Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 9
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Lewis Jackman era un hombre alto y delgado de cuarenta y cinco años; tenía un rostro sombrío, como tallado a cincel, y el pelo liso y oscuro.

Su voz era muy profunda y suave. Allison pensó que se parecía a Abraham Lincoln de joven.

Había un algo oscuro y pensativo, casi melancólico, en su expresión.

—Sepa, señorita MacKenzie —dijo, mirándola inquisitivamente—, que llevo veinte años leyendo manuscritos y conociendo a autores y ahora se me da bastante bien adivinar cómo será un escritor a partir de lo que ha escrito —añadió sonriendo, aunque la sonrisa no suavizó la melancólica tristeza de su mirada—.

Debo confesar que esta vez no sabía qué pensar ni qué esperar.

En su novela hay energía juvenil y curiosidad, pero también toda una vida de experiencia.

Ahora que la veo en persona, solo puedo decir que estoy asombrado.

Y, por supuesto, muy orgulloso de ser el editor de su extraordinaria novela.

—Gracias, señor Jackman —dijo ella.

—Quiero revisarla con usted —dijo él—, página a página Me gustaría que fuera lo más perfecta posible.

—Empezó a pasar las hojas del manuscrito, las hojas mecanografiadas, tan familiares, a las que ella había dedicado su vida—.

Podemos hacer algunos cambios pequeños que creo que ayudarán a dar una mayor cohesión e impacto a la novela.

—¿Cambios? —preguntó Allison, volviéndose hacia Brad—. No me habías dicho nada de hacer cambios.

—No es raro que una editorial solicite modificaciones, Allison —dijo Brad—. El señor Jackman tiene mucha experiencia con los libros.

—¿Qué cambios? —preguntó Allison, dirigiéndose a Jackman.

Él se puso a hojear las páginas del manuscrito y a Allison le entraron ganas de abofetearlo. Tenía la sensación de que fuera su hijo y que Lewis Jackman lo estuvieran manoseando de una manera depravada y obscena.

—Señorita MacKenzie, en su manuscrito hay párrafos un poco excesivos, no sé si me entiende.

—No, señor Jackman —dijo ella—. No lo entiendo en absoluto.

—Aquí, por ejemplo —dijo Jackman. Se puso unas gruesas gafas de montura oscura—, en el capítulo catorce: una pobre mujer demente se suicida ahorcándose.

Está muy bien, pero creo que, si redujera los detalles escabrosos, lo agradeceríamos todos.

Por ejemplo, no creo que sea necesario describir el cuerpo balanceándose al final de la cuerda ni entrar en tantos detalles sobre la lengua, los ojos hinchados y el color de la cara.

En primer lugar, ya se ha hecho muchas veces con anterioridad; y, en segundo, no es de muy buen gusto.

—Me importa un comino que se haya escrito en todas las publicaciones —dijo Allison, poniéndose de pie bruscamente— y también me importa un comino lo que usted considere buen gusto. Lo que he escrito es cierto, sea de buen gusto o no.

—Señorita MacKenzie —dijo Jackman—, la entiendo muy bien, créame. Les pasa lo mismo a todos los autores noveles. Tiene usted la sensación de que estoy profanando a un hijo suyo, ¿no es así?

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Allison, sentándose de nuevo.

—He publicado muchas primeras novelas —dijo Jackman, sonriendo—.

Ahora escúcheme, Allison. ¿Puedo llamarla por su nombre de pila?

—Ella asintió—. Allison, no voy a pedirle que haga cambios con los que no esté de acuerdo, nunca se lo he exigido a ningún autor.

Sin embargo, creo que, si comentamos algunas cosas, podemos terminar no solo con un buen libro, sino con un libro excelente. ¿Lo intentamos?

—De acuerdo —aceptó Allison, avergonzada de su salida de tono—. Vamos a intentarlo.

Pasaron el resto de la tarde debatiendo.

Allison se negó a ceder en muchas ocasiones y Jackman la dejó ganar, aunque también claudicó en algunos puntos, y Bradley Holmes dio su opinión un par de veces.

