7 #2
Jennifer siempre había vivido en un ambiente en el que todo era «Bonito». Los Burbank llevaban en Boston casi tanto tiempo como los Cabot y los Lowell, y las normas de comportamiento de la familia de Jennifer no habían cambiado en más de doscientos años. Una dama no se exhibía, nunca.
Una vez, cuando Jennifer tenía doce años, había ido de compras con su madre y, en una tienda, vio a una chica rubia platino, de labios carnosos pintados de un rojo intenso.
La chica mascaba chicle mientras miraba la bisutería; llevaba un jersey muy ajustado sobre un par de pechos enormes y duros.
Jennifer se detuvo y se quedó mirándola hasta que su madre se dio cuenta.
La señora Burbank, sonrojada, tiró a su hija del brazo, casi sacudiéndola.
—¡Nunca en mi vida había visto semejante demostración de vulgaridad! —dijo la señora Burbank—. Recuerda, Jennifer: las mujeres que recurren al cuerpo para impresionar son vulgares, de la especie más chabacana y grosera.
—Pero, mamá...
—No discutas, Jennifer. Sabes que tengo razón. A medida que crezcas, te darás más cuenta.
A partir de entonces, Jennifer solo pensó en su cuerpo como algo que debía mantener limpio, cubierto y oculto.
A medida que crecía, la modista de su madre le tomaba medidas y, a su debido tiempo, la muchacha encontró a los pies de la cama una caja con una docena de sujetadores de satén y encaje.
Más tar de, llegaron unas delicadas fajas pantalón para ocasiones especiales, pero nunca sostuvo con su madre ninguna conversación sobre ropa interior.
A los dieciséis años, estudiaba el último curso en un prestigioso colegio femenino de las afueras de Boston y compartía habitación con una chica llamada Anne Harvey .
Anne tenía un año más que ella y su padre era director de la mayor agencia de valores del estado de Massachusetts.
Anne era una chica grande y musculosa, pero tan alegre que las demás nunca se burlaban de ella: la admiraban; la nombraron capitana del equipo de voleibol y presidenta del consejo estudiantil: todas querían ser «la mejor amiga de Anne». Pero Anne eligió a Jennifer Burbank.
Eran inseparables. Iban juntas a todas partes y se las consideraba un equipo, pero Jennifer nunca estuvo segura de su relación con Anne.
Le parecía que había demasiada competencia y procuraba no ofenderla por todos los medios, porque Anne tenía mil maneras de hacerle saber que el colegio estaba lleno de chicas que darían lo que fuera por estar en el lugar de Jennifer.
Una tarde de primavera, Jennifer estaba sola en la habitación que compartía con Anne. Se estaba cambiando de ropa, preparándose para ir a la ciudad, cuando Anne entró sigilosamente. Jennifer se dio la vuelta enseguida y cogió la bata.
—No te esperaba —dijo, casi balbuciendo de vergüenza.
—No quería molestarte —dijo Anne—. Solo he subido a buscar un libro.
—Si hubiera sabido que venías, me habría metido en el baño, pero...
—¡Por Dios, Jennifer! —dijo Anne, exasperada, pero con buena intención—. No es el fin del mundo. Las dos somos chicas, ya sabes.
Turbada, Jennifer se dio la vuelta, tropezó con el dobladillo de la bata y, a punto de caerse, la soltó.
—¡Cuidado! —exclamó Anne, corriendo hacia ella. La sujetó por la cintura con ambas manos—. ¿Te has hecho daño?
—No —respondió Jennifer, inmovilizada—. Estoy bien.
—Me has asustado —le dijo Anne, en voz baja, sin apartar las manos.
Jennifer no se movió, pero siguió de espaldas mientras las manos de Anne le acariciaban la suave piel.
—Qué piel tan bonita y encantadora —susurró Anne al oído de Jennifer. De pronto, la apretó con tanta fuerza que Jennifer ahogó un grito.
—Para —dijo Jennifer—. No sigas.
Anne siguió acariciándola delicadamente, los dedos se movían con suavidad.
Jennifer oyó la respiración entrecortada de Anne y se dio cuenta de que su compañera empezaba a temblar, pero se quedó inmóvil como una estatua y, sin saber cómo, supo que Anne se estaba esforzando mucho para seguir acariciándola con delicadeza.
—¡Qué guapa eres! —exclamó Anne, y empezó a sollozar—. ¡Tan ágil, tan perfecta, tan bella!
Entonces Jennifer se dio media vuelta. Se alejó lentamente de las caricias de Anne y se tumbó en la cama.
Anne se arrodilló junto a la cama, con el rostro empapado en lágrimas.
—¡Ah, sí, mi amor! —dijo Anne—. Eres una preciosidad.
La besó en la boca, un beso largo, y, cuando levantó la cabeza, Jennifer la miró directamente a los ojos.
—Por el amor de Dios, Anne —dijo con frialdad—. No seas tan cursi.
Anne se apartó como si la hubiera abofeteado y Jennifer se levantó despacio. Se acercó y recogió la bata, pero no se la puso. Se quedó desnuda delante de Anne.
