CAPÍTULO 15
—¿Qué?
Sheryl se quedó mirando a Nate, intentando asimilar lo que había dicho.
—Debo confesar que no fue idea mía.
—¿Cómo pasó eso?
Nate suspiró y se encogió de hombros.
—Después de que te fueras, Mark bajó de las montañas. Fue directo a hablar con papá sobre ti y sobre cómo te han tratado.
Sheryl frunció el ceño, sin entender.
—¿Por qué haría algo así?
Nate se mordió el labio y miró por encima del hombro, como para asegurarse de que estaban solos.
—Quería asegurarse de que recibieras lo que te corresponde. Pero más que eso, lo hizo porque te quiere.
—No lo entiendo.
Sheryl prefirió ignorar la última parte de lo que Nate había dicho. Parecía demasiado bonito para ser verdad.
—¿Y qué se supone que debo hacer con una participación en el rancho?
—Recibirías unos ingresos mensuales de nuestra parte, o Mark hablaba de darte un pago único para quedarse con tu parte, si quieres.
Sheryl se levantó, nerviosa, temerosa de ahondar demasiado en las implicaciones de lo que Mark había hecho. Si aceptaba el pago único, podría terminar la carrera en tres años en lugar de los seis que le llevaría al ritmo actual.
Pero ¿era eso lo que quería? Las palabras de Tory volvieron a su mente.
«Finges que quieres hacer carrera cuando sé que preferirías quedarte en casa criando hijos».
Sheryl negó con la cabeza y abrazó con más fuerza a Benjamin, que ahora dormía. Pero los bebés requerían un marido, y un marido requería... todo.
—Si quisiera un pago único —preguntó con la voz apagada, la cabeza apoyada contra Benjamin—, ¿qué significaría eso para el rancho? Creía que andabais mal de dinero.
Nate suspiró a su espalda.
—Así es. Mentiría si dijera lo contrario.
—Entonces...
—Mark iba a volver a trabajar fuera durante unos años, al menos hasta que se pagaran las tierras de la vega.
Sheryl besó la cálida cabecita de Benjamin, con la mirada perdida en la distancia, intentando imaginar a Mark viviendo en la ciudad.
Imágenes de él desfilaron por su mente: Mark a lomos de un caballo, conduciendo su camioneta a toda velocidad, manteniéndose en equilibrio sobre una empacadora, lanzando pacas de heno. Volvió al presente y miró a Nate.
—No quiere hacerlo, ¿verdad?
Nate rodeó la cuna despacio hasta situarse al otro lado, sin apartar los ojos de su hijo.
—No, no quiere. Pero está dispuesto a hacerlo por el rancho y, bueno, por ti.
Sacrificio. Mark sacrificaría lo que más quería por ella.
—¿Por qué no llamó? —preguntó Sheryl, confundida—. Si me quiere como dices, como él mismo dice, ¿por qué no me llamó nunca?
Acostó a Benjamin con cuidado en la cuna y le arregló el edredón alrededor mientras el corazón empezaba a latirle de forma errática.
—Tenía miedo.
Nate arregló el edredón alrededor de la carita de su hijo y le acarició la mejilla. Suspiró y miró a Sheryl.
—He tenido que trabajar con él estos tres últimos meses. Lo ha pasado fatal, dividido entre las ganas de ir a buscarte y el miedo a que, cuando te enteraras del testamento, desconfiaras de sus intenciones. Sabe que no confías mucho en los hombres.
Nate alargó la mano y tocó la de Sheryl.
—Mark suele ser muy tranquilo, pero lo tienes hecho un lío. Cada vez que hablábamos de Jason, se ponía furioso. Le conté lo que Jason te había hecho.
Nate negó con la cabeza.
—Me agarró y me preguntó por qué te habíamos dejado marchar. Pensé que iba a pegarme. Nunca lo había visto así. Sabe lo que pasaste con Jason. Cree que le tienes miedo.
—Pero no se lo tengo. No de la manera que él cree.
Sheryl se aferró a la barandilla superior de la cuna; la madera se le clavaba en las manos mientras las implicaciones de lo que Nate le estaba diciendo empezaban a encajar.
—¿Qué debo hacer?
Nate se enderezó y tamborileó suavemente en la cuna con los dedos.
—Como te dije antes, Mark te quiere. No merezco tu perdón, pero te lo agradezco. Y en cuanto al resto, lo dejo en tus manos, Sheryl. No creo que hayas tenido muchas opciones en la vida.
Se inclinó, besó a su hijo, le hizo un gesto de despedida a Sheryl y salió de la habitación.
Sheryl se abrazó, inquieta. Caminó hacia la ventana y contempló el patio cubierto de nieve, ahora lleno de vehículos. Localizó enseguida la camioneta plateada de Mark y recordó cuando se sentaba en ella a contarle su vida mientras él escuchaba.
La quería. Ahora lo sabía. Sus palabras, sus acciones, todo se lo dejaba muy claro. ¿Qué debía hacer? ¿Podía aceptar lo que él le ofrecía?
Sheryl tocó el cristal frío y trazó sus iniciales en él, como solía hacer de pequeña. Con un leve suspiro, dejó que su mente vagara hacia el pasado, recordando su vida con Ed y Nate, intentando encajar todo con lo que había sucedido.
De algún modo, todo parecía volver a Mark. Mark y Elise. Habían influido en aquella familia de tantas formas, les habían mostrado el amor de Dios de una manera distinta. Mark le había mostrado una clase diferente de hombre, una clase diferente de amor.