En determinado momento, Allison se acercó a la ventana y se volvió hacia los hombres: —Al fin y al cabo, ¿de quién es el libro?

—preguntó Allison airadamente—. Si ustedes pueden hacerlo mucho mejor, ¿por qué no escriben su propia novela?

A excepción de este único arrebato, la tarde transcurrió bastante bien. Jackman y ella firmaron el contrato a las cinco menos cuarto.

—Necesito un trago —dijo Brad en cuanto salieron de la oficina.

—Invito yo —dijo Allison.

—No, tú no —respondió Brad tomándola del brazo—. No dejes que esos mil quinientos dólares de anticipo se te suban a la cabeza. Pasará mucho tiempo antes de que llegue más de donde vino.

—¿Por qué? —preguntó Allison, mientras salían al fascinante crepúsculo de Nueva York—. ¿Cuándo crees que lo publicarán?

—Probablemente, a finales de primavera. Tienes el resto del invierno para hacer los cambios que hemos acordado. Quizás en abril.

—¿Tanto tiempo? Creí que sería antes. No tardaré mucho en hacerlos. En realidad, solo se trata de pequeños retoques. No hay que volver a escribir nada importante.

—Cuenta con abril —dijo Brad—, así, si es antes, te llevarás una agradable sorpresa.

—¿Adónde vamos?

—Al Oak Bar del Plaza —respondió Brad—. Está ahí mismo. Allison, nunca entenderé por qué no has querido quedarte en el hotel. No puedes pasar el resto de la vida compartiendo apartamentos pequeños y sórdidos en el Village.

—Brad, para mí no es un piso pequeño ni sórdido —respondió Allison—. Allí fui feliz una buena temporada. Y me gusta Steve Wallace.

—«Steve» —dijo Brad—. ¡Qué nombre tan ridículo para una chica! En serio, estarías mucho mejor aquí, en el Plaza.

—Es el diminutivo de Stephanie —dijo Allison, burlándose—. Además, no me gusta vivir sola en un hotel.

Se sentaron juntos en un sofá de piel, en una sala oscura con paneles de madera. Cuando llegaron los cócteles, Brad alzó la copa.

—Por tu éxito, querida —dijo—. Te deseo todo lo mejor.

—Gracias —dijo Allison. Bebió un sorbo, dejó la copa y miró a un lado y al otro—. ¡Qué sitio tan bonito!

—Sí —asintió Brad—. Tendríamos que celebrarlo con champán, pero lo reservo para más tarde, para la cena. Voy a llevarte al 21 .

Allison no dijo nada.

«Este hombre tiene nervios de acero —pensaba—. Por su actitud, parece que seamos amigos de toda la vida, como si no hubiera ocurrido nada entre nosotros.» Notó que empezaba a sonrojarse al recordar cómo habían estado juntos. Cuando volvió a coger la copa le temblaba la mano.

Brad le decía que besaba como una niña y le enseñaba a besar como una mujer.

Brad la desnudaba sin dejar de mirarla y conseguía que ella deseara esa mirada.

Brad siempre tenía una palabra seductora en los labios, y una técnica amorosa en los dedos tan experimentada y depurada que rayaba en la perversión.

Y ella, después del dolor y el miedo de la primera vez, con toda desvergüenza, lo deseaba constantemente, se abalanzaba sobre él, lo acariciaba tal como le había enseñado, hasta que lo estimulaba, lo excitaba y lo dejaba en condiciones de poseerla nuevamente.

Y lo colmaba de palabras de amor, hasta que Bard acabó con ellas y puso fin a todos sus sueños.

—Pero estoy casado —le dijo—. ¿No lo sabías?

La copa de Allison estaba vacía y Brad le hizo un gesto al camarero.

—Cenas conmigo, ¿verdad? —le preguntó.

—No —respondió ella rápidamente—. No puedo. Tengo otro compromiso. La verdad es que ya llego tarde.

