CAPÍTULO 8 #2
—Mamá dijo que te ibas esta noche —dijo Crystal, volviéndose de pronto hacia Sheryl—. No puedes irte. Ni siquiera te vimos mucho. El tío Mark te tuvo para él solo todo el tiempo.
—Tuve que ayudar con el enfardado. Tu papá tenía la pierna rota, y el tío Mark no podía permitirse contratar a nadie más.
—Pero ahora tienes que irte enseguida.
—Por favor —añadió Marla—. No te vimos nada.
La puerta se abrió, interrumpiendo cualquier otra súplica.
—Aquí estáis, par de pilluelas —regañó Elise, con las manos en las caderas—. Perdona, Sheryl. No las encontraba y al final caí en dónde se habían metido. —Se volvió hacia las niñas y se apartó, señalando hacia fuera—. Venga, a casa y a la bañera, rapidito.
Crystal miró a Marla, que volvió a resoplar. Sheryl le dio un abrazo rápido y la dejó bajarse de su regazo. Las niñas caminaron hacia la puerta, convirtiendo cada paso en un esfuerzo monumental. En el umbral, Crystal se detuvo y se volvió hacia Sheryl.
—Si te quedas un día más, podremos conocernos mejor —añadió Crystal—. Quizá incluso puedas venir con nosotras a la excursión con los caballos. Papá dice que no podemos ir este año porque tiene la pierna rota y mamá tiene que quedarse a cocinar.
—No molestes a la tía Sheryl con todos tus problemas, Crystal. Ha tenido un día muy ajetreado y le queda una noche larga por delante —la reprendió Elise.
—¿Es que no nos quieres nada, tía Sheryl?
Una punzada de dolor le atravesó el corazón ante la inocente pregunta. Lo único que veía de ellas era un fugaz atisbo de sus cabecitas cada noche, recortadas contra la luz de la ventana de su dormitorio, cuando Mark se marchaba.
Pensó en lo que le esperaba en Edmonton. Un apartamento lúgubre y unos estudios en los que iba muy adelantada.
Y ningún trabajo.
—Supongo que podría irme mañana.
Vaciló y luego miró a Elise.
—Si no es demasiada molestia, claro.
—Por supuesto que no —dijo Elise con calidez—. Me encantaría tenerte por aquí.
Crystal y Marla se miraron boquiabiertas, se dieron la vuelta y corrieron hacia Sheryl. De nuevo la envolvieron con sus brazos y la rodearon de gritos, esta vez de felicidad. Recuperó el equilibrio y les acarició las cabezas, sin percatarse de la sonrisa burlona de Elise.
—Creo que será mejor que os vayáis, niñas. Vuestra madre os está esperando —dijo mientras se agachaba para mirarlas a los ojos.
Marla le sonrió y volvió a abrazarla.
—Podemos ir a montar mañana si quieres —dijo Crystal—. O podemos dar un paseo.
—Lo que queráis —respondió Sheryl con una sonrisa.
Crystal asintió y se volvió.
—Vamos, Marla —dijo con una amplia sonrisa.
—Siento todo esto, Sheryl —dijo Elise mientras las niñas corrían por el camino y sus gritos de alegría flotaban tras ellas en el aire nocturno—. Llevaban toda la semana queriendo pasar tiempo contigo, y cuando se enteraron de que te ibas esta noche, se quedaron desoladas.
—Es que no quería molestaros.
Elise se acercó a Sheryl y le dio un abrazo rápido.
—No molestas en absoluto. Como decían las niñas, apenas te hemos visto. Mark te acaparó para él solo y lo único que hizo fue ponerte a trabajar. Me gustaría que tuvieras al menos algo de tiempo para montar a caballo. Es lo mínimo que podemos hacer después de que nos echaras una mano.
—Supongo que un día más no importará mucho.
—No, probablemente no.
Elise sonrió, se dio la vuelta y se marchó.
—¿El próximo autobús no sale hasta las cinco de la tarde del martes?
Sheryl frunció el ceño mientras enrollaba el cable del teléfono en el dedo.
Ella y las niñas habían pasado la mañana dando un paseo y haciendo cadenas de margaritas.
Le había recordado una época más despreocupada de su juventud.
Cuando su madre vivía. Pero se había olvidado de llamar para preguntar por el horario.
Y ahora acababa de descubrir que posiblemente estaría atrapada en Sweet Creek todo el fin de semana.
—¿Hay alguna otra conexión que pueda coger antes?
Suspiró e hizo una mueca a Elise, que levantó las cejas con gesto de compasión.
—De acuerdo. Muchas gracias.
Sheryl colgó el teléfono y se volvió hacia Elise. Se preguntó si ella ya sabía todo esto cuando la convenció de quedarse un día más.
—A menos que haga autostop, parece que estáis atrapadas conmigo hasta el martes.
Se mordió el labio mientras planificaba. Tenía el alquiler pagado hasta finales del mes que viene. Lo único que necesitaba era un trabajo, urgentemente.
Elise negó con la cabeza.
—Ni se te ocurra hacer autostop. Mark le daría un ataque si se enterara de que siquiera lo estás considerando, y acabaría llevándote él mismo.
—¿Y qué hago los próximos días?
—Puedes venir a la excursión con los caballos conmigo y con Crystal —dijo Marla, que levantó la vista de su dibujo para colorear—. Papá dice que no podemos ir si él no viene, porque mamá tiene demasiado trabajo.
Sheryl miró los inocentes ojos azules de Marla, luego los grises de Elise, tan parecidos a los de Mark, y se preguntó si aquello no habría sido el plan desde el principio.
