4 #2
—Peyton Place es una ciudad pequeña. Las habladurías corren como el agua y no quería que te enteraras por otra persona.
—Muy considerado por tu parte, Ted, maldita sea —dijo ella.
—Selena, por amor de Dios, no me lo pongas más difícil.
—¿Ah, sí, es difícil, Ted? ¿Por qué? Antes del juicio ya sabía que el gran Ted Carter no podría permitirse casarse con una asesina. Entonces, ¿por qué te resulta tan difícil hablarme de tu nueva novia?
—Mierda, Selena sabes muy bien lo que siento por ti —dijo él con voz tensa—. Eso nunca va a cambiar. Lo nuestro era muy grande, pero juntos no tendríamos ningún futuro.
—No te atrevas a venir aquí a decirme lo mucho que piensas en mí —gritó Selena, poniéndose en pie de un salto, con los puños apretados—. Todo el mundo sabe lo que sientes por mí, así que no me vengas con discursos bonitos. Llegas un poco tarde.
—Selena, por favor, siéntate un momento y escúchame. Quiero intentar explicártelo lo mejor posible.
—No hay nada que explicar, Ted —respondió ella, hastiada—. ¿Por qué no te vas?
—Siéntate —dijo él, poniéndole las manos en los codos—. Por favor. Siéntate.
Selena se encogió de hombros, se sentó y le dio vueltas al brandy en la copa.
—Selena, sabes que siempre he querido ser abogado —comenzó—, pero no uno cualquiera, como el viejo Charlie Partdrige, sino un abogado de primera clase.
—Antes no pensabas que Charlie fuera tan malo —lo interrumpió ella—, claro que, entonces aún no sabías si llegarías a Harvard y Charlie todavía estaba en posición de ayudarte.
Ted pasó por alto el sarcástico comentario porque no tenía respuesta. Era cierto. Sabía mejor que nadie lo cierto que era.
—Harvard por sí sola no me va a convertir en un gran triunfador —continuó—. Para ser un abogado de éxito se necesitan apoyos. Es preciso que alguien importante te dé un empujón.
—Empiezo a entenderlo —dijo Selena, sirviéndose más brandy—. ¿Tal vez el padre de esa chica de Boston es un abogado importante?
Ted miró al suelo. Todo el razonamiento que tan lógico se le antojaba mientras se dirigía a casa de Selena, le pareció de pronto completamente vergonzoso.
Enfrentado a la realidad de Selena, las maquinaciones para hacer carrera adquirían un tinte sórdido y pueril.
Pero ya se había comprometido; no había vuelta atrás.
En el fondo, sabía que Selena era su salvación, pero no podía ser.
No podía ser. Se consoló con ese pensamiento.
¡No podía ser! La culpa era del destino, no de Ted Carter.
Así es como los hombres débiles salvaguardan su orgullo.
—Se llama Jennifer Burbank —continuó—. Su padre es John Burbank, de Burbank, Burrel y Archibald, uno de los bufetes de abogados más importantes de Boston.
Selena echó la cabeza atrás y se echó a reír.
—¡No, para! —exclamó casi sin aire—. ¡En serio, es demasiado! ¡Jennifer Burbank! ¡El bufete de abogados más grande de Boston! —Intentó dejar de reírse, pero casi tuvo miedo de hacerlo porque sabía que, si no se reía, lloraría.
—Selena, por favor —suplicó Ted.
Selena dejó de reírse. Sacudió la cabeza y la larga melena oscura se derramó sobre la espalda. Ya no había lugar para las lágrimas. Los ojos de color lila se le pusieron casi negros y la suave boca roja que había besado tantas veces esbozó una sonrisita forzada.
«Dios mío —pensó Ted, mirándola—, ahora veo cómo debió de ponerse cuando mató a Lucas. Nunca me había imaginado que pudiera ponerse así.»
—Háblame de ella, Ted —dijo en un tono suave—. ¿Cómo es? ¿Pequeña, rubia, con la piel blanca y sonrosada y los pechos como limones?
—¡Selena!
—Pues ten cuidado con esa clase de mujeres, Ted —continuó ella con una voz demasiado controlada, demasiado agradable—.
Algunas de esas putas familias ricas de Boston son terriblemente endógamas, ya sabes.
Seguro que es una chica delicada. Peyton Place la matará.
Esa sangre azul tan fina no resiste nuestros inviernos.
