezo a leerlo ahora mismo.

—¿Matt?

—¿Qué?

—Cuando termines, llámame. Sea la hora que sea. Quiero saber tu opinión.

Matthew Swain encendió la chimenea del salón.

Se preparó una copa y, después de ponerse la bata y las zapatillas, empezó a leer: «Al norte de Nueva Inglaterra hay una ciudad pequeña y las montañas que se alzan suavemente desde allí están verdes todo el año, pues los pinares cubren las laderas.

En la más alta de todas, como una joya en el centro de una corona, se asienta el castillo de Samuel».

Matthew Swain leyó hasta las tres y cuarto de la madrugada y, cuando terminó la novela, cogió el teléfono y llamó a Seth Buswell .

—Sigo pensando que podría ocurrir en cualquier sitio —le dijo—. No tiene por qué ser aquí.

—Matt, has vivido en esta parte del país toda la vida. ¿Conoces alguna otra ciudad de Nueva Inglaterra con un castillo justo detrás?

—Bueno, no —respondió Matt—, pero podría ser. No hay ninguna ley que diga que solo puede haber castillo en Peyton Place .

—Díselo a Marion Partridge y a las demás mujeres de la ciu dad que son como ella —dijo Seth—. Espera y verás, Matt. Tú espera y verás.

—Ya lo sé —dijo Matthew Swain—. Ya lo sé. Supongo que solo intentaba convencerme de que no va a pasar nada.

—Iluso —dijo Seth.

—Eso me temo, Seth —dijo el médico—, eso me temo. No hay duda. Aquí se va a armar la gorda cuando se publique el libro.