6
Chestnut Street era una avenida ancha y arbolada, paralela a Elm Street, una manzana al sur de la calle principal.
Chestnut Street siempre se había considerado la «mejor» calle de Peyton Place, y seguía siéndolo.
Todas las ciudades tienen su Chestnut Street.
En los días más calurosos del verano, las Chestnut Street del mundo son más frescas que las demás.
No cabe duda de que las casas de esas calles se construyeron en una época en la que los criados eran baratos y abundaban, y en la que los propietarios podían permitírselos.
Para las personas que viven en otras calles, esas viviendas siempre resultan misteriosas.
Uno se imagina habitaciones secretas y escaleras ocultas.
No había peligro de que algún indeseable encontrara la forma de entrar en Chestnut Street, porque todas las mansiones estaban rodeadas del terreno privado del propietario.
Eran «tierras antiguas», hectáreas pertenecientes a las familias que habían ido a vivir a la sombra del castillo de Samuel Peyton, cuando era nuevo.
Los hombres que vivían en esta calle eran la savia vital de Peyton Place , hombres bien situados, adinerados y que, por lo tanto, tenían la sartén por el mango.
—Hace falta algo más que dinero para que una ciudad funcione —dijo el doctor Matthew Swain a su amigo, Seth Buswell— . La gente procura adaptarse a lo que gana y ya no se esfuerza más.
—Y encima esos desgraciados ingratos montan un sindicato —replicó Leslie Harrington sin dar tiempo a Seth a responder— . No puedo abrir.
Los hombres de Chestnut Street organizaban partidas de póquer en casa de Matthew Swain los viernes por la noche. Esas partidas eran toda una leyenda en Peyton Place .
—La edad no lo marchita —dijo Seth, mirando a Harrington— ni agota la rutina su sucia lengua de doble filo 6 .
—Yo puedo abrir —dijo Charles Partridge—. Y abro.
Charles Partridge siempre intervenía en las conversaciones cuando el tono amenazaba con volverse hostil; aunque no hacía falta que se molestara en pacificar a Leslie y a Seth, porque tenían la costumbre de insultarse el uno al otro, aunque la animosidad que los había motivado en los primeros años había caído definitivamente en el olvido.
Cuando murió Rodney Harrington , el único hijo de Leslie, sus amigos de Chestnut Street se habían preocupado por él.
De la noche a la mañana, Leslie Harrington había pasado de ser el empresario duro y ambicioso de toda la vida, a una imitación desdibujada de sí mismo.
Incluso quienes siempre lo habían detestado empezaron a compadecerlo.
—Por fin ha recibido su merecido —decían muchos en Peyton Place , algunos con orgullo y satisfacción, como si el castigo se lo hubieran propinado ellos.
—Sí, pero creo que no se merecía tanto, ni tan de golpe —objetaban otros.
Si Leslie Harrington los hubiera oído, habría creído que el destino eran meras palabras y que su vida era solo lo que contaban los demás.
Las habladurías devolvían a los muertos y a los desaparecidos a Peyton Place .
Se hablaba de Rodney y de Betty más a menudo que cuando estaban vivos.
Las voces roncas de los viejos eran como una letanía.
—Puede. Pero apuesto a que no todos lamentan tanto que Leslie Harrington se haya llevado su merecido por fin.
—Ah, ¿sí? ¿A quién te refieres?
—A John y Berit Anderson, los de Ash Street.
—Ya. Leslie echó a su hija del pueblo. No es de extrañar que ahora los Anderson no se compadezcan de él.
—Por cierto ¿qué habrá sido de Betty Anderson ? John nunca la nombra. Como si estuviera muerta.
—Bueno, supongo que cuando la preñó Rodney Harrington, para John sería como si hubiera muerto.
—Sí. Los suecos tienen su orgullo, como todo el mundo.
—A lo mejor vive en Rutland. ¿No tenía una tía allí?
—¡Qué va! Jared Clarke ha estado en Rutland un millón de veces, y te aseguro que, si Betty viviera allí, Jared lo sabría y se lo habría contado a todo el mundo.
En Peyton Place se habían hecho toda clase de conjeturas sobre el paradero de Betty Anderson , como siempre que una chica se iba de la ciudad por los mismos motivos que ella.
Pero lo que nadie sabía, ni siquiera los de Chestnut Street, que solían estar al tanto de todo lo que ocurría en la ciudad, era que Leslie Harrington había estado buscando por su cuenta, discretamente, a la muchacha a la que había intentado destruir.
No había acudido a Buck McCracken , porque el sheriff de Peyton Place tenía fama de lento, además de bocazas.
Si optaba por una sucursal cercana de la Oficina de Personas Des aparecidas, mandarían agentes al pueblo y harían preguntas, y eso a Leslie no le interesaba nada.
