Regreso a casa (Dulces corazones de Sweet Creek nº 1) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Elise se mantuvo cerca, y de vez en cuando Sheryl comentaba algo sobre el paisaje, señalando pájaros y distintas plantas.

—Te encanta esta tierra, ¿verdad? —preguntó Elise al fin.

Sheryl asintió.

—Pasé mucho tiempo en estas colinas. Mi pobre madre no contó con mucha ayuda mía en casa. Nate siempre decía que compadecía al hombre que se casara conmigo.

Elise se quedó callada, luego se volvió hacia ella.

—Nunca te llevaste bien con Nate, ¿verdad?

Sheryl sintió que era su oportunidad de soltar todo lo injusto que había sucedido. Durante ocho años, toda su ira, frustración y culpa habían estado dirigidas a Nate y Ed. Había esperado, rumiándolo todo, y ahora se le presentaba la oportunidad de contar su versión.

Pero Elise estaba casada con Nate, y Sheryl no sabía si era justo socavar los cimientos de lo que Nate había construido allí solo para desahogar su propia ira.

Sheryl negó con la cabeza.

—Por favor, no me preguntes sobre eso.

Pero Elise no iba a dejarlo estar.

—Sheryl, es mi marido y lo quiero, pero también sé que no es perfecto —Elise se mordió el labio y asintió—. Supongo que me ayudaría a entenderlo un poco más si pudieras contarme tu versión.

Sheryl apretó las manos en las riendas, intentando equilibrar sus propios recuerdos con los cambios que había visto en Ed e incluso en Nate.

Sheryl miró hacia delante, a la larga hilera de jinetes y caballos de carga que serpenteaba colina abajo hacia el lecho seco de un arroyo. Era casi un símbolo de aquella familia. Una dependencia mutua, un cuidado, y Nate formaba parte de todo ello.

—Por favor —la animó Elise—. Me parece triste y mal que hayas estado alejada de ellos tanto tiempo sin dar señales de vida.

Sheryl se aclaró la garganta y comenzó.

—Al principio fue difícil, cuando nos mudamos a la granja.

Su voz se fue apagando mientras intentaba dar con el recuerdo adecuado.

—Pero una vez que superé la pérdida de mi padre, me di cuenta de que podía ser muy divertido.

Nate y yo teníamos que trabajar mucho juntos, y los primeros años no me importó.

Pero siempre había trabajo que hacer en la tierra, y mi madre no ayudaba mucho.

Estaba bastante ocupada con la casa, pero creo que Nate le guardaba rencor por eso.

—Nate siempre decía que Ed era un perfeccionista...

Elise dejó la frase en el aire, como para animar a Sheryl a continuar.

Sheryl se sintió tentada de dejarlo ahí, pero de alguna manera las cejas levantadas y la cabeza inclinada de Elise consiguieron que siguiera hablando. Suspiró y dijo:

—No creo que hubiera muchas cosas que Nate o yo hiciéramos que contaran con su aprobación. Pero Nate seguía intentándolo. Yo no. Y ahí fue cuando empezaron los problemas.

—Supongo que Nate insistía porque siempre supo que algún día heredaría el rancho.

—Y por eso, con el tiempo, empezó a molestarme todo el trabajo —añadió Sheryl en voz baja—. Como hijastra, pensé que no iba a sacar nada de todo aquello.

Elise asintió comprensiva, y Sheryl sintió el mismo alivio que había sentido con Mark. Y de nuevo, fue como si parte de la carga que llevaba encima se hubiera aligerado un poco.

—¿Cómo entró Jason en escena?

—Por mi propia terquedad.

—¿Cómo fue eso?

Sheryl se encogió de hombros.

—Una vez estaba hablando con él y Ed se enteró —continuó—. Me advirtió que me alejara de ese chico malo y yo, por supuesto, hice justo lo contrario.

Se quedó en silencio, recordando lo emocionante y peligroso que era al principio estar con Jason, la excitación de desafiar a Ed, pero también la mirada angustiada de su madre cada mañana después de que ella llegara tarde a escondidas.

—¿Cuántos años tenías cuando empezaste a salir con él?

—Unos dieciséis. Salimos durante unos dos años, hasta que terminé el instituto, y luego Jason y yo nos fugamos.

—¿Cuándo murió tu madre?

La pregunta inesperada fue formulada en tono suave, pero las palabras le hicieron daño. Sheryl apretó los labios, miró al frente y cerró la puerta a sus recuerdos.

—Lo siento, Elise, no quiero seguir hablando.

—No —dijo Elise en voz baja—, yo lo siento. No debería meterme donde no me llaman.

