CAPÍTULO 13 #3
Las vacas se arremolinaban a su alrededor, mugiendo, intentando pasar junto a Mark para llegar al heno. Las muy locas iban a acabar bajo las ruedas del tractor si no andaban con ojo.
Una ráfaga de viento helado atrapó los cordeles y le arrancó un par de la mano, que salieron volando por el patio. Mark enrolló el cordel que le quedaba mientras se encogía de hombros contra el frío y decidió ignorar los demás. Más tarde, más tarde, más tarde.
Nate y él tenían demasiado que hacer en ese momento, y unos trozos de cordel no le quitaban el sueño.
Otra ráfaga helada atravesó las capas de mono, jerséis y camisa, y le caló hasta los huesos.
El día más frío del octubre más frío del que se tenía registro, y ya esa mañana había arreglado el pozo y llevado al nuevo toro al veterinario.
Después había vuelto a casa para encontrarse con un tractor que no arrancaba y un bebedero al que Nate había olvidado ponerle la cinta calefactora.
El humor de Mark estaba tan negro como el tiempo.
Nate levantó otro fardo, que quedó inclinado peligrosamente sobre las horquillas. Mark le hizo señas para que parara, pero Nate estaba mirando hacia atrás. El fardo se inclinó más allá del centro de gravedad y se cayó de las horquillas al suelo.
Mark apretó los dientes de frustración. Nate bajó del tractor para ver cuánto daño había.
—¿No viste que el fardo no estaba bien puesto en las horquillas? —gritó Mark.
—Pues lo vuelvo a coger —le gritó Nate.
—No tenía por qué acabar en el suelo si lo hubieras hecho bien a la primera.
Los dos se quedaron frente a frente, fulminándose con la mirada mientras una columna de humo del escape del tractor pasaba entre ellos. Nate se dio la vuelta, caminó hacia el maldito fardo, le dio una patada con la punta de la bota y volvió a subirse al tractor sin volver a mirar a Mark.
Mark se dio la vuelta y se subió a la camioneta. Sabía que estaba insoportable, pero era incapaz de contenerse. Nate podía encargarse del último fardo él solo. De todos modos, tenía que ir a casa a hacer una llamada.
Con un suspiro, metió la marcha, vaciló un momento, soltó el embrague y se alejó. Elise lo había invitado a comer a su casa, y podría disculparse con Nate entonces. Quizá el trayecto desde su rancho hasta el de Nate le templara los nervios.
Tiritando, subió la calefacción al máximo y observó las nubes grises que se deslizaban sobre las montañas en dirección a ellos. Iba a nevar, seguro.
Llevaba dos meses con los nervios a flor de piel, y nadie lo sabía mejor que él. No conseguía sosegarse, y últimamente había encontrado cualquier excusa para ir de un lado a otro.
Cuando descubrió que le saldría más barato alquilar un camión y transportar el heno él mismo, así lo hizo. Cuatro viajes a Langley no habían contribuido precisamente a mejorarle el humor. Es más, conducir un semirremolque por la Trans-Canada casi le había provocado un ataque de nervios.
A su regreso, el tercer corte de heno estaba listo para embalar. Él había llevado un tractor, Rob otro, y en un par de días habían convertido el forraje del invierno en grandes fardos redondos.
Después había ensillado su caballo, cargado un segundo con provisiones y se había adentrado en las montañas. Había pasado una semana más de lo necesario en las colinas, recogiendo reses descarriadas y llevándolas de vuelta a casa.
No era necesario que él en persona se encargara de vacunar a todos los animales, pero con la ayuda de una lámpara halógena y unas cuantas noches en vela, lo había conseguido.
Nate había ayudado con los fardos, pero después del segundo viaje a Langley le había dicho a Mark que no pensaba intentar seguirle el ritmo. Mark había notado que Nate tenía sus propios problemas que resolver, pero no iba a matarse en el intento como estaba haciendo Mark.
La semana anterior, Mark le había contestado mal a su madre cuando ella le preguntó si alguna vez iba a bajar el ritmo y dedicar tiempo a estar con su familia.
La camioneta derrapó, Mark levantó el pie del acelerador, echó un vistazo al velocímetro y luego al remolque de heno.
Con un suspiro, frenó y redujo la velocidad. Se echó el sombrero hacia atrás y se recostó en el
asiento.
Por un momento dejó que sus pensamientos vagaran adonde iban con demasiada frecuencia, mientras recordaba el largo cabello rubio, los ojos verdes chispeantes de risa, los rasgos delicados.
Sheryl.
Cuando había vuelto de la travesía a caballo, hacía dos meses y medio, y descubrió que ella ya se había marchado, se había sentido perdido, vacío, e incluso más solo que cuando Tanya le devolvió el anillo por correo aquí, a Sweet Creek.
Tanya era una buena mujer, más guapa que Sheryl, más refinada. Tanya era simpática, abierta y divertida. No tenía traumas ni complejos y lo acompañaba encantada a la iglesia. Pero con ella nunca había sentido esa sensación de que todo encajaba a la perfección, como sentía con Sheryl.
Ni ese vacío que sintió cuando ella se marchó.
Intentaba convencerse de que todo era para bien. Cada día luchaba contra la misma soledad, la misma sensación de una felicidad esquiva, justo fuera de su alcance. Si se paraba a analizar sus propias acciones, no tenían mucho sentido. Sheryl solo había pasado dos semanas allí. Llevaba nueve fuera.
En teoría, debería haberla olvidado a las dos semanas.
Entonces, ¿por qué se había pasado los últimos dos meses preguntándose qué estaría haciendo?
¿Por qué recordaba constantemente cómo la luz se reflejaba en su cabello cuando lo llevaba suelto, cayéndole hasta la cintura?
¿Por qué aún podía sentir su cuerpo esbelto entre sus brazos?
Las teorías solo funcionaban sobre el papel, no en la vida real.
Y lo peor de todo era su propio miedo. Le había costado superar lo de Tanya. Y ella había sido bastante clara con sus razones para dejarlo.
Con Sheryl nada era sencillo. Lo confundía, lo desconcertaba y lo asustaba.
Sabía que Jason la había maltratado. Ella misma lo había dicho, y Nate se lo había confirmado hacía solo un mes, contándole lo de sus cicatrices.
Incluso ahora, solo pensarlo le hacía apretar los puños en el volante, deseando que fuera el cuello de Jason.
Pero saberlo también había creado una distancia entre ellos.
¿Odiaba ella a los hombres? ¿Le tenía miedo?
Él le había abierto el corazón, le había dado todo lo que podía.
Ella nunca había llamado, nunca había escrito. Aunque, pensándolo bien, ¿podía esperar que lo hiciera? Después de todo lo que había vivido, ¿sería ella quien diera el primer paso? Y al mismo tiempo, dado lo que había vivido, ¿podía él esperar que lo recibiera bien?
Suspiró y redujo la velocidad para tomar el desvío hacia la propiedad de Nate.
Hacía unos días que no veía a su hermana ni a Ed.
Al principio había rechazado la invitación a almorzar, prefiriendo entretenerse con cualquier cosa.
Pero la soledad acabó siendo demasiado incluso para él, y finalmente aceptó.
Unos copos de nieve le golpearon las mejillas al bajar de la camioneta, y entrecerró los ojos mirando el cielo gris. Para cuando llegara la noche, aquello sería una tormenta en toda regla. Aún más deprimido, se ciñó el abrigo y se arrastró hacia la parte trasera de la casa.