10
Esa misma noche, más tarde, Allison se sentó con David Noyes en un rincón oscuro de un pequeño restaurante de Greenwich Village .
Llevaba pantalones sueltos y un jersey, y David, una camisa deportiva de cuello abierto.
Fueron a ese sitio porque Allison , después de haber pasado toda la tarde con Bradley Holmes y Lewis Jackman, estaba cansada y no tenía ganas de acicalarse ni de enfrentarse al ambiente distinguido de un restaurante de la zona alta.
—Veamos —dijo David, en cuanto ella entró por la puerta del piso de Steve Wallace .
Alargó la mano para coger el sobre de manila que llevaba Allison. Ella se lo lanzó. Contenía la copia del contrato que acababa de firmar por la tarde.
—¡Cariño! —exclamó Steve—. Estás agotada. Vamos, voy a prepararte un baño caliente. Deja que este monstruo se cueza en su propio jugo. Contratos, ¡bah!
Allison se sumergió, agradecida, en el agua caliente con aroma de pino y notó que los tensos músculos del cuello empezaban a relajarse.
Pensó en el rostro sombrío e infeliz de Lewis Jackman y en las palabras duras e hirientes de Brad.
¿Sería posible que, en realidad, la vida se redujera a la simple ecuación de Brad?
Creía que no. Uno más uno igual a dos: al menos, debería ser dos.
Según los cálculos de Brad, sumaban uno y uno, cada uno tan aislado como antes.
—¡Allison! —gritó David desde fuera del cuarto de baño—. ¡Es excelente! Digas lo que digas de Brad Holmes, no hay na die como él cuando se trata de conseguir un contrato para uno de sus autores. Sal de ahí, quiero hablar contigo.
—Bueno, pues yo no quiero hablar contigo —dijo Allison—. Quiero cenar en algún sitio pequeño y francés donde no tenga que ir muy arreglada, y quiero beberme una botella de vino enterita. A lo mejor después hablo contigo. ¿Puede venir Steve?
—No —respondió David—. Tiene una visita, un cliente que viene de fuera.
—¡Vete a la mierda! —exclamó Steve, lanzándole una revista.
Allison salió del baño envuelta en el albornoz de Steve y con una toalla en la cabeza.
—¿No puedes venir con nosotros? —le preguntó a Steve.
—No, cariño. Tengo una cita. Y no es con un cliente —respondió Steve—. Dice que va a convertirme en una gran estrella de televisión. Por supuesto, no me creo ni una palabra, pero tiene crédito en El Morocco 8 , así que, ¿cómo voy a decirle que no?
Allison dio cuenta del último trozo de pollo del plato y se recostó contra el asiento de piel.
La vela de la mesa humeaba y temblaba; solo se oían las voces amortiguadas de los demás comensales.
«Ahora ya nada puede afectarme», pensó. Estaba tan contenta con su éxito que se creía aislada e inalcanzable.
—No me había dado cuenta de que tenía tanta hambre —le dijo a David, con una sonrisa.
—Es maravilloso ¿verdad? —respondió él sirviéndole otra copa de vino—, una sensación estupenda, aunque lo mejor de todo es tener tu primer libro impreso en las manos.
De todos modos, uno nunca se acostumbra a firmar contratos.
—Sonrió y levantó la copa—. Yo he firmado cuatro y todavía me produce una sensación sin igual.
—A mí me ha parecido que encontraba mi sitio —dijo Allison, buscando la palabra perfecta, la que describiera su impresión con la mayor exactitud—. Ha sido como si todos los cabos sueltos en mi vida hubieran quedado bien atados en un paquete y ya no tuviera ni que preocuparme del paquete.
—¿Y qué tal los cambios?
—Minucias, en realidad. Brad dice que cree que Jackman lo publicará en primavera.
—Tener que reescribir es lo más pesado de todo —dijo David—. Es como si te obligaran a ir a un sitio al que no querías volver, donde todo está raído, con los bordes desgastados y el suelo lleno de jirones de periódicos.
—En mi caso no —dijo Allison riéndose—. Tú lo ves así porque eres un genio, pero yo no. Solo soy una mercenaria de las letras y estoy muy satisfecha de mí misma.
—Deja de subestimarte —dijo David—. No eres una mercenaria y, si lo fueras, no lo digas jamás; ya se encargarán los críticos.
Allison dejó la copa y se quedó mirando la llama anaranjada y vacilante de la vela. La euforia empezaba a desaparecer... En fin, ya sabía que no duraría. A medida que la felicidad se disipaba («como si se escapara por los poros», pensó), empezaron a surgir las dudas.
—A veces me da miedo, David.
—Nos pasa a todos.
