CAPÍTULO 5 #2
—Tengo la sensación de que he dejado una paca de heno en el baño de Elise. Ay, no, iba a barrerlo.
Se levantó, pero Mark la detuvo poniéndole la mano en el antebrazo.
—No te preocupes. Ya lo recogerán Elaine o Elise después. Los que trabajamos en la siega tenemos trato preferente.
—¿Podemos comer esta sopa o vamos a vivir del aire? —se quejó Dale.
Entre un torbellino de personas y sillas que se movían, la familia se sentó alrededor de la mesa.
Justo antes de empezar a comer se hizo una pausa expectante cuando Dale miró a su alrededor con una sonrisa.
Extendió las manos hacia Elise a un lado y Lenore al otro.
Marla estaba sentada a un lado de Sheryl, Crystal al otro, y ambas le cogieron las manos.
Dale agachó la cabeza y empezó a rezar.
Sheryl parpadeó un momento, agachó la cabeza pero mantuvo los ojos fijos en la mancha de aceite de su pierna izquierda.
Pero la voz amable de Dale y su oración en voz baja atrajeron a Sheryl.
Dio gracias al Señor por el tiempo y por el trabajo realizado.
Dio gracias a Dios porque Sheryl hubiera podido ayudar a Nate y también a Mark.
De los agradecimientos pasó a las peticiones por la recuperación de Ed y para que le conservara la vida.
Las palabras de Dale, pronunciadas con serena confianza, eran sencillas y directas, más una conversación que una lista de confesiones.
Sheryl cerró los ojos mientras un vago recuerdo de sus propias oraciones afloraba en su mente. ¿Cuánto tiempo hacía que no sentía que sus oraciones llegaban a Dios? Bastantes había elevado al cielo en aquellos primeros años.
Pero aquí, ahora, con las oraciones de Dale que la elevaban, sintió un leve roce de eternidad.
Y cuando Dale dijo amén, Sheryl se sintió desamparada.
Mantuvo la cabeza agachada, volviendo en sí, recomponiéndose.
Cuando levantó la vista, se encontró con rostros sonrientes que la invitaban a compartir su comida y su comunión.
Los primeros momentos transcurrieron en silencio mientras Elaine, Elise y los niños terminaban su comida interrumpida. Después se disculparon y se levantaron.
—Dadle un beso de buenas noches a vuestro padre, niñas, y a la cama.
Crystal y Marla protestaron, pero Elise se mantuvo firme.
Nate abrazó a sus hijas con una mueca de dolor, le dio a Benjamin un beso suave en la mejilla sonrosada y las observó mientras salían de la habitación. Luego se volvió hacia Mark.
—¿Qué tal ha ido el empacado?
—Hemos terminado casi todo mi campo —respondió Mark, encorvado sobre su sopa—. Mañana podremos llevar los tractores a la vega.
—¿Qué? —Nate levantó la vista de su cena—. ¿Cómo lo habéis conseguido con un solo tractor y una empacadora?
—Sheryl trajo tu tractor y se quedó a ayudar hasta que acabamos.
La cuchara de Nate se quedó suspendida en el aire, con la boca abierta. Parpadeó, miró a Sheryl y frunció el ceño.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué? —se rio Mark.
—O sea, ¿por qué ayudaste, Sheryl?
Sheryl revolvió la sopa y se encogió de hombros con indiferencia.
—No tenía nada mejor que hacer, y sé lo ajetreada que es la temporada de la siega.
Jugueteó con un fideo, sin mirarlo a los ojos.
—¿Y qué hay de mañana?
La pregunta de Nate quedó flotando entre ellos.
—Me parece recordar que nunca estabas por aquí al día siguiente.
Sheryl sabía que él aludía a las veces que se escapaba a caballo a las montañas en esas mañanas gloriosas que también eran perfectas para la siega. A cómo se esperaba que ayudara y no aparecía porque estaba enfadada por verse obligada a trabajar tan duro.
—¿Quieres decir que ayudabas con la siega cuando eras joven? —preguntó Lenore.
—Solo tenía que conducir el tractor cuando apilábamos las gavillas y cuando recogíamos las pacas —respondió Sheryl, sorprendida por el tono incrédulo de Lenore.
—¿Cuántos años tenías cuando empezaste?
Sheryl frunció los labios, haciendo memoria.
—Probablemente unos once o doce.
—¿Qué?
Lenore miró primero a Sheryl, luego a Nate, con los ojos muy abiertos.
—A esa edad apenas te llegaban los pies al suelo. No puedo creer que Ed la obligara a hacer eso, Nate.
—Teníamos un rancho que sacar adelante. Todos teníamos que arrimar el hombro.
El tono de Nate era defensivo.
