Regreso a casa (Dulces corazones de Sweet Creek nº 1) CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

A pesar de que Tory gritaba, Sheryl apenas podía oírla por encima del ruido de fondo del taller mecánico de su marido. Los compresores retumbaban, los taladros neumáticos zumbaban y alguien golpeaba una pieza de metal.

Poco después de que Sheryl se marchara a Sweet Creek, el marido de Tory, Mike, había comprado el taller donde trabajaba, y Tory dejó encantada su trabajo en el bar de Dave para echarle una mano.

—Muy bien —dijo Sheryl, alzando también la voz—. Le estoy cogiendo el tranquillo.

—Genial. Me alegro mucho de que Mike guardara la tarjeta de ese abogado. Sabía que nos vendría bien. Oye, antes de salir hacia el taller, recibí una llamada de una tal Elise. Solo llamó para saludar y me pidió que te lo dijera. ¿Es de la gente de Sweet Creek?

Sheryl se quedó callada mientras el corazón le empezaba a latir de forma errática. —¿Dijo lo que quería? —preguntó.

—No. Solo llamó para charlar. —Tory habló con alguien de fondo y luego dijo—: Oye, tengo que dejarte. Voy a trabajar hasta tarde, pero te he dejado un guiso en el horno. ¿Estarás bien?

—Estaré bien, Tory.

—Bien. Nos vemos luego, ¿vale? —Tory colgó, y Sheryl dejó el teléfono sintiéndose algo aturdida.

Había llamado a Elise el día después de instalarse en casa de Tory y Mike para darle el teléfono fijo de Tory y también su móvil, por si pasaba algo con Ed.

—Sheryl, ya ha pasado la hora de salir.

Sheryl levantó la vista hacia el rostro sonriente de una de las estudiantes de derecho, Jordan Calder.

—Solo tengo que terminar esta carta y me voy.

—Sheryl, ¿alguien te ha dicho alguna vez que trabajas demasiado?

—Jordan apoyó los brazos en la mampara de cristal ahumado que separaba el escritorio de Sheryl del pasillo y descansó la barbilla sobre ellos, con los ojos marrones entrecerrados—.

Si no estás trabajando hasta tarde, son cursos nocturnos en la universidad.

Echas más horas que yo, y se supone que yo soy casi abogada. ¿Es que no sabes lo que es relajarte?

Sheryl no dijo nada y siguió tecleando. —Solo quiero hacer bien mi trabajo —murmuró, frunciendo el ceño ante los garabatos de Adrian en una carta.

—Adrian prácticamente babea desde que llegaste. Podrías pedirle el doble de lo que ganas y te lo daría. —Jordan se pasó los dedos por el pelo corto, y los mechones oscuros volvieron a caer perfectamente en su sitio.

—Gano suficiente. —Sheryl ignoró el comentario y le enseñó la carta a Jordan—. Ya has leído bastantes garabatos de Adrian, ¿qué crees que pone aquí?

Jordan le cogió el papel, entornando los ojos mientras lo giraba de un lado a otro. —Cada vez lo veo más claro. Dice: «Vete a casa».

—Lo dudo —se rio Sheryl mientras alargaba la mano hacia el papel.

—Te lo doy mañana —Jordan apartó el papel de su alcance y, tras inclinarse, apagó el monitor de Sheryl sin hacer caso de su educada protesta—. Con lo rápido que tecleas, lo tendrás listo en un par de minutos el lunes. Ya es hora de dejarlo. El fin de semana nos espera.

Sheryl aceptó la derrota, se levantó, se puso el jersey y cerró la carpeta que tenía en el escritorio.

—Algún día me lo agradecerás —dijo Jordan mientras esperaba a que Sheryl pasara junto a ella—. Créeme, el trabajo no lo es todo.

Sheryl sonrió mientras caminaban por el pasillo, ahora vacío, hacia la zona de recepción.

Jordan Calder no era la típica estudiante de derecho.

Trabajaba lo justo y no tenía la misma ambición que solía caracterizar a los estudiantes de leyes.

Pero una vez que salía del trabajo, Jordan era divertida y siempre conseguía hacerte reír.

—Tienes suerte de que Adrian no haya venido hoy, si no estoy segura de que habría tenido que ayudarte a librarte de otra invitación a salir —dijo Jordan mientras pulsaba el botón de la planta baja al entrar en el ascensor—. Nunca lo había visto tan pillado por nadie.

Sheryl dejó pasar el comentario.

—Es un buen jefe.

Jordan puso los ojos en blanco.

—Madre mía, chica. Nunca he conocido a nadie que ignore tanto su propia belleza. Si dejaras esa fachada de frialdad y serenidad, tendrías a los tíos detrás de ti.

—Pues me la quedo. Es lo último que quiero o necesito.

—Ay, no me digas que alguien tan guapa como tú odia a los hombres —se lamentó Jordan—. Me fastidia mucho cuando pasa eso.

—No odio a los hombres.

—Lo siguiente que me vas a decir es que no quieres complicaciones.

Como si los tíos fueran un problema que resolver —el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron con un siseo.

Jordan se echó el bolso al hombro y cogió su maletín mientras salían; sus pasos resonaban en el suelo de mármol del vestíbulo—.

Yo, en cambio, he tenido que pelear para llegar al escalón más bajo de este pequeño bufete.

A mí se me permite estar desilusionada y cínica. A ti no.

—Los hombres no son una complicación, Jordan. Es solo que quieren mucho y dan muy poco —dijo Sheryl mientras se detenía a abrocharse el abrigo.

