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La tienda de comestibles de Tuttle estaba situada en Elm Street, la calle principal de Peyton Place, a medio camino entre el Citizens’ National Bank y la tienda de Prescott, que ocupaba la esquina de Maple Street .
Desde el escaparate de Tuttle, los viejos que pasaban el rato en la tienda en invierno veían el juzgado y los bancos en los que solían sentarse cuando hacía buen tiempo.
En verano, Tuttle era una especie de atracción turística, pues era una de las pocas tiendas que quedaban en el norte de Nueva Inglaterra en las que se podía comprar queso Cheddar por lonchas o al peso, que Ephraim Tuttle cortaba de una rueda enorme.
Todavía vendía azúcar candi y grajeas de regaliz por un centavo y, por cinco, se podía comprar un pepinillo gordo, tan agrio que daba dentera, de un enorme barril que había en un rincón oscuro al fondo de la tienda.
—Poner toda esa tela ahí, en el mostrador principal —dijo Clayton Frazier—, es un desperdicio de espacio. Nadie compra nunca nada que valga la pena.
—Le da un toque especial a la tienda —dijo Ephraim—. A los veraneantes les gusta. Lo llaman «ambiente» .
Sin embargo, al llegar el otoño Tuttle volvía a ser lo de siempre: una tienda bastante polvorienta y muy antigua en la que se podía comprar casi cualquier cosa, si uno era capaz de encontrarla.
Una jungla de mercancías compuesta de revistas, pastillas para la tos, tapones para los oídos y gafas de sol antiguas; tomates envueltos en celofán y pescado al peso solo los viernes, huevos que uno mismo sacaba de una caja y metía por docenas en una bolsa de papel; guantes de trabajo de piel de ciervo y tabaco de pipa, Alka Seltzer, piruletas y la prensa dominical.
En otoño, Ephraim apagaba los dos ventiladores del techo, que habían pasado todo el verano dando vueltas lentamente, y encendía la salamandra de leña y carbón, pero cuando desmontaba el toldo, que había protegido el escaparate durante el verano, lo retiraba y empezaba a guardar los cajones de madera que servirían de asientos, los viejos de los bancos de enfrente del juzgado sabían que había llegado la hora de cruzar la calle para esperar el invierno.
—Va a nevar —dijo Clayton Frazier—. Va a nevar, seguro como que hay infierno.
—Ya era hora —dijo uno de los viejos, que estaba sentado con los pies apoyados en la base de la estufa—. Estamos en noviembre y todos sabíamos que nevaría pronto este año.
—¡Qué bobada! —replicó Clayton, sentándose en la única silla de madera, reservada para él—. ¡Cuántas veces ha hecho este mismo frío y hasta mediados de enero no ha nevado! Pero hoy va a nevar. Seguro como que hay infierno.
—En el infierno no nieva, Clayton —dijo otro hombre, esperando que los demás se rieran.
—¿Cómo lo sabes, John? —preguntó Clayton Frazier—. ¿Has estado ahí últimamente?
Esta vez, los hombres sentados alrededor de la estufa sí que se echaron a reír. Clayton, satisfecho, se recostó y encendió la pipa.
De repente se abrió la puerta de la tienda y entró una ráfaga de aire frío que acalló las conversaciones.
Clayton Frazier miró al desconocido y la única señal visible de que le había molestado la irrupción fue que no se llevó la pipa a la boca, y es que todos sabían que el tabaco todavía no ardía, ni mucho menos, a su entera satisfacción.
—¡Ephraim! —exclamó el recién llegado.
—Mande —dijo Ephraim Tuttle, levantando la vista lentamente—. ¿En qué puedo ayudarle?
—Ephraim —repitió el desconocido, y se rio—. Por amor de Dios, ¿no se acuerda de mí?
Todos los de la estufa sabían quién era el desconocido, pero nadie se dignó hacer un solo gesto de reconocimiento.
—Soy Gerry Gage —dijo el hombre, riéndose todavía. Le dio una palmada en el hombro a Ephraim Tuttle— . S.S. Pierce Co., de Boston. ¿No me reconoce? Fui yo quien se acordó de que había traído al pueblo a aquel tipo de la Marina, aquel al que asesinó su propia hija. ¿Lo recuerda ahora?
—Era su hijastra —dijo Clayton Frazier, y se llevó la pipa a la boca.
—Bueno, da igual —dijo Gerry Gage— . En todo caso, fui yo el que se acordó.
—Ya —dijo Clayton.
Se hizo el silencio. El desconocido frotó el borde del maletín con mano enguantada.
—Bien —dijo al final—. ¿Qué necesita, Ephraim? Tengo aquí la lista de su pedido habitual, ¿quiere alguna cosa más?
—Lo de siempre —dijo Ephraim.
—Oiga —dijo Gerry Gage , repentinamente enfadado—, solo hice lo que me pareció que tenía que hacer.
En primer lugar, no tenía intención de hacer nada.
Solo comenté que había dejado al tipo aquí, en Peyton Place .
Un autoestopista. ¿Cómo iba a saber que estaba hablando con el sheriff?
Él fue el que lo empezó todo. Yo solo hice lo que me pareció que tenía que hacer. Nada más.
—Por qué no hace ahora lo que ha venido a hacer —dijo el sheriff Buck McCraken mirando a Gerry Gage , pero no sonó a pregunta.