—No vamos a vivir en Peyton Place —dijo Ted en voz baja—. Cuando termine en Harvard, su padre va a contratarme en su bufete.
—Y dígame, abogado Carter, ¿los Burbank, tan aristocráticos ellos, saben lo nuestro? Me refiero a ti y a mí, ¿saben algo de Lucas? ¿O dejaron de leer la prensa cuando murió Henry Adams? 4
—Saben que fuimos juntos al colegio.
—Vaya, vaya —dijo Selena con sorpresa fingida—.
Oigan al pequeño Ted Carter: «el colegio».
¿Nunca te has fijado en que solo las personas que han estudiado en la privada dicen que han ido al «colegio»?
¿No te habías fijado, Ted? Los demás, los pobres desgraciados que estudiamos en la pública siempre decimos «el instituto».
Me alegro mucho de que estés aprendiendo el lenguaje de tu nueva familia, Ted.
No me gustaría que tus suegros pensaran que eres un pazguato .
—Selena, ¿puedes dejar de decir esas cosas? ¿No podemos hablar como viejos amigos? Tú no eres así , Selena.
—Quizá no sea la antigua Selena, Ted. Quizá tengas razón, quizá no sea así .
Pero voy a serlo, Ted. No quiero ser la buena, dulce e inocente Selena, amiga de todos.
Y, sobre todo, Ted, no quiero ser amiga tuya —replicó.
Su voz ya no era suave; le salía de la garganta desgarrada, torturada y ronca—.
¡Coge el abrigo y lárgate! —le dijo a voces.
Ted se levantó y vio que Selena se servía otra copa. Se puso el abrigo y se quedó de pie, impotente, frente a ella.
—¿No me das un beso de despedida? —preguntó.
—¡Largo! No quiero volver a verte en mi vida. Me das asco, ¿entiendes? Preferiría besar la basura antes que a ti. ¡Márchate ya!
Cuando se fue, se quedó sentada un largo rato, con la copa de brandy entre las manos. Luego se levantó despacio, fue a la cocina y vertió la bebida en el fregadero, como si la presencia de Ted la hubiera contaminado.
Cuando llegó Joey, estaba tejiendo en un sillón.
—¿Qué ha pasado? —preguntó inmediatamente.
—Va a casarse —respondió Selena con calma—. Con una tal Jennifer Burbank, de Boston, Massachusetts.
Joey miró a su hermana y empezó a desabrocharse el abrigo.
—¿Te duele, Selena? —preguntó por fin.
—Sí —respondió ella. Enrolló la labor de punto, la guardó en una caja y fue a la cocina a preparar café.
La dama negra de Joey hizo clic, clic, clic en el tablero y eliminó tres blancas de Selena.
—Ya van ocho partidas a mi favor —dijo—. ¿Cuál iba a darle una paliza a cuál?
—Quién a quién —le corrigió Selena. El reloj de la repisa de la chimenea dio dos campanadas—. Son las dos de la madrugada —dijo—. A la cama.
—Creo que voy a coger una manta y a acurrucarme aquí mismo, en el sofá —dijo Joey, con naturalidad. Se levantó y se desperezó—. Quiero ver el fuego.
—De acuerdo, Joey —dijo Selena. Le besó en la mejilla—. Buenas noches.
El viento había amainado casi por completo, pero, al otro lado de los cuadrados negros de las ventanas delanteras, Joey veía los copos interminables que caerían toda la noche. Volvió a comprobar la cerradura de la puerta de entrada y echó otro leño al fuego.
Selena se tumbó mirando a la ventana, esperando la primera luz del día, rezando para que amaneciera y terminara esa noche amenazadora.
Pensó: «Ojalá fuera una niña. Ojalá siguiera creyendo que los fantasmas existen y que las casas están realmente encantadas; pero los espectros de esta casa son mis propios recuerdos.
—Lloró en silencio sobre la almohada. Pensó en Ted, pero no sollozaba por él.
Solo era el símbolo de cuanto había perdido—.
Lo único que tengo ahora —se dijo—, lo único que tengo ahora es soledad.
Ese es el premio que me he ganado en la vida».
Amaneció y volvió a levantase el viento antes de que Selena y Joey se durmieran.
3 Posible alusión a « Happy Days Are Here Again », canción de 1929 con música de Milton Ager y letra de Jack Yellen, que Franklin D. Roosevelt utilizó como himno en la campaña electoral de 1932.
4 Henry Adams (1838-1918), historiador, periodista y novelista estadounidense de una influyente familia política de la época.