CAPÍTULO 10 #2
—No te importa cuando te beso —continuó él imperturbable, mientras le acariciaba suavemente el cuello.
Sheryl se puso rígida cuando las manos de él se deslizaron sobre su hombro, y eso se lo recordó. Se apartó, y las manos de Mark cayeron a sus costados. El pecho de él se hinchó en un suspiro prolongado.
—Se te da muy bien hacer eso, Sheryl.
Ella lo ignoró y se ciñó la chaqueta.
—¿Qué hace falta para romper esa coraza que te has puesto? —la voz de Mark era suave, pero su tono dejaba claro que esta vez no iba a dejarla escapar—. Me importas, Sheryl, y quiero ayudarte.
—¿Qué puedes hacer tú? —exclamó ella—. Solo eres un hombre, otro maldito hombre más, ¿y qué ha hecho ningún hombre por mí?
Mark se detuvo, extendió la mano y le tocó la mejilla, siguiendo el rastro de la única lágrima que se había deslizado inadvertida por su rostro.
—Un hombre dio la vida por ti, Sheryl.
Ella parpadeó y se limpió la humedad de los ojos con la palma de la mano. Lo observó, de pronto inmóvil, mientras escuchaba.
—Jesús cargó con todo ese dolor que llevas encima, todas esas cargas, todos los errores, el castigo que merecemos —bajó la mano y la miró fijamente—. Se lo llevó todo consigo y luego murió, solo por ti.
Ahí estaba de nuevo. Esa sensación flotante, ese presentimiento de un gran amor a la espera. Pero ella sabía demasiado bien lo que Dios quería. Sumisión.
—No puedo darle lo que quiere, Mark —dijo de repente, y cerró los ojos para no verlo, concentrada en quién era ella—.
Dios quiere demasiado de mí. Y tú también.
No puedo darte lo que quieres, lo que necesitas.
Necesitas a alguien que pueda compartir esa fe que tienes, alguien con quien puedas rezar, no alguien que vaya cargando con toda esta basura.
—Entonces suéltala —respondió él con suavidad.
Ella lo miró entonces.
—¿Qué?
—Suéltala.
—No es tan fácil —titubeó.
—Es mucho más fácil que seguir cargando con ella —Mark se apartó del árbol, pero no la tocó.
Sheryl se mordió el labio, con los brazos cruzados firmemente sobre el estómago. No podía mirarlo, pero lo oía respirar, veía sus manos sueltas a los costados, los pies ligeramente separados. Era como si él esperara que se diera la vuelta y echara a correr.
No podía.
No tenía adónde ir.
Sheryl alzó la vista hacia Mark. La ligera brisa que traía el atardecer en las montañas le levantaba el cabello y lo dejaba caer suavemente. Mientras lo observaba, él volvió a ponerle la mano en el hombro.
—Solo puedo imaginar lo que te pasó. Sé que es más de lo que has contado —Mark suspiró e inclinó la cabeza a un lado, con los ojos brillantes en la suave noche—. Solo sé que me importas como nunca me ha importado nadie.
La sujetó con más fuerza y le llevó la otra mano a la cintura, como para acercarla más.
Se resistió; tenía que hacerlo. Si dejaba que la abrazara de nuevo, no podría mantenerse distante, y su última barrera caería.
—Sheryl, por favor, háblame de Jason.
Se puso rígida, luego se obligó a relajarse, a adoptar un tono ligero.
—Ya te lo dije. No fue un buen marido.
Deslizó el dedo por su camiseta, sintiendo su calor a través de la tela.
—Ya no importa.
—Sí importa. Es una parte de ti que mantienes oculta. Eso no me gusta. Quiero saber...
—¿Todos los detalles? —preguntó con la voz tensa. No se apartó, pero evitó su mirada—. ¿Es importante para ti saber exactamente cuántas veces me humilló?
De repente agarró la chaqueta de Mark por las solapas; las crestas metálicas del botón se le clavaron en la mano.
—¿Por qué es tan importante oír cuántas veces me golpeó, lo estúpida que fui, lo indefensa que estaba? ¿Quieres ver las cicatrices?
Mark cerró los ojos y respiró hondo. Sheryl sintió que el pecho de él se elevaba y reprimió un ramalazo instintivo de pánico.
—No.
Soltó la palabra con aspereza, la voz ronca y dura.
—Quiero compartir la carga que llevas, ayudarte. Quiero que veas lo que Dios quiere hacer por ti. Pero tienes que contármelo. Tienes que abrirte.
Sheryl tragó saliva. Se sentía como suspendida al borde de un abismo oscuro, sin saber qué emociones la aguardaban en el fondo: dolor, tristeza, arrepentimiento, miedo.
—Solo puedo imaginar lo que te pasó. Solo quiero ayudarte —la voz ronca de Mark se suavizó mientras sus palabras iban derribando sus defensas—. Por favor, déjame ayudarte.
Sheryl cerró los ojos. Sus palabras eran tan tentadoras. ¿Se atrevía a soltarse? ¿En quién podía confiar para que la
sostuviera?
Yo estaré ahí. La voz queda y serena se deslizó en su mente desde otra parte de su vida. Una parte dulce y tierna que siempre había estado ahí, una parte que nunca se atrevió a reconocer en sus batallas por ser fuerte. Te llevaré en alas de águila, continuó la voz.