Jordan entrecerró los ojos y miró a Sheryl.

—Estás juzgando a partir de una experiencia muy limitada. Hay muchos tíos generosos y con buen corazón.

Jason no lo era, pensó Sheryl mientras se metía las manos en los bolsillos del abrigo. Ed tampoco. Ni Nate.

Sus pensamientos se interrumpieron cuando una ráfaga de viento se coló en el vestíbulo.

Las puertas se abrieron de golpe y una figura alta entró con paso decidido.

Llevaba el pelo castaño largo sobre los hombros, la cazadora vaquera le sentaba bien en los hombros anchos, y sus piernas largas cubrían sin esfuerzo la distancia que los separaba.

A Sheryl se le subió el corazón a la garganta. El bolso se le escurrió de los dedos entumecidos y el contenido se desparramó por el suelo mientras daba un paso hacia él.

—Sheryl, ¿qué te pasa? —Jordan se detuvo, miró el rostro ansioso de Sheryl y luego al hombre al que ella miraba con tanto anhelo.

El hombre se detuvo, sacó un pañuelo del bolsillo y, mientras se sonaba la nariz, miró a su alrededor.

No era Mark.

—¿Estás bien?

—Sí —a Sheryl se le cayeron los hombros. Algo aturdida, miró a su alrededor y luego al bolso tirado en el suelo.

—¿Conoces a ese hombre?

Sheryl se agachó a recoger el bolso para ocultar sus mejillas ardientes.

—Creí que era un viejo amigo.

Jordan le lanzó una mirada escéptica a Sheryl, recogió un cepillo del suelo y se lo dio.

—¿Uno de esos amigos que «dan tan poco»?

Sheryl respiró hondo mientras se incorporaba y negó con la cabeza por su metedura de pata.

—Por un momento pensé que ibas a tirarte a sus brazos.

—Por favor, para, Jordan —suplicó Sheryl, que se sentía desamparada y al borde de las lágrimas. Se apretó el bolso contra el pecho mientras se mordía el labio.

Jordan le puso la mano en el hombro a Sheryl.

—Lo siento. Es que normalmente eres tan fría y serena —le dio un apretón y la soltó—. En fin, ¿qué vas a hacer este fin de semana? Tengo entradas para un concierto el domingo.

—No creo —Sheryl le dedicó una sonrisa de disculpa mientras se recomponía—. Quiero ir a la iglesia el domingo —llevaba un par de semanas asistiendo y allí encontraba una paz y un consuelo que no encontraría en ningún concierto.

—Seguramente sea mejor idea —Jordan se encogió de hombros—. Si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme —le dio otra palmadita en el hombro, se dio la vuelta y se marchó.

Sheryl echó a andar en dirección contraria, hacia su parada de autobús, todavía temblando.

Tenía a Mark tan presente en la cabeza que cualquier pequeña cosa le traía los recuerdos: unos vaqueros en unas piernas largas, unas botas camperas, una camioneta por las calles de la ciudad.

Uno de los chicos que reponía en el supermercado del barrio era casi tan alto como Mark y llevaba el pelo igual de largo.

Sheryl había dejado de ir porque cada vez que lo veía se le paraba el corazón.

Vivir con Tory y Mike aliviaba parte del vacío que impregnaba su vida desde que se marchó de Sweet Creek, pero no lo eliminaba del todo.

Cada vez que Tory se despedía de Mike, lo hacía con desgana, y Sheryl sentía un placer agridulce al observarlos, aunque le recordaba dolorosamente lo que a ella le faltaba.

La soledad no era nada nuevo para ella. Pero la soledad rabiosa de volver a un piso vacío cuando vivía con Jason, o la soledad melancólica que fue su compañera constante después del accidente, nunca habían sido tan absolutas, tan desgarradoras como el vacío que sintió al llegar a Edmonton.

Le resultaba frustrante. Tory y Mike la trataban casi como a una hija. Por fin tenía un trabajo decente que le pagaba lo suficiente para asistir a clases nocturnas en la Universidad de Alberta.

Pero no era suficiente. Las clases la dejaban vacía, el trabajo era estimulante, pero se sentía asfixiada de estar encerrada entre cuatro paredes día tras día. La ciudad empezaba a ponerle los nervios de punta con su ajetreo, su actitud impersonal.

El autobús se detuvo con un suspiro frente a ella. Sheryl subió y se abrió paso entre la gente apiñada en la parte delantera para llegar a la trasera, donde solía haber un poco más de espacio.

Se aferró a un poste, con la mirada perdida en la ventana mientras los edificios pasaban a toda velocidad, y su mente se trasladó sin esfuerzo a un lugar rodeado de montañas púrpuras, surcado por arroyos y ríos.

Estarían haciendo fardos otra vez, pensó, imaginando a Mark conduciendo un tractor con un pañuelo en la cabeza para apartarse el pelo largo de la cara. Eso la hizo sonreír.

Se preguntó cómo le iría. Ahora que Elise había llamado, quizá le devolvería la llamada. Podría mencionar el nombre de Mark como quien no quiere la cosa, y sabía que Elise seguiría el hilo a partir de ahí.

Si se atrevía.

Dos golpes rápidos de la navaja de Mark cortaron el último tramo de cordel del gran fardo redondo de heno que colgaba frente a él.

Con los dedos entumecidos, recogió todos los cabos y de un tirón soltó el cordel.

Dio un paso atrás e hizo una señal a Nate, en la cabina del tractor, para que dejara caer el fardo en el comedero.