4
Esa misma noche, poco después de las once, Mike Rossi detuvo el coche enfrente de la casa de los Cross y Selena y Joey se apearon.
—Entro contigo, Selena —dijo Mike—. Voy a ayudar a Joey a encender la chimenea.
—No, gracias, Mike —dijo Selena, deteniéndolo con un gesto—. Nos las arreglaremos. Gracias de todos modos.
—Entonces, de acuerdo —dijo Mike, sin insistir.
—Entra ya, Joey, y enciende las luces —dijo Selena. Cuando su hermano se fue, se volvió hacia Mike—. Buenas noches —se despidió—. Y dale las gracias a Connie de mi parte otra vez. Ha sido muy amable al invitarnos. Dile que la próxima me toca a mí.
—Cuando quieras, Selena —dijo Mike—, ya sabes. Buenas noches.
Selena esperó a que diera media vuelta con el coche para volver a su casa y después se fue por el sendero de la entrada hacia la puerta.
—He encendido la chimenea —anunció Joey.
—Vamos a tomarnos un chocolate caliente —dijo Selena.
—Y a echar una partida a las damas, Selena.
—Es tarde, Joey. Mañana hay clase.
—No, si sigue nevando toda la noche.
—De acuerdo —concedió Selena. Se dirigió a la cocina—. Ahora mismo vuelvo.
«¿Sería mejor hablarlo? —se preguntó Selena mientras calentaba la leche—. Aunque, ¿qué decir para aliviar un recuerdo tan horroroso?»
La primera vez que nevó después de la muerte de Lucas Cross, al principio Selena no se había dado cuenta de lo que le pasaba.
Recordó que había empezado a última hora de la tarde.
Había comenzado como ese mismo día, con el primer copo de nieve estampado contra el escaparate de la tienda.
De pronto, al verlo, le había invadido un pánico irracional y abrumador y había llamado a Constance Rossi inmediatamente.
—Voy a cerrar la tienda antes de la hora —le dijo, sin poder evitar que le temblara la voz.
—¡Selena! ¿Qué pasa? ¿Estás enferma? Voy para allá.
—No. No, por favor, señora MacKenzie —exclamó Selena—. Solo es porque está nevando y tengo que ir a casa con Joey.
—Rápido, Mike —le dijo Constance a su marido—. Coge el coche. Tenemos que ir a ver a Selena.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Mike.
—No lo sé —respondió ella—, pero parecía histérica y me ha llamado «señora MacKenzie». Dijo que tenía que darse prisa para volver a casa con Joey porque estaba nevando.
Pero cuando Constance y Mike Rossi llegaron a Thrifty Corner, la tienda estaba a oscuras.
—¡Ay, cariño! —exclamó Constance—. Date prisa, por favor.
El coche derrapó en la nieve recién caída cuando Mike dio un volantazo brusco para ir a buscar a Selena Cross.
La vieron por el camino de tierra que llevaba a casa de los Cross; más que correr, volaba, con el abrigo desabrochado ondeando al viento.
—¡Espera! —gritó Mike—. ¡Espera, Selena!
Ella no lo oyó. La vieron caerse y levantarse y entró por la puerta de su casa antes de que Mike y Constance pudieran salir del coche y seguirla.
Joey Cross estaba arrodillado junto a la chimenea, encendiendo el fuego, como hacía todas las tardes de invierno, para que su hermana siempre encontrara la sala de estar luminosa y alegre al llegar del frío del exterior.
Sin embargo, en aquel momento, el delgado niño estaba rígido y tenía los ojos vidriosos.
Selena se abalanzó sobre su hermano y se quedaron los dos arrodillados junto a la chimenea, abrazados, como si se ahogaran.
Joey gemía diciendo: «S’lena, S’lena, S’lena», una y otra vez.
Ella intentó taparle los labios con dedos temblorosos.
—¡Ay, Joey! ¡Ay, Joey! —sollozó.
—Volverá —susurró Joey, atemorizado, en voz baja—. Volverá, Selena.
—No, Joey. No, Joey. No puede volver nunca más.
Sin embargo, le temblaba todo el cuerpo y miró, asustada, por encima del hombro.
Constance había entrado en la habi tación, pero Mike se había quedado cerrando la puerta, así que Selena solo vio una silueta oscura a contraluz y empezó a gritar.
Separó a Joey, se levantó de pronto y agarró con fuerza las tenazas de la chimenea.
—¡Selena! —gritó Mike, acercándose—. ¡Para!
La sujetó por la muñeca, le retorció el brazo y las tenazas cayeron al suelo; aun así, Selena siguió gritando.
—¡Suéltame, Lucas! ¡Suéltame!
Mike Rossi le dio un bofetón, ella se desvaneció y la sostuvo en sus brazos.
Joey Cross se levantó, todavía aturdido.
—Váyase a casa —le dijo a Mike—. Puedo cuidar de mi hermana yo solo.
—Siéntate y cállate —respondió Mike, y llevó a Selena al sofá—. Constance, trae una manta. Se vienen a casa con nosotros.
Desde entonces, cada vez que empezaba a nevar y el viento soplaba y aullaba a última hora de una tarde invernal, Mike Rossi siempre iba a buscar a Selena y a Joey Cross y se los llevaba a casa, aunque no se quedaban a pasar la noche.
Cuando se hacía tarde y el viento amainaba, Selena se levantaba y decía: «Vamos, Joey. Es hora de volver a casa».
Selena entró en la sala con las tazas de chocolate caliente.
—Voy a darte una paliza —dijo, mientras se sentaba a la mesa de juegos enfrente de Joey.
—A ver si puedes, lista —respondió su hermano.