Sheryl sintió una oleada de amor puro, de pura devoción, de pura ternura, que la inundó como si borrara todas las manchas y fuera limando los barrotes que había mantenido tan firmemente cerrados sobre su alma.
Un sollozo la estremeció. Luego otro. Trató de detenerlo, de contenerlo, pero era como querer contener el mar.
Una ola de pesar la inundó.
—Déjate llevar —susurró la voz de Mark desde algún lugar sobre ella, atravesando la oscuridad de su alma—. Estoy aquí.
De pronto se dejó caer. Unos brazos fuertes la atraparon, la sostuvieron. Entonces la opresión que siempre le atenazaba la garganta cedió.
Sheryl se llevó las manos al pecho, tratando de detener el nudo de dolor que se deshacía en su interior.
—Está bien —susurró Mark, atrayéndola hacia sí y rodeándola con los brazos.
Fuerza. Calidez. Sintió que se derretía.
Entonces llegó el sonido. Primero un gemido tenue, débil y apagado. Mientras los brazos de Mark la sostenían, el sonido fue creciendo en su garganta, más fuerte, más denso.
Luego, con la rapidez de una tormenta de verano, la tristeza estalló. Un dolor más grande de lo que podía expresar la zarandeó, arrastrándola al torbellino.
—Mamá —fue todo lo que pudo decir—. Quiero a mi mamá.
Enormes sollozos le sacudieron el cuerpo; la tristeza contenida durante demasiado tiempo la engulló, pugnando por salir toda a la vez.
Se agarró la cabeza mientras las lágrimas le corrían por las mejillas ardientes. Mark la estrechó más contra sí, atrayéndole la cabeza contra el pecho. Ella se aferró a él mientras la angustia crecía, mientras la tristeza amenazaba con partirla en dos.
—¿Por qué? —gritó, aferrándose a la chaqueta de Mark; las crestas metálicas de los botones se le clavaban en las manos—. ¿Por qué Dios me la quitó?
No pudo decir más. Con el rostro hundido en su camisa, lloró meses de dolor y tristeza reprimidos.
Lloró por la pérdida de su madre, por sus relaciones rotas, por la pérdida de su propia inocencia ante la realidad de vivir con Jason. El tiempo transcurrió, sin sentido, mientras se desahogaba, con la mente vacía de todo salvo el dolor.
Los sollozos amainaron, pero las lágrimas seguían fluyendo. Quería parar, pero sabía que no podía hasta que el dolor quedara drenado... por ahora.
Después de lo que parecieron horas, las lágrimas cesaron, y sintió la fuerza que la rodeaba a través de su tristeza.
Unos brazos fuertes la sostenían, unas manos la estrechaban.
Mark se había convertido en un ancla en la tormenta que acababa de arrasarla.
Pero incluso con la mejilla ardiente apoyada contra la camiseta ahora húmeda de él, sabía que una fuerza mayor la había consolado y sostenido.
Había intentado huir, pero Dios la había encontrado.
Mark cerró los ojos, con sus propias emociones en un torbellino. Meció a Sheryl lentamente, calmándola, pidiendo en silencio las palabras adecuadas, sabiendo que nunca olvidaría los sonidos de su angustia ni la sensación de su cuerpo ahora relajado descansando contra él, confiando en él.
Sintió un temblor recorrerla mientras ella respiraba entrecortadamente, sus llantos convertidos en un suave gemido. Quería absorber su dolor, quitárselo. Su relación había dado otro giro, y ahora el vínculo entre ellos no podía ignorarse ni dejarse de lado tan fácilmente.
Le estaba dando un calambre en la pierna. Intentó aflojar el agarre de Sheryl de su cintura, pero ella se aferró con más fuerza.
—Solo quiero sentarme, Sheryl —susurró, apartándole el pelo de la cara.
Tranquilizada, ella aflojó el agarre, y cuando él se sentó, la atrajo a su regazo, rodeándola completamente con los brazos como si fuera una niña, estrechándola contra sí todo lo que pudo.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó con voz queda, mirando hacia la oscuridad, sorprendido de que su familia no hubiera oído el llanto y hubiera venido a ver qué pasaba.
Sheryl respiró hondo, con un estremecimiento.
—Tengo miedo.
—¿Por qué? —la animó con suavidad, apoyando la cabeza en la áspera corteza del árbol en el que estaba sentado.
—Es tan difícil —dijo Sheryl con sencillez, las manos apoyadas en el pecho de él—. Intenté apartarlo todo de mi mente, intenté no pensar.
Vaciló, con la sensación de estar aprovechándose de ella, pero en lo más hondo sentía la necesidad de saberlo todo sobre ella, todo lo que intentaba ocultar. —Dijiste algo sobre tu madre y Jason —dijo con suavidad, mientras le frotaba la cabeza con la barbilla.
Sheryl respiró hondo y lentamente. —La echaba tanto de menos —dijo en voz baja—. No fui la hija que debería haber sido. Se lo puse todo muy difícil. Luego Jason... —se estremeció—. Todas las veces que me pegó. Sentía que me lo merecía por lo que le hice a mi madre.
Mark cerró los ojos, sintiendo el dolor de ella, compartiendo su tristeza, tragándose la suya. Había perdido tanto, había soportado tanto... ¿cómo podía consolarla?
—Quería ser una buena esposa, y deseaba tanto tener un bebé —continuó con la voz temblorosa—. Él no. Y ahora no tengo a nadie.