7
Roberta Carter se incorporó en la cama tan sigilosamente que la sábana apenas le rozó el camisón.
Miró al otro lado del estrecho espacio que mediaba entre su cama y la de Harmon y vio que estaba bien arropado y profundamente dormido.
Se levantó a oscuras y puso las almohadas debajo de las mantas para que, si Harmon se despertaba y miraba la cama, pareciera que ella seguía allí, dormida.
Dejó las zapatillas en la alfombra, tal y como estaban cuando se las quitó y, con mucho cuidado, procuró no tocar los pliegues de la bata que estaba a los pies de la cama.
Luego cruzó el dormitorio de puntillas y salió por la puerta.
Esa misma tarde, había planeado todo lo demás cuidadosamente y, sonriendo para sí, las había llevado a cabo ante las mismas narices de las personas implicadas.
Se felicitó por lo buena que había sido la cena esa noche: lo bastante copiosa para que Harmon terminara lleno y un poco pesado, y lo bastante ligera para que Ted y Jennifer se quedaran únicamente satisfechos y saciados.
Después le había puesto un sedante en el café a Harmon, lo justo para no hacerle daño, por supuesto, para que a las nueve dijera que no podía mantener los ojos abiertos ni un minuto más.
—Bueno, querido —le había dicho Roberta—. Espera aquí un momentito, que subo a abrir las camas.
—¡Ay, por favor, madre! ¡Déjeme ayudarla! —dijo Jennifer, levantándose de un salto.
—Tú siéntate y termina el café, querida —respondió Roberta, reteniéndola por el hombro con la mano—. No tardo ni un minuto.
—Pero me gustaría ayudarla —protestó Jennifer.
A Roberta le costó mucho disimular el fastidio en la expresión y en el tono de voz.
«Otra particularidad de Jennifer. Siempre tiene que discutir por las cosas más insignificantes», pensó.
Ted nunca había sido así. La única vez que su hijo se había puesto terco había sido de jovencito, cuando estaba enamorado de Selena Cross.
Pero lo superó y, desde entonces, nunca había vuelto a llevarle la contraria.
Ahora resultaba que Jennifer, que parecía tan dulce y dócil cuando Ted la cortejaba, tenía una vena algo testaruda que podía resultar muy molesta si no se controlaba.
Pero no era un buen momento para enfadarse.
—Está bien —dijo Roberta con una sonrisa—. ¿Por qué no vas a la cocina con Ted y preparáis una cafetera? Me encantaría tomar un café recién hecho cuando baje.
Roberta subió las escaleras tarareando y abrió las camas de su habitación.
Luego recorrió el largo pasillo hasta el dormitorio que siempre había sido de Ted, y que ahora compartía con Jennifer cuando venían a Peyton Place a pasar el fin de semana.
Eso también había sido idea de Jennifer.
Roberta quería que «los niños», como los llamaba ella, ocuparan la gran habitación de invitados, que estaba al lado de la suya, pero Jennifer había vuelto a ponerse tozuda.
—Pero, querida —le había dicho Roberta—, el antiguo dormitorio de Ted está al final del pasillo y el baño está aquí. No es nada práctico, cielo. Estaréis mucho más cómodos aquí, a mi lado.
—Es muy amable por su parte, madre —respondió Jennifer—. Pero, en serio, preferimos usar el de Ted. ¿Verdad, cariño?
—A mí me da igual —dijo Ted.
No vio la mirada fulminante que le lanzó su mujer, pero Roberta sí.
—Bueno, a mí no me da igual —insistió la joven, haciendo un bonito puchero—. Me gusta tu antiguo dormitorio. Tiene mucho de ti, y me encanta imaginarte durmiendo allí de pequeño.
—Lo que tú digas, cariño —dijo Ted, sonriendo, y le rodeó los hombros con un brazo.
Roberta había hecho la cama en la antigua habitación de Ted, pero, en ese momento empezó a preguntarse qué tenía que ocultar Jennifer para querer quedarse en un rincón aislado de la casa de sus suegros.
«¡Le hablará de mí! —pensó. La idea se le ocurrió en un instante, como una señal divina del cielo—. ¡Me criticará! ¡Intenta poner a mi hijo en mi contra! Bueno —se dijo—, nunca me he dejado pisar sin defenderme, y ahora tampoco.»
Pero no podía empezar a defenderse hasta saber a qué se enfrentaba. Y no tardó mucho en encontrar la forma de averiguarlo.
Sonrió para sus adentros mientras apartaba las mantas de la gran cama doble del antiguo dormitorio de Ted.
Extendió una colcha más a los pies y luego se dirigió en silencio a la estancia contigua.
Era un cuarto pequeño con un catre, una cómoda y una silla; al principio, cuando aún vivía el viejo doctor Quimby, el primer marido de Roberta, era el cuarto de la criada.
Más tarde, sirvió de trastero para guardar mantas y vajilla sobrante, así como otros cachivaches que se acumulan en las casas a lo largo de los años.
Lo cierto es que a Harmon Carter y a Ted les habría sorprendido ver que la estrecha cama estaba recién hecha y la rejilla del aire caliente, abierta.