En Peyton Place no había detectives privados, ni en todo el estado, dicho sea de paso; de todos modos, habría sido imposible, porque también harían preguntas.
Así que, al parecer, Leslie Harrington había fracasado, pero el fracaso era un lujo que nunca se había permitido, y no tenía intención de empezar a permitírselo nunca. Encontraría una manera, estaba seguro. Puede que tardara tiempo, pero la encontraría.
—Subo la apuesta, Leslie —dijo Matthew Swain— . ¿Juegas a las cartas o sueñas despierto con coristas?
—Las veo, Matt —dijo Leslie. Puso unas monedas en el centro de la mesa—. Escalera de color a reina negra, Matt. A ver si lo superas.
—No puedo —respondió Matthew Swain, disgustado—. Siempre has tenido una suerte del demonio, Leslie.
«No siempre —pensó Leslie—. No siempre.»
—Hoy he visto a Ted Carter —dijo Charles Partridge—. Iba con su mujer. Es una chica muy guapa.
El médico carraspeó.
—Oye, Matt —dijo Leslie—. Al fin y al cabo, no puedes reprocharle toda la vida que dejara a Selena Ross.
—Al fin y al cabo... ¡y un cuerno! —respondió el doctor Swain—. De todos modos, no es asunto mío. Vamos, reparte.
—A un joven como él, que intenta labrarse un futuro y salir adelante en la vida —continuó Leslie, como si Matt no hubiera dicho nada—, no se le puede culpar.
No habría ningún problema si pensara establecerse aquí, en Peyton Place , pero casarse con una chica como Selena no le favorecería en ningún otro sitio. Casi todo el mundo tiene buena memoria.
—Y que lo digas —convino Seth Buswell— . Y no se acuerdan solo de los asesinatos, también de otras muchas cosas.
—¿Qué demonios insinúas, Seth? —preguntó Leslie—. Vamos, suéltalo. Desembucha, anda, no te quedes ahí rumiándolo toda la noche.
—Por ejemplo —dijo Seth, enfadado, tirando las cartas encima de la mesa—, lo de Betty Anderson y su hijo.
Leslie miró a Seth como si le hubiera dado una bofetada.
—Vamos, vamos —terció Charles Partridge—. Ese asunto está visto y sentenciado desde hace mucho tiempo. Es agua pasada. No sirve de nada sacar el tema. Sigamos con el juego.
—¿Quién lo ha sacado? —preguntó Seth—. ¿Yo, acaso? Lo único que digo es que Leslie se preocupe de sus asuntos en vez de meterse con cualquier otra persona de la ciudad.
Leslie dejó las cartas en la mesa, muy despacio, y miró a Seth directamente a los ojos.
—Llevo dos años intentando encontrar a esa jovencita —afirmó en voz baja.
Sus tres amigos lo miraron con incredulidad, pero la repentina expresión de sinceridad de Leslie no dejaba lugar a dudas: lo que decía era verdad.
—¿Por qué? —preguntó Matthew Swain con delicadeza.
—¡Maldita sea! —exclamó Leslie—. ¡Por mi nieto! Esa es la cuestión. Es el último Harrington y no sé dónde está.
—¿Por qué no nos has pedido ayuda, Leslie? —preguntó Charles—. No lo sabíamos.
—Pues yo no movería un maldito dedo para ayudarte, Leslie —dijo Seth, enfadado—. ¿Qué pretendes? Encontrarla y quitarle al crío, ¿no es eso?
—Seth —medió Matt Swain—, cállate un momento.
—Yo no he dicho que quisiera quitarle el hijo a la madre —respondió Leslie a la defensiva—. Si la encontrara, me encargaría de ambos, claro está. Si ella quisiera venir, desde luego.
—Sí, y sin duda, te asegurarías de que no aceptara, ¿verdad? —replicó Seth con amargura—. Por Dios, Harrington, eres un hijo de perra. Siempre lo has sido, pero he sido tan estúpido que he llegado a suponer que cambiarías con la edad.
—¡Seth! —exclamó el doctor Swain—. ¡Cállate! —ordenó. Se volvió hacia Leslie Harrington— . ¿Lo harías, Leslie? ¿Te harías cargo de los dos, quiero decir?
—Sí —contestó Leslie, mirándose las manos—. De los dos. Quiero hacerlo. Lo he intentado todo, pero no doy con ella.
—¿Qué has intentado, Leslie? —preguntó Charles.
—Por Dios, incluso fui a visitar a esa puñetera familia suya. Si sabían algo, no me lo dijeron y, en cuanto a la chica, esa tía de Rutland no existe.
—¿Algo más? —preguntó Seth, no del todo convencido de los motivos de Leslie.