—¿Y si nadie compra mi novela? ¿Y si la compran y no le gusta a nadie?
—Entonces, no hay más remedio que volver a intentarlo —dijo David, y sirvió más vino—. Vamos, bebe y deja de preocuparte. Se supone que estamos celebrándolo. ¿Quieres ir al cine o algo?
—No —respondió Allison—. Sigamos sentados, charlando.
—Soy complaciente. ¿De qué quieres hablar?
—Da igual —dijo Allison—. De cualquier cosa. De todo.
—¿Has superado lo de Bradley Holmes ? —preguntó David.
—Supongo que, en realidad, nunca hubo nada que superar —contestó ella. Cogió un cigarrillo—. Para empezar, no lo quería —añadió.
No obstante, comprendió que no lo había superado, porque se le aceleró el corazón. El recuerdo del tiempo que habían pasado juntos todavía tenía el poder de conmoverla.
—¿Eso lo dijo él ?
—No. Dijo que yo lo había amado un poco y que él a mí también.
—¡Qué cerdo! —dijo David—. Desde luego, aunque sea un hacha con los contratos, es el mayor cerdo artista de Nueva York.
—¿Por lo que me dijo del amor?
—¿Amor? ¡Y una mierda! —replicó David—. A lo mejor quiere acostarse contigo otra vez, hasta ahí llega su amor.
—Basta —dijo Allison, rompiendo el cigarrillo entre los dedos—. No quiero hablar de eso.
—¿Por qué? —preguntó David—. ¿Aún te da miedo? ¿Te da vergüenza? ¿Quieres huir?
—¡No! —exclamó Allison—. Déjalo ya, David.
—No puedo —replicó él en voz baja, desesperado—. Tengo que saberlo, por mí , ¿entiendes? —Movió el cenicero y se quedó mirándolo fijamente, como si ahí pudiera encontrar la respuesta—. Llevo mucho tiempo esperando, Allison. Necesito saberlo.
—Ahora no, David. Vámonos.
«Todavía no estoy preparada —se dijo—. Brad es como un veneno en mi organismo. Tengo que librarme totalmente de él antes de poder estar a gusto con otra persona.»
—No —dijo David—. Acabemos con esto.
—¿Acabar con qué?
—Con lo nuestro. Con esta situación.
—David, por Dios, ¿no podemos dejar las cosas como están? ¿No podemos ser amigos sin más, sin estar siempre dándole vueltas, a ver si puede ser algo más?
—Ya te lo he dicho, Allison. Te lo dije hace dos años y sigo pensando lo mismo. No quiero ser tu maldito amigo. Te quiero, te quiero sea como sea. Me gustaría casarme contigo, pero si no quieres, seré tu amante. Quiero vivir contigo si es posible, pero si no, te quiero de cualquier manera.
—Ay, David —dijo ella con un suspiro—. Ahora estoy tan cansada que no puedo pensar. Vamos a casa.
Se sentaron juntos en el sofá del apartamento de Steve. Allison apoyó la cabeza en el hombro de David y él le acarició el pelo.
—David.
—¿Sí?
—Bésame.
David acercó la cara y la besó con delicadeza, como si temiera hacerle daño o asustarla, y Allison lo abrazó.
Él empezó a buscarle la lengua con la suya y apoyó suavemente la mano en la curva de su pecho; inmediatamente Allison empezó a besarlo con más intensidad: abrió la boca y se pegó a él; David la empujó lentamente hacia atrás, hasta tumbarla.
Le tocó la piel por debajo del jersey y la acarició.
—Pero aquí no, cariño —le dijo él al oído—. Hoy no. No hasta que estés segura.
—Estoy segura —mintió Allison. Quería que la tomara; que expulsara a Brad y la reclamara para sí.
—Te doy lástima —dijo David—. Así no quiero.
—¡Maldita sea! —exclamó ella, incorporándose y bajándose el jersey—. ¡Deja de decirme siempre lo que siento y lo que no!
—Me juego mucho, Allison —dijo David—. O eres mía toda entera, o no quiero nada. Entera y sin temores, no quiero que te persiga el fantasma de Bradley Holmes .
Allison rompió a llorar.
—Por favor, David —sollozó—. Espera, por favor. Solo un poco más.
—Esperaré —dijo David—. Creo que ya me he acostumbrado —dijo, abrazándola—. Vamos, cariño. Deja de llorar. Todo va a salir bien. Estoy aquí.
Allison se quedó dormida con la cabeza apoyada en el regazo de David. Cuando Steve Wallace volvió a casa, a la una de la madrugada, se lo encontró en esa misma posición.
8 Famoso club nocturno de Nueva York, conocido por su elegante clientela de la alta sociedad, popular entre 1930 y 1950.