Sonaron unos golpes en la puerta. Sheryl dio un respingo y, sin darse la vuelta, supo que era Mark.
Con aire resignado, se volvió para enfrentarse a él.
Llevaba chaqueta y sombrero, como si fuera a salir.
Tenía las mejillas coloradas, y cuando se acercó, Sheryl percibió en él el olor fresco del exterior.
Sus miradas se encontraron mientras él avanzaba, y Sheryl sintió que se le cortaba la respiración.
El corazón se le aceleró, las piernas le flaquearon, y cuando él se detuvo frente a ella, tuvo que apretar el puño para no alargar la mano hacia él.
Aquel gesto desinteresado, que le demostraba claramente su amor, también la frenaba. ¿Cómo interpretaría él su reacción?
—Sheryl...
Le falló la voz y tuvo que carraspear.
—Sheryl, he venido a despedirme.
—No.
La palabra le brotó como una protesta, cargada de miedo.
—No, no digas eso.
Mark levantó la mano despacio y le acarició el contorno de la mandíbula con los nudillos.
Sheryl cerró los ojos y se inclinó hacia él; su mano buscó la muñeca de Mark, firme, para mantener aquellos dedos en su rostro.
Volvió la boca hacia la mano fría de él y posó sus labios cálidos en la palma.
No pudo contenerse, no pudo evitar ese contacto con él.
Con un suspiro tan ligero como un copo de nieve, la atrajo cuidadosamente hacia sí. La otra mano le recorrió la mandíbula hasta el cuello y sus dedos se enredaron en el cabello de ella.
—Me voy a Calgary.
La voz profunda de él era un suave rumor bajo las manos de ella.
—Volveré en una semana.
No dijo nada más, como si esperara una respuesta.
Ella inclinó la cabeza y alzó la mano para acariciarle la mandíbula, notando su suavidad.
—¿Qué quieres que haga? —susurró, perdiéndose en el gris apacible de sus ojos—. No sé qué hacer. Acabo de enterarme de que Ed me dejó la mitad del rancho. ¿Qué hago?
—Creo que debes hacer lo que tú quieras.
—Pero ese es el problema. No sé lo que quiero.
—Yo sí lo sé —dijo él.
Entonces inclinó la cabeza y buscó sus labios.
Sheryl le rodeó el cuello con una mano y la espalda con la otra, aferrándose a él mientras sus bocas se encontraban, exploraban, saboreaban.
Él la estrechó con más fuerza; los dedos le acariciaban la cabeza, la sostenían, mientras sus labios se apartaban de los de ella, se demoraban en la mejilla, le rozaban los ojos y volvían a su boca.
Sintió un hambre creciente, aunque las caricias de él creaban un vacío en su interior, una necesidad de más. Aspiró su aroma —jabón y aire frío— y se deleitó con la fuerza de sus brazos, con el consuelo y la seguridad que sabía que encontraría allí.
Mark se enderezó, con la mano aún enredada en el cabello de ella y el brazo todavía rodeándola.
—Entonces, Sheryl —esbozó una sonrisa cautelosa—. ¿Y ahora qué?
—No lo sé —respondió ella con voz apagada.
—Yo tampoco.
Apartó la mano de la espalda de ella. Pero con la otra le acarició el cabello y se lo llevó a los labios, rozándolo con suavidad.
—Te amo, me importas, quiero casarme contigo.
Soltó el cabello y retrocedió un paso.
—Pero no puedo hacer que sientas lo mismo.
Sheryl se sorprendió de poder seguir en pie. Que él se abriera así ante ella, que se mostrara tan vulnerable, le revelaba su fortaleza más que cualquier otra cosa. No podía hablar, no se fiaba de su propia voz.
—En cuanto al rancho, quiero que hagas solo lo que tú quieras. Lo que creas que es correcto para ti. No para nadie más. En el pasado has tenido que tomar demasiadas decisiones según las expectativas de otros.
Le dedicó una sonrisa irónica y volvió a tocarle la cara.
—Y aunque acabo de decirte que te amo, no quiero que pienses en mí cuando tomes tu decisión. Elige por ti misma.
A Sheryl se le encogió el corazón con aquellas palabras. Él le estaba dando a elegir. Una oportunidad.
Pero ¿qué era lo que realmente quería hacer?
Un ruido en la cuna hizo que ambos se volvieran. Benjamin estaba de pie junto a la barandilla, frotándose los ojos, con la boca fruncida en un puchero.
Mark, que estaba más cerca, lo cogió en brazos. Se volvió hacia Sheryl con el niño acomodado contra su pecho.
Sería un padre maravilloso, pensó ella. Y un marido aún más maravilloso.
—Tengo que irme, Sheryl. Me espera un largo viaje.
Besó a Benjamin en la frente y se lo pasó a Sheryl. Se agachó a recoger el maletín que ella ni siquiera había visto que trajera a la habitación. Se volvió para marcharse, vaciló y la miró.
—No te olvidaré, y rezo por que encuentres lo que has estado buscando.
Se marchó y cerró la puerta en silencio tras de sí, dejándole un dolor que le daba vueltas en lo más hondo.
Con Benjamin en brazos, se acercó a la ventana.
Él la amaba. La amaba tanto que estaba dispuesto a renunciar a su propio trabajo en el rancho, un trabajo que adoraba, para asegurarse de que ella tuviera dinero suficiente para ser independiente.
Apoyó la frente ardiente contra el cristal y escuchó el repiqueteo de la nieve. El viento, que bajaba por el valle, estaba arreciando. Se avecinaba tormenta.