—Coge a Roany y a F5 y prepáralos para aparejarlos.
Mark le entregó dos cabestros a Conrad.
—Átalos al poste sur. No quiero que F5 se acerque demasiado a Tia. Hoy está de mal humor.
Conrad cogió los cabestros y se marchó. Mark se aseguró de que cerrara bien la puerta tras él y luego se coló entre Two Bits y Tia. Empezó a abrochar el aparejo de Tia, que no paraba de brincar. Un golpe de advertencia en las ancas la hizo calmarse.
—¿Dónde pongo esto?
Elaine estaba a su lado con una alforja en las manos. Mark levantó la vista de la cincha que estaba apretando y casi rechinó los dientes de frustración.
—Déjalas junto al cobertizo de los aparejos por ahora —respondió secamente—, y asegúrate de ponerlas donde no las vayan a patear.
Se volvió hacia Tia y le dio un empujón. Se preguntó por milésima vez cómo había dejado que Allen y Elise lo convencieran de adelantar la excursión un par de días.
—Oye, Mark —llamó Brad desde el otro lado de Two Bits—. Las hebillas de este aparejo están destrozadas.
—Pensé que ibas más adelantado.
Mark respondió por encima del hombro mientras ajustaba la cincha. Tia se echó hacia atrás y la cuerda se soltó. Mark intentó agarrarla, pero la yegua pisó el extremo y lo hundió en el barro de la lluvia de anoche.
—Quita de ahí, bicho testarudo.
Mark empujó a la yegua a un lado, pero no se movió. Two Bits dio un paso lateral y casi lo aplastó entre los dos caballos. Mark le dio un codazo a Two Bits en las costillas y, con un último empujón, logró apartar a Tia y la ató bien al poste.
—Estate quieta, bicho miserable —advirtió, con la esperanza de haber agotado su cuota de catástrofes.
Se agachó bajo la cabeza de Two Bits, tratando en vano de controlar la frustración que iba en aumento.
—La baticola está demasiado apretada —dijo secamente, examinando el aparejo con ojo experto—. No deberías ajustarla hasta que estés listo para cargar el caballo.
—Ahora te vas a mosquear —suspiró Brad, apoyando una mano en la grupa de Two Bits—. ¿Cuál es la baticola?
—El pretal va por el pecho del caballo, la baticola por la parte trasera, como unos pantalones. —Mark aflojó las hebillas, deseando, casi suplicando, que hubiera una sola persona que supiera lo que hacía, en lugar de esos vaqueros domingueros que formaban su familia.
—Ya tengo bastante con haberlo puesto del lado correcto —resopló Brad, percibiendo el mal humor de Mark—. De todos modos, las hebillas del pretal —recalcó la palabra— son las que están rotas.
Mark lo ignoró, rezando mientras sentía esa opresión en el pecho que conocía tan bien, luchando contra una mezcla de impaciencia y frustración. Una vez más, deseó haber tenido cuatro días en lugar de dos para prepararlo todo.
—Tienes que ensanchar el agujero de la correa —le dijo a su hermano. Mientras se agachaba bajo la cabeza de Two Bits, supo que su verdadero problema no eran los caballos ni los vaqueros ineptos: era Sheryl.
Ella le había soltado la noticia de su partida sin previo aviso. Habían pasado cuatro días trabajando juntos, charlando cada tarde cuando él la llevaba a casa, pero ni la menor señal de que fuera a marcharse hasta cuatro horas antes de irse.
Mark tiró de una correa del aparejo de Tia con demasiada fuerza, poniendo nervioso al caballo, y respiró hondo, conteniendo la oleada de pánico que le subía por dentro.
No sabía si volvería a verla. Dudaba que ella fuera a dedicar mucha energía a visitas familiares en el futuro.
Se detuvo un momento, con la mirada perdida más allá de los caballos, más allá de su casa, hacia las colinas que tanto la fascinaban.
Ojalá pudiera llevarla a cabalgar por ellas.
Ojalá pudiera llevarla a ese lugar exacto donde, por instinto, sabía que ella bajaría la guardia y le mostraría a la chica que solo había entrevisto en fugaces atisbos.
Sabía que en su interior había un anhelo de amor, de Dios, de seguridad, pero ella ocultaba esa necesidad bajo una coraza de independencia, porque por mucho que ansiara esas cosas, les tenía aún más miedo.
—¡Eh, Mark! —El fuerte grito de Rob lo devolvió a la realidad y al trabajo que tenía entre manos. Conteniendo un suspiro, saltó por encima del poste de amarre para lidiar con otra crisis más.
—¡Oh, no! —gritó Brad—. ¡Que alguien coja ese caballo!
Mark levantó la vista justo cuando Tia pasaba al galope, con las cuerdas arrastrando, el aparejo suelto bamboleándose, levantando grandes terrones de barro. Tres caballos le iban pisando los talones mientras Conrad soltaba un potente alarido.
—Te dije que vigilaras la puerta, Conrad —gritó Mark, corriendo hacia donde Conrad intentaba desesperadamente cerrarla.
Conrad lo miró con cautela, y Mark contuvo su enfado. Llevaba de mal humor varios días. Lo sabía, y por mucho que lo intentara, no conseguía dejar de meterse con todo el mundo. Rebuscó en los bolsillos y le lanzó a Conrad un juego de llaves.
—Coge mi camioneta y córtales el paso antes de que lleguen a Sweet Creek.
Conrad saltó la valla y echó a correr.