8
«Voy a acordarme de todo lo que suceda —pensó Allison MacKenzie, mientras el tren se alejaba de la estación de Peyton Place— .
Esta vez todo tiene que quedar muy claro y preciso, para que, cuando sea mayor, me acuerde hasta del último detalle.
Ocurren muchas cosas y la gente siempre dice: “Nunca lo olvidaré”, pero lo olvidan, la imagen se difumina con el tiempo y, al final, no se acuerdan de casi nada.
Supongo que por eso algunos escriben diarios y agendas, para no olvidar nunca lo que les ha pasado.
Pero yo me acordaré de todo sin escribirlo.
Cuando sea muy vieja, recordaré cómo fue el día en que dejé Peyton Place para ir a Nueva York a firmar el contrato de mi primer libro. »
Se había acostado tarde la víspera del viaje, pero como no había podido dormir, se levantó temprano. Cuando se asomó a la ventana del dormitorio, las copas de los árboles, cubiertas de nieve, empezaban a teñirse de rosa.
Al este, el cielo tenía el color pálido y desvaído de las rosas en invierno. Aspiró profundamente el frío aroma de la nieve, casi dulce; le pareció saborearlo en el fondo de la lengua.
Se mojó los dedos y los pasó por la gruesa capa de nieve que cubría el alféizar de la ventana. La nieve se le quedó pegada y rápidamente se metió los dedos en la boca.
«Va a brillar el sol, pero hará frío —pensó— y nada se derretirá ni cambiará mientras yo no esté. Cuando vuelva, todo seguirá igual.»
Bajó enseguida a la cocina a preparar el café y, cuando estaba poniendo la cafetera al fuego, se detuvo un momento.
«Todo menos yo —pensó de pronto—. Yo cambiaré. No seré la misma.»
De repente, le parecía imprescindible fijarse en todo y no olvidar nada de lo que viera. Se sentó bruscamente a la mesa de la cocina. Su madre casi siempre ponía un mantel amarillo y un cuenco pequeño de cobre lleno de flores amarillas.
«Lo hace para que desayunemos en una mesa llena de sol, incluso en los días nublados —pensó, asombrada—.
No me había dado cuenta hasta ahora. Y en la sala de estar, los colores son apagados y relajantes, para que te apetezca recostarte y poner los pies en alto; pero en los dormitorios son muy suaves, para que cuando te acuestes nada te deslumbre.
Y en realidad, todas las cortinas son como marcos de fotos.
Tengo que grabármelo todo en la memoria tal y como está esta mañana. »
El quemador de gas de la cocina chisporroteó cuando el café se derramó.
—¡Maldita sea! —exclamó, levantándose de repente.
—¿Estabas en las nubes? —preguntó Constance, entrando en la cocina—. Huele a café por toda la casa.
—Estaba pensando —dijo Allison— que será mejor que me dé prisa y me vista.
—Siéntate y tómate un café —dijo Constance, riéndose—. Faltan más de dos horas para que salga el tren.
—Buenos días, escritora famosa —saludó Mike Rossi al entrar en la cocina—. Buenos días, madre de la famosa escritora.
—Buenos días —respondió Constance, y le dio un beso—, Creador de Bromas Tontas a Primera Hora de la Mañana, el Ser Más Repelente de la Creación.
—¡Qué locuaz estás tan tempranito! —replicó Mike—. ¡Menudo día nos espera!
—Sí, ¡menudo día nos espera! —dijo Allison—, y tengo que vestirme.
—Primero come algo —dijo Constance.
—No puedo —objetó Allison—. Vomitaría en el tren. Date prisa, mamá. Tú también tienes que vestirte.
Mike y Constance la llevaron a la estación, entraron los tres juntos y Mike fue a comprar el billete para Allison.
—Directo a Nueva York, ¿eh? —preguntó el señor Rhodes—. ¿Ida y vuelta?
—No —respondió Mike—. Solo ida.
—Si compra el billete de ida y vuelta, le sale más barato —dijo el señor Rhodes—. ¿Cuánto tiempo va a estar fuera la muchacha?
—¿Quién? —preguntó Mike.
—Pues, Allison, ¿quién, si no? —dijo el señor Rhodes—. Es ella la que se va ¿no?
—Sí.
—Va a vender su libro, ¿no?
—Sí.
—Bueno, no se tarda mucho en vender una cosa así. Si compra un billete de ida y vuelta, le saldrá más barato.
—Pero a lo mejor prefiere volver en avión, en coche o incluso a pie.
—Da igual. Puede recuperar el dinero si no lo usa.
—Está bien —aceptó Mike, resignado—. Un billete de ida y vuelta a Nueva York.
—Cuando llegué aquí, ese hombre me hizo dar muchas vueltas a lo tonto —dijo Mike mientras salían al andén—, y hasta ahora, nunca he conseguido devolverle la pelota. ¿Y cómo demonios sabe a qué va Allison a Nueva York?
—Lo sabe todo el mundo —respondió Constance—. ¿Te sorprende?
—No —reconoció Mike—, pero todavía no entiendo cómo es posible. Si alguien se tira un pedo en Chestnut Street, el encargado del almacén de la fábrica se entera en cuestión de segundos.
—¡Qué vulgar eres! —dijo Constance.
—Ya lo sé —dijo Mike.
