Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 5
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«Quizá sea hoy», pensó Allison MacKenzie al despertarse. Hacía dos meses que pensaba lo mismo cada mañana.

Salió de la cama de un salto e inmediatamente cerró la ventana del dormitorio para protegerse del frío de la madrugada; con las manos en el marco, se estremeció, boquiabierta al contemplar la belleza del exterior.

Apoyó la frente un momento contra el frío cristal de la ventana, como para despertarse de golpe, disipar los sueños nocturnos y dar paso a los diurnos.

Se pasaba casi todo el día embobada, soñando con la llamada de Brad Holmes, el agente literario, que nunca llegaba; se imaginaba la novela impresa, encuadernada, publicada y la fama y el éxito que le proporcionaría.

Seguía nevando, el viento levantaba enormes puñados de nieve y los lanzaba por doquier como nubes gigantescas. Todo lo que veía estaba blanco, limpio y suave, el mundo entero parecía nuevo y puro, como si allí nunca pudiera haber sucedido nada malo ni pecaminoso.

Descalza, se acercó lentamente a la puerta del dormitorio y la abrió.

Al instante, notó unas pequeñas ondas de calor que trepaban desde la planta baja y le envolvían los tobillos.

Volvió a meterse en la cama de un salto y se acurrucó debajo de las mantas para esperar a que se calentara la habitación.

«El mundo entero está dormido —pensó, recordando una fantasía de la infancia—, soy la única que está despierta.»

Enseguida entró en calor y le pareció que estaba protegida y segura de sí misma, igual que cuando, de pequeña, iba a su sitio secreto del bosque, al final de Road’s End 5 .

Pero era mejor de mayor, porque había aprendido a no temer el momento de volver al mundo real.

«Al menos, vivir en Nueva York me ha servido de algo», se dijo.

La experiencia con Brad, aquel paréntesis breve e intenso, le había servido para considerarse madura y sensata.

Sabía que no era ninguna de las dos cosas, pero quería creerlo por encima de todo.

«Cuando se ha dado tanto de una misma —pensó—, hay que salvar algo de las ruinas, por pequeño que sea.

Incluso una mentira. Va a nevar todo el día —siguió pensando—.

Me levantaré, tomaré un desayuno enorme y ayudaré a mi madre con las tareas domésticas cuando mi padre vaya al instituto.

No soy una escritora famosa, solo la hija de mi madre. »

Nunca llamaba «padre» a Michael Rossi. A veces le llamaba «padrecito» en son de broma, con la esperanza de darle a entender que todavía era incapaz de expresar más, aunque quisiera; pero la mayoría de las veces le llamaba «Mike».

Solo decía «mi padre» en su fuero interno.

Al principio, solo quería probar si la abrumaba la culpabilidad por semejante deslealtad para con Allison MacKenzie, su difunto padre, de quien había heredado el nombre, pero no sentía nada.

Era como si Allison MacKenzie nunca hubiera sido realmente su padre, sino un hombre con el que su madre había tenido una relación amorosa bastante desafortunada hacía mucho, muchísimo tiempo.

«Nunca me arrepentí —le había dicho su madre—. Lo amaba y fue bueno conmigo. Y te tuve a ti, que es mucho más de lo que tienen la mayoría de las mujeres.»

Al principio, cuando el resentimiento de Allison contra su madre estaba en pleno apogeo, se repetía la horrible palabra, una y otra vez.

«Bastarda.»

Y pensaba que se moriría de vergüenza y de horror.

Guardaba el secreto tan bien como su madre.

Lo abrazaba estrechamente, lo llevaba consigo en el sueño y en la vigilia.

«Ilegítima, fuera del matrimonio...» Esas palabras la acometían desde las páginas de los libros que leía; parecían resaltadas en negrita.

Y lo que era peor: cuando más susceptible estaba, más le daba la sensación de que solo las habían escrito para herirla, lastimarla e insultarla.

Nunca le había contado a nadie las circunstancias de su nacimiento, ni siquiera a Stephanie Wallace, su compañera de cuarto en Nueva York; ni a Bradley Holmes, que había sido su amante.

En las semanas y meses de autocompasión y autolesión, cuando volvió a Peyton Place, a menudo pensaba con amargura en Bradley Holmes .

Ni siquiera sabía cómo situarlo ni cómo identificarlo en el esquema de su vida.

Se preguntaba si podía considerarlo un amante, pero eso presuponía amor, cosa que él no le había dado.

No, fue solo el primer hombre, el que la inició en el sexo, el que le quitó algo y también le dio algo.

Por eso era importante para ella. Un hombre al que nunca olvidaría.

Aunque fuera una escritora sofisticada, todavía no había superado la creencia de que había que casarse con quien se hiciera el amor por primera vez.

Había perdido mucho tiempo odiando a Brad, pero al final, gracias a él, había empezado a entender y a querer a su madre. Había comprendido que ella misma era un ser humano capaz de tener flaquezas y ya no esperaba que los demás fueran superhéroes, ni siquiera su madre.

Oyó movimiento en la planta baja y, unos minutos después, la risa de su madre le llegó desde la escalera.

