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Incluso los estudiantes que le habían acariciado los pechos y los muslos, cuando la veían, dudaban de haberlo logrado realmente.
No era que su actitud fuera tímida y virginal, tenía mucha clase para eso; era que parecía inaccesible: una chica a la que uno no se atrevería ni a besar.
Caminaba con la cabeza alta y tenía las facciones finas, sin pizca de vulgaridad, los pechos pequeños y las caderas estrechas.
Los chicos que la habían conocido en los asientos traseros de los coches casi no podían creer que fuera la misma.
Esta era Jennifer Burbank. La otra era una chica descarada, desvergonzada y grosera.
Los jóvenes no veían ninguna conexión entre esas dos personas tan radicalmente distintas entre sí.
Fue su propio padre quien le presentó a Ted Carter.
Se había fijado en Ted en la facultad de derecho, le parecía un joven prometedor.
Lo invitó a tomar el té en su casa y Jennifer lo observó con ojo clínico.
Vio que trataba a sus padres con mu cho respeto, pero se dio cuenta de algo más: entendió que era una persona capaz de rebajarse y adular para conseguir el éxito.
Sonriendo para sí, pensó: «Bien, Ted, si eso es lo que quieres, lo vas a conseguir».
Pensar en lo mucho que tendría que pagar ese joven por su éxito le proporcionaba una satisfacción infinitamente mayor que la que jamás le había dado, ni le daría, ningún hombre.
Unas semanas más tarde se anunció la boda.
La primera noche de la luna de miel, probó con Ted todos los trucos sádicos que había puesto en práctica con Anne.
Se burló de él, se resistió y no cedió hasta que acabó agotado y suplicante; y entonces fue como si le concediera un regalo de inestimable valor.
Ted nunca dudó de su virginidad. Tampoco sospechó que, pocos días después de regresar de su luna de miel en las Indias Occidentales, ella empezó a serle infiel.
Era imposible que Ted sospechara de la hija del señor Burbank.
Jennifer lo había juzgado correctamente: se había casado con un bufete de abogados, ella solo era un medio para conseguir un fin.
Él aceptaría lo que fuera, no permitiría que nada le impidiera alcanzar su objetivo.
—No abras las ventanas hasta que me meta en la cama, cariño —dijo Jennifer—. Estos inviernos de Peyton Place son lo más frío que pueda una imaginarse.
—No voy a abrirlas todavía —dijo Ted Carter—. No quiero que te enfríes.
—Pero es tarde, cielo. Y dijiste que mañana querías ir a esquiar.
—Quiero ir a esquiar mañana —dijo Ted. Se metió en la cama a su lado—, pero esta noche no.
—A veces pienso que eres insaciable —dijo Jennifer, burlona.
—Abre un poco la boca —dijo él.
—No.
—Te obligaré.
—No me gusta que me besen con la boca húmeda.
—Ya aprenderás.
—Tendrás que enseñarme.
Cada vez que Ted hacía el amor con su mujer, primero tenía que seducirla y, aunque a veces eso lo excitaba hasta el punto de llegar al clímax antes de penetrarla, a menudo se preguntaba al día siguiente si alguna vez Jennifer lo recibiría con los brazos abiertos, para poder sentir que lo deseaba tanto como él a ella.
Algunas veces, cuando no estaba con ella, recordaba la forma en que Selena Cross le abría los brazos y la boca con tanto anhelo como él.
Sin embargo, cuando estaba con Jennifer, no podía pensar en nadie más.
En algunas ocasiones la había tomado por la fuerza, rasgándole la ropa, abofeteándola hasta que se quedaba inmóvil en la cama, desnuda e indefensa bajo su mirada y sus manos.
Después, abrumado por la vergüenza, le pedía perdón llorando.
Pero en algún rincón oscuro de su mente, se daba cuenta de que los momentos en que Jennifer lo incitaba a la violencia, eran los que más disfrutaba ella.
Había una competencia silenciosa y tácita entre ellos: Ted, resuelto a conquistarla con ternura y Jennifer, igualmente decidida a convertirlo en un animal salvaje.
Nunca lo detestaba tanto como cuando le pedía perdón.
Se acostaba con camisones que la cubrían por completo y él tenía que aplicar toda la ternura posible para que le permitiera desvestirla. Parecía aterrorizada de mostrarse desnuda y, a veces, cuando le descubría los pechos para acariciarla, temblaba como un pájaro asustado.
—¡No! —gritó ella, cuando le desabrochó los botones del camisón—. Ay, no, no lo hagas. Apaga la luz, cariño. No.
—Sí, sí —dijo, con la boca pegada a la garganta de ella.
—Enséñame —dijo ella—. Oblígame a abrir la boca, si puedes. Quizá no te deje.
—Ven aquí.
—No —dijo ella. Se alejó y empezó a abrocharse los botones del camisón—. No —repitió—. No te lo permito.
—Sé buena —suplicó él, atrayéndola bruscamente—. Sé buena, por favor.
—Vaya, cómo suplica mi hombretón valiente... —respondió ella, burlándose de él en su cara—. Siéntate, Fido, que mamá te va a dar hígado.
Ted se levantó de repente y le apartó las mantas con furia.
—Zorrita —dijo con la voz ronca y las manos temblorosas—. Perra.
La agarró por el escote del camisón y se lo arrancó, dejando marcas rojas de ira en su piel blanca.
—Te encanta —dijo, mordiéndole los labios hasta magullárselos—. Te encanta y lo sabes.
Y entonces, la insaciable era Jennifer. Onduló el cuerpo y le brillaron los ojos.
—¡Pégame! —gritó—. ¡Pégame!
—Claro que voy a pegarte, maldita sea —dijo Ted—. Te mataría.
La azotó con el cinturón hasta llenarle la espalda, las nalgas y los muslos de moretones y, cuando finalmente la tomó, ella le mordió el hombro hasta que le sangraron los labios y se desmayó.
—¡Dios mío! ¿Qué he hecho? —exclamó Ted, y empezó a sollozar—. No volveré a hacerlo, cariño. Jamás. Dios mío, soy peor que un animal. No volveré a hacerlo. Por favor. Perdóname, te lo ruego.
Al final Ted, agotado, se durmió, y Jennifer se quedó despierta un largo rato, a oscuras, sonriendo.
Se apretó los moretones de los muslos con tanta fuerza que el dolor le ardió por todo el cuerpo y el blanco de sus dientes resaltó en la oscuridad de la habitación.
Se rascó la espalda contra la sábana para notar el dolor de los cintarazos, se le endurecieron los pezones y sintió una intensa excitación entre las piernas.
—Otra vez —susurró al oído de Ted—. Otra vez.
Pero Ted no se despertó. Se movió en sueños, su mano le tocó el pecho y se lo cubrió suavemente. Al final, Jennifer también se durmió.
En la estrecha cama del trastero, Roberta se mordió los labios e intentó dejar de temblar. Estaba rígida de horror y por el esfuerzo de seguir en silencio.
«Lo sabía —pensó—. Sabía que algo le pasaba a esa jovencita. Está loca, eso es lo que le pasa, obligar a Ted a hacer algo así... Él no era así, nunca lo ha sido. Era bueno y limpio. ¡Ay, Dios! ¿Qué voy a hacer?»
Esperó otra media hora, luego salió del trastero y volvió sigilosamente a su cama, pero no sintió alivio alguno. No podía dejar de temblar.
«Está loca. Jennifer está loca. Está volviendo loco a Ted. ¡Ay, Dios mío, ayúdame! Tengo que hacer algo.»
Pero cuando el sol alumbró otro día gris y amenazador, no había recibido respuesta a su plegaria.