—No tienen por qué guardarme rencor —dijo Gerry, y empezó a marcar con una cruz las cosas de la lista que tenía apuntadas en un papelito—. Uno hace lo que le parece que tiene que hacer.
—Que yo sepa, nadie en Peyton Place le guarda rencor, señor Gage —dijo Clayton Frazier—. Pero resulta que algunos hablan más de la cuenta, y eso cansa.
—Sé exactamente a qué se refiere, créame —dijo Gage—. En mi trabajo se conoce a un montón de personas muy charlatanas, créame. Pero bueno, en el mundo hay gente de todas clases —añadió, como si fuera el primero al que se le ocurría esa idea.
—Ya —dijo Clayton.
—Por cierto —dijo Gerry—, después de todo el lío del asesinato y demás, solicité un cambio de ruta y me lo concedieron.
La empresa lo entendió. Me refiero a la mala fama y demás.
No he vuelto por aquí desde que me arrastró de vuelta la policía para responder a un montón de preguntas sobre Lucas Cross.
Nadie dijo nada y Gerry Gage estaba cada vez más incómodo.
—Bueno, de todos modos —dijo por fin—. ¿Qué hay de nuevo en Peyton Place ? No he sabido nada de este rincón del mundo desde que los periódicos dejaron de hablar del lío del crimen.
—Nada —respondió Clayton Frazier.
—¿Qué? —preguntó Gerry.
—Nada —repitió Clayton—. No hay nada nuevo en Peyton Place . Nunca pasa nada. Todo sigue igual.
Las palabras de Clayton Frazier podían haber parecido ciertas a cualquier foráneo que no conociera la ciudad.
Peyton Place tenía el mismo aspecto de siempre: una ciudad bonita, tranquila y ajena al bullicio.
En inverno, a última hora de la tarde, solo se veían caras inocentes y cordiales entre sí y con el resto del mundo en los escaparates iluminados de las tiendas y en las ventanas de las casas.
La guerra había terminado y la fábrica de Harrington, como casi todas las demás, ya no trabajaba a turnos las veinticuatro horas del día para satisfacer las exigencias de los contratos del ejército.
Leslie Harrington seguía viviendo solo en su gran casa de Chestnut Street y, aunque con el paso del tiempo y la pérdida de su único hijo, Rodney, había envejecido y se había ablandado un poco, era el mismo Leslie Harrington de toda la vida, cosa de la que todos eran todavía muy conscientes.
El doctor Matthew Swain continuaba con la práctica de la medicina en la misma calle que Leslie, y su amigo, Seth Buswell, no había dejado de escribir editoriales para el Peyton Place Times .
La casa de Charles Partridge estaba tan vacía como siempre, ya que ni el tiempo, ni las adquisiciones ni Marion, su mujer, habían podido llenarla con una pizca de calidez y amor.
En resumen: ninguna de las familias antiguas se había mudado ni había llegado gente nueva, «al menos —como decía Seth Buswell—, no la suficiente para cambiar las cosas o para que se notara».
No, nada había cambiado en Peyton Place o, como mínimo, nada que nadie estuviera dispuesto a contarle a un extraño. Y, si había habido cambios en las situaciones privadas y en las personas, seguramente era asunto de los implicados y tampoco incumbía a los foráneos.
«No —se dijo Gerry Gage al salir de la tienda de Tuttle y entrar en el coche—, nada nuevo en Peyton Place . Diablos, seguro que lo único gordo que ha pasado y que pasará en este pueblo es que aquella chica matara a su padre.»
Se fue por Elm Street hacia la carretera que llevaba a White River y, como decía siempre, se alegraba mucho de ir a una ciudad que tenía un hotel con bar, en el que se encontraba con otros vendedores y hablaban, bebían y contaban chistes.
En Thrifty Corner , la tienda de moda de Elm Street, Selena Cross terminó de llenar un mostrador de blusas para vender.
Entonces, al levantar la vista, vio que un copo de nieve se estampaba contra el cristal del escaparate y se deshacía.
Dejó el mostrador y se acercó al escaparate para comprobar que lo había visto realmente y, mientras miraba, vio un coche con matrícula de Massachusetts que se dirigía a la carretera de White River .
Se le pasó por la cabeza —como a cualquiera en un lugar como Peyton Place— preguntarse a quién visitaría alguien de fuera del estado.
Pero el coche de Gerry Gage desapareció de la vista y Selena no pensó más en ello.
«Nieva de verdad —se dijo—. Tengo que volver enseguida a casa con Joey.»
Volvió a mirar hacia arriba cuando otro copo de nieve cayó contra el cristal y dos siluetas cruzaron su campo de visión apresuradamente. Se le aceleró el corazón un segundo y al momento se retiró de la ventana.
Fuera, las dos siluetas torcieron por Maple Street sin perder un segundo y desaparecieron.
—Date prisa, cariño —dijo Ted Carter a la joven que lle vaba del brazo—. No quiero que mi mujer se muera de frío el primer invierno que pasa en Peyton Place .
—Recuérdame que mañana compre unos zapatos de tacón plano —dijo la chica, riéndose de él—. No puedo seguir el ritmo de tus zancadas con tacones altos. Hace un momento he visto una tienda, Thrifty no sé qué, mañana mismo me paso por allí.
Ted Carter no se rio con su mujer y apuró más el paso.
—En Thrifty Corner no venden zapatos —dijo. La agarró del brazo con firmeza e intentó no pensar en Selena con todas sus fuerzas.
2 En los Estados Unidos se celebra el primer lunes de mayo.