Su madre y Mike siempre se levantaban juntos y nunca hacían nada por separado.

Si alguna vez hubiera necesitado una prueba para convencerse de que su relación con Brad no había sido amorosa, solo tenía que mirar a Mike y a Constance.

Los había oído reírse juntos como colegiales más de una vez mientras preparaban el café.

—Es indecente —había dicho Allison, riéndose, porque su madre siempre se bañaba mientras Mike se estaba afeitando.

—No puedo evitarlo —había respondido Mike—. Tu madre siempre ha despertado en mí los sentimientos más escandalosos, y sospecho que será así para siempre.

—Escandalosos, y una mierda —había replicado Constance con vulgaridad—. El día que algo te escandalice, será motivo de fiesta nacional. Los niños lo celebrarán con fuegos artificiales, desfiles y redacciones.

Cuando Allison bajó las escaleras, la recibió el aroma del café y la panceta; lo primero que vio fue la dorada cabeza de su madre, recortada contra el nevado cristal de la ventana, con una bata azul cielo. Se le llenaron los ojos de lágrimas, como siempre que veía algo hermoso.

—Buenos días, cariño —dijo Constance. Besó a Allison en la mejilla—. ¡Qué mañana tan bonita!

—Me he disfrazado de cocinero de comida rápida —dijo Mike, mientras Allison le ofrecía la mejilla—, ¿un huevo o dos?

—¡Dos! —exclamó Allison, rebosante de pronto de cariño y con la maravillosa certeza de que el día iba a ser excelente.

—¡Hoy sí que sí! —exclamó. Fue a la cocina casi bailando a servirse una taza de café.

—¡Ay! Eso espero, querida —dijo Constance—. ¿Lo has soñado?

—No, pero lo sé de todas formas —contestó Allison.

Se sentó a la mesa de la cocina—. Hoy Bradley Holmes me va a llamar desde Nueva York y me va a decir: «Hola, Allison».

Y le voy a contestar: «Hola, Brad». Y entonces me va a decir: «Tengo unas noticias fantásticas.

He vendido tu libro». Entonces, si no me desmayo, romperé a llorar, y él me dirá a quién se lo ha vendido y tú, mamá, tendrás que llamar a Mike porque yo seré incapaz de hacerlo y, cuando Mike llegue a casa, se emocionará y sacará las dos botellas de champán que tiene reservadas y lo celebraremos todos juntos.

—Y yo me pondré así —dijo Mike, levantando la taza de café en alto—, y diré: «Por Allison MacKenzie y su éxito de ventas con El castillo de Samuel » . Y entonces, señoras, procederemos a brindar.

—Y después —dijo Constance—, tendré que ponerme manos a la obra y llamar a todos nuestros conocidos para decirles: «Por favor, venid a casa, porque vamos a celebrar una fiesta en honor de la célebre escritora Allison MacKenzie», y entonces Mike tendrá que empezar a servir cerveza, porque no hay tanto champán en la bodega.

—¡Maldita sea! —exclamó Mike—. ¡Los huevos se queman! —Y los tres se echaron a reír.

—Unos huevos quemados nos devuelven al mundo real —dijo Allison, suspirando—. ¡Qué prosaico! —y como prefería el sueño, añadió—: ¿No sería fantástico que Brad lo vendiera?

—Claro que sí, cariño —dijo Constance—. Sería una gran alegría para todos, sobre todo para ti. Te lo mereces, cielo. No solo porque tienes un talento maravilloso, sino porque te has esforzado mucho.

—Lo va a vender —dijo Mike—. Algún día, pronto, ya lo verás. Ahora, vamos a comer. Voy a llegar tarde al instituto.

Allison pensó que sí, que se había esforzado mucho.

Su madre lo había dicho muy bien, pero no expresaba todo lo que había invertido en la novela.

Los años de escritura y el tedio de corregirla.

De todos modos, lo más difícil no había sido escribir el libro en sí, sino la duda.

La duda la atormentaba, le ponía los pelos de punta, le impedía dormir y descansar.

¿Sería buena? ¿Encontraría una editorial?

No confiaba en su propio criterio. Si un capítulo le parecía muy bueno a medianoche, a la luz del día solo servía para tirarlo a la papelera.

A veces pensaba que había llorado tanto por el libro como una madre por un hijo ingrato.

El castillo de Samuel era la culminación de más de dos años de trabajo.

La primera vez que Allison volvió a casa, cuando el juicio de Selena Cross, estaba derrotada como autora de novelas, porque, aunque había conseguido mantenerse escribiendo relatos cortos para revistas, la novela había sido un fracaso.

Bradley Holmes le había dicho sin rodeos que no podía venderla y que, aunque pudiera, no lo haría, pues publicar una obra de mala calidad, a la larga sería más perjudicial que beneficioso para ella.

—Vuelve a intentarlo —le había dicho Brad—. Espera a madurar un poco más y a adquirir más experiencia.

«Bueno —había pensado Allison con tristeza al llegar a casa—, aunque no sea mucho mayor, lo cierto es que tengo más experiencia.»