Regreso a Peyton Place (Peyton Place 2) 3
6%

3

Cuando Selena Cross empezó a apagar las luces de la tienda, la puerta se abrió de golpe y entró Michael Rossi.

—Hola, Selena —la saludó—. Como decimos los de aquí: «Va a nevar, seguro como que hay infierno». —Se sacudió de los hombros del abrigo el fino polvillo blanco que le había dejado la nieve y se quedó plantado, sonriendo.

—Hola, Mike —respondió ella—. ¿Qué tal Connie?

—Bien —respondió él—, y tengo órdenes estrictas de llevarte a casa conmigo. Connie siempre prepara un ponche de ron y mantequilla para todo el mundo el día que empieza a nevar. Vamos, coge el abrigo. Tengo el coche ahí fuera.

—No puedo —dijo Selena, desviando la mirada—. Tengo que ir a casa con Joey. Está nevando.

—Selena —dijo Mike con mucha ternura, tocándole el brazo—. Ven conmigo. Todo va a salir bien. Cuando vi que iba a nevar, le dije a Joey que fuera directamente del instituto a nuestra casa. Ahora está allí, con Connie y Allison. Vamos, Selena. No te preocupes.

El recuerdo del miedo, el horror y el dolor le ensombreció la mirada como nunca.

Mike Rossi cogió el abrigo y la ayudó a ponérselo con la actitud impositiva y amable de un enfermero con un paciente convaleciente.

—Vamos —dijo—. También te quedas a cenar. Después, si quieres irte, te llevo a casa.

Selena buscó a tientas los botones del abrigo y, al salir de la tienda, comprobó cuidadosamente la puerta principal antes de seguir a Mike hasta el coche.

El paso de los años había sido benévolo con Mike Rossi. Bajo la oscura tela de abrigo, tenía los hombros anchos y rectos como siempre y, aunque se le había ensanchado la cintura ligeramente, solo su mujer lo sabía y se reía de él en la intimidad del dormitorio.

—¿Mi dios griego se está volviendo un poco viejo y barrigón? —dijo Constance para pincharlo, sonriendo a propósito de una forma provocadora.

Él le cogió las manos y se las apretó contra el abdomen.

—Barrigón, ¿eh? —dijo entre risas, y le devolvió el desafío con una mirada risueña.

—Presumido —dijo ella—. Siempre pavoneándote como un gallito de pelea.

Constance se soltó y corrió hacia el baño, pero no llegó. Él volvió a atraparla y la sujetó con fuerza, aunque ella siguió forcejando y riéndose.

—Yo no me pavoneo —dijo él—. Retira lo que has dicho o te arrepentirás.

—¡Nunca, nunca, nunca! —exclamó Constance, sin dejar de chillar y patalear mientras él le hacía cosquillas por todo el cuerpo.

Con tanto forcejeo, a Connie se le aflojó el cinturón de la bata y él se la quitó.

—¡Para! —gritó—. ¡Para ahora mismo! —repitió. Intentó que sonara serio, pero no lo consiguió.

Mike empezó a besarla y a desabrocharle la casaca del pijama al mismo tiempo; luego, lentamente, se la echó hacia atrás por encima de los hombros hasta que las mangas se deslizaron por los brazos y la prenda cayó al suelo.

Encontró la lazada de los pantalones del pijama, se los bajó hasta las caderas y los dejó resbalar hasta los tobillos.

Luego la levantó, la sacó del arrugado montón de seda rosa y la llevó a la cama.

—No eres más que un griego grandote y calenturiento, Mike —dijo ella, sorprendida al oír cómo le temblaba la voz. «Parezco una novia asustada», pensó.

—Y tú —susurró él—, no eres más que una ama de casa pura e inocente de Peyton Place —dijo, rozándole los pezones con los labios y acariciándola con la boca.

—¿Y qué vas a hacer un viejo como tú para remediarlo, Mike? —bromeó ella despacio, en tono burlón.

—Voy a pervertirte —contestó él, volviendo a inclinarse sobre ella. Conny se contoneó y estiró los brazos hacia atrás por encima de la cabeza.

—Pídemelo —exigió él, con voz ronca.

—Vete al infierno. ¡Jamás te lo pediré!

—Me lo pedirás —dijo él—, ya lo creo que me lo pedirás.

—¡Oblígame! —exclamó ella—. Oblígame, cariño, oblígame. —Y al momento añadió—: Ahora, mi amor. Ahora.