—Si un rancho depende de que niñas de doce años conduzcan tractores, entonces no creo que tenga derecho a seguir funcionando —replicó Lenore.
—Solo era durante la temporada de la siega —intervino Sheryl, intentando aliviar la tensión creciente.
Lenore abrió la boca para hablar de nuevo.
—¿Puedo molestarte para que me traigas más sopa, mi querida y dócil esposa? —interrumpió Dale.
—Buena idea, papá.
Mark le tendió el cuenco con una sonrisa.
—Tenla ocupada y puede que no acabe metiendo la pata.
Lenore fulminó con la mirada a su marido y luego a su hijo, pero se levantó. El resto de la comida pasó rápidamente y pronto Sheryl empezó a notar el efecto de haber trabajado al aire libre todo el día. La habitación estaba caldeada y los bordes de todo lo que veía se volvieron borrosos.
Sacudió la cabeza. Tenía que moverse o se quedaría dormida. Se levantó y empezó a apilar los cuencos vacíos, pero Mark le puso una mano en el brazo para detenerla.
—Elaine y Elise pueden hacerlo. Has tenido un día muy largo.
El calor de sus dedos le provocó un estremecimiento en el estómago. Sabía que debería apartarse, seguir moviéndose, pero su cuerpo no respondía a lo que le dictaba la mente.
—Debería irme, de todos modos. Estoy cansada, y si mañana necesitáis ayuda, tengo que descansar.
—No vas a hacer ese trabajo polvoriento y sucio mañana también, ¿verdad? —preguntó Lenore.
—Quiero hacerlo, Sra. Andrews. Está bien.
Sonrió a Lenore.
—Dale las buenas noches a Elise de mi parte, por favor. Y gracias por la deliciosa comida.
—De nada.
Lenore le dedicó una cálida sonrisa, y Sheryl no pudo evitar devolvérsela.
Mark también se levantó, se inclinó y besó a su madre en la mejilla.
—Creo que yo también me iré. Mañana va a ser un día largo.
—¿Le vas a dar a Sheryl la oportunidad de venir a ver a Ed en los próximos días? —preguntó Lenore.
—Eso depende de ella —respondió Mark en voz baja, enderezándose.
—Puedo venir a recogerte mañana por la tarde —le dijo Lenore a Sheryl.
Sheryl lanzó una mirada interrogante a Mark, quien solo se encogió de hombros.
—¿Qué tal más avanzada la tarde? —sugirió Mark con un bostezo. Se frotó el cuello y parpadeó—. A última hora de la tarde debería darnos tiempo suficiente.
—Llevaré algo de comer a las dos y media. Dale podría dar unas cuantas vueltas al campo. ¿Verdad, Dale?
—Siempre que pueda conducir despacio —respondió él con sequedad. Sonrió ante la mirada desconcertada de su esposa—. Órdenes del médico, ¿recuerdas?
Sheryl observó el tira y afloja entre ellos, sonriendo ante la total ausencia de conflicto en la familia de Mark, tan diferente de la atmósfera que había impregnado aquella cocina cuando ella y su madre vivían allí. Sacudió la cabeza para ahuyentar aquellos pensamientos y se volvió para marcharse.
La puerta del porche chirrió a su espalda. Una rápida mirada por encima del hombro le confirmó que Mark la seguía.
—Espera un segundo. Te acompañaré a casa —dijo él, deteniéndose para ponerse sus gastadas botas de vaquero.
—No está tan lejos —respondió Sheryl, pero esperó de todos modos, mientras un suave rubor le teñía las mejillas. Lo atribuyó a haber estado al aire libre todo el día, pero mientras caminaban en silencio por el sendero en penumbra hacia su cabaña, una sensación de expectación flotaba a su alrededor.
Las hojas susurraban a su paso, y a lo lejos un coyote lanzó su aullido solitario a la suave noche.
Sheryl se detuvo junto a la puerta de su cabaña.
—Esto es una primicia para mí, ¿sabes? —bromeó, intentando aligerar el ambiente, que se había vuelto algo sombrío.
—¿El qué? —Mark apoyó un hombro en el marco de la puerta, con la mirada fija en ella.
—Que un hombre me acompañe hasta mi puerta.
—¿Jason nunca lo hizo?
Sheryl se rio.
—Jason me dejaba al final del camino de entrada, y yo subía por el porche y me colaba en mi habitación.
—A Ed no le gustaba, ¿verdad?
—Ed lo odiaba.
Sheryl apartó la mirada.
—A Nate tampoco le gustaba. Supongo que esa es una de las cosas en las que tenían razón.
—¿Qué quieres decir?
La voz de Mark era tranquila, invitándola a continuar, pero Sheryl no se dejó llevar.