—Ahora tengo que volver a bañarme —dijo. Entró en el cuarto de baño arrastrando la bata en la mano.
Mientras estaba en la bañera, oyó llorar a Anne, todo el tiempo. Volvió a la habitación secándose todavía y vio que su compañera no dejaba de mirarla. Se vistió lenta y cuidadosamente.
—Voy a salir un rato —dijo después de vestirse—. Espérame aquí. No bajes al comedor sin mí.
Anne esperó. No solo ese día, sino todos los siguientes: cada vez que a Jennifer le apetecía decirle que esperara.
Esperaba las raras ocasiones en que Jennifer se dejaba tocar y no ocultaba la infelicidad que la embargaba siempre que Jennifer se sentaba desnuda frente al tocador y le decía: «Por favor, Anne, cepíllame el pelo».
La cubría de regalos y dejó de lado a todas las demás amigas.
Cada vez que Jennifer chasqueaba los dedos, allí estaba Anne, esperando para hacer lo que se le ordenara.
De vez en cuando, se rebelaba: —¡No te necesito!
—exclamó Anne en una ocasión—. A muchas otras les encantaría ocupar tu lugar.
—¿De verdad? —preguntó Jennifer, enarcando las cejas—. ¿Otras? ¿Aquí mismo, en el colegio?
—Aquí mismo, en el colegio —dijo Anne.
—Hummm. Me pregunto si la señorita Fenwick lo sabe. ¿Te lo imaginas, Anne?
—No me amenaces —dijo Anne, enfadada—. No te atreverías a contarle algo así.
—Tal vez —dijo Jenifer—. Quizá lo haga y quizá no. No soy como tú y lo sabes. Adelante, búscate a otra. Seguro que Boston está lleno de chicos que me encontrarán tan atractiva como tú.
—Conozco a las chicas como tú —dijo Anne, con un resoplido—. Ya nunca querrás saber nada de los hombres. Valoras demasiado tu virginidad para entregarla por menos que un anillo de compromiso.
—No seas ingenua, querida —replicó Jennifer, con una risita—. Desde que me enteré de lo tuyo, he leído mucho. Todo tipo de libros. El hombre es la criatura más fácil de engañar. Me da igual ser virgen que no.
—¿Qué quieres decir con «que no»? —preguntó Anne, furiosa—. ¿Ya has estado con algún hombre? —dijo, agarrando a Jennifer por los hombros y zarandeándola—. ¿Lo has hecho?
—Quítame las manos de encima, Anne —contestó Jennifer con frialdad—. No te metas en mis asuntos. Tú misma has dicho que hay muchas otras que podrían ocupar mi lugar. Pues, adelante.
—¡Ay, por Dios! —exclamó Anne—, no quería decir eso, cariño. Perdóname, por favor. No quería decir eso. Dime que no es verdad, que no has estado con ningún hombre.
—No, todavía no, es cierto. Todavía no —respondió Jennifer, deshaciéndose de los brazos de Anne—. Pero no seas pesada, Anne, o quizá me proponga descubrir si me he perdido algo.
Anne Harvey y Jennifer Burbank fueron «amigas íntimas» el resto del curso escolar y el verano siguiente. A menudo, Jennifer salía con jóvenes, aunque tenía respuestas para todas las lamentables preguntas de Anne.
—Tengo que hacerlo —le dijo a Anne—. ¿Qué pensarían mis padres si nunca saliera con hombres?
—¡Es que no lo soporto!
—¡Ay, no seas tan cursi! —replicó Jennifer con impaciencia—. Me aburres cuando te pones tan llorona. Salgo con hombres porque tengo que hacerlo. No te queda más remedio que creerme, Anne.
Cuando Jennifer aseguraba que no había estado íntimamente con ningún hombre, a Anne le resultaba fácil creerla.
No solo porque quería confiar en ella, sino porque la misma apariencia de Jennifer daba credibilidad a sus palabras.
La creería cualquiera. No había nada voluptuoso en su aspecto, carecía de las cualidades más evidentes en las que se fijan los hombres.
No tenía unos senos grandes, ni unas caderas ondulantes ni una boca sensual, que son las características de lo que la mayoría de los hombres considera un «buen ejemplar».
Como gran parte de las mujeres frígidas, Jennifer necesitaba a los hombres.
No la motivaba la lujuria, sino el odio.
Para ella, el acto sexual no era un acto de comunión compartida; no compartía nada, solo utilizaba a los hombres.
Cuando terminaban, los apartaba con repugnancia; pero no asqueada de sí misma, sino de ellos.
La primera vez que estuvo con uno fue el verano en que cumplió diecisiete años.
Era un pescador portugués de casi cuarenta años, de manos callosas y rostro moreno y afilado.
Durante una semana estuvo quedando con él en la playa todas las noches.
Después hubo una larga serie de estudiantes universitarios en los asientos traseros de los coches o en moteles. Nunca se acostaba dos veces con el mismo y, después de haber estado con uno, jamás volvía a hablar con él. Para ella, dejaba de existir.