—Dilo, maldita sea. ¡Dímelo ahora!

Constance arqueó el cuerpo y se retorció procurando pegarse más a él. Lo abrazó con fuerza y echó la cabeza hacia atrás.

—Dilo —repitió él, con voz ronca y salvaje.

Y lo dijo; las palabras salieron angustiadas de la garganta, como si fueran las últimas que pronunciaría en la vida.

Cuando terminaron, la envolvió con un brazo y ella se sintió protegida del mundo entero y a salvo de todos los peligros.

—Nunca eres el primero que se duerme —murmuró, somnolienta, apoyada en su hombro.

—No sería propio de un caballero —respondió él. Le acarició el pelo y sonrió en la oscuridad—. Además, solo los viejos se duermen encima de su mujer.

Constance suspiró, y un momento antes de quedarse dormida, dijo: —Todo el mundo sabe que los dioses griegos no envejecen nunca.

Mike la besó suavemente y pensó: «No hay nada mejor en la vida que esto, yacer junto a la mujer que amas, en tu propia cama, en tu propia casa».

La casa era la misma de siempre, blanca, con contraventanas verdes y, a pesar de que Mike y Constance ya eran un matrimonio, los vecinos seguían llamándola «la casa de los MacKenzie».

—No te preocupes por eso, cariño —le había dicho Constance a Mike—. Siguieron llamándola «la casa Standish » hasta mucho después de que todos pensaran que yo iba a ser una MacKenzie. Olvídalo, ya verás como un día la llamarán «la casa Rossi».

—Tendría que vivir mucho tiempo —dijo Mike con tristeza.

Mike había ido a consultar a Leslie Harrington , que sabía de inmobiliarias más que nadie en Peyton Place .

—Oiga, Leslie —le había preguntado—, ¿cuánto cree que vale la casa de Connie?

—¿La casa de Connie? —preguntó Harrington—. ¿De qué demonios habla, Mike? No irán a marcharse del pueblo Connie, Allison y usted, ¿verdad?

—Tendría que aprender a meterse en sus propios asuntos, Leslie —dijo Mike—. Pero, si le satisface saberlo: no, no va mos a irnos de la ciudad. Y ahora, dígame: ¿cuánto vale la casa de Connie?

—Bueno —respondió Leslie, evasivo—, el valor de los inmuebles subió con la guerra y todo eso. Aunque esa casa siempre ha estado bien cuidada... Veamos. Hum, bueno, yo diría, a ojo de buen cubero, que daría dieciocho mil quinientos por ella.

—¡Por todos los santos! —bramó Mike—. ¡Dieciocho mil quinientos dólares! ¿Dónde diantres cree que está? ¿En el centro de Dallas?

Leslie Harrington se recostó en el respaldo del asiento con una sonrisa en la cara.

—Ni por asomo —respondió—, pero si yo fuera Connie, no aceptaría ni un centavo menos.

Mike había vuelto con Constance y le había hecho la siguiente proposición: —Cariño, ¿me venderías tu casa por dieciocho mil quinientos dólares? Y que Dios nos ayude.

—¿Para qué demonios...? —preguntó ella, desconcertada.

—Eso da igual —respondió él—. ¿Me la vendes?

—Sí —aceptó ella.

Mike sacó hasta el último centavo que había conseguido ahorrar y pagó la entrada de la casa de Constance. Luego pidió un préstamo y terminó de pagarla. Cuando estuvo todo listo, se fue con la escritura nueva, a su nombre, a casa de Leslie.

—Leslie —le preguntó—, ¿ahora la casa es mía?

Leslie Harrington se recostó en el respaldo del asiento y sonrió.

—Sí, Mike —le respondió, recostándose en el respaldo con una sonrisa—, es tuya. Y Connie también ha conseguido un buen precio, te lo digo yo.

—Estupendo —dijo Mike—, si es realmente mía, quiero regalarla.

El asiento de Leslie Harrington cayó sobre las cuatro patas con un golpe seco.

—Pero ¿qué diablos dices? —preguntó.

—Es mía —dijo Mike— y quiero regalársela a Connie por su cumpleaños.

—Bueno, de todas las malditas estupideces que he oído en mi vida —rugió Leslie—, ¡esta se lleva la palma! No tenía por qué comprar la maldita casa. Podíamos haber puesto la escritura a su nombre. No hacía falta meterse en semejante berenjenal.