El viento susurraba por las esquinas de la casa. Cada vez que crujía una tabla o se partía un tronco, ellos fingían que no lo oían.
—Hoy he visto a Ted Carter —dijo Selena.
—Ah, ese —dijo Joey.
—Iba con su mujer...
—Hacen buena pareja —dijo Joey—. ¿Por qué no vuelven a Boston, si son de allí?
—Ted no es de Boston —respondió Selena—. Es de Peyton Place, o eso decía siempre.
—Ted Carter siempre decía muchas cosas que no quería decir —replicó Joey.
—Da igual —replicó Selena—. No me gusta que hables así de él, Joey.
—Es un traidor —dijo Joey—. Un traidor de dos caras.
—Déjalo ya.
—¿Cómo puedes defenderlo, con lo mal que te trató? —preguntó Joey.
—Ted hizo lo que creía que tenía que hacer y punto final —dijo Selena.
«Punto final —pensó ella—, la vida tiene muchos puntos finales. Aunque Ted hiciera lo que creía que tenía que hacer, a mí me dolió igual.»
Movió mecánicamente una ficha hacia el centro del tablero y recordó la última vez que había hablado con Ted.
Fue justo después de terminar la guerra, él llevaba menos de seis meses en la Facultad de Derecho de Harvard.
La telefoneó desde Peyton Place , había ido a visitar a sus padres, y le preguntó si podían verse.
—Claro, Ted —respondió ella—. Ven sobre las ocho.
—Ted Carter quiere hablar conmigo —le dijo a Joey, con quien no tenía secretos. Habían compartido muchas cosas y no tenían motivos para ocultarse nada—. ¿Te apetece ir al cine o algo así?
—¿Ese? —preguntó Joey con desdén, sin querer pronunciar su nombre—. ¿Vas a dejar que venga a casa a pesar de lo que hizo cuando estabas...?
—¿Cuándo estaba esperando el juicio? —concluyó Selena—. Joey, no tengas miedo de decirlo con todas las letras. No es bueno pensar mucho en algo y no decirlo nunca.
—¿Y si quiere que vuelvas con él? —preguntó Joey, enfadado—. ¿Qué vas a decirle?
Selena se dio la vuelta y empezó a juguetear con las flores del jarrón de la mesita.
—No sé —respondió—, pero creo que le diré que sí.
—¡Qué boba! —exclamó Joey, disgustado—. Vales más que una docena de Teds Carter.
Selena le dio unos golpecitos en la cabeza con los nudillos.
—Tienes prejuicios —dijo, y sonrió.
Joey se fue al cine desanimado, como si fuera una obligación penosa.
Selena esperó a Ted, casi se le cortaba la respiración solo de pensar en volver a verlo.
Se permitió abrigar esperanzas, aunque sabía que era un error terrible.
Lo que más quería en el mundo era volver con Ted.
La vida la aterrorizaba y, en su desesperación, había llegado a pensar que solo con él estaría a salvo algún día.
—Cuánto tiempo, Selena —dijo él, plantado de espaldas a la puerta, nervioso, dando vueltas al sombrero entre las manos.
Selena lo invitó a sentarse y pensó: «Ha venido aquí a la fuerza». Le bastó un vistazo para darse cuenta de que no había ido a verla por amor, ni siquiera por deseo, sino obligado por su conciencia de Nueva Inglaterra.
—No sabía que tú y yo tuviéramos en cuenta las convenciones sociales —dijo Selena con una sonrisa forzada—. Pero si lo prefieres así, de acuerdo—. Luego añadió, con una voz falsa e impostada, como una niña jugando a ser adulta—: Sí, Ted, cuánto tiempo. ¿Te apetece tomar algo?
—No bebo —dijo él—. Y creo que tú tampoco tendrías que beber —añadió, en un tono tan santurrón que la molestó.
—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Porque Lucas era un borracho? ¿Lo dices por eso?
—Selena, por amor de Dios, no lo he dicho por eso.
—Entonces, ¿por qué?
—No sé —respondió Ted, incómodo. El férreo control de Selena lo ponía nervioso. Quería arrodillarse, declararse culpa ble, pedir perdón, pero, en cambio, solo dijo—: Eso de los cócteles siempre me ha parecido cosa de las grandes ciudades.
—No iba a ofrecerte un cóctel, Ted. Son las ocho de la tarde y me ha parecido que quizá te apetecería un brandy, para bajar la excelente cena que tu madre te habrá ofrecido antes de dejarte salir.
—No, gracias —respondió Ted con aspereza.
Se sentó en un sillón, con las manos en las rodillas; se inclinó hacia ella, pero se mantuvo distante, aislado por los sentimientos de culpa y la angustia que le causaba ver a Selena.
—Bueno —dijo ella, sirviendo brandy en una copa grande—, por los Días Felices 3 —brindó, esperando que él captara la ironía—. Supongo que tampoco fumas, ¿verdad?
—No.
—Pues yo, sí —dijo ella, desafiante. Encendió un cigarrillo y preguntó—: ¿De qué querías hablar conmigo?
Ted se levantó y se acercó a una ventana que daba a la calle. Metió las manos en los bolsillos e inclinó la cabeza hacia atrás, como para relajar la tensión muscular del cuello.
—Estoy pensando en casarme —anunció— con una chica que conocí en Boston.
Selena no dijo nada. Dejó la copa en silencio y apagó el cigarrillo en el cenicero.
—Ah, ya —dijo por fin, sin cambiar el tono de voz.
—Todavía no se lo he dicho a nadie —añadió él. Se dio media vuelta lentamente y abrió las manos como pidiendo ayuda—. Quería contártelo a ti primero.
—¿Por qué te has molestado? —preguntó Selena, esta vez su amargura era evidente—. ¿Por qué?