Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 5 #2
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Había conocido a David Noyes en Nueva York; era la única persona a la que había contado su breve aventura con Bradley Holmes, y fue él quien acudió a Peyton Place para ayudarla y consolarla.

—Allison, no puedo negar que me dolió en el alma —le dijo David—.

A ningún hombre le gusta que la mujer que ama le cuente sus experiencias sexuales con otro.

Las mujeres creen que sí, pero no es cierto.

Son ellas las que han aceptado la norma única más fácilmente.

Creo que la inventaron ellas —añadió riéndose y, después de una pausa, continuó—: Lo tuyo con Brad se acabó, Allison, ha pasado a la historia.

Ahora te toca lo más difícil: recoger los fragmentos de tu vida y procurar darles forma.

—Ay, David, ¿cómo? —preguntó Allison—. Siempre es fácil dar consejos así, grandilocuentes e imprecisos. Quiero que me ayudes. Sé más concreto. No quiero consejos. Supongo que lo que quiero es una receta.

—Ponte a trabajar. Aunque parezca una idea muy trillada, funciona. Trabaja sin descanso. Trabaja. Trabajar en la tarea que uno ha elegido es una de las mayores satisfacciones de la vida. Es mejor remedio que el tiempo.

Al final, Allison dijo que lo intentaría.

—¿Y nosotros, Allison? —le preguntó él con ojos implorantes.

—Nosotros, nada, David. Ahora no. Todavía no. Quizá nunca. Tal vez cuando lo pienses con detenimiento, no estés tan seguro de querer algo de segunda mano —respondió ella, apartando la cabeza, con los labios apretados y tratando de contener las lágrimas.

No sabía si lo que le rompía el corazón era el recuerdo de Brad o la pregunta de David.

—¡Qué dices! —exclamó David con dureza—. Nunca le he dado importancia a la virginidad.

—Te escribiré, David. Quizá todo cambie cuando vuelva a trabajar. Espero que sea cierto. Tal vez el tiempo y el trabajo logren lo que yo no he podido.

Y así, David Noyes volvió a Nueva York y Allison desenvolvió el manuscrito y se puso a trabajar.

El castillo de Samuel era la historia de Samuel Peyton, un negro adinerado que se había casado con una mujer blanca y, para evitar la exclusión social, se había construido un castillo fuera de Peyton Place, en la montaña.

Tal era el trasfondo, el contrapunto a la historia de una ciudad pequeña muy parecida a Peyton Place y a sus habitantes.

Cuando Allison terminó por fin de escribir el sexto borrador y se lo mandó a Brad, este la llamó al día siguiente.

Ella sabía que no era habitual que un agente prestara toda su atención, y tan rápido, al trabajo de una escritora novel, joven y prácticamente desconocida.

—¡Es genial, Allison! —le dijo Brad, alegremente—. ¡Lo venderé! Estoy seguro.

—Por fin —dijo Allison, lacónica, tan cansada y harta del manuscrito que ya le daba igual lo que le sucediera.

Había hecho todo lo posible, ahora estaba en otras manos. Era como si ya no le perteneciera.

—Oye, ¿ Peyton Place se parece en algo a la ciudad del libro?

—Sí. ¿Por qué?

—No, por nada. Es que debe de ser un auténtico nido de víboras.

—Peyton Place es como cualquier otra ciudad pequeña, Brad, y la del libro también. Son todas muy parecidas.

—Cruza los dedos, encanto —dijo Brad—. ¡Tendrás noticias mías!

Desde entonces, Allison se despertaba cada día con el mismo pensamiento: «Quizá sea hoy».

—Tengo que ponerme con la sala de estar —dijo Constance cuando terminaron de fregar los platos del desayuno—. Parece una pocilga.

No era cierto, pero Constance era una ama de casa meticulosa y, a la menor señal de polvo, sacaba la aspiradora.

—La repasaste anteayer mismo a conciencia —respondió Allison.

—De todos modos —respondió Constance—, no tengo la menor intención de organizar una fiesta con champán para una escritora en un salón sucio.

—Salgo a despejar la entrada —dijo Allison— y a quitarme las telarañas del cerebro, seguro que tienen la culpa de que se me ocurran ideas imposibles a primera hora de la mañana.

Se puso manos a la obra. Se protegió las manos con unos guantes y cogió el familiar mango desgastado de la pala con la esperanza de que un trabajo tan mecánico como quitar la nieve la distrajera lo suficiente para olvidar las interminables cavilaciones sobre el destino de su obra.

Finalmente, tuvo que reconocer que la novela era más que un libro, más que un trabajo: toda su vida dependía de ella.

Solo podía pensar en sí misma como la autora de El castillo de Samuel. O eso, o nada.

Entró de nuevo en casa a las once y media de la mañana. Se estaba sacudiendo la nieve de las botas cuando oyó el teléfono; contestó a la llamada desde el supletorio de la cocina.

—Hola, ¿Allison? —Era Bradley Holmes .

«No puede ser. No puede ser —se repitió Allison una y otra vez—. Los deseos no se cumplen, así como así.»

—Sí, Brad —dijo al auricular, intentando disimular su inmensa emoción.

—Siéntate, encanto —dijo él—. ¡Tengo una noticia maravillosa para ti!

«No puede ser. No puede ser. Por favor, Dios, que sea verdad», pensó ella.

—¿Allison? Allison, me oyes?

—Sí, Brad, te oigo, no hace falta que grites.

—¡He vendido el libro! —gritó él.

Constance estaba haciendo la cama de Allison cuando oyó que la llamaba.

—¡Mamá! ¡Ven, rápido!

«Dios mío —pensó Constance, corriendo hacia las escaleras—. Se ha hecho daño.»

—Sí —lloraba Allison en el teléfono—. Te oigo, Brad. Te oigo.

—¡No puede ser! —exclamó Constance apoderándose del teléfono—. Soy Constance Rossi, ¿qué ha pasado?

—He vendido el libro de Allison a Jackman —dijo Brad—. Tiene que venir a Nueva York el lunes.

—Jackman —repitió Constance, tontamente—. El lunes.

—Dígale que me llame, que me diga en qué tren o en qué avión viene. Iré a recogerla. Y que le reservaré una habitación en el Plaza. Creo que Jackman va a apostarlo todo por este libro. Tengo la sensación de que Allison no tardará en poder permitirse los mejores hoteles: que vaya acostumbrándose.

—Sí, señor Holmes. Adiós, señor Holmes —dijo Constance.

5 Road’s End : fin del camino.