Alargó la mano y apretó la de Sheryl.

—Me alegro de que hayas venido y de que estés aquí, y no haré más preguntas —levantó las cejas como si ni ella misma se lo creyera del todo— si consigo mantener la boca cerrada.

A pesar de la tensión momentánea, Sheryl sonrió. Elise era una persona sin complicaciones, fácil de tratar. Pero el dolor que sintió ante la pregunta de Elise le demostró que era mejor guardarse sus pensamientos.

Mark desmontó y miró por encima del hombro para calcular las horas que quedaban hasta el atardecer.

Echó un vistazo alrededor y observó con aprobación los firmes postes de amarre y la zona de acampada despejada.

No había tenido tiempo de supervisar a Rob, y lo había enviado allí arriba justo después de terminar con el heno. Había hecho un buen trabajo.

Mark ató su montura y el caballo de carga, y aflojó la cincha de la silla de momento.

—Enseguida te doy de comer, Toby.

Acarició el hocico del caballo y retrocedió cuando el animal intentó restregarse contra él.

—Quieto, tranquilo —le advirtió con una sonrisa.

Se acercó al caballo de carga, aflojó la cuerda y echó un vistazo en busca de Sheryl.

Los jinetes fueron llegando uno a uno entre risas y charlas. Los caballos se sacudían y resoplaban mientras los jinetes desmontaban, se estiraban y se quejaban.

—Cuidado con ese caballo, Jennifer —le gritó Mark a su sobrina mientras desmontaba—. Está demasiado interesado en el suelo para mi gusto.

Su padre, Allen, levantó la vista y se acercó corriendo.

—Quieto, bicho.

Lo agarró por la brida.

—Ni se te ocurra revolcarte con mi mejor silla de montar.

Sujetó al caballo un momento mientras su hija desmontaba y luego lo ató.

—Las tiendas están en el caballo de carga de Brad —le dijo Mark a Allen mientras quitaba la lona del suyo—. Que las chicas las monten mientras nosotros descargamos estos caballos. Los adolescentes pueden echar una mano.

Desató las cajas con cuidado, procurando quitar el mismo peso de cada lado para evitar que el armazón de carga se deslizara. Para cuando llegó Elise, todas las cajas y contenedores estaban descargados y apilados ordenadamente.

—¿Ya trabajando, hermano? —preguntó con un deje de consternación mientras miraba hacia abajo.

—No te me rajes ahora, hermana. Tenemos hambre, y como tú eres la cocinera jefa, tenemos que esperarte.

Elise se bajó del caballo con un quejido.

—Lo menos que puedes hacer es ocuparte de esta pobre criatura. Voy a ver qué hay en el menú para esta noche.

Mark agarró las riendas y levantó la vista justo cuando llegaba Sheryl, con una curiosa media sonrisa en el rostro.

Había pasado la mayor parte de la tarde con la mirada puesta más allá de su familia, hacia el final de la fila, vislumbrando apenas su cabello rubio cuando los rayos de sol se colaban entre los pinos. Ahora que la tenía delante, se quedó sin palabras, algo poco habitual en un Andrews.

—Esto sí que es un paraíso —suspiró mientras se bajaba del caballo y pasaba la cuerda del caballo de carga entre las manos.

Él le sonrió mientras ella llevaba los caballos al poste de amarre.

—¿Qué se siente al volver a las montañas? —preguntó mientras observaba sus manos delgadas trabajar en la correa de la silla, aflojándola, con la cabeza inclinada.

Se giró a medias, sin dejar de mirarla, resistiendo la tentación de besarle el cuello.

Ella se detuvo un momento y levantó la vista.

—Había olvidado cuánto echaba de menos todo esto.

Se le quebró la voz en las últimas palabras, y volvió a bajar la vista para ocuparse de la silla, la brida, y luego pasó al caballo de carga.

Mark la dejó marchar, consciente de que necesitaba espacio, animado por la emoción que percibía en su voz. Volvió pensativo al caballo de Elise. Si una sola tarde cabalgando por las colinas bastaba para abrir una pequeña brecha, se preguntó qué llegaría a descubrir sobre ella en dos días.

Mark se detuvo y volvió a mirar por encima del hombro.

Brad y su esposa, Lois, ayudaban a Sheryl a descargar; se oía el murmullo de sus voces, salpicado de vez en cuando por alguna risa de Lois.

Drew y Elaine recogían los aparejos, mientras Allen y Diane ayudaban a Elise a montar la cocina.

Los adolescentes habían encontrado una tapa de sartén y ya jugaban al frisbee con los más pequeños.