Era una rejilla de buen tamaño, de unos treinta centímetros cuadrados, y Roberta la había examinado cuidadosamente desde ambas habitaciones.
Cuando el trastero estaba a oscuras no se podía saber —excepto si uno se metía a cuatro patas debajo de la cama de Ted— que la palanca se había movido y que los cuadrados de la rejilla estaban abiertos.
Roberta se iba al catre del trastero cada vez que Jennifer y Ted estaban de visita a Peyton Place .
En seis meses había oído muchas cosas. Sabía que Ted no tenía nada que oponer al piso que había alquilado en Cambridge con Jennifer.
Era un piso precioso, grande y soleado. La propia Roberta lo había visto, pero Ted estaba incómodo allí porque el padre de Jennifer pagaba el alquiler.
—Maldita sea, es que parezco un mantenido —había protestado Ted.
—¿Qué quieres que hagamos? ¿Que nos mudemos a una habitación amueblada y me mantengas con lo que ganes trabajando a tiempo parcial de camarero o de empleado en una gasolinera?
—Mucha gente se gana la vida trabajando. Trabajar un poco nunca ha matado a nadie. Yo he trabajado siempre.
—¿Y si te baja la media? —había preguntado Jennifer—.
En el bufete de papá no contratan a nadie que saque notas bajas en la facultad de Derecho.
No es que tengan nada en contra de un positivo y aceptable «Aprobado» de vez en cuando, pero no les gusta la gente que se conforma con aprobadillos ramplones.
¡Ay, cariño! —añadió con voz soñadora y aterciopelada—.
Algún día será Burbank, Burrell, Archibald y Carter.
¿No es maravilloso? ¿No vale la pena tragarse el orgullo un poco, de momento?
—Burbank, Burrell, Archibald y Carter —repitió Ted—. Sí, cariño. Por supuesto que vale la pena.
Roberta, desde su lado de la rejilla, se alegró mucho.
Su Ted siempre había pensado a lo grande y ahora no iba a ser menos.
Además, no solo los Burbank hacían lo que fuera por los niños.
Harmon y ella les enviaban un buen cheque semanal.
Por otra parte, hubo un par de momentos malos en las sesiones de espionaje.
Una noche, Jennifer le preguntó a Ted por Selena Cross.
—¿Estabas enamorado de ella? —preguntó Jennifer.
Roberta contuvo la respiración mientras Ted titubeaba.
—No —dijo por fin, y Roberta suspiró de alivio en silencio—. Salimos juntos unas cuantas veces, pero nada más.
—¿Es guapa?
—Está bien.
—¿Mejor que yo?
—Cariño, eres lo más bonito que hay en el mundo.
Sin asomo de vergüenza, había espiado a la pareja haciendo el amor y, en una ocasión, casi sintió lástima por su hijo.
Jenni fer parecía excesivamente indecisa con respecto al sexo, incluso asustada algunas veces, y Ted tardaba horas en calmarla y luego en excitarla poco a poco para que le dejara poseerla.
Con Harmon no había sido así, recordó Roberta, sonriendo a oscuras.
Por otra parte, era mejor que un hombre no practicara mucho el sexo si tenía que concentrarse en los estudios.
Afortunadamente, Harmon no había sido estudiante.
En seis meses, Roberta solo los había oído hacer el amor tres veces y, después de cada una, al día siguiente, Ted estaba pálido y tembloroso.
Roberta concluyó que era mejor que Jennifer fuera un poco frígida.
Ni una sola vez, de todas las que espió a la pareja, sintió vergüenza ni remordimiento.
Ted era su hijo, su hijo único, y tenía derecho a asegurarse de que todo le fuera bien.
Si algo le preocupaba a su niño, quería saberlo.
Y si su mujer intentaba alejarlo de su madre, también tenía derecho a enterarse.
Daba igual que en seis meses no hubiera oído a Jennifer hacer un solo comentario despectivo de ella.
Podría hacerlo en el futuro. Que no la hubiera criticado ni una vez hasta el momento no significaba que no fuera a hacerlo nunca.
—¡Vaya! —exclamó Roberta con un escalofrío exagerado al volver a la sala de estar—. Esta noche también va a hacer frío. Además, sigue nevando. Hoy no vamos a abrir mucho las ventanas, eso seguro.
—Las nuestras sí —dijo Jennifer, riéndose—. Estoy casada con el mayor entusiasta del aire libre en cautividad.
—Haga frío o calor —dijo Harmon, bostezando—, la cama me va a sentar muy bien.
—Voy enseguida, cariño —dijo Roberta, ofreciéndole la mejilla para que la besara.
Cuando subió las escaleras, eran las diez y Ted y Jennifer jugaban al backgammon frente a la chimenea; a las diez y media Roberta se escabulló por el pasillo hacia el trastero y oyó sus vo ces amortiguadas desde la escalera.
Cerró la puerta del cuartito y se metió silenciosamente en el jergón, debajo de las cálidas mantas.
A las doce menos cuarto oyó a Ted encender las luces de la habitación contigua.
Jennifer Burbak Carter tenía veintidós años y nunca, en los seis meses que llevaba de casada, se había desnudado delante de su marido.
—No es bonito —sentenció una vez.