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Norman Page no había resultado herido en la guerra.
Le habían dado de baja por psiconeurosis y Evelyn había ido a buscarlo sola para llevárselo a casa.
Lo había sacado del hospital militar y se había quedado con él en un gran hotel del centro de Nueva York; allí empezó a aleccionarlo sobre lo que debía decir y hacer en Peyton Place : lo habían herido en combate.
Había recibido un disparo en la pierna derecha que prácticamente se la había destrozado.
Tenía que practicar con las muletas que le había comprado y no permitir jamás que nadie supiera que el ejército lo había dado de baja por otra razón que no fuera la pierna.
Cuando Norman protestó, ella le dijo a voces: —¿Acaso quieres que todo Peyton Place crea que estás loco?
Piensa en mí, Norman. ¡Al menos evítame la deshonra!
Y Norman, más débil que nunca, enfermo, cansado y abatido, volvió a casa, donde lo recibieron como a un héroe.
Fue Matthew Swain quien se dio cuenta casi inmediatamente de que Norman no tenía ninguna herida en la pierna.
Se lo confió a Seth y ambos se pusieron en contacto con un viejo amigo de Matt, que era médico del ejército.
Entonces descubrieron la verdad e hicieron todo lo posible por proteger a Nor man.
En el periódico de Seth no apareció ninguna fotografía del héroe de Peyton Place , por temor a que algún otro diario se hiciera eco de la noticia y la reimprimiera por su interés humano.
—Si se publicara una foto suya, podría reconocerlo cualquiera que hubiera estado en el frente con él —dijo Matthew Swain .
Y así se instauró en Peyton Place la leyenda de Norman Page, el héroe de guerra.
Con el tiempo, el joven cambió las muletas por un bastón y finalmente volvió a andar erguido sin ninguna clase de ayuda.
Pero Evelyn Page estaba tan profundamente convencida de la veracidad de sus propias mentiras que muchas veces, cuando el cielo estaba nublado y amenazaba lluvia, le preguntaba a su hijo: «¿Qué tal la pierna? ». Norman siempre respondía: «Bien».
—Cuéntamelo todo, Allison —dijo Norman, mientras Corey Hyde les ponía el café.
—En realidad, no hay mucho que contar —dijo Allison—. Volví a repasar el libro que había escrito en Nueva York después de volver a casa, y ahora mi agente ha conseguido venderlo. Dicho así, suena muy fácil.
—¿Quién? —preguntó Norman—. Quiero decir, ¿quién lo ha comprado?
—Lewis Jackman fue una de las primeras en bajar y ella misma cargó con las maletas en lugar de llamar a un mozo de los que pasaban a toda prisa y no le hacían el menor caso, como si fuera invisible.
Cuando entró en el vestíbulo principal de la estación le dolían los brazos; se detuvo al ver que Bradley Holmes se acercaba.
«Creía que se me había olvidado su cara —pensó, presa de un pánico repentino—. Pero ¡qué va! Tengo que irme. No quiero que me vea.»
Dio media vuelta y buscó con la mirada las escaleras que la llevarían a la calle. Pero ya era tarde. Brad la había visto.
—¡Querida mía! —exclamó, abrazándola—. ¡creía que no llegarías nunca!
—Hola, Brad —dijo ella con un nudo en la garganta—. Aquí estoy.