—Acabo de pedirte otra, así que, de todas formas, tendrás que quedarte un momento —dijo Brad—. ¿Con quién vas a cenar?

—Con David Noyes —respondió ella, repentinamente furiosa con la frialdad de aquel hombre.

—Ah, sí, David —dijo Brad, y sonrió—. ¿Sabes? La última vez que te fuiste de Nueva York, David vino a verme. Parecía muy preocupado por tu partida y quería saber si yo sabía la razón.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó Allison, echando chispas por los ojos.

—David Noyes —continuó Brad, como si ella no hubiera preguntado nada—. Ese chico tiene mucho talento. Es una pena que sus obras no se vendan mejor. Aunque recibe críticas maravillosas, no se puede tener todo.

—¿Qué le dijiste? —insistió Allison.

—¿Decirle? —preguntó Brad—. ¿Qué querías que le dijera? Pues, que te habías hartado de Nueva York y querías volver a casa una temporada.

—Muchas gracias, Brad —dijo Allison, furiosa—, pero no hacía falta que te preocuparas tanto por mi honor, ¿sabes? Le conté a David todo lo nuestro. Le escribí una carta y se lo conté todo.

—Ah, ¿sí? —exclamó Brad, dando un sorbo a la bebida—. ¿Y cómo reaccionó nuestro Joven Rebelde?

—¿Cómo puedes ser así? —preguntó ella en voz baja y temblorosa—. Haces como si nunca hubiera pasado nada.

—¿Y qué pasó? ¿Qué pasó, Allison, qué fue tan terrible para que ahora te pongas así?

¿Por qué te sonrojas y tiemblas de ira? —preguntó Brad, y ya no estaba amable y sonriente, sino casi tan furioso como ella—.

Voy a decirte lo que pasó. Perdiste la virginidad y te hiciste adulta.

Perdiste las bonitas ilusiones sobre el sexo y te transformaste en escritora.

Dejaste de pensar en el amor las veinticuatro horas del día y empezaste a vivir la realidad.

¿De qué diablos te quejas? Creo que ganaste mucho más de lo que perdiste.

—Te odio —susurró Allison con voz ronca—. Te odio.

—No, no es cierto —respondió Brad. Le puso la mano en el brazo para impedir que se fuera—.

Te ofende que no considere tu virginidad una perla de valor incalculable, pero no me odias.

Nada más lejos de la verdad; Allison, sigues un poco enamorada de mí, y yo de ti, y siempre será así entre nosotros.

Cada uno siente lo que siente por razones personales, pero el sentimiento está ahí y nos pegamos a él.

—Tengo que irme —dijo Allison, casi sin aliento—. Tengo que irme ahora mismo. No te levantes. Encontraré un taxi.

—Pues claro que me levanto —dijo Brad—. Jamás permito que una dama tenga que silbar para llamar a un taxi.

Al cruzar el vestíbulo del Plaza, Allison se fijó en las mujeres, elegantemente vestidas, que charlaban o paseaban.

Estaban cómodas, en su elemento; esos sitios formaban parte de su vida cotidiana.

Para ellas, tomar un cóctel en el Plaza no tenía nada de exótico ni de irreal.

«¿Me pasará lo mismo a mí algún día?», se preguntó.

Mientras bajaban los escalones de la entrada, el portero abrió la puerta de un Rolls. Se apeó una mujer que sujetaba un abrigo de piel en una mano enguantada. Si Allison no hubiera aspirado su perfume, habría creído que era una aparición.

—Rita Moore —susurró Brad, tocándole el brazo—.

La actriz. —Sonrió al ver que Allison se volvía para echar el último vistazo a la famosa estrella—.

Ya falta poco, Allison. Me da en la nariz que dentro de unos meses serás muy amiga de personas como Rita.

Y un tiempo después dirás que te aburren los famosos.

«Ni en sueños —pensó Allison al tiempo que se subía al taxi—. Las Ritas Moore están a años luz de mí. Yo estoy confinada en el anonimato.»