Allison, quieta en el andén, oyó el silbido del tren a lo lejos.
«Se acerca. Está cruzando el río —pensó—.
Y el arco negro de los caballetes del puente se recorta nítidamente contra el cielo.
A estas alturas, algún pasajero se habrá asomado a la ventana para ver el castillo de Samuel, que se destaca en la altura.
“¿Qué es eso de allí?”, preguntaría el pasajero.
“Pues es Peyton Place”, respondería el revisor.
La ciudad del final de la vía lleva el nombre del señor que construyó ese castillo. »
Allison seguía inmóvil en el frío, mirando y escuchando, y, por fin, el sonido lejano se convirtió en un rugido, el tren tomó una curva y se acercó directamente hacia ella entre las imponentes paredes de nieve.
Un revisor se asomó a la plataforma entre dos vagones sujetándose a una barandilla lateral con una mano enguantada y un pie en el escalón inferior. Llevaba una gorra de copa alta con una placa de latón en la que se leía: « Boston y Maine R.R.».
—¡Peyton Place! —anunció—. ¡Peyton Place!
La voz resonó en el largo corredor de nieve y rodeó a Allison de una manera que la inundó de una tristeza inefable; notó un escozor familiar en los párpados.
—Adiós, cariño —dijo Constance—. Ten cuidado y llámame en cuanto llegues.
Allison se volvió, casi sobresaltada.
—Adiós, mamá —dijo. Abrazó a Constance—. Sí, te llamaré. Adiós, papá —añadió, volviéndose a Mike.
—Hasta luego, Gertie —dijo Mike. Se inclinó para besarla—. Suerte.
Las maletas ya estaban en la plataforma y el revisor la ayudó a subirse sujetándola por el codo.
—¡No te olvides de ir a Saks a comprarme las camisas! —gritó Constance—. Te he apuntado la talla y los colores.
—¡ PASAJEROS AL TREN !
«¡Baja! —pensó Allison, presa del pánico—. ¡Aférrate a lo que tienes aquí! Nada será igual cuando vuelvas. ¡Vamos, baja!»
Todavía estaba en la plataforma cuando el tren se puso en marcha. Su madre se despidió agitando la mano, el sol invernal se reflejaba en el pelo dorado. «¡Salta, Allison ¡Vamos!» Mike se despidió levantando un brazo, con el otro alrededor del hombro de Constance. «¡Baja, Allison!»
—Hay asientos libres en el primer vagón, señorita —dijo el revisor, abriéndole la puerta.
Ya era tarde. Allison encontró un asiento junto a la ventanilla y rápidamente volvió la cabeza para saludar a Mike y a su madre.
—Que no se te olvide llamarme —dijo Constance a voces—. ¡Adiós, cariño!
Allison no la oyó. Solo vio el movimiento de los labios y que seguía con la mano en alto; luego desapareció. El tren se desplazaba a gran velocidad.
«Poco dormir y mucho café», pensó Allison mientras intentaba relajarse.
Pero tuvo el estómago encogido hasta que el tren se detuvo en la Estación Sur de Boston y ella hizo el transbordo al de Nueva York.
«¡Qué tontería! —se reprendió—. Cualquiera diría que voy a estar fuera de casa diez años, en vez de cinco días.
Cuando vuelva, la nieve ni siquiera habrá cambiado un ápice, por no hablar de cualquier otra cosa. ¡Qué bobada!»
Almorzó en el vagón restaurante y volvió a su asiento; el suave traqueteo del tren le calmó las ansiedades y los miedos.
«¡Me voy a Nueva York! —pensó—. Soy escritora. No solo escribo en revistas, ¡sino que soy autora! ¡Lo he conseguido!»
El nerviosismo desapareció; Allison se relajó y, contemplando el paisaje helado que se deslizaba por la ventana, recordó el encuentro de la víspera con Norman Page.
Se habían encontrado por casualidad fuera de la oficina de Seth Buswell.
—Tendría que volver al trabajo —dijo Norman—, pero esto hay que celebrarlo. Vamos al Hyde, te invito a un café. Es una noticia maravillosa que vayan a publicar tu libro, Allison. Excelente. Me alegro mucho por ti.
Al otro lado de la ventanilla de cristal de su oficina, Seth Buswell miró el reloj e hizo un gesto amenazador a Norman para que se acercara, pero Allison le sacó la lengua y Seth se echó a reír. Allison y Norman cruzaron la calle hacia la cafetería.
Norman Page ya no necesitaba las muletas para caminar y Peyton Place se maravillaba de su perfecta recuperación.
—Este chico tiene agallas —decían.
—Sí. ¡Quién diría que lo hirieron en la guerra!
—Tuvo que ser terrible que lo acribillaran de aquella forma. —Sí. Pero lo ha superado bien. Ahora anda como todo el mundo.
Cuando Peyton Place hablaba de Norman Page, Matthew Swain y Seth Buswell no participaban en la conversación ni se miraban entre ellos por temor a que una mirada delatara el terrible secreto que compartían con Norman y su madre, Evelyn.
—Pero no hay motivo de preocupación porque Evelyn no va a revelar nada —dijo Seth Buswell— . Se ha repetido la misma mentira tantas veces y durante tanto tiempo que ahora realmente cree que Norman resultó herido en la guerra.
—Cuanto menos se hable del tema, mejor —dijo Matt Swain con brusquedad.