—No sería lo mismo —objetó Mike.

Así se hizo: Mike llevó la nueva escritura a casa para su mujer, en la que se leía: « POR LA PRESENTE HÁGASE SABER A QUIEN PUEDA INTERESAR , que yo, Michael Rossi, de Peyton Place , estado de New Hampshire, por la suma de un dólar y otras consideraciones buenas y valiosas satisfechas por Constance Standish MacKenzie Rossi, del estado de New Hampshire, por la presente le otorgo y transfiero a ella, a sus herederos sucesores y cesionarios, para siempre y en pleno dominio absoluto, esta determinada extensión de tierra íntegramente, con los edificios y mejoras que se encuentran en ella, sita en Peyton Place , estado de New Hampshire ».

Constance rompió a llorar.

—Estás loco —dijo—. ¡Qué disparate! No tenías por qué hacerlo.

No obstante, eran lágrimas de orgullo y de felicidad. Abrazó estrechamente a su marido.

—Gracias, cariño. Gracias.

—Bien —dijo Mike, sonriendo—, no hay por qué llorar. Oye, ¿crees que ahora la gente empezará a llamarla la casa de los Rossi?

Constance se acercó al aparador y preparó una copa para su marido.

—Pues no —respondió, animada—, qué va. Al menos, de momento. —Dio un sorbito a la copa antes de ofrecérsela—. Pero lo sé yo, cariño. La llamaré la casa de los Rossi el resto de mi vida.

Cuando Selena y Mike llegaron en el coche a la casa que él le había comprado y regalado a su mujer, la miró con ojos de propietario. Nunca le había parecido suya hasta que se la regaló a Constance. Lo que la convertía en suya era que se había ganado el derecho a regalársela.

—Fin del trayecto —dijo él.

Selena volvió la cabeza bruscamente, con una mirada asustada y sorprendida. Esas palabras la habían devuelto a la realidad de Peyton Place . Estaba pensando en otro mundo. Ahora solo podía protegerse del horror de los recuerdos soñando despierta.

Recorrió el sendero de la entrada de la casa de los MacKenzie, la puerta principal se abrió al momento y ahí estaba Allison sonriendo de gusto.

—¡Selena! —exclamó—. Por el amor de Dios, ¡cuánto hacía que te esperábamos! Hola, Mike. —Allison le ofreció la mejilla para que la besara—. ¿Has traído la leche?

—Sí, mi querida hija —dijo Mike, dándole una palmadita en la espalda—. Ahora, todos adentro. Hace frío y va a nevar, seguro como que hay infierno.

—Hola, cariño —dijo Constance. Se acercó y abrazó primero a su marido y luego a Selena—.

Entra. Cierra la puerta. Oye he preparado una poción divina.

Con una sola taza que te tomes, ¡adiós, resfriado!

Es un bebedizo secreto de mi tatarabuela, que era bruja.

Protección garantizada contra catarros y espíritus malignos —añadió, tomándola del brazo.

Selena Cross miró al fondo de la habitación, donde la esperaba su hermano Joey. La sala de estar era luminosa y acogedora. Las llamas de la chimenea proyectaban cálidas sombras danzantes por toda la sala.

—Ven a sentarte —dijo Constance.

Selena se detuvo en la puerta y Joey se levantó.

—Hola, Joey —saludó ella.

—Hola, Selena —respondió Joey—. Está nevando.

—Sí, Joey —dijo Selena—, está nevando.

Pasó un ángel: ni Mike, ni Constance ni Allison sabían qué decir.

Por un instante, la presencia de Selena tendió una sombra de desdicha a la luminosa y alegre sala.

Compartieron su dolor rodeándola como guardaespaldas temerosos de unos asesinos.

No se les ocurría nada que decir para librarla de la presión del recuerdo y del dolor de la pérdida. Finalmente, Mike rompió la tensión.

—Hace el tiempo ideal para ese ponche —dijo— y, para ti, Joey, tengo una docena de Coca-Colas a tu nombre.

Selena se apoyó en la mano de Allison y por fin se desplomó en una silla junto al fuego, agradecida.

«Gracias —se dijo—. Gracias. Gracias. Gracias. Gracias por seguir queriéndome. Sois las únicas personas que se preocupan por mí.»

No era la clase de amor que más deseaba, pero era mejor que nada.