—Bueno, ¿qué más querías que hiciera, demonios?
—replicó Leslie—. Oye, Seth, ya sé que suena fatal, pero no podía pedir ayuda a Buck McCraken, ¡por Dios!
Y, en cuanto a esa organización de Personas Desaparecidas, habrían mandado a la policía a indagar por todo el pueblo.
Hasta pensé en contratar a un detective privado, pero habría sido igual. Me dio miedo, la verdad.
Seth jamás habría creído que oiría esa palabra en boca de Leslie Harrington . Miedo. Empezó a comprender, un poco, el vacío que llenaba la vida del gran empresario.
—Podríamos ayudarte —dijo Seth, finalmente.
—¿Cómo? ¿Qué podemos hacer? —preguntó Leslie.
—Podemos poner un mensaje en la sección de anuncios por palabras de los periódicos —dijo Seth.
—¡Ah! —respondió Leslie, disgustado—. Esa fue una de las primeras cosas que intenté. Puse anuncios en todos los periódicos de todas las ciudades, desde la frontera canadiense hasta Boston.
—Leslie —dijo Seth recostándose en la silla—, entra en cualquier casa de Ash Street, o en la de cualquiera de tus obre ros de la fábrica, da igual, y fíjate en los periódicos que leen.
No compran el Herald de Boston, ni el Monitor de Concord.
Compran la prensa sensacionalista. El Record de Boston, el Daily News de Nueva York u otros similares.
Son los que publican los asesinatos a puñaladas de Harlem, las violaciones de Back Bay y los chismorreos sobre los famosos de Nueva York y de Hollywood.
Apuesto lo que sea a que Betty Anderson , esté donde esté, si compra algún periódico, es alguno de esos.
—¿Y si no lee los anuncios? —preguntó el doctor Swain—. Me imagino que la mayoría los pasa por alto.
—Tal vez —dijo Seth—, pero seguro que lee a Winchell 7 . Leslie, podrías comprar un espacio en la misma página que la columna de Winchell en todos los periódicos del país que la publican.
—Será un poco caro —dijo Charles Partridge, que, según algunos, cuidaba más el dinero ajeno que el suyo propio.
—¿Puedes arreglarlo, Seth? —preguntó Leslie.
—Sí, pero no aquí. Pasado mañana tengo que ir a Manchester. Lo haré allí.
—A ver si ahora sí —dijo Leslie sonriendo a sus amigos—. A ver si ahora sí.
Cuando Leslie y Charles se marcharon, Matthew Swain se sirvió otra copa y luego ofreció la botella a Seth.
—¿Qué opinas de Leslie, Seth? —preguntó—. ¿Crees que lo dice en serio?
—¡Vaya, Matt! ¡Por los clavos de Cristo! —contestó Seth mirando a su amigo—. Tú mismo me mandabas callar al principio, cuando no lo creía y, ahora que me has convencido, das la vuelta al asunto y me preguntas si creo que lo dice en serio.
—Supongo que en realidad me preguntaba si yo le creo —dijo el doctor Swain, sonriendo.
—¿Qué pasa, Matt?
—¡Ay, demonios! —exclamó Matt haciendo un gesto de fastidio consigo mismo—. Será porque, como conozco a Leslie Harrington desde hace tantos años, estoy condenado a recordarlo todo, aunque soy el que siempre regaña a los que escarban en el pasado. No me hagas caso, Seth.
—¡No te salgas por la tangente, viejo lobo! —replicó Seth—. ¿Adónde demonios quieres llegar?
—Me acuerdo perfectamente —empezó a decir Matt Swain, mirando la copa—, no se me olvida que Leslie nunca soportaba que le ganaran en nada. Desde niño.
—Pero sí que lo han derrotado una vez —dijo Seth—. Fue la peor derrota que puede sufrir un hombre: perder a su hijo, Matt. A su único hijo. Eso lo cambió, ya sabes. Nunca ha vuelto a ser el mismo.
—Lo dicho, Seth. No me hagas caso. Ha sido un día muy largo y estoy tan cansado que hasta me imagino cosas.
Sin embargo, cuando Matthew Swain se fue a la cama, se preguntó: «¿Un lobo puede dejar de ser lo que es o simplemente se pone una piel de oveja y engaña hasta al ojo más avezado?
». Soltó un gruñido. Estaba solo, igual que Leslie.
Tanto si lloraba como si se partía de risa, no molestaba a nadie.
La soledad era lo único que lo atormentaba, y había decidido que ya era muy mayor para ponerle remedio.
6 Adaptación satírica de una cita de Shakespeare ( Antonio y Cleopatra, acto 2.º, escena 2.ª).
7 Walter Winchell (1897-1972), periodista estadounidense considerado el inventor de la columna de sociedad actual.